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Pensamiento

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Coincido con la nota del autor sobre Dante 😂 Eva le explica que entre ellos no hay cuentas y esa misma noche el padre le abre un libro que es una cuenta enterita. Suerte con los exámenes, posta.

Coincido con la nota del autor sobre Dante 😂 Eva le explica que entre ellos no hay cuentas y esa misma noche el padre le abre un libro que es una cuenta enterita. Suerte con los exámenes, posta.

Contenido de la publicación

Ya se la saben Capitulo 2 V2

II. LA NUEVA ESCUELA

La Academia St. Jude no era un lugar donde se forjaban los líderes del Imperio. Era un edificio de ladrillo gris, con ventanas empañadas y un aula común donde muchachos y muchachas compartían bancos por pura necesidad económica, no por convicción progresista. El director, un hombre escuálido que olía a polvo y a derrota, recibió a Dante en su oficina con la deferencia que reservan los pobres para quienes portan el sello de la aristocracia, aunque sea en secreto. 

—Señor Blackwood... eh... su padre ha dispuesto que su matrícula sea... discreta. Entiendo que fue un incidente menor en su anterior academia. Nada grave. Un malentendido. 

Dante sabía que el director estaba mintiendo. El incidente había consistido en romperle la mandíbula a un compañero que intentó intimidarlo, calculando con precisión matemática el ángulo y la fuerza del golpe. Lo había hecho sin ira. La ira era un lujo que Dante no se permitía. 

—Mi perfil será invisible —dijo Dante, con una voz que sonaba como el roce de la seda sobre el acero. 

Pero desde el primer día, fue todo lo contrario. 

Los estudiantes de St. Jude no eran estúpidos. Habían desarrollado un radar para la violencia, una habilidad que se adquiere en callejones donde la policía no llega. Y Dante, a sus diecisiete años, con su postura perfecta, sus trajes oscuros a la medida y sus ojos que no parpadeaban cuando alguien le hablaba, irradiaba una amenaza que no necesitaba explicación. Se sentó en la última fila, junto a la ventana. Nadie ocupó el banco a su lado. Nadie se atrevió. 

Hasta que la puerta del aula se abrió. 

—Disculpen la demora... 

Dante levantó la mirada. Eva estaba allí. Llevaba el cabello ligeramente desordenado por el viento y apretaba contra el pecho unos cuadernos que parecían haber vivido varias vidas antes de llegar a sus manos. Dante la reconoció de inmediato. La muchacha del dulce. 

Eva también lo vio. Sus ojos se abrieron con sorpresa. 

—Tú... 

— Autor, me muero de ternura — 

Dante permaneció inmóvil. Por primera vez desde que había llegado a St. Jude, algo parecido a una emoción atravesó su rostro. 

El profesor suspiró. 

—Señorita Eva, espero que tenga una explicación. 

Eva bajó la mirada hacia sus zapatos. 

—La tengo. 

El profesor esperó. Eva levantó lentamente la cabeza. 

—La explicación es que... llegué tarde. 

— Autor; en la vida soy Eva — 

Algunos estudiantes soltaron una risa. Incluso Dante tuvo que contener una mínima reacción. El profesor se llevó una mano al rostro. 

—Siéntese. 

Eva recorrió el aula con la mirada. Todos los bancos estaban ocupados. Todos, excepto uno. El que estaba junto a Dante. 

Eva lo señaló. 

—¿Puedo? 

Dante miró el banco. Después a ella. 

—Sí. 

Eva se sentó. Y durante unos segundos, ninguno dijo nada. Dante volvió la mirada hacia la ventana. Eva abrió uno de sus cuadernos. Entonces, como si recordara algo importante, inclinó ligeramente la cabeza hacia él. 

—Por cierto... — Eva 

Dante la miró. 

—¿Sobrevivió? — Eva 

—¿Qué? — Dante 

—El dulce. — Eva 

Dante tardó un segundo en comprender. 

—Sí. 

Eva sonrió. 

—Me alegro. 

