Analían deja las vitaminas del doctor Karl y se va a analizar la sangre sola en el CUIB. Bien ahí. Yo arrancaría por averiguar quién se las receta y quién las paga.
EXTRAÑOS SUCESOS PARTE I
Me quedé allí, atrapada en el limbo de una oscuridad que pesaba como una losa de hierro, mastique el silencio espeso de la habitación como si fuera polvo viejo, amargo y seco que se me pegaba al…
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Pensamiento
Analían deja las vitaminas del doctor Karl y se va a analizar la sangre sola en el CUIB. Bien ahí. Yo arrancaría por averiguar quién se las receta y quién las paga.
Contenido de la publicación
Me quedé allí, atrapada en el limbo de una oscuridad que pesaba como una losa de hierro, mastique el silencio espeso de la habitación como si fuera polvo viejo, amargo y seco que se me pegaba al paladar y me rasgaba la garganta con cada deglución inútil. ¿Realidad, brujería o demencia pura? Las preguntas flotaban en el aire viciado, rebotando en las paredes como un proyectil sin blanco fijo, recordándome que mi mente ya no es un santuario, sino una trampa de la que intento huir sin piernas. No, no me dejaría caer como un guiñapo usado y tirado esta vez; me negaba a ceder ante el vértigo de la locura que amenazaba con devorarme los sesos desde la raíz.
Encendí la luz de la lámpara de golpe, buscando una tregua en el parpadeo amarillo que apenas lograba disipar los rincones sombríos. Lo que acababa de vivir no encajaba en la definición clínica de una simple alucinación: las contracciones de placer seguían latiéndome con una violencia insoportable en el bajo vientre, el rastro denso de su perfume impregnaba cada fibra del aire y el peso de su cuerpo aplastándome los huesos me había dejado el esternón adolorido. Bajé la mirada hacia mi ropa, buscando la confirmación lógica que me devolviera la cordura… y lo que encontré fue peor que la certidumbre del delirio. Las prendas no estaban destrozadas como exigía la ferocidad del acto, pero la tela presentaba un reacomodo imposible, una tensión extraña en los dobleces que delataba una manipulación táctica, como si alguien —o algo— hubiera deshecho y vuelto a armar cada hilo con una precisión imposible para burlarse de mi juicio. ¿Qué demonios está pasando en esta maldita casa? ¿En qué momento exacto mi percepción de la realidad se volvió tan frágil que ya no sé distinguir entre el tacto de la carne y el fantasma de mi propio deseo?
Cada día me siento más débil, con una fatiga corrosiva carcomiéndome las estructuras, y tengo la certeza absoluta de que, en cualquier momento, voy a perder la razón por completo y cruzar una línea sin retorno. Las supuestas vitaminas del doctor Karl no están sirviendo para absolutamente nada; al contrario, parecen acelerar este desgaste biológico y mental, así que será mejor que las suspenda de inmediato antes de que terminen de envenenarme por dentro. Tomaré mis propias muestras de sangre en el laboratorio del CUIB y analizaré cada parámetro con rigor absoluto; necesito ver con mis propios ojos si hay alguna toxina alterando mi sistema nervioso antes de que este colapso sistémico acabe por completo conmigo.
Me encogí sobre el colchón, abrazando mis rodillas con una fuerza desesperada mientras el temblor volvía a apoderarse de mis manos. ¿Por qué mi deseo por Danka se había convertido en un frenesís incontrolable, en un incendio voraz que en lo más hondo de mi voluntad ni siquiera quería apagar? ¿Por qué cada uno de ellos me atraía con la fuerza ciega de una mariposa directa hacia la llama, sabiendo perfectamente que el único final posible, la única consecuencia lógica de esa colisión, sería la muerte?
Mis nervios están saturados hasta el límite, reducidos a un cableado en tensión de alta volatilidad que cruje por dentro, mientras mi voluntad sigue en desequilibrio absoluto; o al menos me queda el residuo justo para no arrodillarme y pedir clemencia a un destino que jamás ha tenido oídos para ruegos. Si la fatalidad había decidido perseguirme como un perro rabioso y famélico, lo mínimo que podía hacer era obligarlo a darme respuestas antes de que me arrancara la yugular de un mordisco y se saciara con los jirones de lo que quedaba de mí. Necesitaba largarme de este lugar lo más pronto posible, averiguar de una vez por todas quién ejecutó a mis padres y, sobre todo, entender por qué mi simple llegada parecía tener un precio tan obscenamente alto en este mercado negro de intrigas, donde cada gota de mi sangre se cotiza mucho más cara que la vida misma de quien la porta.
El aire de la habitación se volvió denso, casi irrespirable, cargado con esa estática invisible que precede a las catástrofes de proporciones incalculables. ¿Cuánto tiempo más resistiría mi estructura mental antes de fracturarse de manera definitiva y convertirme en otro adorno macabro de esta casa? La duda me quemaba las sienes con la precisión de un cauterio. Estaba atrapada en una partida de ajedrez donde las reglas cambiaban con cada parpadeo y los jugadores se movían entre las sombras con la impunidad de los Dioses antiguos. Cada segundo en este refugio de piedra y secretos era una apuesta directa contra mi propia supervivencia, un juego de ruleta rusa donde todas las recámaras del tambor estaban cargadas. Si iba a caer en esta fosa, no sería como un cordero sumiso camino al matadero, sino con las uñas clavadas en la garganta de quien se atreviera a empujarme.
Unos golpes suaves, rítmicos, casi temerosos, me sacaron de golpe de mi trance mental. No eran los de Lessán, secos, metódicos y autoritarios; tampoco los de Danka, que ni siquiera se molestaba en tocar antes de irrumpir como el dueño absoluto de todo, incluyendo mi paciencia. Estos eran golpes tímidos, frágilmente calculados, como quien toca la puerta de su propia tumba temiendo que el muerto le conteste desde adentro.
—¡Adelante! —grité, intentando proyectar una firmeza de acero que en realidad no tenía, una solidez pintada sobre la ruina para ocultar el ataque de pánico que rugía en mi pecho como una bestia enjaulada, arañando mis costillas con desesperación por salir.
La señora Elroy se asomó por la rendija primero, solo los ojos, como si temiera que al abrir la puerta de golpe el techo se le viniera encima o que me encontrara ya convertida en un cadáver frío. Sus ojos, dos canicas oscuras colmadas de una mortificación palpable a leguas, recorrieron cada rincón de mi habitación con un nerviosismo eléctrico e inquieto que la hacía parpadear de forma compulsiva, como si tuviera limaduras de metal en las pestañas o el alma encogida por el espanto. Parecía un animal acorralado en un laboratorio, escrutando cada sombra en busca de un verdugo oculto tras las cortinas o de una trampa mortal dispuesta en mi armario, donde solo reposaban mis vestidos.
