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HABLANDO DE REALIDADES, MÁS ALLÁ DE LOS MITOS Y DE LAS NARRATIVAS QUE PRETENDEN EXPLICAR EL MUNDO

BertaElenaNativiUlloa
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HABLANDO DE REALIDADES, MÁS ALLÁ DE LOS MITOS Y DE LAS NARRATIVAS QUE PRETENDEN EXPLICAR EL MUNDO A PARTIR DE UNA SIMPLE DIVISIÓN ENTRE IZQUIERDA Y DERECHA , resulta necesario comprender que el…

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Pensamiento

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lautarito_

Re de acuerdo con lo de que la realidad es más grande que las categorías, capaz por eso mi abuela y mi otro abuelo contaban la historia tan distinto, no era que uno mintiera, es que eran dos realidades y punto

Re de acuerdo con lo de que la realidad es más grande que las categorías, capaz por eso mi abuela y mi otro abuelo contaban la historia tan distinto, no era que uno mintiera, es que eran dos realidades y punto

Contenido de la publicación

HABLANDO DE REALIDADES, MÁS ALLÁ DE LOS MITOS Y DE LAS NARRATIVAS QUE PRETENDEN EXPLICAR EL MUNDO A PARTIR DE UNA SIMPLE DIVISIÓN ENTRE IZQUIERDA Y DERECHA, resulta necesario comprender que el poder económico no siempre responde a una única ideología. A lo largo de la historia, grandes fortunas, corporaciones, grupos financieros y élites económicas han mantenido relaciones e intereses que pueden trascender las fronteras ideológicas, establecer vínculos con actores de diferentes posiciones políticas e influir, de distintas maneras, en contextos de conflicto y guerra.

Las familias Rothschild y Rockefeller, por ejemplo, suelen aparecer tanto en estudios sobre poder económico como en numerosas narrativas y teorías acerca de su influencia política. Más allá de las exageraciones o afirmaciones que no siempre pueden demostrarse, existe una cuestión mucho más amplia que merece ser comprendida: el dinero, el poder y los intereses económicos no siempre obedecen a las mismas divisiones ideológicas con las que las personas comunes intentan interpretar el mundo.

Y quizá ese sea precisamente el problema de muchas personas: la necesidad de reducir una realidad compleja a categorías simples, como si todo pudiera dividirse entre buenos y malos, izquierda y derecha, correcto e incorrecto, normal y anormal.

Existen personas en este mundo que son profundamente cuadradas, incapaces de mirar más allá de su propia frente y de los ideales culturales que han heredado como si fueran verdades universales. Personas tan encerradas dentro de su propia concepción del mundo que, cuando algo no coincide con aquello que consideran normal, simplemente deciden que no puede existir.

Y esa incapacidad para mirar más allá de lo establecido no se limita únicamente a la política o a la historia. También aparece cuando algunas personas intentan imponer su propia visión sobre la naturaleza, las relaciones humanas y las distintas formas de existir.

No comprenden, por ejemplo, que en el caso del caballito de mar es el macho quien recibe los huevos, los incuba y posteriormente da a luz a las crías. Para determinadas personas, aquello que rompe con su concepción tradicional de lo masculino y lo femenino parece imposible dentro de su normalidad retrógrada. Sin embargo, la naturaleza no necesita pedir permiso para existir de acuerdo con las categorías que los seres humanos hemos construido.

Y si la propia naturaleza demuestra que no existe una única forma de organizar la vida, resulta todavía más absurdo pretender que todas las personas debamos vivir, amar, sufrir y construir nuestra existencia de la misma manera.

Porque la diversidad no existe únicamente en la naturaleza. También existe en las experiencias humanas.

Existen personas que lloran por un capricho político, personas cuyo problema parece radicar en una mujer y cuyas lágrimas nacen porque han llegado a creer que, sin esa mujer, no son nadie. Y resulta todavía más contradictorio observar cómo existen hombres —e incluso mujeres— profundamente misóginos, incapaces de reconocer que necesitan precisamente a la mujer que agreden, desprecian o intentan desacreditar para poder avanzar, ganar o alcanzar aquello que persiguen.