Dante volvió a mirar por la ventana. No sabía por qué, pero aquella sonrisa le resultaba más difícil de soportar que cualquier amenaza. Y mientras la clase continuaba, Eva comenzó a escribir como si sentarse junto a un muchacho que parecía hecho de hielo fuera la cosa más normal del mundo. 

Ninguno de los dos sabía todavía que aquel encuentro cambiaría sus vidas. 

— Autor, se puso picara la cosa— 

Eva no había llegado a St. Jude por casualidad. Durante los últimos años, la pensión de Margot había cambiado poco a poco. 

Al principio, algunas madres de Whitechapel comenzaron a dejar allí a sus hijos durante unas horas mientras trabajaban. Margot aceptaba unas monedas por cuidarlos y, cuando no podían pagar, simplemente los dejaba quedarse. Después Eva empezó a enseñarles canciones. Primero eran juegos sencillos para mantenerlos distraídos. Luego pequeñas melodías que había aprendido de oído. Margot, al verla, comenzó a prestar una habitación de la pensión para que los niños pudieran aprender música, lectura y algunas nociones de dibujo. 

Con el tiempo, el lugar dejó de parecer solamente una pensión. Se convirtió en una pequeña academia de artes para los niños del barrio. No tenía grandes instrumentos. No tenía profesores elegantes. Ni siquiera tenía suficientes sillas. Pero tenía algo que muchos lugares de Londres habían olvidado ofrecerles a aquellos niños: un lugar donde podían aprender sin que nadie les preguntara cuánto dinero tenían sus padres. 

Eva se convirtió en una de las personas que más ayudaba allí. Una tarde, uno de los hombres que colaboraba con St. Jude visitó la pequeña academia. Había ido buscando jóvenes con buenas aptitudes que pudieran acceder a una educación mediante uno de los programas de ayuda de la institución. Escuchó a Eva tocar. Después la vio enseñar. 

No era perfecta. Pero tenía paciencia. Y tenía algo que no podía aprenderse en ningún libro. Sabía hacer que los demás quisieran aprender. 

El hombre habló con Margot. Días después, Eva recibió una oportunidad que jamás había imaginado. Una plaza en St. Jude. No porque perteneciera a una familia importante. No porque tuviera dinero. Sino porque alguien había visto valor en una muchacha que había aprendido a enseñar con casi nada. 

Margot aceptó con una condición: Eva seguiría ayudando en la pequeña academia cuando estuviera en casa. 

Y así fue como, mientras Dante llegaba a St. Jude cargando el peso de un apellido que no podía abandonar, Eva entraba al mismo lugar llevando consigo algo mucho más sencillo. La esperanza de que aprender pudiera cambiar una vida. 

Ninguno de los dos sabía todavía que, entre aquellas paredes grises, comenzarían a cambiarse mutuamente. 

Esa semana, Eva siguió sentándose a su lado. No lo hacía con ceremonia ni con ninguna intención evidente: llegaba, dejaba sus cuadernos sobre el banco y se acomodaba, como quien regresa a un lugar que ya conoce. Los demás estudiantes los miraban de reojo, con una apuesta silenciosa sobre cuánto tardaría Dante en espantarla. Dante no la espantaba, pero tampoco la dejaba entrar. Respondía con monosílabos y mantenía la vista en la ventana, como si ella fuera un ruido que bastaba con ignorar. 

—Buenos días —decía Eva. 

—Buenos días. 

—Hoy hace más frío. 

—Sí. 

—Usted siempre dice que sí. 

—Es una respuesta correcta. 

Eva sonreía como si hubiera ganado algo, y Dante no devolvía el gesto. Había aprendido a leer a las personas como se lee un mapa: dónde estaban sus puntos débiles, cuánto tardarían en ceder, qué precio tenían. Eva no encajaba en ninguno, y eso no le despertaba curiosidad sino alerta, porque lo que no podía medir era un riesgo. 

El segundo día llegó sin dormir y, mientras el profesor dictaba, la pluma se le quebró entre los dedos. No fue un descuido, había apretado demasiado sin darse cuenta. La tinta le corrió por la palma y manchó el cuaderno. Sobre el banco, entre ambos, apareció un lápiz corto, con la madera mordida en la punta y un hilo enrollado en un extremo. 

