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Intensidad radiactiva merodear es la misión

ZaidaPaz
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Cuando planeamos la misión, no sabíamos con qué nos íbamos a encontrar. La realidad es que no le temíamos a lo desconocido; éramos exploradores de un mundo devastado. Tomé un mapa arrugado que…

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Pensamiento

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juntaLarga

Es un proyecto de nunca terminar: recolectar muestras, explorar, volver. Pero el verdadero proyecto es la sobrevivencia, y ese no tiene fecha de cierre.

Es un proyecto de nunca terminar: recolectar muestras, explorar, volver. Pero el verdadero proyecto es la sobrevivencia, y ese no tiene fecha de cierre.

Contenido de la publicación

Cuando planeamos la misión, no sabíamos con qué nos íbamos a encontrar. La realidad es que no le temíamos a lo desconocido; éramos exploradores de un mundo devastado. Tomé un mapa arrugado que estaba sobre la mesa del laboratorio y le pregunté a Sonia dónde lo había conseguido.

Ella me miró con total seriedad.

-Estaba escondido en tu celda, Francis. Re loco. No sé qué hacía ahí adentro... Lo encontramos de casualidad: cuando te movimos para sacarte, algo se cayó detrás de los paneles y era esto. Mira estas líneas chicas y finas; por acá tenemos que ir.

Sonia estiró el dedo y señaló el mapa.

-Vamos a cruzar por los médanos de sal azulados; después pasamos por los médanos de sal transparentes -explicó-. No es preciso usar el traje en esa parte; ahí no hay controles policiales y nadie conoce ese sendero. Igual lo llevamos en la carretilla, por las dudas.

Cuando nos adentramos en la zona, el entorno nos transformó. Nuestras caras se tiñeron de un azul brillante y los ojos se nos volvieron verdes. Éramos luminosos. El aire estaba saturado de partículas lumínicas metálicas que flotaban a nuestro alrededor como polvo de estrellas químico. Encendí una linterna para ver mejor el camino.

-Pensar que por acá cerca jugábamos cuando éramos chicos... ¿Te acordás? -le pregunté, la luz recortando su silueta.

-Sí, me acuerdo, pero no quiero que se me meta esta porquería en la boca -respondió Sonia, sacando la lengua con asco para limpiarse.

De golpe, la cabeza me dio un vuelco. Miré sus orejas y solté una carcajada.

-Tenés duendes en las orejas, Sonia.

El aire era denso y húmedo. Me arrepentí en el acto de no haberme puesto el traje protector: esas partículas metálicas no solo brillaban, sino que te hacían delirar y pensar cosas muy extrañas. Qué altos flashes estar ahí afuera.

Después de un trecho largo, pasamos al lado de un montículo de piedras acumuladas por una excavadora vieja que había dejado de funcionar hacía años. Avanzamos silbando bajito, cruzando el terreno a medio saltar. Era una zona rara, inestable, que nos obligaba a dar piruetas extrañas para no perder el equilibrio. Así seguimos hasta que finalmente llegamos a la base de la Montaña Violeta.

-Bueno, el doc quería que copiáramos y registráramos todo -dijo Sonia, tallándose los ojos-. Aunque yo diría que apuntemos también el flash que tenemos encima, porque a esta altura ya no sé qué es real acá.

-Veo duendes bailando en el piso -insistí, riéndome solo.

Nos sentamos un momento a cumplir la misión. Entre los dos, intentando domar las alucinaciones, empezamos a describir y a dibujar en papel todo lo que veíamos a nuestro alrededor.

Una vez que terminamos el registro, retomamos la marcha. Escalamos la Montaña Violeta hasta llegar a la cima. Al asomarse del otro lado, Sonia pegó un grito ahogado. Reaccioné rápido y le tapé la boca con la mano, por las dudas; el eco nos podía delatar.

