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Gabrielaplatz
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Por eso sigo caminando. Cruzo la avenida Corrientes en hora pico mientras los frenazos y los gritos de los taxistas rebotan en mi superficie sin dejar marca. Mi cuerpo sabe llegar a destino; tiene…

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Pensamiento

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Entiendo esa cosa de necesitar vivir a través de otros. Es como si tuvieras que absorber para existir.

Entiendo esa cosa de necesitar vivir a través de otros. Es como si tuvieras que absorber para existir.

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Por eso sigo caminando. Cruzo la avenida Corrientes en hora pico mientras los frenazos y los gritos de los taxistas rebotan en mi superficie sin dejar marca. Mi cuerpo sabe llegar a destino; tiene una memoria muscular autónoma, una inercia que me salva de tener que estar presente. Veo a la gente apurada, cargando bolsas, discutiendo por celular, desbordando una vitalidad que a mí me resulta un idioma extranjero. Ellos están guardando recuerdos de este martes gris; yo solo estoy gastando las suelas de los zapatos. Transito una de mis tantas vidas mudas, no sabría qué hacer sin ella.

A veces me pregunto si los demás me ven como una estatua de hielo. No entienden que el proceso va por dentro. Yo también sonrío detrás de mis labios apretados; yo también contengo las lágrimas cuando algo me conmueve en secreto. No es desinterés, es que mi cuerpo no sabe cómo desbordar. Cuántas veces quise ser partícipe de esos abrazos colectivos, de los saludos efusivos en la calle, de esa urgencia por tocar al otro. Pero es más fuerte que yo. Para cuando logro destrabar el impulso, el tiempo ya se me escurrió entre los dedos y el mundo ya se movió de lugar. Me quedo ahí, estancado en mi propia lentitud, mirando desde el umbral de una fiesta a la que desesperadamente quiero entrar.

Con esa parálisis invisible a cuestas, empujo la puerta de vidrio de la oficina.

Trabajar en una agencia de publicidad siendo como soy es una especie de chiste silencioso. Pero el chiste no soy yo. Al entrar, lo primero que noto es cómo cada uno de mis compañeros se va metiendo, casi de inmediato, en su propia burbuja invisible. Las pantallas titilan, las tipografías gritan y ellos gesticulan, pero sus miradas están muertas, fijas en el rectángulo de sus monitores o de sus teléfonos. Exageran pasiones y eyectan ideas para una campaña, pero es un simulacro. Los observo detenidamente desde mi escritorio y descubro la verdadera trampa: esa gente que corre y se abraza en la calle, estos creativos que diseñan el entusiasmo del mercado, en realidad no están viviendo nada. Consumen el eco de la vida de otros.

Ahí es donde resalta mi ventaja. Como mi proceso va por dentro y no puedo sumarme a su inercia, soy terriblemente eficaz en la redacción y en el diseño. Tengo una precisión que asusta; puedo clavar la palabra exacta que mueva una fibra o acomodar las líneas de una gráfica para que tengan el impacto justo. Domino los hilos de la comunicación porque los miro desde afuera, como un entomólogo. Fabrico los mapas de unos sentimientos que ellos creen tener, pero que solo compran envasados. Es una ironía perfecta: soy un recolector de vivencias frustrado en un mundo donde nadie tiene nada real para ofrecer.

Esa puntería milimétrica me ocurre también cuando hablo. No sé usar las palabras como un ruido de fondo para llenar el silencio; cuando abro la boca, clavo la frase exacta, la que mueve una fibra o desarma al otro sin anestesia. Es un desafío enorme entablar conversaciones de esta manera. La gente en la oficina le teme inconscientemente a la precisión; prefieren el lenguaje tibio de sus burbujas, los comentarios predecibles sobre el clima o el tránsito. Hablar conmigo es exponerse a un espejo demasiado nítido. Mis palabras tienen el impacto justo, y ese es, precisamente, mi mayor obstáculo para conectar.

El resto de mi primer día en la oficina pasa sin pena ni gloria. Cumplo con las tareas, clavo un par de titulares exactos y dejo que las horas se consuman bajo la luz fluorescente. Al salir, la tarde ya se desvanece sobre el asfalto y mi cuerpo, con su inercia confiable, me lleva de regreso hacia el departamento.