El ambiente se volvió irrespirable, cargado con esa estática fría que precede a las peores desgracias. Cada segundo de su titubeo en el umbral estiraba los nervios hasta el punto de la náusea, haciendo que el latido de mi propio corazón retumbara en mis sienes como el golpe seco de un martillo hidráulico contra una pared de concreto. La atmósfera apestaba a un terror antiguo y silencioso, a una complicidad obligada que asfixiaba el pecho y convertía el aire en cristales rotos al inhalar.
—Mi niña… ¿puedo pasar? —su voz era un hilillo de aire rasgado, un susurro tan frágil que apenas lograba vencer la resistencia del espacio entre ambas, desintegrándose en un lamento antes de tocar mis oídos.
—Adelante, siga por favor. ¿Pasa algo? Parece que acaba de ver a un batallón de fantasmas o que la presión barométrica le está afectando los nervios —dije, escupiendo las palabras con ese tono seco que me define cuando no me queda una sola gota de paciencia para fingir que respiro cortesía en un lugar seguro, donde solo estoy rodeada de podredumbre e hipocresía—. O tal vez esperaba encontrarme desollada, ¿no? Tranquila, pase, no muerdo… por ahora.
Ella entró arrastrando los zapatos, y cerró la puerta tras de sí con una prisa desesperada, con un chasquido metálico de cerrojo que sonó demasiado definitivo, demasiado claustrofóbico para tratarse de un simple acto reflejo. Se acercó a pasos torpes, y por un segundo juro que escuché el crujir seco de su pecho, como si su corazón estuviera sufriendo un colapso masivo ahí mismo, amenazando con derrumbarla a mis pies y obligarme a buscar un auxilio imposible en una casa donde la medicina es solo un eufemismo para el arsénico.
Volví de golpe a la realidad al ver sus gruesas manos temblar entrelazadas contra la tela del delantal, retorciéndola con tanta saña que los nudillos se le pusieron blancos, como si intentara exprimir la verdad a la fuerza o ahogar las palabras antes de que se le escaparan de los labios y la condenaran también a ella al cadalso.
La tensión se volvió tan espesa que parecía poder cortarse con un bisturí, dejando una estela de frío metálico que me recorría la columna vertebral sin contemplaciones. Cada segundo que pasaba estiraba los resortes de mi paciencia hasta el punto de la ruptura inminente, recordándome que en este nido de víboras la compasión no era más que un boleto directo a la fosa común. La miré con la fijeza calculadora de quien disecciona un cadáver en busca de la causa de la muerte, midiendo cada gesto de su rostro ajado, cada temblor en su mandíbula y la forma en que sus ojos esquivaban los míos, huyendo de una verdad que la quemaba por dentro.
—Señora Elroy… respire. Si viene a decirme que deje de hacer preguntas, que me porte bien o que la casa se va a caer si cruzo cierta puerta, ahórrese el aliento, que aquí ya todos me han dado el mismo discurso con distinto tono de voz —le solté, cortante, sin filtro, porque la compasión aquí es un lujo que mata antes de que te des cuenta—. Dígame lo que tenga que decir y váyase, antes de que los que vigilan desde las sombras piensen que nos estamos confabulando para derrocar su imperio de polvo.
Ella tragó saliva, y un espasmo seco le contrajo la garganta y la piel del cuello se le tensó, marcando el paso de un trago difícil como un ascensor atrapado entre el pánico y la culpa. Se inclinó un poco hacia mí, bajando la cabeza como si esperara que la golpeara, y supe entonces que lo que traía no era un aviso, ni una advertencia… era una sentencia disfrazada de preocupación.
—No es eso, mi niña… —susurró, y esta vez su voz se quebró del todo, como vidrio que cae sobre piedra—. Es que… hay cosas que no se pueden explicar sin que parezca que he perdido el juicio. Y otras que… que si se dicen en voz alta, se vuelven verdad mucho más rápido de lo que uno quisiera.
La miré de arriba abajo, con el cinismo instalado en cada rincón de mi mirada, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba al borde del abismo.
—Pues dígalo bajito entonces. Que las paredes ya saben escuchar, pero yo necesito oírlo con mis propios oídos para saber si vale la pena seguir respirando o si mejor me ahorro el esfuerzo.
Se mordió el labio hasta detener el fluido sanguíneo y supe que no era miedo a mí. Era miedo a ellos. Y eso, en este lugar, era lo único que tenía sentido.
—An… Analían —pronunció mi nombre como si fuera una palabra prohibida, un conjuro que pudiera despertar a algo dormido—. No todo lo que brilla aquí es oro. Y no todo lo que está muerto… se queda quieto.
Me hice hacia atrás, apoyándome en mis propios pasos, sonriendo con ese tirón de cinismo que no llega a ningún lado, lo que se aprende cuando te das cuenta de que el mundo no es justo, sino cruel y predecible.
El ambiente de la habitación se contrajo hasta volverse asfixiante, un bloque de cemento fresco que se secaba alrededor de nuestros pies inmovilizándonos en una complicidad obligada. Cada palabra flotaba en el aire con la densidad del plomo, recordándome que estábamos en el centro exacto de una diana, rodeadas por una arquitectura de piedra y secretos que no perdonaba la indiscreción. El temblor en el ambiente no era una simple sensación térmica, sino la vibración sorda de una maquinaria invisible que operaba en los sótanos de la mansión, ajustando sus engranajes para aplastar cualquier intento de rebelión antes de que siquiera tomara forma.
—¡Qué profundo! ¿Me va a contar un misterio o una sentencia de muerte? Porque aquí la diferencia es casi nula, ya sabe —le espeté con una frialdad, intentando levantar un muro de desdén que contuviera la marea de incertidumbre que me golpeaba las costillas.
Ella no sonrió. Ni un solo músculo de su rostro cansado se movió para secundar mi sarcasmo; no había humor en su mirada, ni siquiera ese humor negro que nos sirve de trinchera para no volvernos locos del todo en este muladar. Solo había una desesperación visceral, densa, esa clase de pánico sordo que sabe perfectamente que no hay salida posible, pero que aun así insiste en dar un último empujón ciego para apartarte del abismo.
—Mire, señora Elroy, si viene a advertirme que me vaya… ya sabe que las puertas están selladas y mi nombre ya está marcado. Si viene a decirme que me quede con los ojos bien abiertos y la boca cerrada… tampoco puedo hacerlo, no puedo convertirme en una estatua de sal. Así que hágame el favor y suelte la carga de una bendita vez, que aquí el tiempo no se mide en minutos ni en manecillas, sino en cuánto tardan los cazadores en venir por uno.