Hay quienes construyen su discurso atacando a una mujer, sin darse cuenta de que gran parte de su propia lucha, de su necesidad de competir o incluso de aquello que los mueve gira alrededor de la misma persona a la que pretenden minimizar. Una contradicción que demuestra que el desprecio no siempre nace de la indiferencia; en ocasiones, nace precisamente de aquello que no se ha logrado superar, comprender o reconocer.

Pero hay otros y otras a quienes nos ha tocado vivir ausencias completamente diferentes; personas cuyas lágrimas no nacen de la pérdida de una relación, de un capricho político o de una competencia personal, sino de la ausencia de mamá y papá.

Porque esa fue la vida que nos tocó.

Existen hijos e hijas de esta tierra que tienen la dicha de crecer con hasta dos papás, con hasta dos mamás o dentro de familias construidas de maneras diferentes. Mientras tanto, otros crecimos queriendo simplemente tener el aliento, la presencia y el abrazo de mamá y papá.

Y quizá por haber conocido realidades tan diferentes resulta difícil aceptar que alguien pretenda establecer una única fórmula para determinar cómo debe vivirse una vida.

Hay personas que creen que la lógica común de todo el mundo consiste en casarse, procrear, trabajar y morir. No comprenden que la vida humana va mucho más allá de un ideal cultural impuesto; que nuestra convivencia también depende de la cooperación, del mutualismo y de la capacidad de coexistir con aquello que es diferente.

La vida no puede reducirse a si alguien tuvo trece hijos o decidió no tener ninguno; a si una persona estudió o decidió recorrer otro camino; a cuánto dinero posee o a qué bienes materiales es incapaz de renunciar.

Porque existen personas tan aferradas a sus propios caprichos, a sus posesiones y a su manera particular de entender el mundo que son incapaces de elevar la mirada hacia algo que trascienda su interés inmediato.

Y muchas de esas ideas sobre lo que supuestamente debe ser “normal” no aparecieron de la nada. Tienen raíces culturales, religiosas e históricas que se han transmitido durante generaciones, hasta el punto de que, en ocasiones, dejamos de preguntarnos de dónde provienen.

Es precisamente allí donde aparecen relatos como el de Adán y Eva.

Cuando menciono la historia de Adán —el hombre— y Eva —la mujer—, me refiero a personajes cuya existencia histórica concreta no ha sido demostrada mediante evidencia arqueológica o documental. Su relato pertenece fundamentalmente al ámbito religioso y teológico y, para muchas personas creyentes, posee un profundo significado espiritual.

Dentro de la tradición judeocristiana, esta historia ha sido utilizada para explicar simbólicamente el origen del pecado, la condición humana y la relación entre el ser humano, la libertad y la desobediencia.

Sin embargo, no todas las historias antiguas pertenecen exactamente al mismo terreno. Es necesario distinguir entre los relatos cuya función es principalmente religiosa o simbólica y aquellos pueblos, territorios y dinastías que, además de formar parte de tradiciones religiosas, también pueden estudiarse desde la historia y otros registros del pasado.

Y es allí donde aparece Judá.

Judá fue, según la tradición bíblica, una de las doce tribus de Israel y posteriormente dio nombre al Reino de Judá. Con el paso del tiempo, el término se relacionó con la denominación judío, utilizada para referirse al pueblo judío.

Mi interés por esta historia, sin embargo, no nació únicamente de la lectura o de la curiosidad por el pasado. También surgió de algo mucho más personal: un símbolo que llegó a mis manos y que terminó despertando preguntas sobre la identidad, la memoria y aquello que puede sobrevivir a través de las generaciones.

Mi abuela, Doña Berta, me regaló una pasaportera con la Estrella de David.

Aquel objeto, aparentemente sencillo, despertó en mí una curiosidad que posteriormente me llevó a investigar sobre la historia, los símbolos, los pueblos y las identidades que se encuentran detrás de ellos.

Y, siguiendo ese camino, inevitablemente aparece David.

El joven David se hizo famoso por enfrentarse a Goliat, un guerrero filisteo que aparentemente poseía todas las ventajas. David, en cambio, aparece en el relato bíblico como un joven pastor que, armado con una honda y una piedra, consiguió derrotar a quien parecía imposible de vencer.

Más allá de la dimensión religiosa de la historia, existe una imagen profundamente poderosa:

el aparentemente débil enfrentándose al poderoso y venciendo aquello que, para todos los demás, parecía imposible.