Voy caminando por la vereda cuando algo me detiene. Desde su cochecito, un bebé me mira fijo. Está haciendo puchero, con los ojos húmedos y los labios temblando en esa mueca frágil antes del llanto. Es claro que le duele algo; hay una urgencia real en su cara, un sufrimiento genuino que está por estallar. Me dan ganas de agacharme, de hacer algo, pero me quedo congelado en mi propia lentitud. ¿Por qué su madre no hace algo? Está ahí al lado, pero no está. Tiene los ojos ensartados en la pantalla del celular, devorada por su propia burbuja de luz artificial. Es irritante. El mundo real está llorando a centímetros de su mano y ella prefiere el eco muerto de cualquier otra cosa.

Pero mi cuerpo no se detiene. Mi camino sigue, ajeno a mi indignación, arrastrándome con su marcha autómata lejos del cochecito. Paso de largo. Sigo caminando hacia el departamento mientras la imagen de ese puchero me rebota en las paredes del cráneo. No me di vuelta, no hablé, no gesticulé; para la madre fui solo una sombra más que cruzó la vereda, pero por dentro la masa pegajosa ya está intentando morder ese instante, masticar el dolor de ese chico antes de que llegue a convertirse en un recuerdo mío. Doblo la esquina con el sabor amargo de saber que el único momento de vida real que crucé en todo el día quedó atrás, desatendido en una vereda de Buenos Aires.

—¿Qué tal tu día? —me soltás al pasar, como un saludo automático mientras dejas las cosas en la mesa. Una pregunta tibia, un descarte de la rutina.

Pero yo no tengo palabras gratis. No puedo devolverte una respuesta predecible sobre el tránsito o el cansancio de la oficina; mi puntería no me lo permite. Necesito limpiar el aire muerto que vengo arrastrando desde Corrientes. Necesito que me saques de acá.

Te miro fijo, obligándote a detener el movimiento.

—Contamelo todo —te digo.

Clavo la frase con una precisión quirúrgica, desarmando el apuro de tu llegada. No es un comentario al pasar; es una demanda absoluta. Quiero ver cómo se encienden tus ojos cuando me hablás de tus horas, quiero que me prestes tu memoria, que tu voz muerda las experiencias que a mí se me escurrieron entre los dedos. Necesito vaciarme de mi simulacro y llenarme con tu presente.

Y entonces empezás a hablar, y yo empiezo a habitarte. Me quedo inmóvil, pero por dentro soy un animal hambriento que lo absorbe todo. A través de tu relato, camino por las calles que vos caminaste, siento el calor del café que te quemó la lengua a la mañana, heredo el fastidio del trámite que tuviste que hacer y la risa espontánea que te provocó un desconocido en el colectivo. Tu memoria, rápida y despierta, corre por mis venas lentas. Tus ojos se vuelven mi ventana al mundo real; miro a través de ellos y la masa pegajosa que me deforma los estímulos por fin cede, se rinde ante la potencia de tu historia. No me hace falta gesticular ni desbordar hacia afuera: mientras me contás tu vida, yo la vivo con una intensidad que me estremece el pecho. Estoy coleccionándote. Estoy guardando en mi cuerpo el tiempo que vos tocaste, la única porción de existencia que, para mí, ahora, es verdadera.

Thoughts

  • RominaB84

    Esa última imagen de vos habitando su vida mientras te contá todo... eso es lo más verdadero que leí.

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  • Nicanor

    ¿Tu pareja sabe que la necesita así, de esa manera casi depredadora, o eso es algo que escribís acá solo?

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  • Amaranta

    Trabajar en publicidad así debe ser lo más irónico del mundo, diseñando entusiasmo desde el hielo 😶

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  • versoAjeno

    Cuando decís que tu cuerpo tiene inercia propia, ¿sentís que sos dos personas separadas o que es solo una?

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  • subrayoTodo

    Entiendo esa cosa de necesitar vivir a través de otros. Es como si tuvieras que absorber para existir.

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  • relatoBreve

    Esa precisión que asusta para hablar, ¿también te aleja de la gente o es que la gente se aleja de vos?

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  • quintopiso

    La parte del bebé en el cochecito me pegó. Pasar de largo viendo ese puchero... eso duele aunque sea paralizado.

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  • pnavarro64

    ¿Alguna vez llegaste a destrabar ese impulso, o siempre te quedó congelado en el momento?

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