Once soles de testigo
once lunas de jurado.
Acusado de hacer el mal
frente al grande juez,
sentado en su trono.
Mis rodillas se doblan,
tiemblan y se tambalean.
Los párpados ocultan luminares,
las palmas lloran sal.
No hay rastro
del defensor.
El acusador señala al hombre
arrodillado, es culpable.
Defensor no tiene el hombre,
pues no quiso que
le defendiera.
Nadie pide objeción, solo
cae la sentencia.
desbordada sal, empalagante
hastía.
— Jorge Guzmán