Sus pies parecían no tocar el piso; jamás pensó que podía correr así.
Aunque sus latidos eran tan fuertes y su pulso tan acelerado, la sensación de que le pisaban los talones se naturalizaba como un suspiro en su nuca, un gruñido apagado que no podía dejar atrás.
A lo lejos, con las últimas luces de la tarde, logró distinguir una estructura que destacaba entre la vegetación muerta de ese bosque quemado y corrió hacia allí, saltando troncos, girando para no chocar y cambiando de dirección intentando perderlos.
De pronto el suelo desapareció. Una enorme grieta cubierta de raíces sin vida apareció delante suyo y, sin tiempo para frenar, cayó dando tumbos, enganchándose en las quebradizas raíces que lograron evitar que la caída terminara con su vida.
Al abrir los ojos, la tierra que lo cubría le penetró y lastimó la vista, generándole un lagrimeo automático que procuraba limpiarla.
En un primer momento no recordaba nada; no sabía dónde estaba ni cómo había llegado ahí. Era un lugar húmedo, totalmente oscuro, donde apenas lograba ubicar el arriba, hasta que los recuerdos comenzaron a llegar como disparos desde todas las direcciones a su cabeza.
Se incorporó como pudo y se pegó a una de las paredes, en total silencio, atento para tratar de detectar a sus perseguidores. Pero no se escuchaba nada, solo su corazón latiendo con fuerza.
Miró hacia arriba. La oscuridad era casi total, aunque suficiente para dibujar la silueta del borde de la enorme grieta del terreno en la que se encontraba. Superaba con creces la altura de su cuerpo en cuatro veces, tal vez unos diez o doce metros. Aunque los restos de tierra en sus ojos le molestaban, logró ver una sombra que se acrecentaba lentamente. Algo se acercaba a la grieta, se detuvo, y cayó tierra sobre su cabeza. Sin despegarse de la pared, giró lentamente la cabeza sin hacer el menor ruido y creyó distinguir una puerta. Cubierta de ramas y barro, sobresalía un picaporte.
Extendió la mano despacio, sin despegarse de la pared, y logró tocarlo. En efecto, era de metal.
Intentando no delatar su posición, se movió despacio hasta colocarse delante de la puerta, de espaldas, y comenzó a girar el picaporte.
Arriba las sombras ya eran tres y parecían no detectarlo, hasta que un chirrido del picaporte las alteró.
Se sintió el retumbo de las bestias cayendo, la puerta que comenzaba a abrirse pero se trababa con las ramas, y la desesperación que acrecentaba sus fuerzas. Tiró con las dos manos como para arrancar esa manija; las criaturas estaban por alcanzarlo y, de pronto, la puerta se abrió.
Caído en el piso, frío, en total silencio, comenzó a reconocer el lugar. Su mente se abrió, se aclaró, y una convicción patente lo inundó: el sonambulismo y las películas de terror a la noche no maridan bien.