Sus dedos fríos, surcados por los años y el trabajo esclavo, me rozaron la muñeca por un instante fugaz y eléctrico, como si temiera que el simple contacto la contaminara o que su cercanía me convirtiera a mí también en blanco de jauría.
—Tenga cuidado, mi niña. No confíe en que el silencio es paz, porque aquí abajo el silencio es solo la antesala de la carnicería. Y recuerde bien esto… que el que le sirve de comer todos los días también puede ser perfectamente el que termine sirviéndola en bandeja.
—¡Caray! Qué forma tan pintoresca de alegrar el ambiente—respondí, soltando una risa seca que no me hizo sentir ni un ápice mejor—. ¿Y me dice eso por lealtad torcida, porque se lo ordenaron, o porque todavía le queda un pedacito de conciencia limpia sin vender al mejor postor?
La presión acumulada en el pecho era una losa que amenazaba con aplastarme el esternón, un recordatorio constante de que cada segundo en esta mansión se pagaba con fragmentos de cordura. La atmósfera se tornó tan densa, tan cargada de un arsénico invisible, que el simple hecho de respirar exigía un esfuerzo sobrehumano, como si el oxígeno estuviera contaminado por el miedo de los siglos que habitaban estas paredes.
Sus ojos se llenaron de lágrimas estériles que no llegaron a caer, retenidas con una fuerza desesperada que dolía simplemente de mirarla.
—Ojalá pudiera decírselo a usted misma. Pero hay cosas que pesan más que la propia vida. Y hay deudas que se pagan con sangre ajena, cuando la propia ya no alcanza para saldar el precio.
—Niña, solo quería decirle que evite salir de noche de la mansión —soltó de golpe, con las manos temblándole con violencia, como si sostuviera un cable de alta tensión pelado, y como si cada palabra le quemara la lengua al tener que pronunciarla—. Corre mucho peligro de madrugada. Los malos espíritus alcanzan su máxima energía y pueden causar daño… estos alrededores son peligrosos, Analían. No es un juego de niños. Es una cuestión de supervivencia.
—Qué alentador —respondí con una sonrisa seca y afilada, dejando que mi humor negro actuara como un sedante barato antes de que el pánico real me arrancara la piel a tirones—. Primero los gitanos me miran como si fuera un banquete de gala que se va a enfriar, luego las vigas y los muebles parecen vigilarme con ojos invisibles desde las sombras, y ahora tengo que preocuparme por el horario de oficina de los malos espíritus. ¿Tienen nómina? ¿Les pagan horas extras? ¿Hay algo más que deba saber? ¿Quizá un dragón durmiendo en el invernadero o un kraken esperando crecer en la fuente del patio? Por favor, dígamelo de una vez para hacer la lista completa de amenazas y no olvidar ninguna.
Ella no se rió. Ni siquiera hizo el amago de una mueca que se le pareciera para disipar la atmósfera de plomo que nos ahogaba. Su rostro siguió completamente rígido, tallado en una preocupación genuina y en un terror puro, ancestral, como si hubiera pronunciado un sacrilegio imperdonable que convocara de inmediato la furia de lo oculto. El silencio de la alcoba se volvió pesado, un vacío espeso donde el eco de sus palabras flotaba cargado de una advertencia letal. Tomó mis manos entre las suyas —con ese frío de tumba abierta, esa ausencia total de calor metabólico que desafiaba cualquier ley biológica, helándome la médula hasta la última fibra del cuerpo— y, con esos dedos que se aferraban a mí como si buscaran una tabla de salvación en medio del naufragio, depositó lentamente sobre mi palma un crucifijo de oro blanco, macizo, gélido, que pesaba en la mano como una moneda de pago destinada al barquero del inframundo.
Sus dedos apretaron los míos con una desesperación febril, una presión brutal que casi detuvo mi circulación y dejó mis nudillos blancos y entumecidos, como si intentara grabarme la advertencia directamente en la carne y en el hueso para que jamás se me borrara, ni aunque el espanto del futuro pretendiera vaciarme la memoria. El metal helado de la cruz comenzó a absorber rápidamente la poca temperatura de mi piel, convirtiéndose en un ancla pesada que tiraba de mí hacia un abismo de culpas ajenas. No era un simple amuleto de protección religiosa; era el testimonio tangible de que en este lugar nadie sobrevivía por azar, sino por la rigurosa contabilidad de los sacrificios. Y mientras sentía los bordes filosos del crucifijo clavarse en el centro de mi mano, comprendí que la señora Elroy no me estaba entregando un símbolo de fe, sino la prueba irrefutable de que la cacería ya había comenzado y yo era la única pieza en el tablero que aún no sabía que estaba jugando con la muerte.
Aquel metal precioso no brillaba bajo la luz de la lámpara; parecía devorarla con una voracidad obscena, absorbiendo el escaso calor de la estancia mientras el peso muerto del amuleto se hundía en el centro de mi mano como una plomada destinada a medir la profundidad exacta de mi propia tumba. La recámara pareció contener un golpe seco, reduciendo el aire a una medida estrictamente calculada para mantenernos cautivas a ambas bajo el mismo techo de sombras y secretos podridos. El tic-tac del reloj de la pared, que hasta hace un segundo era un murmullo imperceptible, se transformó en un conteo regresivo que marcaba cada latido con una precisión, recordándome que el margen para la ironía y las dudas se había esfumado por completo. Sabía perfectamente que aceptar aquel objeto era cruzar un punto de no retorno, un pacto silencioso con una guerra subterránea que apenas comenzaba a desvelar sus fauces carnívoras. Y mientras la anciana apartaba la mirada con una culpa insoportable, comprendí que el verdadero peligro no era lo que acechaba afuera en los pasillos oscuros, sino el hecho de que ya no me quedaba ninguna coartada lógica para seguir negando la pesadilla en la que estaba atrapada.
Un frío antinatural recorrió la superficie del crucifijo, traspasando la epidermis hasta congelarme los tendones, como si el oro estuviera imbuido con el aliento de todos los muertos que habían pisado este suelo. Mi pulso, habitualmente templado por el desdén y la frialdad analítica, comenzó a desbocarse en una carrera ciega contra el tiempo, martillando mis sienes con una violencia estrepititosa que me dejaba medio sorda ante cualquier otro sonido.
