Desplegando sus alas
Por Levi Díaz Echeverri
Desplegando sus alas, se adueña del viento y engalana los cielos con la magia de su vuelo; lleva en su figura la belleza del universo y en sus plumas, destellos de estrellas que habitan las noches boreales del firmamento.
Se eleva tan alto como el águila, majestuosa, libre e imponente; sus sigilosos ojos, centinelas del destino, descifran los secretos del camino y contemplan, sin temor, el devenir de cada ser viviente.
Enemiga de la malicia, adversaria del cinismo y la mentira, no necesita alzar la voz para demostrar su valentía. Apenas dibuja una sonrisa cuando ve caer al temerario que, creyéndose invencible, desafió la verdad con sus propias artimañas.
Y cuando la inocencia llora, cuando el dolor se hace grito y la injusticia oscurece los caminos, ella aparece, sublime y silenciosa, como un ave salvadora que desciende desde lo infinito.
No necesita espadas ni cadenas, ni levantar murallas contra el mal; le basta el roce de sus plumas para limpiar las huellas de la infamia y devolverle a la verdad su dignidad original.
No conoce fronteras ni estaciones, pues gobierna el invierno y el otoño con la serenidad de quien comprende que hasta el cielo llora por la maldad y que, a veces, sus gotas cristalinas son lágrimas de Dios que caen sobre la humanidad.
En el otoño recoge las hojas secas, esas que el viento arrastra sin piedad, y las aparta de los senderos como quien libera las almas perdidas que vagan sin rumbo por los desiertos de la soledad.
Pero jamás confunde la caída con el final de una existencia, pues sabe que hasta el árbol más desnudo guarda en sus raíces la promesa de volver a vestirse de esperanza cuando la vida reclame su presencia.
¡Oh, majestuosa guardiana de los cielos! Que tus alas jamás pierdan su esplendor, que tus ojos sigan descubriendo la mentira y que tu vuelo, libre de temor, sea refugio para el inocente, consuelo para el que sufre y advertencia para quien olvida que no existe poder más grande que el que se pone al servicio del amor.
Porque hay alas que nacieron para volar, otras para huir de la tormenta, pero las tuyas nacieron para algo más sublime: defender la verdad, cobijar la inocencia y recordarle al mundo que la justicia también tiene alas.