Despedía del dragón.
El viento soplaba con furia de cataclismo sobre el umbral del gran portal de las siete lunas, agitando las túnicas de la hechicera como banderas en plena lid. A sus espaldas, los muros de la fortaleza antigua crujían bajo el asedio del tiempo, desmoronándose en un polvo de certidumbres muertas que el vendaval se llevaba para siempre. Ante ella se extendía el abismo: una vasta extensión de niebla titánica, un campo de batalla invisible donde el porvenir aguardaba armado con todas las dudas del universo.
La hechicera sintió que el miedo la golpeaba en el pecho con la fuerza de un ariete. No era el temblor de la cobardía, sino el pulso salvaje de una guerrera cuya sangre ardía ante la inminencia del choque. El mundo conocido exigía su rendición, y la incertidumbre avanzaba sobre ella como una marea de sombras indescifrables.
—¿A dónde marchas, sola contra el destino, si los mapas se han disuelto en cenizas? —rugió la tormenta.
Ella no retrocedió ni un solo milagro. Con la mandíbula firme y los ojos iluminados por el fuego de una determinación ancestral, levantó su violín mágico. Aquella madera noble, curtida en mil combates contra el olvido, brilló con un destello letal bajo la luz de las lunas. Lo colocó bajo el mentón como quien empuña una espada milenaria y dejó caer el arco sobre las cuerdas.
No fue una melodía suave; fue un grito de guerra hecho armonía. Cada arpegio estalló en el aire como un trueno, desafiando a las legiones de la duda. En medio del fragor, resonó la ley inconmovible de los antiguos estoicos: la nave no sucumbe por la furia del océano que se extiende ante su proa, sino por el lastre inservible que insiste en arrastrar desde la playa. Comprendió que la tormenta y el caos escapaban a su dominio; eran las leyes implacables del cosmos. Pero el reducto sagrado de su voluntad seguía siendo suyo, impenetrable e invicto.
El destino no era un muro diseñado para aplastarla, sino el yunque ardiente donde le tocaba forjar su propia armadura.
Con un último acorde que hizo temblar la estructura misma del tiempo, la hechicera cargó de frente contra la niebla. Cruzó el umbral rugiente y se lanzó al corazón de la batalla sin mirar atrás, blandiendo su música como la única estirpe capaz de conquistar el vacío.
--Reflexión: El miedo ante lo desconocido es la furia contenida de un espíritu que entra en combate contra sus propios límites. La paradoja definitiva de la existencia es que **el único modo de ganar nuestra verdadera libertad es aceptar la derrota de todas nuestras seguridades**, porque el triunfo no reside en la comodidad de los puertos conquistados, sino en la certeza inquebrantable de que nuestra fortaleza más invencible habita en el pecho de quien se atreve a desafiar el abismo.