—En cuanto pueda, váyase de aquí —me suplicó la señora Elroy, con los ojos empañados por una angustia que no admitía simulación, lágrimas retenidas por la fuerza bruta del terror—. Use esto y no se lo quite por vida suya. Huya sin pensarlo, sin detenerse por nada ni por nadie. Ni por explicaciones, ni por promesas, ni por esos ojos grises que parecen inocentes pero que ven lo que usted ni en pesadillas se atrevería a imaginar. Por favor… antes de que el aroma sea demasiado fuerte para ignorarlo.
La miré en silencio, analizando cada milímetro de su lenguaje corporal, cada temblor que no lograba controlar. Le agradecía la preocupación, de verdad, en algún rincón pequeño y olvidado de mi corazón, pero sin una razón de peso, sin una sola prueba, sin un solo dato que sostuviera el delirio, todo aquello me parecía una táctica psicológica, una manipulación barata para ponerme en contra de los Zalgorán. Y aunque Lessán fuera un misterio andante con modales de príncipe decadente y Danka un imbécil con exceso de testosterona gélida y mal carácter, no se estaban esforzando demasiado en ocultar que eran… diferentes. Eran depredadores, sí, se respiraba en ellos esa vieja costumbre de mandar, de poseer, de tomar lo que quieren sin pedir permiso, pero hasta ahora, yo seguía entera. Sin un rasguño que no me hubiera hecho yo misma.
—Mire, Elroy, entiendo el drama y la puesta en escena, entiendo el guion de terror de pueblo chico, pero si no me dice exactamente a qué le tengo miedo, esto solo es joyería bonita de alto quilate. Un adorno. Un amuleto para supersticiosos. Así que me atrevo a preguntar directo y sin rodeos: ¿contra qué me protege? ¿Brujas? ¿Náhuatles? ¿Una maldición familiar? Dígame el nombre del monstruo y tal vez le crea. Si no, es solo metal brillante que pesa en el bolsillo.
Ella se apartó, apenada, dando un paso atrás como si yo la hubiera empujado físicamente, con el rostro emanando una derrota absoluta, completa, como si acabara de firmar el acta de defunción con mi propia sangre y tuviera que entregársela a la muerte personalmente. Me pidió disculpas con una voz quebrada, tan suave que casi se perdía en el aire, y me insistió una última vez, casi sin voz, que no me quitara el rosario, que lo llevara pegado a la piel siempre, que no confiara en nadie aunque pareciera un ángel. Me sentí mal. Mi cinismo era mi escudo profesional, la coraza que me había salvado de demasiadas decepciones en la vida, pero su miedo era honesto, orgánico, real, tenía olor a sudor frío y desesperación, y eso duele ignorarlo aunque la lógica te grite que es una locura.
—Se lo prometo —le dije para calmar su taquicardia, para ver si dejaba de temblar, porque me partía el alma verla—. Lo usaré. No me lo voy a quitar. Palabra.
La tensión en sus hombros se desinfló de golpe, aunque el terror en sus pupilas permaneció intacto, suspendido como una advertencia muda que ninguna palabra lograba abarcar por completo. Retrocedió hacia la puerta con una lentitud casi fantasmal, evitando darme la espalda, como si el simple acto de apartarse de mi vista fuera un riesgo innecesario en un pasillo que ya no le pertenecía a los vivos. Su silueta se fundió con la penumbra del pasadizo antes de que el crujido de la perilla delatara su retirada definitiva hacia las profundidades de la mansión. Me quedé inmóvil, con el crucifijo pesando en la palma de mi mano como un recordatorio constante de que mi tregua con este mausoleo había terminado. El silencio que dejó a su paso no era paz; era la antesala de algo infinitamente peor que estaba esperando el momento exacto para cobrarse la promesa que acababa de jurar.
—¡Señora Elroy, espere! —grité, y ella se detuvo en seco, rígida, como si la hubiera golpeado un rayo justo en la espalda, como si mi voz fuera algo que no esperaba escuchar—. Si algo me pasara… si las cosas se pusieran peor de lo que ya están… ¿podría buscar su ayuda? Yo… no tengo a nadie a quien pedirle un consejo aquí. No tengo familia, no tengo amigos, no tengo nadie que me espere allá fuera de estos muros y, bueno, yo… estoy sola. Completamente sola en este mundo de locos donde todos parecen saber las reglas menos yo.
Elroy se giró despacio, y su expresión cambió radicalmente. Se le borró el miedo, se le borró la duda, se le borró esa apariencia de sirvienta asustada. Ya no era miedo; era una lealtad feroz, una devoción casi ancestral, tan antigua como la sangre que corre por las venas, y su fidelidad emergió con la furia sorda de un perro guardián que ha pasado generaciones esperando hasta encontrar por fin a su dueño legítimo, aquel a quien debe proteger aunque le cueste la vida y el alma. Caminó hacia mí nuevamente y me miró a los ojos, directo, sin pestañear. Por primera vez su mirada no bajaba ante la mía, sino que se alzaba, firme, decidida, dispuesta a interponerse entre mí y el infierno entero si hacía falta.
—Donde usted vaya, mi niña. Pise donde pise, aunque sea fuego o sangre. Si me llama, yo iré. Que Dios y lo que sea que ande suelto me lo perdone, pero no la voy a dejar caer sola. No esta vez.
—Mi niña, no dude en buscarme si se le ofrece algo. Siempre la protegeré y la ayudaré en lo que usted me pida, sin importar lo que sea. Mi familia y yo la protegeremos con nuestra vida de ser necesario. Usted es… nuestra luz en esta oscuridad.
—No tiene idea de lo mucho que significan esas palabras —le dije, sintiendo un nudo en la garganta que ninguna técnica de respiración podía disolver, una presión sólida, caliente, que me recordaba que todavía podía sentirme humana en medio de tanta bestialidad.
Ella besó mi frente, un gesto cálido que se sintió como una bendición prestada, una tregua breve en medio del inframundo. Se quedó ahí un segundo más, como si quisiera decir algo más, como si la lengua se le hubiera quedado pegada al paladar por terror puro. Luego dio media vuelta, abrió la puerta con la misma cautela con que la había cerrado, y desapareció en la penumbra del pasillo, dejándome con las palabras flotando en el aire denso de la habitación, tan pesadas que casi podían tocarse con las manos.
Me quedé sola otra vez. Y el silencio volvió, pero ya no era el mismo. Ahora tenía nombre, tenía cara, tenía miedo prestado de alguien que ni siquiera se atrevió a quedarse a ver cómo caía el telón.