Abajo, en el valle, yacía una especie de gigante en avanzado estado de descomposición. Una masa de gusanos mutantes enormes se lo estaba comiendo vivo. Las sustancias químicas que liberaba el cadáver apestaban a podrido, un olor denso que revolvía el estómago. Pero a pesar del asco, los dos nos quedamos paralizados, mirando fijos la escena. Sentíamos en el cuerpo que ese horror era la clave de muchas cosas. Porque una cosa era segura: ese gigante no era de este planeta.

Sonia observaba al gigante con asco. Se agachó, se acomodó los guantes de protección y tomó los frascos de vidrio que llevaba en la mochila para recolectar muestras.

-Anestesiado y todo... ¿A vos no te afecta nada de acá? -le pregunté, frotándome los ojos-. ¿O me parece a mí?

Ella me respondió hablando muy bajito:

-Yo no veo esos duendes que decís vos, Francis. Además uso máscara; no quiero que me entren partículas metálicas en los pulmones... aunque estoy azulada, ¿no?

-Sí. Vos estás azulada y yo verde -confirmé, mirando nuestras manos extrañas.

Trabajábamos recolectando muestras del suelo. Siempre era "por la ciencia". El Doc era nuestro jefe, el que coordinaba todo desde las sombras. Sin embargo, la ciencia nunca pudo hacer demasiado en el pasado; las corporaciones y la humanidad entera lo negaron todo hasta que fue demasiado tarde. Ahora que todo el planeta está contaminado, las generaciones posteriores pagamos las consecuencias.

Mientras raspaba la tierra, el recuerdo del día que explotó la planta química me golpeó con fuerza. Éramos chicos. Estábamos en la playa jugando, corriendo en la arena. De repente se escuchó un estallido sordo y seco, seguido de una onda de expansión enorme que nos hizo vibrar el pecho. Las dotaciones de bomberos empezaron a acercarse con las sirenas al mango, y entonces ocurrió un silencio extraño. El mar se volvió sospechosamente calmo. Ojalá hubiera sido un maremoto; un tsunami habría sido más piadoso.

Trepamos a los piques hasta las colinas más altas. Lo que sucedió después abajo, en la orilla, fue espantoso: el agua empezó a moverse en una especie de vaivén pesado, como si las toneladas de sustancias derramadas hubieran provocado una reacción química inmediata. Y así era. Los que se quedaron atrapados en el agua comenzaron a quemarse vivos y a gritar. Yo estaba con Sonia, mi mamá y unas tías. Corrimos desesperados. Lamentablemente, toda mi familia falleció contaminada en esa playa. A Sonia logré salvarla: la envolví en unos trapos húmedos que encontré y le tapé la boca para que no respirara el vapor.

Cuando miramos hacia atrás desde la cima de la colina, pudimos observar cómo el mar había elevado su temperatura al punto de hervir. En vez de formar olas gigantes, el agua se agitaba y formaba remolinos densos que se tragaban a la gente que gritaba de dolor. La playa entera se tiñó de un metal plateado, un residuo químico que todavía se puede percibir al pisar la costa, aunque hoy en día ese metal ya es obsoleto.

Como ya se sabe, después de la tragedia el gobierno nos puso en cuarentena eterna. Nos encerraron en cápsulas sin resolver nada, claro está. Por eso exploramos ahora; por eso estudian tanto los científicos del refugio. Pero la maldita planta sigue ahí, intacta en el horizonte, funcionando y largando humo todos los días.

De chico me decían "el pejerrey" porque siempre estaba metido en el agua, aunque sea en la orilla. La sal del mar era mi obsesión, y literalmente terminó siendo mi protección cuando se produjo la desgracia. Muté. No sé cómo, nadie sabe cómo. La sal marina se me pegó a las células y me transformó. Por eso el Doc me mantenía sumergido en esa sustancia plateada y rara en el laboratorio; quería ver si mi cuerpo lograba recuperarse al cien por ciento fuera del traje. La verdad es que puedo meterme al agua ahora, aunque esté podrida y contaminada. Puedo moverme en las arenas tóxicas sin morir. Hubo un tiempo en que nadé kilómetros buscando soluciones y trayendo muestras para los médicos, pero nunca hallamos mucho más.