—No lo necesito —dijo Dante. 

—Claro que sí. Está sangrando tinta. Solo me lo devuelve al terminar la clase, es el único que tengo. 

Dante no lo tomó. Pasaron varios minutos. La mancha se extendió, el profesor siguió dictando, y al final, con un gesto seco y sin mirarla, tomó el lápiz. La punta estaba rota. Sacó del bolsillo interior del abrigo una hoja corta de empuñadura negra y empezó a afilarlo con movimientos lentos y exactos. A mitad del segundo corte, la mano se detuvo. Vio sus dedos sosteniendo el filo, la luz de la ventana resbalando sobre el metal, y recordó otro filo y otra noche. 

—¿Siempre lleva eso encima? —preguntó Eva en voz baja. 

—Es para el lápiz. 

Su voz fue plana, pero tardó un segundo de más en sonar así. Terminó de afilar y, al acabar la clase, dejó el lápiz sobre el banco de ella. 

—Está afilado. Estamos a mano. 

—Entre nosotros no hay cuentas —dijo Eva. 

—En mi mundo siempre las hay. 

A la mañana siguiente, Eva encontró dos lápices nuevos alineados sobre su lado del banco. Dante miraba por la ventana. 

—No hacía falta. 

—Es una deuda, no un favor. 

—Entonces gracias, Dante. 

—Blackwood —corrigió él, sin girarse. 

—Dante suena mejor. 

No respondió. Pero tampoco volvió a corregirla, y esa noche, frente al lavabo, se lavó las manos una vez, dos, tres, mientras volvía a ver los dedos de una muchacha aferrados a su abrigo y, a la vez, la mitad de un dulce sobre una palma abierta. Las dos imágenes no debían caber en la misma cabeza. Pero cabían, y eso era lo que no lo dejaba dormir. 

Fue Thomas quien rompió la apuesta, y le costó. Se sentaba una fila más adelante, un muchacho de pecas y cabello desordenado, con un ojo castaño y el otro verde, que siempre llevaba un cuaderno de bocetos bajo el brazo y los dedos manchados de carboncillo. Una mañana se giró en su banco, miró a Eva, luego a Dante, y luego otra vez a Eva. 

—¿Lo has domesticado? —preguntó en voz baja. 

—No es un perro —respondió Eva, divertida. 

—Claro que no. Los perros no tienen esa mirada. 

Dante lo observó sin parpadear. Thomas tragó saliva, pero no retrocedió. Extendió una mano manchada de negro. 

—Soy Thomas. Dibujo. No muerdo. 

—No —dijo Dante. 

No aclaró si hablaba de la mano o de todo lo demás. Thomas retiró los dedos, se encogió de hombros como si hubiera esperado menos y volvió a su cuaderno. Pero no se rindió. Al día siguiente intentó una frase sobre el clima y Dante no contestó. Al otro, le preguntó si quería ver un boceto y Dante giró la cabeza hacia otro lado. Thomas no parecía ofendido. Parecía alguien acostumbrado a insistir en puertas cerradas. 

En el recreo, Dante y Eva compartían una banqueta de piedra bajo el único árbol del patio. Eva comía pan y Dante, nada. Thomas apareció con el cuaderno bajo el brazo y se detuvo a tres pasos, como un perro dudando si entrar a una casa ajena. 

—¿Está ocupado? 

—Sí —dijo Dante. 

Thomas asintió y ya se daba la vuelta cuando Eva lo detuvo. 

—No lo está. Siéntate. 

Dante la miró con una irritación que no le salió del todo, y no dijo nada. Thomas se sentó con cuidado, dejando un espacio absurdo entre ellos y él. 

—Siéntate más cerca, que no se contagia —dijo Eva. 

Thomas rio demasiado fuerte y enseguida se cubrió la boca. 

—Perdón. Hablo mucho cuando me pongo nervioso. Y me pongo nervioso cuando alguien me mira como ahora, como si calculara de qué lado caería si me empujara. 