—Bueno… —murmuré a la habitación vacía, encogiéndome de hombros como si nada me importara, aunque cada músculo de mi cuerpo gritara lo contrario—. Al menos ya sé que hasta los que parecen más inofensivos llevan un cuchillo escondido bajo la manga. Qué lindo lugar este. Una verdadera familia perfecta, si no fuera porque todos están esperando que te des la espalda para clavártelo.
El eco de mi propia voz se extinguió lentamente en las esquinas del dormitorio, devorado por las sombras que empezaban a estirarse desde el techo. Miré mis manos, aún entumecidas por el frío de la anciana, y sentí el pulso metálico del crucifijo quemándome la piel a través de la tela. La mansión entera parecía respirar al unísono, un organismo colosal de piedra y secretos que calibraba cada uno de mis movimientos. Comprendí, con una frialdad absoluta, que el pacto estaba sellado y que el margen de error se había reducido a cero.
Ya no había vuelta atrás, y el próximo paso que diera en este mausoleo determinaría si terminaba siendo la dueña del juego o la siguiente pieza sacrificada en el tablero.
Al caminar hacia la orilla de la cama sintiendo las piernas aún adoloridas, el pie rozó un objeto metálico contra las baldosas de mármol. Me agaché despacio, con el pulso contenido en la garganta, y mis dedos cerraron sobre una esclava de oro rojo, extraordinariamente fino, tallada con una precisión que desafiaba los métodos modernos de orfebrería. Me recosté contra la cabecera, con la respiración entrecortada, elevando la pieza a contraluz hacia el parpadeo débil de la lámpara. En la cara interna, perfectamente nítido y desgastado por el roce de uso contra la piel de quién la portaba, no había números, sino un grabado críptico: un glifo entrelazado con una divisa en un latín tan arcaico que parecía más una herida tallada en el metal que una palabra.
El aire se me congeló en los pulmones. Aquel símbolo no pertenecía a este siglo, ni al anterior, ni a ninguna lógica que mi mente científica pudiera descifrar. Lejos de darme una respuesta, el hallazgo desató una paranoia sorda y voraz; la certeza de que el hombre que me había devorado las entrañas horas antes arrastraba consigo una naturaleza imposible. Sin embargo, en un acto de desafío o de inconsciente demencia, deslicé la esclava por mi muñeca. El metal frío se ajustó a mi piel como un grillete de terciopelo, desprendiendo un calor repentino que me recorrió el torrente sanguíneo, recordándome su tacto con una nitidez insoportable. Solté una sonrisa amarga y resignada de quien ya sabe que el juego está amañado, pero que va a jugar hasta el final, utilizando su propio trofeo como un faro en la oscuridad.
La noche transcurrió entre sudores fríos y sombras que parecían respirar. No tardé en comprobar que llevar esa pieza puesta era una provocación directa.
Al caer la madrugada, el aire de la recámara cambió de densidad de golpe. No hubo sonido de pasos, ni crujido en la madera; la atmósfera simplemente se tornó pesada, helada, saturada con ese perfume denso a humedad y tormenta que ya conocía demasiado bien. Cuando abrí los ojos, Danka estaba allí, de pie junto a la ventana, recortado contra la penumbra como una silueta esculpida en obsidiana. Su mirada no expresaba sorpresa, solo una fría y calculada diversión que me heló el tuétano.
Se deslizó hacia la cama con una lentitud felina, sin apartar los ojos de los míos, hasta sentarse en el borde del colchón con una autoridad aplastante. No preguntó nada sobre cómo había llegado la esclava a mis manos, ni fingió ignorancia. Su mano grande, de dedos largos y fríos, atrapó mi muñeca con una firmeza absoluta, inmovilizándome al instante.
—Veo que te gusta coleccionar lo que no te pertenece, Pulguita —su voz fue un susurro áspero que me recorrió la columna como una descarga eléctrica—. Pero hay metales que queman si no se sabe cargar su peso.
Con una lentitud deliberada, rozando mi piel con una precisión quirúrgica que me dejó sin respiración, comenzó a deslizar la esclava fuera de mi muñeca, recuperando su propiedad sin prisa, disfrutando del temblor involuntario que traicionaba mi fachada de acero. Y cuando el oro abandonó mi piel, sentí un vacío tan desolador que supe, con terror, que ya me había ganado la partida.
Mi cuerpo convulsionó y solo escuché un grito de terror… Desperté sobresaltada. Afuera, la tarde continuaba devorando los contornos de la mansión, tragándose los árboles, los límites, la realidad misma, envuelta en un silencio denso y expectante, el tipo de silencio que respira antes de morir. Comprendí, con una claridad que dolía en la carne, que acababa de tener la pesadilla más real de mi vida, firmando un pacto invisible que los hermanos Zalgorán no tardarían en descubrir.
Me acomodé unos segundos más en la cama para tratar de ver más claro el panorama, y una sonrisa de hastío cruzó mi faz. Controlé la respiración, dejé de inventarme cuentos de terror y me dispuse a terminar de arreglar mis cosas; había mucho que hacer. Comencé a desempacar el resto del equipaje y, al hacerlo, mis dedos tropezaron con él: mi violín.
Hacía siglos que no tocaba; el estuche parecía un sarcófago de madera oscura, sellado con polvo y recuerdos que ya no sabía si eran míos. Seguramente a Celián le sangrarían los oídos de músico profesional si me escuchara; yo solo lo hacía por hobby, por instinto, pero necesitaba un cable a tierra, una frecuencia que no fuera el eco de mi propio miedo rebotando en las paredes. Necesitaba un sonido que no viniera de las sombras.
No alcancé a rozar las cuerdas con el arco cuando la puerta se abrió de golpe, sin llamada, sin toque, sin la más mínima intención de pedir permiso. Una pequeña furia entró en mi habitación como dueña absoluta de mi espacio, de mi tiempo y, si se le daba la gana, de mi vida entera.
—Los niños del cole son unos idiotas —espetó Eira, lanzándose sobre mi cama con una violencia elástica, rebotando en el colchón y mirando al techo como si estuviera recriminando a un Dios ausente, no hablándome a mí sino dictando sentencia contra el mundo entero.
Su cuerpo pequeño aterrizó con una ligereza antinatural, agitando las sábanas con una brusquedad que hizo trastabillar el estuche de madera sobre la alfombra. Ignoró por completo mi presencia inmediata, centrando su atención en proyectar su furia muda hacia las alturas de la habitación, como si las molduras de yeso tuvieran la culpa de sus frustraciones diarias. Me quedé inmóvil, sosteniendo el arco a escasos centímetros de las crines, analizando el desprecio absoluto que emanaba de cada uno de sus gestos calculados. Su llegada no fue un accidente ni un arrebato común de infancia; olía a advertencia premeditada, al paso previo de una tormenta que amenazaba con barrer los pocos jirones de cordura que me quedaban en este mausoleo.