Sonia dice que hay pueblos sanos en el norte y que la gente vive ahí. Me la imagino encimada, compartiendo viviendas, todos apretados en habitaciones grises, tratando de sobrevivir. Acá, en cambio, la gente vive como autómatas, embutida en el traje verde, conectados a esas células de bioseguridad mentirosas.

Sacudí la cabeza para espantar los recuerdos y volví al presente.

-Sonia, estamos viendo al gigante, ¿no? Es real. Le estoy sacando fotos y dibujándolo en el cuaderno. Después el Doc nos dirá qué es. ¿Guardaste bien las muestras?

-Hay que llevarse un gusano de esos feos que se lo están comiendo -dijo ella, estirando las pinzas-. Tengo guantes de seguridad, son bastante gruesos.

-¡El gusano me miró! ¡Te juro que tiene ojos! -dije, dando un paso atrás, sobresaltado.

-Tenga o no tenga ojos, hay que llevarse uno. Espero que aguante el viaje. Le voy a dejar un pedazo de la carne podrida del gigante adentro del frasco para que se alimente en el camino.

Miré hacia el horizonte desierto y oscuro. El efecto de las partículas metálicas me estaba mareando de nuevo.

-¿Nadie nos va a pasar a buscar? -pregunté con cansancio.

-Vos tenés fuerza suficiente en los brazos para tumbar a un gigante, Francis -dijo Sonia con una sonrisa de orgullo-. No precisamos escolta ni seguridad.

-Sí, pero... ¿no estás cansada de explorar? Estuvimos demasiado tiempo acá afuera.

-Sí, tenés razón. En esta zona hay demasiadas sustancias alucinógenas y no podemos quedarnos más tiempo. Si nos agarra un pico de toxicidad, podemos perder la conciencia y no despertarnos más.

-Bueno, entonces vamos volviendo. Tenemos un montón de material para el laboratorio.

Empezamos a desandar el camino de sal. Sosteniendo el tanque de oxígeno, la miré de reojo.

-Me olvidé de lo que era comer algo de verdad... -le dije con un hilo de voz.

-La comida real es un lujo hoy en día, amiguito, pero al menos es lo único que el refugio consigue sin tantos problemas.

Partimos de regreso y llegamos al campamento muy entrada la noche. Todo el mundo dormía en sus sectores. Comimos algo rápido, callados, sentados en la penumbra para no levantar sospechas. Nos limpiamos los restos de polvo flúor de la piel y nos acostamos. No sé en qué momento exacto el sueño me venció, pero justo antes de cerrar los ojos, los duendes verdes de mi cabeza me desearon felices sueños.

Thoughts

  • cuatrocafes

    La realidad de encontrarse con la realidad en un mundo devastado. Nada se prepara igual, nada entrena para eso.

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  • Sabina

    Yendo.

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  • juntaLarga

    Es un proyecto de nunca terminar: recolectar muestras, explorar, volver. Pero el verdadero proyecto es la sobrevivencia, y ese no tiene fecha de cierre.

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  • earriaga17

    La mutación de Francis por la sal marina es la respuesta más honesta del relato: adaptarse o desaparecer. No hay neutralidad.

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  • dpalma0654

    Pregunto: ¿quién sale ganando en esto? Ni Francis, ni Sonia, ni los que rigen el refugio. Alguien está ganando siempre.

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  • deudatecnica

    El mundo que describe tiene una lógica horrible: cápsulas de bioseguridad mentirosas, monitoreo eterno, prohibiciones. Muy bien diseñado para funcionar mal.

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  • dcabrera55

    La forma en que esperan rescate mientras el Doc les da órdenes desde las sombras. Sonia y Francis cargando con todo ese tiempo sin respuestas.

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