Hubo un silencio. Dante habló despacio, sin humor. 

—Del derecho. Es tu lado más débil. 

Thomas palideció. Eva, que no sabía si reír, se tapó la boca. 

—No le haga caso, bromea. 

—No bromeo —dijo Dante. 

Thomas soltó una risa nerviosa, y por primera vez Dante notó que el muchacho tenía los dedos aferrados al cuaderno como a un salvavidas. Apartó la vista. 

—¿Y de dónde se conocen ustedes dos? —preguntó Thomas, un poco más bajo—. Porque llegó hace una semana y tú, Eva, hablas con él como si lo conocieras de toda la vida. 

—Compartimos un dulce. Uno solo, partido por la mitad. 

—No fue importante —dijo Dante. 

—Para mí sí —respondió Eva. 

—Qué romántico —dijo Thomas. 

—No —dijeron los dos a la vez. 

Thomas levantó las manos, divertido y desconcertado. 

—Es raro. Llevo dos años aquí y nadie se sienta conmigo más de cinco minutos. Solo me hablan cuando quieren que les dibuje a sus novias. Ustedes llevan una semana y ya tienen un idioma. 

—No es un idioma. Él solo dice que sí. 

—Eso es un idioma. 

—¿Puedo dibujarlos? —preguntó Thomas. 

—No —dijo Dante. 

—Entonces dibújame a mí —dijo Eva, riendo. 

Thomas empezó a trazar líneas, rápido, con la lengua entre los dientes. Dante fingió no mirar. Cuando sonó la campana, se levantó primero y se adelantó hacia el edificio, pero antes de entrar vio a Thomas escribir algo al margen del dibujo y cubrirlo enseguida con el antebrazo. Conocía bien a los que miraban demasiado. Los habían entrenado para eso. 

—No me odia —murmuró Thomas. 

—Todavía no lo sé —dijo Eva. 

 

El jueves, Eva llegó con los ojos hinchados. 

Intentó disimularlo. Se sentó, abrió su cuaderno y tomó la pluma, pero la mano le temblaba tanto que una gota de tinta cayó sobre la página. Dante lo notó. Lo notaba todo; era lo único para lo que lo habían entrenado bien. 

—¿Qué ocurre? 

Eva tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era pequeña. 

—Murió una muchacha. En Whitechapel. La encontraron en un callejón hace más de una semana y nadie la reclamaba, así que Margot consiguió que nos dieran el cuerpo para velarla. —Se limpió la mejilla con la manga—. Se llamaba Nell. Teníamos casi la misma edad. Una vez compartimos una manzana en la esquina de la panadería, cuando ninguna de las dos había comido en todo el día. Ni siquiera sabíamos el apellido de la otra. 

Dante sintió que el aula se alejaba. Los sonidos se volvieron lentos, lejanos. Su mano derecha, sobre el banco, se cerró lentamente en un puño. Había miles de callejones en Whitechapel. Y sin embargo, se percató de lo sucedido. 

—Lo lamento —dijo Eva, intentando sonreír—. No debería hablar de esto aquí. Es solo que... la velamos cuatro personas. Cuatro. Tan joven, y cuatro. 

—No tiene por qué disculparse —dijo Dante, con una voz que no reconoció como suya. 

El profesor tardaba, y el aula se llenaba del murmullo de quienes aprovechaban su ausencia. Eva siguió hablando en voz baja, más para sí misma que para él. 

—¿Sabe qué es lo que más me asusta? No es morir. Es que nadie se quede. 

Dante la miró. 

—Anoche, mientras la velábamos, no podía dejar de pensar en eso. En quién me velaría a mí. —Hizo un gesto vago, restándole importancia—. Margot, supongo. Y los niños de la pensión, aunque tendrían que prometerme no hacer ruido. 

—Los niños hacen ruido. 

—Entonces sería el funeral más ruidoso de Londres —sonrió ella—. Estaría bien. 

—¿Eso querría? ¿Ruido? 