Dejé el violín a un lado con un suspiro que me salió desde los talones. El deber llamaba, y ese deber tenía trece años, con un uniforme que costaba más que mi mesada y un carácter sacado directamente de lo más profundo del averno.
—¿Te ha pasado algo en el colegio, Eira? —pregunté, tratando de modular la voz, de sonar como una niñera paciente y no como un perito forense a punto de perder los estribos ante una escena del crimen.
Eira me miró entonces, bajando la barbilla despacio, con esa lentitud calculada que te hace sentir pequeña por puro tedio mental. Tenía una sonrisa crispada en los labios, una mueca que en cualquier otro niño sería una simple travesura infantil, pero en ella resultaba deliberadamente depredadora, una exhibición de superioridad que no intentaba ocultar ni un segundo. Se quedó así, inmóvil, observándome como quien evalúa si la presa está en condiciones de correr o si ya no vale la pena perseguirla. Empecé a recitar todos mis mantras mentales de control emocional, respirando lento, contando hacia atrás, antes de que soltara uno de esos comentarios que cortan más que palabras de adulto, que dejan cicatrices porque vienen con una crueldad que no entiende de límites. Me veía pensativa, dudando entre confiarme sus penas infantiles o simplemente recordarme, con un solo tajo verbal bien puesto, me dijera exactamente cuál era mi lugar: una subordinada desechable que todavía no merecía ser puesta a su nivel.
El silencio se estiró entre las dos como una cuerda de violín tensa, cada segundo más apretada, vibrando bajo una presión que amenazaba con romperse y latigarnos a ambas la cara.
—¿Y bien? —insistí, cruzándome de brazos para sostener mi propia paciencia—. ¿Vas a decirme quién es el idiota o tengo que adivinarlo por la forma en que estás aplastando mis almohadas con tu desdén? Porque si es por el desorden, ya te aviso que me cobro extra por servicio de limpieza.
Eira soltó una risita corta, seca, que no llegó a sonar alegre. Se incorporó sobre la cama, sentándose con las piernas cruzadas con una elegancia que parecía entrenada desde la cuna, y me miró directo a los ojos, sin pestañear.
—Son idiotas porque creen que el mundo funciona por reglas que les enseñan en libros de colores —dijo, y su voz no tenía llanto ni queja, solo un desprecio frío, perfectamente calibrado para su edad—. Creen que porque naces aquí o allá vales más o menos. Creen que ser amable te salva de algo. Y lo peor… creen que todos somos iguales.
Se inclinó hacia adelante, bajando el tono como si me fuera a contar un secreto de estado, y sus ojos avellana brillaron con algo que no era inocencia ni enfado escolar.
—Pero tú sabes que no es así, ¿verdad, Analían? Tú ya te diste cuenta de que aquí nadie es lo que parece. Ellos juegan a ser buenos, yo juego a ser niña… y tú juegas a no saber que ya estás dentro. Así que no me hagas preguntas tontas que te hagan parecer más tonta de lo que ya finges ser.
Se recostó de nuevo contra las almohadas, satisfecha con el golpe que acababa de asestarme sin levantar la mano, y volvió a mirar al techo como si mi reacción le importara menos que el polvo que caía de las molduras.
—Ahora… ¿vas a tocar esa música o te vas a quedar ahí parada con la boca abierta como un pez fuera del agua? Porque si no vas a hacer nada útil, al menos siéntate y escúchame quejar. Es por lo que te pagan, ¿no?
Contuve la bilis que amenazaba con subirme por el esófago, recordándome a mí misma que golpear a una menor —por muy demonio con falda escocesa que fuera— seguía estando penalizado por las leyes de la física y del sentido común.
—Mira, criatura del averno —le contesté, cruzándome de brazos con una falsa calma que bordeaba la histeria—, si quería escuchar discursos existenciales sobre la falsedad del mundo, me hubiera metido a monja o a filósofa existencialista. A mí págame el sueldo y dime de una vez quién te sacó de quicio en el colegio, antes de que decida usar este violín para afinarle las costillas a alguien.
Eira me miró entonces, bajando la barbilla despacio, con esa lentitud calculada que te hace sentir pequeña por puro tedio mental. Tenía una sonrisa crispada en los labios, una mueca que en cualquier otro niño sería una simple travesura infantil, pero en ella resultaba deliberadamente depredadora, una exhibición de superioridad que no intentaba ocultar ni un segundo. Se quedó así, inmóvil, observándome como quien evalúa si la presa está en condiciones de correr o si ya no vale la pena perseguirla. Empecé a recitar todos mis mantras mentales de control emocional, respirando lento, contando hacia atrás, antes de que soltara uno de esos comentarios que cortan más que palabras de adulto, que dejan cicatrices porque vienen con una crueldad que no entiende de límites. Me veía pensativa, dudando entre confiarme sus penas infantiles o simplemente recordarme, con un solo tajo verbal bien puesto, exactamente cuál era mi lugar: una subordinada desechable que todavía no merecía ser puesta a su nivel.
El silencio se estiró entre las dos como una cuerda de violín tensa, cada segundo más apretada, vibrando bajo una presión que amenazaba con romperse y latigarnos a ambas la cara.
—¿Y bien? —insistí, cruzándome de brazos para sostener mi propia paciencia—. ¿Vas a decirme quién es el idiota o tengo que adivinarlo por la forma en que estás aplastando mis almohadas con tu desdén? Porque si es por el desorden, ya te aviso que me cobro extra por servicio de limpieza.
Eira soltó una risita corta, seca, que no llegó a sonar alegre. Se incorporó sobre la cama, sentándose con las piernas cruzadas con una elegancia que parecía entrenada desde la cuna, y me miró directo a los ojos, sin pestañear.
—Son idiotas porque creen que el mundo funciona por reglas que les enseñan en libros de colores —dijo, y su voz no tenía llanto ni queja, solo un desprecio frío, perfectamente calibrado para su edad—. Creen que porque naces aquí o allá vales más o menos. Creen que ser amable te salva de algo. Y lo peor… creen que todos somos iguales.
Se inclinó hacia adelante, bajando el tono como si me fuera a contar un secreto de estado,
Eira entrecerró los ojos, y sus pupilas parecieron contraerse hasta ser apenas dos puntos negros de pura malicia, dos agujeros diminutos que no parecían reflejar la luz de la lámpara sino absorberla, tragársela entera como si detrás de esas niñas no hubiera retina sino vacío absoluto. Por un segundo, la luz de la habitación pareció parpadear, sufriendo una caída de tensión inexplicable que hizo zumbar los oídos con un zumbido sordo, como si la electricidad misma tuviera miedo de seguir funcionando cerca de ella. Y juraría por mi vida, por la de mis padres y por todo lo que alguna vez fue sagrado para mí, que su sombra en la pared no se movió cuando ella lo hizo.
