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Eternidad Spoiler

Kusirot

Contenido de la publicación

¿Qué pasaría si la vida y la muerte se enamoran?, esta historia se sitúa en 1888 en Londres, donde una peculiar escuela acogerá una bella historia de amor y tragedia. En la Dante y Eva, tratarán de esconder sus más profundos secretos. Autor - Si sugieren alguna recomendación se los agradecería, espero q les guste este proyecto :3 
Autor si no comprenden la historia lean la primera parte de la anterior publicación muchas gracias.


Capitulo 1; V2:
I. LA NIEBLA 

El otoño de 1888 se desangraba sobre Londres con una paciencia casi maternal. La niebla, densa y amarillenta como el aliento de una ciudad moribunda, se enroscaba entre los callejones de Whitechapel y lamía los muros de mármol de Mayfair con la misma lengua húmeda e indiferente. No había distinción para la bruma: ensuciaba por igual los canales de los ricos y los harapos de los pobres. Solo el río Támesis, negro y oleoso, parecía observarlo todo con una pasividad que rozaba la complicidad. 

En algún lugar de la ciudad, bajo un cielo sin estrellas, una joven caminaba con pasos ligeros por las calles empedradas. Evangeline —Eva para quienes la conocían de verdad— llevaba consigo un secreto que ni la miseria más feroz había logrado arrancarle: creía que la vida era algo sagrado. A sus diecisiete años, la vida la había tratado con la crueldad que se reserva a quienes nacen sin nombre en el barrio equivocado. Sobrevivía vendiendo su cuerpo en los callejones más infectos de Whitechapel, regresando cada amanecer a una pensión donde Margot, una mujer de manos ásperas y corazón blindado, le guardaba un sitio junto a la chimenea. 

Margot mirando las llamas de la chimenea recordó 

Unos años antes... 

El invierno aún no había llegado, pero ya podía sentirse en los huesos. Margot lo sabía. Cada año, antes de que la primera nevada cubriera los tejados, el frío parecía encontrar la forma de colarse por las grietas de su pequeña casa. 

Aquella mañana, al mirar la chimenea, encontró poco más que cenizas. Cenizas de aquellos días en los que alguna vez había sido feliz. 

Sin esperar más, tomó su viejo abrigo y salió en busca de leña. Sus manos, ásperas y llenas de callos, apenas sentían el frío mientras recogía rama tras rama. No solo quería alimentar el fuego de la chimenea; quizá, sin admitirlo, también buscaba avivar algo que creía apagado hacía mucho tiempo. 

-Su corazón.- 

Las horas pasaron y el bosque comenzó a teñirse de sombras. Margot ya había reunido suficiente leña cuando, entre las hojas húmedas, algo llamó su atención. 

No era un animal. 

Tampoco parecía pertenecer al bosque. Era algo pequeño… y por un instante, Margot creyó que brillaba. Se acercó con cautela... 

Entonces lo vio. Una criatura diminuta yacía entre las hojas, envuelta apenas en unos harapos. Era una bebé, pequeña y frágil, de cabello rojizo. 

Frente a ella había un lobo. 

Pero no era un lobo como los demás. Dos colas se extendían detrás de su cuerpo, moviéndose lentamente mientras olfateaba a la pequeña. Margot sintió que el miedo le recorría la espalda, pero no tuvo tiempo de pensarlo. Se lanzó hacia él y, con todas sus fuerzas, intentó apartarlo de la niña. 

-El animal retrocedió- 

Por un instante, sus miradas se encontraron. Margot esperaba ver ferocidad en aquellos ojos, pero encontró algo que no supo comprender. El lobo no parecía hambriento. Tampoco parecía dispuesto a atacar. 

Solo observaba. 

Entonces, antes de desaparecer entre los árboles, volvió la cabeza hacia la niña. Margot bajó la mirada. Fue cuando descubrió la marca. 

Una fina señal se extendía junto al costado de la frente de la bebé. La piel alrededor no sangraba y, extrañamente, tampoco parecía una herida reciente. Margot trato de buscar al lobo con la mirada. Volteando después para ver a la niña tratando de comprender que había pasado. Cuando volvió a levantar la vista, el animal ya había desaparecido. 

—¿Qué te ha pasado, pequeña? —murmuró. 

La niña abrió lentamente los ojos. Y por alguna razón, aquel pequeño gesto consiguió atravesar algo dentro de Margot que llevaba demasiado tiempo dormido. 

La tomó entre sus brazos. Era tan ligera que casi parecía que podía romperse. Margot la sostuvo con una delicadeza que sus manos ásperas ya casi habían olvidado. 

—Tranquila… —susurró. 

Por un instante, permaneció allí, contemplándola. Había algo en aquella pequeña criatura que le resultaba extrañamente familiar. No sabía qué era. Quizá la forma en que cerraba los dedos alrededor de su abrigo. Quizá la manera en que buscaba calor contra su pecho. Margot apartó la mirada. No quiso pensar demasiado en ello. 

La llevó consigo de regreso a casa, dejando atrás la leña que había recogido. Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, la chimenea volvió a arder. Y mientras el fuego iluminaba las paredes de la pequeña habitación, Margot permaneció sentada junto a la niña, observándola dormir. 

No sabía de dónde había venido. No sabía quién la había dejado en aquel bosque. Y mucho menos qué significaba aquella extraña marca. Pero sabía una cosa, no podía dejarla allí. 

Decidió llamarla Eva (Evangeline). Quizá porque aquella niña había llegado a su vida como una pequeña luz en medio de una oscuridad que llevaba años acompañándola. 