—Querría que se quedaran. No me importa cuántos. Cuatro, como Nell, ya es bastante. —Se detuvo e inclinó la cabeza hacia él—. ¿Y usted? ¿Qué querría si mañana fuera el último día? 

Dante tardó en contestar. Nadie le había hecho nunca esa pregunta; las preguntas que le hacían eran siempre sobre resultados. 

—No lo he pensado. 

—Eso no es verdad. 

—Mi padre organizaría un funeral con doscientas personas —dijo al fin—. Todas bien vestidas. Ninguna lloraría. 

—Eso no es un funeral. Es una reunión. 

—Es lo mismo. 

—No. —Eva negó con suavidad—. Se nota en cuántos se quedan cuando la vela se apaga. 

Dante pensó en un callejón. En una muchacha que había dicho por favor y a quien, sin que él lo supiera, cuatro personas habían velado. Cuatro. Eran más de las que habría en su propia mansión, y lo sabía. 

—¿Tiene miedo? —preguntó. 

—Un poco. No de morir, sino de morir sin haber hecho nada. —Eva lo miró con una curiosidad sincera—. ¿Y usted? 

—No. La muerte es lo único previsible. Es lo que me enseñaron. 

—¿Eso le enseñaron? 

—Sí. 

—Qué cosa más triste para enseñarle a alguien. 

Dante abrió la boca para responder, pero la puerta del aula se abrió de golpe. 

El profesor Arthur Vance entró tambaleándose, con un libro bajo el brazo y una chaqueta que parecía haber sido atacada por una legión de polillas famélicas. Era un hombre encorvado, con anteojos redondos de cristal grueso, pero su mirada tenía una agudeza inquietante, la de un ermitaño que ha visto ángeles y demonios pasear de la mano. Dejó el libro sobre la mesa con un golpe sordo. 

—Disculpen la tardanza. Los años me han vuelto lento y, me temo, indiscreto —dijo, y sus ojos pasaron un instante por la última fila—. Algo alcancé a oír sobre la muerte y lo previsible. Qué oportuno, porque hoy hablaremos de dualidades. Vida y muerte. Luz y sombra. ¿Existen como opuestos, o son dos caras de una misma moneda? 

La clase permaneció en silencio. Dante observó la lluvia que empezaba a arañar los cristales. Le gustaba la lluvia: disolvía las huellas y limpiaba el barro de las calles. Era, en su lógica, una aliada. 

—Son opuestos —dijo una voz desde la primera fila, segura y mediocre—. La vida es lo bueno. La muerte, lo malo. Fin del debate. 

Vance sonrió con ironía indulgente. 

—¿Y tú, muchacho de la última fila? —preguntó, apuntando a Dante sin mirarlo directamente—. ¿Qué dice la lógica? 

Dante giró la cabeza lentamente. El silencio se volvió sólido. 

—La muerte no es lo malo —dijo, con la misma inflexión que usaría para describir la anatomía de una rana—. Es la inevitabilidad que da forma a la vida. Sin ella, la existencia no tiene urgencia ni valor. La muerte es el marco que contiene el cuadro. 

Era la misma frase que se había repetido durante años. Sonaba perfecta. Pero esa mañana, por primera vez, Dante la escuchó salir de su propia boca y comprendió que no la decía para convencer a la clase. La decía para convencerse a sí mismo. 

—Interesante —dijo Vance, ajustándose los anteojos—. Y la vida, entonces, ¿es solo el lienzo pasivo sobre el cual la muerte dibuja sus líneas? 

—La vida es un intervalo —respondió Dante—. Breve y caótico, entre dos nadas. No tiene sentido inherente. Solo adquiere forma cuando algo le impone un límite. 

Vance lo miró un segundo de más. Demasiado largo para ser casualidad. 

Entonces Eva se levantó. Era pequeña de estatura, pero pareció ocupar más espacio del que su cuerpo le permitía. Tenía una flor silvestre prendida en el cuello de la blusa, y los ojos todavía rojos. 