Se quedó allí, proyectada como una mancha de tinta negra derramada sobre la pared blanca, estática, perfectamente inmóvil, con contornos demasiado nítidos, demasiado oscuros para ser solo ausencia de luz, mientras la niña se inclinaba hacia mí con una lentitud calculada, letal, que helaba la sangre en las venas antes de que sus labios se abrieran siquiera para soltar una sílaba. El aire entre las dos se densificó de golpe, cargado de ese olor metálico que precede a la descarga, de algo que quiere ser olvidado, como si el espacio mismo se estuviera tensando, doblando sus propias reglas solo para darle a ella ventaja.
No me moví. No di un paso atrás, ni hacia adelante, ni levanté las manos en un gesto de defensa patético que solo hubiera servido para confirmar que sabía que era presa. Me quedé clavada al suelo, con los pies pesados como plomo fundido, sintiendo cómo el rosario de oro blanco se calentaba contra mi pecho hasta quemar levemente a través de la tela, como si el metal intentara avisarme de algo que mis ojos todavía no terminaban de procesar.
—¿Qué miras? —preguntó, y su voz no subió de volumen, pero sonó más cerca de lo que su cuerpo estaba, como si me hablara desde dentro de mi propia cabeza y no desde el otro lado de la cama—. ¿Te asusta que no sea como los demás niños?
—No estoy asustada, Eira —respondí, y mi voz sonó extraña, plana, como si alguien más la estuviera hablando por mí—. Solo estoy observando. Enseñar requiere prestar atención a los detalles.
Soltó una risa corta, seca, que no tuvo nada que ver con la alegría. Fue un sonido mecánico, preciso, como el encaje de un cerrojo.
—Detalles… —repitió, saboreando la palabra con una lentitud cruel—. A las personas les encanta hablar de detalles hasta que se encuentran con uno que no encaja en su cajita de cartón. Entonces cierran los ojos y dicen que es su imaginación. ¿Tú también vas a cerrar los ojos, Analían? ¿O tienes el estómago lo suficientemente fuerte para ver lo que todos prefieren ocultar?
Sus labios se separaron lo justo para que viera sus dientes, pequeños, blancos, perfectos, pero con una fila tan pareja que parecían más los de un animal que los de una niña humana. La sombra en la pared seguía sin moverse. Yo podía verla por el rabillo del ojo, proyectada detrás de ella, inmensa, con contornos que no correspondían a sus hombros ni a sus manos, algo con alas o con cuernos, algo que no debería caber en una habitación tan pequeña ni en un cuerpo tan diminuto.
—¿Por qué dices eso? —pregunté, forzándome a mantener la calma, a que mi pulso no se disparara tanto que ella pudiera oírlo, olerlo, saborearlo en el aire—. Nadie oculta nada aquí que yo no sospeche ya.
—¿Ah sí? —sus ojos brillaron con un destello que no era reflejo de la lámpara—. ¿Entonces sabes que ellos te están dando de comer con una mano y afilando el cuchillo con la otra? ¿Sabes que la señora Elroy te dio algo que no te protege, sino que te marca como ganado para saber exactamente dónde estás en la oscuridad? ¿Sabes que mi hermano Celián te mira como se mira algo que se quiere coleccionar, no algo que se quiere cuidar?
Su palabra funcionó como un látigo cortando las últimas capas de mi negación. Sentí un vacío helado en la boca del estómago, un recordatorio brutal de que mi pretendida frialdad profesional no era más que un escudo de papel frente a depredadores reales. El aire se volvió irrespirable, espeso con la certeza de que cada advertencia encubría una trampa mucho más compleja de lo que mi mente científica lograba calcular. La sombra en la pared se estremeció apenas, como si disfrutara del temblor casi imperceptible que sacudió mis manos. Ya no había margen para dudas ni para coartadas lógicas; el cerco se había estrechado lo suficiente como para asfixiarme, y Eira lo sabía mejor que nadie.
Cada pregunta cayó como una piedra en el estómago, directa, pesada, sin filtro. No eran suposiciones infantiles. Eran hechos desnudos, expuestos con una frialdad que me dejó sin respiración.
—¿Y tú qué eres, Eira? —me atreví a decir, bajando la voz hasta que fue casi un susurro—. ¿La mensajera que viene a advertirme o la que viene a reclamar el premio antes de tiempo?
Ella sonrió entonces, y esa sonrisa no llegó a sus ojos. Se quedó atrapada en sus labios, una máscara perfecta sobre algo que no tenía cara. La temperatura en la habitación pareció caer varios grados de golpe; vi el vaho de mi propia respiración dibujarse en el aire, aunque no hacía frío, aunque el radiador se había encendido, aunque todo lo lógico me decía que era imposible.
—Yo soy la única que te está diciendo la verdad —dijo, y su tono cambió, se volvió suave, casi cariñoso, mucho más peligroso que el desprecio de antes—. Pero las verdades duelen, Analían. Y a veces… a veces matan.
Se enderezó despacio, y por un instante pensé que se iba a ir, que el momento había pasado, que solo era una niña con una imaginación demasiado viva y un entorno demasiado tóxico. Pero no se movió hacia la puerta. Se quedó ahí, al borde de la cama, mirándome desde abajo, con esa calma inquietante de quien sabe que el tablero ya está inclinado a su favor y que tú no tienes ninguna ficha que jugar.
—Me caes bien, sabes —dijo, como si soltara una confidencia íntima—. Eres más divertida que las otras que vinieron antes. No lloras tan fácil y no te rindes aunque sepas que estás perdida. Es una lástima, de verdad. Podríamos haber jugado mucho tiempo juntas.
Hizo una pausa, y la sombra en la pared finalmente se movió, alargándose, trepando por el techo, extendiendo tentáculos oscuros que no venían de ningún objeto que yo pudiera ver en la habitación.
—Pero mi familia no comparte sus juguetes mucho tiempo —y entonces soltó el zarpazo, directo, sin anestesia, con una dulzura que destrozaba más que cualquier grito—. Así que te voy a hacer una pregunta muy sencilla, Analían. ¿De qué lado vas a estar cuando se caiga la casa entera encima de todos nosotros? Porque si no me dices que estás conmigo… voy a tener que asumir que estás contra mí. Y en esta familia… los que están contra mí… no duran lo suficiente para arrepentirse.
