HABLEMOS DE CINE
TikToks, Burroughs y un Jockey
Se llama cine experimental a un cine que se sale del lenguaje cinematográfico aceptado por las academias; es como un dialecto, un lunfardo del cine. Bien… si al público casual ya le cuesta entender el cine convencional —y eso no tiene que ver con una formación intelectual, sino más bien emocional; si no lográs conectar con la historia que te quieren contar, no la vas a interpretar—, imaginate la confusión al ver cine experimental…
Buñuel, Jodorowsky, Favio, Fassbinder, Guerin son solo algunos de los directores que experimentan con la imagen. Hoy le puedo agregar a Luis Ortega. Hace años, cuando vi… no, mejor dicho, cuando disfruté de Lulú (Lucas-Ludmila) de 2014 —la Pizza, birra, faso de los millennials—, creí encontrar un cineasta que nos daría mucho, pero que nunca sería popular. Hizo cosas (sí, cosas) como El Ángel o Historia de un clan. Creí que se había rendido al sistema; de ahí estaba a un pasó de hacer comedia romántica en Netflix (a vos te habló Sebastián de Caro, ok hay que pagar el alquiler)Y si soy duro, es porque sabía lo que podía dar… hasta que vi El Jockey (2024) y supe que su cine estaba de vuelta y que iba a dividir aguas.
Primera impresión:
La primera vez que la vi, la relacioné directamente con El festín desnudo (1991) de Cronenberg, una obra maestra de la adaptación imposible. En lugar de intentar trasladar literalmente la novela caótica y fragmentada de William S. Burroughs, Cronenberg la digiere y la reconfigura a través de su propio imaginario, fusionándola con elementos biográficos del autor (su adicción, la muerte accidental de su esposa) y su obsesión por la carne, la metamorfosis y las máquinas orgánicas.
El resultado es una película hipnótica y repulsiva a partes iguales. El mundo de Interzona/Tánger se convierte en un paisaje onírico y paranoico, habitado por criaturas-insecto, máquinas de escribir que son órganos sexuales y policías con cabezas de escarabajo. Peter Weller aporta una frialdad perfecta como William Lee, un hombre perdido en un viaje de autodestrucción creativa. Críptica, llena de metáforas crueles, inclasificable… igual que El Jockey… pero con una salvedad: Ortega nos da una sucesión de TikToks unidos por una trama caótica, como puede ser la vida. Para quien pensaba ver una película convencional, seguro salió desencantado. Yo la vi dos veces y vi dos películas diferentes, aunque el hilo conductor es lo impredecible… cómo en un segundo podés ser un ganador, un campeón, y al siguiente ir vestido de mujer sin saber quién sos.
El Jockey sigue a Remo, un jinete veterano en decadencia, cuya realidad comienza a resquebrajarse tras un accidente en la pista y el consumo constante de fármacos para el dolor. Lo que parece un drama social sobre el ocaso de un atleta se transforma en un viaje alucinatorio donde los establos se convierten en laberintos kafkianos y la línea entre la adicción, la memoria traumática y una conspiración mafiosa en el hipódromo se desdibuja por completo.
Luis Ortega es declaradamente fan de William S. Burroughs, y además se notan paralelismos con El festín desnudo. Podemos inferir que estamos ante una película que, aunque ambientada en el mundo del turf, trasciende el realismo para adentrarse en un territorio psicodélico, paranoico y existencial al estilo burroughsiano.
¿Cine experimental o simplemente un director que tiene una historia que contar y lo hace con su propio lenguaje?… Para mentes abiertas y desnudas de prejuicios.