—Disculpe, profesor, ¿puedo? —No esperó la respuesta—. Anoche velamos a una muchacha de mi barrio. Si la muerte es el marco, entonces el cuadro quedó muy vacío. —Se le quebró la voz, pero siguió—. Lo que le dio forma a esa noche no fue la muerte. Fue que cuatro personas decidieron quedarse. La muerte solo se lleva. La que se queda a velar es la vida. No digo que sea justa. Digo que es lo único que tenemos para responderle. 

Nadie se movió. Thomas había dejado de dibujar. Nadie contradecía a Dante, y nadie se atrevía a mirarlo a los ojos, pero aquella muchacha de mejillas sonrojadas lo había hecho sin esfuerzo, como quien dice la verdad porque no conoce otra forma de hablar. 

Dante sintió que algo se movía en su pecho. No era interés. Era un movimiento más antiguo y más incómodo, como una puerta que se abre en una casa que lleva años cerrada. Y lo que sintió entonces no fue frío ni calor. Fue vergüenza, y no sabía qué hacer con ella. 

—El equilibrio —dijo Vance, golpeteando su libro con un dedo manchado de tinta— quizá no reside en elegir un bando, sino en reconocer que ambos son necesarios. La luz no existe sin la sombra. Y la sombra... —miró a Dante, luego a Eva— ...a veces anhela la luz sin saberlo. 

Dante bajó la mirada a sus manos. 

Cuando terminó la clase, los estudiantes salieron en tropel. Dante se quedó sentado. Eva también, recogiendo sus cuadernos sin prisa. 

—Gracias —dijo ella al fin. 

—¿Por qué? 

—Por escucharme. Por no decirme que es natural, que ya pasará. Todos me lo han dicho desde ayer. 

Dante abrió la boca. Las frases correctas estaban ahí, ordenadas, listas: eran las que le habían enseñado. Ninguna salió. 

—Lo siento —dijo. 

Eva lo miró, sorprendida, y después sonrió con tristeza, como quien recibe algo que no esperaba y no sabe dónde guardarlo. 

—Lo sé —respondió. 

Se marchó con sus cuadernos contra el pecho. Dante se quedó solo en el aula, mirando la lluvia. Era la primera vez en su vida que decía algo sin que fuera una orden ni una mentira. Y era, también, la verdad más pesada que había pronunciado jamás. 

—Autor, Dante pelotudo...— 

Durante todo el camino de regreso, Dante repitió mentalmente la frase que había dicho en el aula. La había dicho en voz alta, delante de alguien, y no podía deshacerlo. Se prometió que no volvería a ocurrir. 

 

Aquella noche, la mansión Blackwood cenó en silencio. 

La mesa era larga, demasiado para tres personas, y cada cubierto estaba colocado con una precisión que parecía una forma de amenaza. Lord Benedict cortaba su carne sin levantar la vista. La madre de Dante apenas tocaba su plato. Dante miraba el suyo, intacto, y mantenía las manos bajo el mantel. 

—¿Alguien ha hecho preguntas en la nueva escuela? —dijo Benedict. 

—No, padre. 

—Bien. —Bebió un sorbo de vino—. El asunto de la otra noche está resuelto. Nadie volverá a hablar de ello. 

Dante sintió que su madre levantaba la mirada. No hacia su esposo. Hacia las manos de su hijo, escondidas. Lo miró un segundo, solo uno, con esa tristeza sin fondo que él conocía desde niño, y después volvió a bajar los ojos al plato. No dijo nada. Nunca decía nada. 

Benedict dejó los cubiertos sobre el plato con un solo gesto seco. 

—Dante. A mi estudio. 

La mano de su madre se cerró despacio sobre la servilleta, pero nadie lo notó, o nadie quiso notarlo. 

El estudio de Lord Benedict olía a cuero y a cera de vela. Era la única habitación de la mansión donde Dante nunca se había sentido un hijo; allí era algo más parecido a un empleado. Benedict abrió un cajón con una llave que llevaba colgada al cuello y dejó sobre el escritorio un libro de tapas negras, más grueso que una Biblia. 

—Ábrelo. 