Me señaló con su dedo fino y perfecto, y supe que esa señal pesaba más que cualquier llave de la mansión, que cualquier promesa hecha por un adulto. Era una sentencia disfrazada de invitación, y la puerta que abría no daba a otra habitación. Daba al abismo.
—¿Y bien? —repitió, esperando, tranquila, sabiendo que yo ya no tenía a dónde correr—. ¿Cuál es tu respuesta?
La quietud se volvió insoportable, un peso físico que amenazaba con aplastarme las clavículas si no emitía un sonido pronto. Mis pulmones reclamaban oxígeno, pero el aire se negaba a entrar con normalidad, viciado por la presencia de esa criatura que fingía ser una niña. Cada segundo que pasaba en silencio estiraba la cuerda floja sobre la que caminaba, recordándome que en este mausoleo la neutralidad era solo el eufemismo favorito de los cobardes antes de ser devorados. Tenía que elegir una máscara: la de la sumisión fingida para ganar tiempo, o la del desafío absoluto que me convertiría en el blanco principal de sus juegos macabros. Y mientras la sombra en la pared lamía el borde de la lámpara con una agilidad imposible, comprendí que el tiempo de las dudas se había agotado.
Las pupilas de Eira parecieron contraerse hasta ser apenas dos líneas negras de pura malicia, dos agujeros diminutos que no reflejaban la luz de la lámpara sino que la absorbían, se la tragaba entera como si detrás de esas niñas no hubiera retina sino vacío absoluto. Por un segundo, la luz de la habitación pareció parpadear, sufriendo una caída de tensión inexplicable que hizo zumbar los oídos con un eco sordo, como si la electricidad misma tuviera miedo de seguir funcionando cerca de ella.
El tiempo pareció fracturarse en ese instante exacto, obligándome a sostenerle la mirada a una oscuridad que no guardaba proporciones humanas. Mis dedos se aferraron con fuerza al crucifijo frío de oro blanco oculto bajo la tela, buscando en su peso un anclaje físico contra el vértigo que amenazaba con arrastrarme al fondo de la habitación. Sabía perfectamente que cualquier respuesta en falso sellaría mi destino antes de que pudiera trazar una sola línea de defensa lógica. Y mientras la sombra en la pared adoptaba contornos cada vez más grotescos y definidos, comprendí que la partida ya no se jugaba con reglas del mundo exterior, sino bajo los términos implacables de un monstruo con rostro de niña.
—Mi respuesta, Eira, es que no sé de qué lado va a caer la casa —le dije, despacio, sin titubear—. Y tampoco sé si quiero estar del lado de quien la empuja, ni del lado de quien se queda quieto esperando que no le caiga encima. Pero lo que sí te digo… es que mientras siga aquí, respirando, no voy a elegir ser el plato de nadie. Ni el tuyo, ni el de tus hermanos, ni el de nadie que crea que soy un juguete desechable. Así que tómate eso como quieras. No te voy a mentir diciendo que estoy contigo, pero tampoco me pongas en tu contra como si ya me hubieras ganado. El juego apenas empieza.
Eira se quedó inmóvil un instante eterno, procesando cada palabra como si la estuviera pesando en una balanza invisible, esperando ver si mentía o si temblaba. No sonrió, no se enfadó, simplemente asintió muy levemente, como si ya se esperara esa respuesta y la encontrara, por primera vez, aceptablemente interesante. La luz recuperó su brillo normal de golpe, como si la electricidad hubiera estado conteniendo el aliento esperando que termináramos de hablar. La sombra en la pared se encogió, volviendo a ser solo la sombra de una niña pequeña sobre la cama.
—Ya veremos si sigues pensando igual cuando te duela la espalda de sostenerte sola —murmuró, y el tono cambió, se hizo más suave, como si bajara un telón tras el escenario—. Pero por hoy… está bien. Me aburren los que dicen sí a todo antes de que termines de preguntar.
Se acomodó entre las almohadas, cruzó las piernas y soltó un suspiro teatral que no encajaba con la tensión que todavía flotaba espesa en el aire. Y entonces, como si nada hubiera pasado, como si no me acabara de poner una pistola imaginaria en la sien, su actitud cambió de golpe, oscilando con la ligereza desconcertante propia de su fachada infantil.
—Entonces… ¿me vas a enseñar a tocar esa cosa de madera o te vas a quedar ahí con cara de estatua? —preguntó señalando el violín con un dedo, exigiendo atención como si las amenazas de muerte de hace dos segundos hubieran sido un simple malentendido de sobremesa.
Apreté los labios, conteniendo un suspiro que amenazaba con delatar el temblor de mis costillas, mientras el peso helado del crucifijo de oro blanco continuaba quemándome la piel en silencio. La tormenta había amainado solo lo suficiente para permitirnos respirar, recordándome que en este mausoleo la tregua nunca era definitiva, sino el preludio calculado del siguiente asalto.
Thoughts
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PermalinkUna niñera que le contesta con amenazas a la patrona de trece años. Apuesto a que Analían no dura ni el mes en esa casa, pero se lleva a Eira de su lado antes de irse.
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PermalinkAnalían preguntándole a la pobre Elroy si los malos espíritus cobran horas extras. Esa mujer se muere haciendo un chiste, y así la quiero.
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PermalinkAnalían deja las vitaminas del doctor Karl y se va a analizar la sangre sola en el CUIB. Bien ahí. Yo arrancaría por averiguar quién se las receta y quién las paga.
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PermalinkPues a mí el que me da mala espina es Celián, que casi ni sale. Eira lo suelta al pasar, que mira a Analían como algo para coleccionar, y Danka por lo menos entra sin llamar y no disimula nada. ¿Celián tiene más peso en la parte II?
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PermalinkEira con trece años y un uniforme que cuesta más que el sueldo de su niñera me recuerda a esos niños de casa grande que hablan como adultos porque solo han oído adultos. Apuesto a que la sombra que no se mueve es lo de menos, y que el susto de verdad va a ser que la niña tenga razón sobre el crucifijo de Elroy.
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PermalinkMe pongo del lado de Eira, y ya sé que suena raro. Elroy le deja el crucifijo en la palma y le ruega que no se lo quite nunca, y horas después la niña le dice que eso la marca para encontrarla en la oscuridad. Una de las dos le está mintiendo y apuesto a que es la que llora. La que amenaza de frente al menos le enseña las reglas. Lo que no sé es dónde empieza la pesadilla: el perfume de Danka y el esternón adolorido del principio no me parecen soñados.
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