Quisiera alcanzar la fuerza de un trueno,
robarle al cielo su estruendosa voz,
rasgar los velos del tiempo y del silencio
y traslapar mi existencia con la tuya,
para permanecer eternamente a tu lado,
allí donde nunca nos alcance el adiós.
Quisiera que un sueño, aunque fugaz,
me concediera la dicha de una eternidad;
que el tiempo, por una vez,
se olvidara de avanzar
y me permitiera volver a ser aquel niño
que no necesitaba nada más
que el calor de tu presencia
para sentirse protegido de toda oscuridad.
Volver a tomar tu mano,
sentir que el mundo cabe en un abrazo,
que no existen distancias ni despedidas,
que la vida es apenas un instante
y que ese instante puede ser infinito
si estoy contigo.
Y entonces, al volver la mirada,
contemplar a mi padre sonreír,
con aquella sonrisa que tantas veces iluminó sus días
cuando permanecía a tu lado;
mirarlo feliz, escuchar su risa
y descubrir que hay recuerdos
que ni siquiera la muerte ha podido apagar.
¡Qué daría por detener el universo,
por hacer del ayer mi eterno presente,
por regresar al refugio de vuestra compañía
y ser aquel niño para siempre!
Que nada importe,
que nada duela,
que nada nos separe;
que el tiempo pierda su memoria
y la eternidad se vuelva pequeña
ante la inmensidad de este amor.
Porque hay presencias que nunca se marchan,
manos que seguimos sintiendo en la distancia
y sonrisas que permanecen encendidas
en los rincones más profundos del alma.
Y si alguna vez la eternidad
me concede un instante de sus misterios,
no pediré riquezas, ni gloria, ni destinos nuevos…
Solo quisiera volver a ser niño,
tomar tu mano entre las mías,
ver a mi padre sonreír a tu lado
y quedarme allí,
donde el amor no conoce despedidas
y el corazón no necesita crecer
para comprender la felicidad.