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La caceria

Hermes
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Capitulo 1

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Capitulo 1

 El inesperado calor de Julio hace aparecer extraña a Buenos Aires, y la gente se apura bajo una suave llovizna, intentando dejar atrás rápidamente la semana y entrando definitivamente en la noche del viernes. Los bares estaban llenos y El Internacional no era la excepción. Alguna parejita tomada de las manos, una familia esperando una previsible pizza, algunos lectores solitarios ubicados cerca de las ventanas, y en la mesa de siempre, Miguel, dirigiéndose a uno de sus acompañantes en forma categórica.

- Bioy Casares dijo alguna vez que el primer párrafo de una novela es siempre el más elaborado. Si un escritor demora, supongamos, tres años en escribir una novela, de alguna forma estará todo ese tiempo corrigiendo ese párrafo. Por lo tanto, si pulir un primer párrafo puede llegar a tardar tres años, solamente en un cerebro desquiciado como el tuyo puede surgir la idea de escribir una novela en menos de tres meses.

Quienes lo escuchan sienten el poder avasallador de su intelecto.

- Hablás como un ángel – dice el Negro con cierta fingida solemnidad – pero eso es todo.

Miguel elige no contestar, mientras Manolo deja cuatro cafés sobre la mesa.

Lucas no escucha.

Federico mira por una ventana.

Miguel sigue callado.

Parecía que el Negro había hablado para crear silencio.

- Mirá, Negro, - insiste Miguel - yo traje la idea del concurso por el premio, no para invitarlos a escribir. Si vos querés escribir, hacelo, pero el tema no pasa por ahí. Entendelo, no vas a llegar a escribir una novela en tres meses. Es imposible. Y aunque ocurriera uno de esos milagros que de tanto en tanto pedís y la terminaras, sabés que no podés ganar. Ninguno de nosotros podría hacerlo. Igual, si querés y te hace feliz, intentalo, pero mientras vos te delirás como escritor, nosotros tenemos que pensar una estrategia más realista. A vos, Federico, se te ocurre algo?

Federico es un personaje extrañamente elegante para el contexto de la mesa. Lo mira a Miguel, mira el techo y luego continúa mirando por la ventana sin responder.

- Es cierto Miguel, tenés razón – interviene Lucas, sin abandonar una suave entonación que remite a un indudable origen norteño – escribir una novela en tres meses es una locura, pero también es una locura la idea que trajiste de ese concurso de los suecos. Qué sabemos nosotros de literatura…

- Pero pensalo de este modo – retoma el Negro ya entrado en calor – somos cuatro, si nos organizamos como cuando éramos disciplinados, si tomáramos la literatura como un desafío estratégico, si cada uno arrima lo suyo al conjunto, no puede fallar. Tal vez no ganemos, pero las palabras deben ser nuestras, el camino lo hacemos nosotros. Recuerden: la organización vence al tiempo…

- Claro, y en la calle codo a codo somos mucho más que dos, y todos unidos triunfaremos, y…terminala Negro.

Las palabras de Miguel suenan irónicas, hirientes. Pero está convencido de lo que dice.

- Oime Miguel, desde que te conozco actuás como si tu ombligo fuese el centro del Universo, una especie de pre-posmoderno. Desde esa postura, jamás vas a creer en la posibilidad de escribir, de decir lo que se lleva adentro. Un posmoderno solo piensa en consumir, en apropiar, en acumular, nunca en dar o crear, y lo que yo quiero es precisamente apostar a la creación, matar a la muerte. Cuando hablo de escribir la novela no propongo caer en panfletos ni en consignas gastadas. Pero hay que intentar decir, y tal vez esta sea una buena oportunidad para retomar el camino, para construir en vez de proyectar. - Mejor que decir es hacer, y mejor que escribir una novela es reventar un banco – la ortodoxia habla por la voz de Federico buscando poner algo de luz en el túnel. Lucas levanta la cabeza y lo mira. – Me cansa un poco esta especie de reunión pseudo literaria que se va transformando en una masturbación intelectual colectiva… ¿De dónde venimos? ¿Quienes somos? Ni literatos ni posmodernos, somos acción pura o no somos nada. Hay plata en juego, ¿no? Bueno, palo y a la bolsa.

- Mirá Fede, la guita no me importa, no olvides que fue lo primero que nos sacaron. Pero lo que tenemos que recuperar para poder proyectar cualquier cosa son las palabras, el discurso. Debemos encontrar palabras nuevas, desencantar el lenguaje, reapropiarnos de él y desde él construir un mundo nuevo.

- Pará Negro – interrumpe Miguel – ya parecés Paulo Freire. Se te quedaron pegadas las neuronas en los ´60.

- Si, es probable, estoy trabajando con palabras viejas, impotentes, saturadas, y por eso mismo necesitamos generarlas de nuevo. Porque no podemos plantear un cambio sin un lenguaje que lo formule en nuevos términos…si es que todavía pensás en intentar cambiar las cosas. Perdoname, Miguel ¿tu analista te lo permite?

- Negro – habla Federico – yo te entiendo, pero no es con palabras que vamos a lograr que nos escuchen. Durante muchos años pensamos que las cosas se resolvían en charlas de café e indefectiblemente nos pasaban por encima. De modo que nuestras derrotas, todas, se debieron a un exceso de palabras, de teorías y de dudas. Tenemos que inventar un discurso de hechos. No fue Rousseau sino Napoleón el que armó el verdadero despelote desparramando el liberalismo por toda Europa en la punta de las bayonetas. Dejá las palabras para justificar la victoria.

Lucas se está poniendo nervioso. Intuye que ambos, el Negro y Federico tienen, en parte, razón.

Miguel nota que la charla es inconducente. Que cada uno se concentra cada vez más en sus argumentos. Decide entonces hacer que la historia registre sus palabras…

- Manuel, traé la cuenta… Vos Negro, si te hace bien escribir, hacelo. Si podés terminar una novela en tres meses, me parece genial. Vos, Federico, siempre la tuviste clara, nunca te enredaste en discursos ni en dudas. El objetivo lo ves con claridad. Lo que te está faltando es un plan. – dice, mientras se van levantando en una lenta coreografía de saludos aparentemente respondidos.

Federico y Lucas suben al jeep. El Negro a su Citröen. Miguel, resignado a la única compañía de su libro, camina hacia la parada del colectivo mientras un semáforo continúa empecinado en su rutina en una extrañamente desierta esquina de Corrientes y Montevideo.

Thoughts

  • GasparLeon

    Caramba, esa mesa del Internacional la reconozco. En Arequipa, a fines de los ochenta, había un café en la plaza donde se sentaban unos señores que habían militado de jóvenes: uno citaba a Mariátegui y otro decía que hablar ya no servía de nada. Nunca supe qué habían hecho de verdad. Apuesto a que el jeep de Federico dice más de él que todo su discurso sobre Napoleón.

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  • Ovid

    Cuatro amigos que discuten si escribir una novela o reventar un banco, y al final cada uno se va en un vehículo distinto. Me recuerda a esas mesas de café donde la política de los setenta sigue sentada en la misma silla. Apuesto a que el título habla de alguien que todavía no apareció, y que el concurso de los suecos es solo la carnada.

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