Pero reducir a David únicamente al episodio de Goliat sería simplificar una historia mucho más compleja.

Porque después de derrotar al gigante, David también conoció la persecución, el miedo, el desplazamiento y la necesidad de proteger a su propia familia.

Según el relato bíblico, David tuvo que huir de la persecución del rey Saúl, abandonar su entorno, esconderse y vivir como fugitivo. En determinado momento llevó a sus padres a Moab para buscar protección para ellos.

Posteriormente llegó incluso a vivir entre los filisteos, antiguos enemigos de Israel, bajo la protección del rey Aquis de Gat.

Y aquí se demuestra que las alianzas políticas de aquella época eran mucho más complejas de lo que normalmente vemos en las historias infantiles de “David contra Goliat”.

La política nunca ha sido tan simple como pretenden hacernos creer las etiquetas.

Los enemigos podían convertirse temporalmente en aliados. Los antiguos adversarios podían ofrecer protección. Y, en determinadas circunstancias, la supervivencia podía obligar a una persona a buscar refugio precisamente entre quienes, en otro momento, habían sido considerados enemigos.

Y quizá por eso esta parte de la historia de David me resulta particularmente significativa.

Porque hay momentos en los que abandonar un lugar no significa renunciar a la propia identidad, sino hacer lo necesario para sobrevivir.

David pudo esconderse, huir y vivir entre otros pueblos, pero no dejó de cargar con su historia, su origen y su identidad vinculada a la tribu de Judá.

Quizá por eso la experiencia del desplazamiento nunca me ha resultado completamente ajena.

Además de haber tenido que vivir con la desaparición forzada de mi abuelo, también me ha tocado experimentar otra forma de ausencia: la migración forzada de mi madre, María, quien tuvo que abandonar el país para proteger su vida.

Ella y mi hermana se encuentran en Estados Unidos, a salvo.

Y aunque no las tengo físicamente conmigo, siguen siendo parte de mí. Porque migrar no siempre significa abandonar. En ocasiones, migrar significa sobrevivir.

Pero David no representa únicamente una historia de persecución y supervivencia. Su figura también ocupa un lugar fundamental dentro de una tradición mucho más amplia, relacionada con la identidad del pueblo hebreo, con la idea de liderazgo y con una línea histórica y religiosa que puede observarse, dentro de la tradición bíblica, desde Moisés hasta la expectativa mesiánica vinculada con la casa de David.

Moisés aparece en la tradición bíblica como la gran figura asociada con la liberación del pueblo hebreo de Egipto y con la construcción de una identidad colectiva alrededor de una historia, una ley y una promesa.

David representa otra etapa.

Mientras Moisés aparece como el liberador y legislador, David se convierte en la figura asociada con la consolidación de un reino y con una dinastía que posteriormente adquiriría una enorme importancia dentro de la tradición religiosa.

De esta manera se construye una continuidad simbólica entre liberación, identidad, liderazgo, territorio y promesa.

Posteriormente, la expectativa mesiánica quedó vinculada, de diferentes maneras, con la casa o dinastía de David.

Por eso, dentro del cristianismo, Jesús recibe el título de “Hijo de David”.

Este título posee un significado mesiánico: establece una conexión entre Jesús y la tradición davídica, así como con determinadas expectativas relacionadas con el Mesías. Para el cristianismo, Jesús representa el cumplimiento de esa expectativa mesiánica, mientras que dentro del judaísmo la concepción del Mesías posee interpretaciones diferentes.

Y quizá lo más interesante de todas estas historias es preguntarse qué ocurre cuando pasan los siglos.

¿Desaparece completamente aquello que alguna vez existió?

¿O existen memorias, familias, tradiciones y posibles líneas de descendencia que continúan avanzando, aunque sus caminos ya no puedan reconstruirse completamente?

Las generaciones cambian. Las familias migran. Los documentos se pierden. Los apellidos pueden transformarse.

Y, sin embargo, no todo aquello que deja de estar registrado deja necesariamente de existir.

Hay historias que no permanecen únicamente en los libros.

Algunas continúan, de una u otra manera, caminando entre nosotros.

A veces aparecen en una familia.

En un apellido.

En un objeto heredado.

En una historia transmitida por una abuela.

En una pregunta que alguien comienza a hacerse.

