Crean un grupo digital buscando una cámara de eco gigante y aplausos automáticos, pero en cuanto alguien aporta algo que no encaja en su minúsculo molde mental, lo ignoran como si fuera basura.
Ese es el ciclo vicioso de las redes: números vacíos buscando más ceros a la izquierda. Les importa un rábano el contenido, la calidad o el esfuerzo; solo quieren una masa informe de avatares que les infle el ego y les valide sus complejos de inferioridad.
¿Y lo peor de todo? Los arrastrados de siempre. Esos que se quedan ahí, rogando migajas de atención, mendigando un "me gusta" o un mísero comentario de gente que los ignora por completo. Tienen la dignidad enterrada en el fondo del disco duro, suplicando pertenecer a un club selecto de inocentes que ni siquiera saben que existen.
Una estadística patética persiguiendo fantasmas, administrada por mediocres.