Una confesión de viejo sobre la pantalla grande
Leyendo una nota de Eduardo Galeano sobre el cine, me topé con la anécdota de Georges Méliès. Dicen que no le quisieron vender la cámara para filmar, y entonces él inventó una. Ese gesto me puso a pensar en el poder tan enorme del cine, que puede servir para las dos cosas: para dormir o para despertar.
La “plaga” lo ha aprovechado a lo largo de la historia para adormecer mentes. Y yo fui víctima. En mi adolescencia y juventud, asistía a ver películas de cowboys y aplaudía con furor cuando los soldados asesinaban a los indios. Me mostraban valientes soldados americanos luchando por la libertad del mundo, y yo lo creía. Con los años, aterricé en la realidad amarga: aquello era una manifestación de la antigua religión del algoritmo, la que dominaba antes de que existieran los celulares.
Hoy, el cine y la religión del algoritmo hacen una pareja terrorífica para noquear el cerebro de la gente. La dejan grogui, indefensa, aplaudiendo mentiras. Pero para beneplácito del mundo libre, empezaron a crearse películas como antídoto. Y ahí fue cuando uno empezó a tomar conciencia del engaño en que lo mantenía la pantalla grande.
Y hablando de las pantallas: hoy la cosa es más grave con los niños. El cine y las series, con su cantidad de fantasía, pueden ser buenos en parte, pero en medio del brillo van metiendo mensajes subliminales de consumismo, de arrodillarse ante el poder, de creer que la felicidad se compra. La “plaga” quiere borregos desde la cuna, y el cine es su niñera.
Pero no todo está perdido. Al lado de tanta basura, hay caricaturas muy bonitas e instructivas, como Kirikú y la bruja. Esa película nos muestra que el cine también puede ser semilla: enseña, despierta, respeta la inteligencia del niño. Ese es el cine que no se arrodilla.
¿Podríamos afirmar que el cine ha sido el dios y el diablo de los seres humanos? Sí. Hipotéticamente, ha sido causa de grandes obnubilaciones, pero también de grandes despertares. Gracias a él, hoy uno observa el gran engaño a que ha sido sometido el mundo con una máquina de fabricar irrealidades y engaños como Hollywood.
Aún me ruborizo recordando los aplausos y las arengas que producían en mí aquellas películas basura en mi adolescencia. Con esta nota quiero excusarme de ello.
Vago viejo y sus Chocheras.