O quizá en una persona que descubre que aquello que durante mucho tiempo consideró una historia lejana posee una resonancia mucho más cercana de lo que imaginaba.

No necesito explicarlo todo.

Hay historias que prefiero que cada persona interprete por sí misma.

Porque las generaciones continúan y las memorias también.

Y si una memoria puede sobrevivir durante siglos a través de pueblos, símbolos, tradiciones y familias, también puede sobrevivir a los intentos de borrar la historia de una sola persona.

En mi caso, esa reflexión inevitablemente me lleva a mi abuelo.

La desaparición forzada no elimina únicamente a una persona del espacio físico. También intenta interrumpir una historia, silenciar una voz, romper vínculos y producir una ausencia dentro de una familia y de una comunidad.

Pero hay ausencias que no consiguen destruir la memoria.

Mi abuelo sigue presente en las historias que se cuentan, en los espacios que recuerdan su lucha y en las preguntas que continúan haciéndose quienes vinimos después.

Y quizá por eso me resulta difícil observar cómo algunas personas se apropian de determinadas luchas sin comprender verdaderamente el costo que tuvieron para quienes las vivieron.

Hay personas que, a pesar de nuestras diferencias, terminan demostrando una admiración que quizá ni siquiera desean reconocer. Algunas incluso ostentan cargos similares al que alguna vez tuvo mi abuelo y parecen empeñadas en compararse con una historia que, sencillamente, no está a su alcance.

Se creen revolucionarios, pero no son ni el uno por ciento, ni siquiera cinco centímetros de lo que fue Tomás Nativí. Y es difícil competir con alguien que está fuera de tu alcance; quizá por eso hay personas que, sin darse cuenta, terminan compitiendo solas.

Porque una cosa es ocupar un cargo, repetir un discurso o apropiarse de determinadas palabras, y otra muy distinta es vivir las consecuencias de las propias convicciones. Hay personas que estuvieron dispuestas a arriesgarlo todo por aquello en lo que creían, incluso su propia vida. Eso no se mide por el cargo que alguien ostenta, por las consignas que repite ni por la imagen que intenta construir de sí mismo.

A veces, por eso, el problema no se encuentra únicamente en la derecha que muchos critican. También puede encontrarse dentro de los mismos espacios que se autodenominan revolucionarios, cuando alguien termina entregando a su compañero, traicionando a su prójimo o utilizando la memoria histórica como una herramienta de conveniencia personal.

Y quizá una de las razones por las cuales esto ocurre es que la memoria humana puede ser profundamente selectiva.

Algunas personas parecen recordar únicamente aquello que les conviene, aquello que experimentaron desde una mirada infantil o aquello que les permite conservar intacta la imagen que tienen de sí mismas.

Hay quienes parecen tener una memoria selectiva, limitada a aquello que alcanzaron a experimentar a los nueve años, como si su conciencia hubiese quedado suspendida en aquella etapa de la vida. Como si todo lo ocurrido después careciera de la misma capacidad de ser comprendido, cuestionado o reinterpretado.

Recordar no necesariamente significa comprender, y acumular años no equivale necesariamente a evolucionar.

Quizá algunas personas todavía no han alcanzado la evolución necesaria para mirar más allá de ese fragmento de su existencia, comprender lo que les ha sucedido después y, para quienes creen en la continuidad del alma, incluso reconocer aquello que pudo haber sido aprendido en otras vidas.

No afirmo esto como una verdad científica. Lo planteo como una posibilidad espiritual y filosófica.

Porque, si ni siquiera somos capaces de comprender completamente aquello que hemos vivido durante nuestra propia existencia, resulta todavía más difícil pretender que poseemos la autoridad absoluta para juzgar la vida de los demás.

Quizá evolucionar no consiste únicamente en crecer físicamente o acumular años, sino en desarrollar la capacidad de cuestionar nuestras propias certezas, reconocer nuestros errores y comprender que existen experiencias que nunca podremos interpretar completamente desde nuestra propia perspectiva.

Y quizá por eso sigue teniendo tanta fuerza aquella expresión:

“El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.”

Nadie tiene el derecho moral de presentarse como completamente libre de contradicciones para juzgar los errores ajenos.

Todos cometemos faltas.

Todos tenemos defectos.

