Habito en tus silencios, amada mía,
Allí donde las voces ya no alcanzan;
Mi alma vive en todas tus esperanzas
Y en cada sueño tuyo encuentra el día.
Mi corazón palpita con el tuyo,
Celebra su alegría y su quebranto;
Y aun cuando el mundo se reduzca al llanto,
Escucha entre tus sombras su murmullo.
Habito en esa verdad que tú no nombras,
En cuanto permanece entre tus labios,
En los secretos puros y callados
Que guardan para mí todas tus sombras.
Tu silencio es divino como el blanco
De aquella nieve que jamás fue hollada:
Verdad intacta, límpida y sagrada,
Donde mi amor se mira sin engaño.
Habito en tus silencios más pequeños,
En las pausas fugaces de tu voz,
Y en esos largos ámbitos de Dios
Donde se encuentran nuestras almas y sueños.
Sé que me sientes cerca, aunque no hable,
Y sabes que mi amor te ha sido dado
sin condición, sin precio ni reclamo:
Tan solo pide ser correspondido.
Pero también habitas mis silencios,
mis horas de tristeza y alegría,
la luz de mi victoria y la agonía
De aquellas derrotas que aún recuerdo.
Estás en lo que digo y lo que callo,
en cuanto fui, en cuanto soy y espero;
habitas el instante verdadero
En que, sin pronunciarte, yo te llamo.
Eres la dueña de todos mis sueños,
Señora de mi corazón y mi alma;
Tu presencia transforma en dulce calma
Los laberintos íntimos del tiempo.
Y si mi ser fuese un jardín secreto
que nadie más pudiera contemplar,
Tú serías la rosa singular
Que florece en su centro para siempre.
Así vivimos uno dentro del otro,
más allá de la voz y la distancia:
yo en el callado reino de tu alma,
Y tú en el corazón de mis silencios.