¿Tú preferirías consumirte en su fuego o ser su juguete roto?
Danka y Celián te conceden la piedad de un tajo certero en la yugular. Un segundo de frío metálico, la sangre caliente brotando a borbotones y la oscuridad tragándose el dolor antes de que tu mente procese el impacto. Es una ejecución limpia, un favor mecánicamente eficiente.
Lessán Zalgorán opera en el terreno de la putrefacción mental. A él le importa una mierda tu sangre; lo que busca es tu desintegración cognitiva.
Te aísla en el silencio absoluto de tus propias certezas. Empieza a aflojar las tuercas de tu cordura con una precisión quirúrgica, plantando dudas microscópicas que se abren paso en tu cerebro como larvas hambrientas. Te deja atrapado en la vigilia eterna, mirando fijamente el techo a las tres de la mañana, preguntándote si la sombra en la esquina de la habitación es real o el inicio de tu colapso definitivo.
Estira la cuerda de tus nervios milímetro a milímetro, día tras día, hasta que el crujido de tu propia mente suene como un vidrio astillándose por dentro. No te mata; te deja viviendo en el hueco vació de lo que un día fuiste, rogando por un final que él se niega a concederte hasta que ya no quede nada de ti que valga la pena rescatar.
Eso es un Zalgorán. Cuando yo quise desmantelarlos, me tope con mi propia inmundicia, se las consecuencias y se que no tengo a dónde correr.