Todos poseemos partes de nuestra propia historia que preferimos no mirar.

La diferencia quizá radica en quién es capaz de reconocerlas y quién prefiere construir una imagen de superioridad moral sobre las contradicciones de los demás.

Y digo todo esto no desde una posición de superioridad, sino desde una historia personal atravesada por ausencias que no elegí.

Porque hay ausencias que no consiguen borrar el vínculo.

Hay distancias que no destruyen el amor.

Y hay personas que, incluso estando lejos, continúan formando parte de todo aquello que somos.

Mi abuelo representa para mí una historia marcada por la lucha, la memoria y una ausencia que nunca debió existir.

Mi madre representa otra forma de supervivencia: la de quien tuvo que alejarse para permanecer a salvo.

Y yo he tenido que aprender a vivir entre ambas historias.

Entre la memoria de quien ya no está.

Y la esperanza de quienes todavía están lejos.

Quizá por eso me niego a aceptar que exista una única manera de comprender el mundo.

Porque la realidad es demasiado compleja para reducirla únicamente a izquierda o derecha, a buenos y malos, a tradición o modernidad, a creyentes o incrédulos, a revolucionarios o conservadores.

La vida es más grande que las categorías con las que intentamos encerrarla.

Somos también aquello que heredamos.

Aquello que perdimos.

Aquello que sobrevivimos.

Aquello que decidimos recordar.

Y quizá también aquello que todavía estamos intentando comprender.

Porque hay personas que únicamente pueden mirar hasta donde alcanza su propia experiencia.

Y hay otras que intentamos mirar más allá: hacia las historias que nos precedieron, hacia las memorias que sobrevivieron al tiempo, hacia aquello que nuestros antepasados dejaron detrás y hacia las preguntas para las cuales todavía no tenemos una respuesta definitiva.

Y quizá la verdadera evolución comienza precisamente allí:

cuando dejamos de creer que nuestra propia experiencia representa la totalidad de la realidad y nos atrevemos, finalmente, a mirar más allá de nuestras propias certezas.

Berta Elena Nativi Ulloa

Thoughts

  • dpalma0654

    A vos, de los autores que mencionás, cuál te parece que se atrevió a mirar más allá?

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  • lautarito_

    Re de acuerdo con lo de que la realidad es más grande que las categorías, capaz por eso mi abuela y mi otro abuelo contaban la historia tan distinto, no era que uno mintiera, es que eran dos realidades y punto

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  • dcabrera55

    Esto que escribes va a envejecer como toda reflexión que pide que la gente piense más. La gente va a leer la primera página, va a estar de acuerdo, y después va a aplicar la misma binaria en el comentario de abajo.

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  • interesCompuesto

    El argumento binario se rompe en dos lugares: primero en la historia (que nunca fue de dos lados sino de varias cosas) y segundo cuando le pides a alguien que nombre un caso donde sus convicciones no entren en contradicción. Casi nadie llega sin que la lógica se quiebre. El binario nunca fue un dato, fue una comodidad de pensamiento.

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  • climaHostil

    Mi abuela hablaba gallego con las vecinas y castellano con sus hijos, pensando que así les iba mejor. Setenta años después discutimos si fue amor o miedo de que no cupieran.

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  • PatriciaNunez

    Llevo veinte años atendiendo gente de cuarenta países y todavía les oigo decir que su manera es la normal. No es mentira de ellos, sinceramente no saben.

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  • AndresQuiroga

    Con respeto, hay un punto donde la generosidad se vuelve ambigüedad. Cuando habla de tolerar distintas formas de existir, alguien pregunta: ¿quién decide qué entra y qué no? No hay convivencia sin límites, y cuando desaparecen de la conversación aparecen en la notaría. La pregunta que falta es cómo se imponen.

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  • Ismaelillo

    Voy por orden porque el detalle importa. Hace setecientos años el poder decidía qué era normal y lo escribía en pergamino. Hoy hace lo mismo pero le dice «opinión» a la orden. Lo que cambió no es la estructura, quién manda, sino que ahora todos podemos estar de acuerdo o no, y la gente sigue confundiendo eso con que la cosa sea más libre.

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  • sobregiro

    Cause, eso que dices de quien atiende es exacto. El cliente explica todo y vos estás ahí, tu opinión no llega ni a la caja.

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