Año 742 E.U.
La isla resultó ser menos acogedora de lo que aparentaba desde el horizonte.
Desembarcamos al amanecer con la esperanza de encontrar alguna señal que nos permitiera comprender mejor aquel lugar. No esperaba hallar demasiado en una isla que ni siquiera figura en nuestras cartas de navegación, pero el mar ya me ha enseñado que las apariencias rara vez cuentan toda la historia.
Durante la exploración encontramos a un hombre. Según sus propias palabras, lleva cuatro años sobreviviendo en aquella isla. Su nombre es Calión Ward. No ofreció demasiadas explicaciones sobre cómo terminó allí y, aunque no puedo culparlo por mostrarse reservado después de tanto tiempo lejos de la civilización, hay algo en él que no termino de comprender.
He aceptado llevarlo hasta el próximo puerto.
No todos mis hombres parecen convencidos de que sea una buena idea. Silas, en particular, reaccionó de una manera extraña al verlo, aunque se apresuró a negar cualquier inconveniente cuando le pregunté al respecto. Conozco a Crow desde hace suficiente tiempo como para saber que, cuando responde demasiado rápido, suele haber algo que prefiere callar.
Por ahora, no pienso insistir. Tenemos asuntos más urgentes que atender. La tormenta dejó a la tripulación exhausta y el barco necesita una revisión antes de que podamos continuar nuestro viaje con tranquilidad. No podemos permitirnos más contratiempos.
No sé qué clase de vida habrá llevado Ward durante aquellos cuatro años, ni qué circunstancias lo dejaron allí. Tal vez algún día decida contarlo. Por el momento, no tengo razones suficientes para confiar en él, pero tampoco para abandonarlo.
He dado la orden de levar anclas cuando el barco esté listo. Espero que el mar se haya cobrado ya suficiente de nosotros durante los últimos días.