Dante obedeció. Las páginas estaban llenas de nombres escritos con letras distintas, generación tras generación. Todos estaban tachados con una línea limpia, y junto a cada uno había una fecha y una inicial: B. Algunas eran de una caligrafía antigua y temblorosa. Otras, de una mano que Dante reconocía muy bien. 

—¿Sabes qué es eso? 

—Una lista. 

—Es una deuda. —Benedict se sirvió una copa que no bebió—. Nuestro apellido no se compró con dinero, Dante. Hace tres generaciones tu bisabuelo lo perdió todo en un escándalo: las tierras, la reputación, el título. Un hombre del Círculo lo sacó del lodo. Pagó lo que debía, le devolvió su lugar y le abrió las puertas que hoy abre nuestro nombre. A cambio pidió algo. 

—¿Qué? 

—Que cuando el Círculo necesitara que alguien desapareciera, un Blackwood se encargara. Sin preguntas. Sin testigos. Sin nombre. —Pasó un dedo por una línea tachada—. Cada nombre paga el tiempo que pide nuestro apellido. Nunca paga la deuda entera, porque el Círculo se asegura de que no termine. Así es como una familia como la nuestra no se vuelve prescindible. 

—Entonces no es justicia. 

—Es obediencia. La justicia es un lujo de quienes no deben nada. 

Dante bajó la mirada hacia la última línea de la página. La tinta aún era negra y fresca. Nell Fenwick. Una tachadura, una fecha, una inicial. Eva no sabía ese apellido. Nadie en aquel velorio de cuatro personas lo sabía. Solo él, y el hombre que tenía enfrente. 

—¿Qué había hecho? —preguntó, y su voz sonó más baja de lo que quiso. 

Benedict lo miró como se mira a un caballo que tropieza por primera vez. 

—Había visto salir a un hombre de una casa que no debía, en una noche de lluvia. Y creyó que lo que había visto valía dinero. Se lo pidió a la persona equivocada. 

—Tenía dieciséis años. —dijo Dante, tratando de buscar algún alma en ese hombre. 

—Y una boca. —Benedict cerró el libro—. Los nombres no se preguntan, Dante. Se cumplen. Alguien en esta casa creyó que una deuda podía abandonarse. Tú sabes cómo terminó eso. 

Dante no respondió. Pensó en el retrato del segundo piso y en la figura apartada que todavía sonreía. 

—Hay otro nombre —continuó Benedict—. Te lo entregaré el sábado. 

Dante tardó en contestar. Durante años, esa respuesta había salido sola, como un reflejo. 

—Sí, padre. 

Esa noche no se lavó las manos. Se quedó sentado en el borde de la cama, mirándolas a la luz de la lámpara de gas. Eran las mismas manos de siempre, firmes, limpias, entrenadas. Eva decía que la muerte solo se lleva. Su padre decía que la muerte era un pago. Y él, entre las dos, ya no sabía de qué lado de la cuenta estaba. 

Afuera, la niebla se pegaba a los cristales. Faltaban cinco días para el sábado. Por primera vez en su vida, Dante no sabía si sería capaz de cumplir una orden.

Fin del capitulo 2... o no... JSJSJSJSJSJ

Hola que tal esta vez si, para el prox capitulo será 1 semana, estoy en semana de exámenes y ya no me alcanzaría tiempo y la verdad me encantaría concentrarme de lleno a la historia pero se me hace imposible. Igual responderé sugerencias, dudas y comentarios en general.

Thoughts

  • dlozano92

    Yo no le creo nada a Thomas. Dos años sin que nadie se le siente y justo se pega a ellos la semana que llega Dante, escribe algo al margen del dibujo y lo tapa con el brazo. Me da que viene mandado por el Círculo, a ver si el hijo de Blackwood se está ablandando. Y Dante le contesta lo del lado derecho, justo el que quería pasar invisible.

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  • horaExtra

    Coincido con la nota del autor sobre Dante 😂 Eva le explica que entre ellos no hay cuentas y esa misma noche el padre le abre un libro que es una cuenta enterita. Suerte con los exámenes, posta.

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