-Volviendo a la actualidad- 

Mañana siguiente 

—Eva —le decía Margot esa misma mañana, mientras le envolvía los hombros con un chal raído—, ve a comprar el pan para el desayuno. 

Eva asintió y salió de la pensión con unas pocas monedas apretadas entre los dedos. Mientras caminaba hacia la panadería, el estómago le rugía como si no hubiera comido en un año entero. La noche anterior había vuelto de Whitechapel tan tarde que no había tenido tiempo de probar la sopa que Margot le había preparado. 

Al doblar la esquina, la panadería apareció frente a ella. El aroma del pan recién hecho se escapaba por la puerta y hacía que su hambre pareciera todavía peor. Eva entró, compró el pan y, justo cuando estaba a punto de marcharse, sus ojos se desviaron hacia el escaparate. Había dulces. Pequeños, sencillos, cubiertos de azúcar y crema. No eran nada extraordinario, pero para alguien que llevaba días acostumbrándose a conformarse con lo necesario, parecían un pequeño tesoro. 

Eva contó sus monedas. Podía comprar uno. 

—Solo uno... —murmuro Eva 

Miró el pan que llevaba bajo el brazo y luego volvió a mirar el dulce. 

—Margot no se enterará... —murmuró para sí. 

Era una mentira bastante evidente. Después de unos segundos de lucha contra su propia conciencia, compró el dulce y lo guardó con cuidado en una pequeña bolsa de papel junto al pan. 

Salió de la panadería intentando no pensar demasiado en él. Sin embargo, el aroma dulce que escapaba de la bolsa la acompañó por el camino. No llegó muy lejos. Al pisar una piedra suelta, su tobillo se dobló. 

—¡Ah! 

Eva perdió el equilibrio y dio dos pequeños saltos intentando mantenerse de pie antes de rendirse ante la evidencia de que el suelo parecía tener otros planes para ella. 

—Esto es humillante... 

Terminó sentándose de golpe sobre una banqueta de madera que había junto a la calle. Solo entonces levantó la mirada. Había alguien sentado en el otro extremo. Un muchacho de cabello negro, vestido con una pulcritud casi absurda para una mañana tan gris, la observaba con unos ojos azules que parecían no haber aprendido todavía a parpadear. 

Dante. 

Eva se quedó quieta. Dante también. Ambos miraron la banqueta. Luego se miraron entre sí. 

—Perdón —dijo Eva—. No sabía que estaba ocupada. 

Dante miró el espacio vacío entre ambos. 

—No lo está. 

Eva frunció el ceño. 

—Entonces... 

Dante abrió la boca. No dijo nada. La cerró. Eva esperó. Dante volvió a intentarlo. 

—Puede... quedarse. 

Eva sonrió. 

—Gracias. 

Dante asintió. Por unos segundos, solo se escuchó el ruido lejano de los carruajes. Eva miró la bolsa de papel que llevaba entre las manos. El dulce se había aplastado un poco durante la caída. 

—Creo que sobrevivió. 

Dante la miró con el rostro inexpresivo. 

—¿Qué? 

Eva sacó el dulce y se lo mostró. 

—Mi dulce. 

Dante observó aquel pequeño pastel como si Eva acabara de sacar un órgano humano de la bolsa. 

—¿Por qué me lo muestra? 

Eva parpadeó. 

—No sé. Usted está aquí. 

Dante volvió a quedarse sin respuesta. Aquella muchacha era extraña. No sabía qué quería de él. No parecía tener miedo y, por alguna razón que no comprendía, sonreía. 

Eva miró el dulce. Después lo partió cuidadosamente por la mitad. 

—¿Quiere? 

Dante observó el pedazo que ella le ofrecía. 

—No. 

Eva se encogió de hombros. 

—Está bien. 

Se llevó su mitad a la boca y sonrió al probarla. Dante continuó observándola. No entendía nada. 

En su mundo, todo tenía un precio. Una orden, una amenaza, una deuda. Incluso los gestos amables escondían alguna intención. Pero aquella muchacha acababa de ofrecerle la mitad de algo que claramente quería para ella. Sin pedir nada. Sin saber siquiera quién era él. 

Y eso, más que cualquier amenaza, comenzaba a incomodarlo. 

 

Al llegar a la pensión, Eva sonrió a Margot con una sonrisa que quería ocultar algo. Tenía los ojos grandes, color avellana, y en ellos persistía algo que Margot no había visto en décadas: luz. No la luz de las lámparas de gas, que tiñe todo de un verde enfermizo, sino otra cosa, más antigua, como el resplandor de una vela sostenida contra el viento. 

—¿Y esa cara? —preguntó Margot, dejando a un lado el paño con el que limpiaba una taza. 

Eva se llevó una mano a los labios, intentando contener la sonrisa. 

—¿Qué cara? 

—Esa. La de alguien que acaba de descubrir que el mundo no es tan horrible como pensaba. 

Eva bajó la mirada. Entonces recordó el dulce. Solo había comprado uno para ella y ahora regresaba con la mitad de lo que había salido de la panadería. 

—Me encontré con alguien —dijo. 

Margot arqueó una ceja. 

—Eso ya lo sé. Londres está lleno de gente. 

—No como él. 

Margot la observó durante unos segundos. Eva no parecía enamorada. Al menos no todavía. Era algo más sencillo y, quizá por eso, más peligroso. Curiosidad. Había encontrado una grieta en alguien y ahora quería saber qué había detrás. Eva dejó el pan sobre la mesa y se sentó junto al fuego. 

—Parecía triste. 

Margot suspiró. 

—Eva... 

—No hice nada. 

—Eso es precisamente lo que me preocupa. 

Eva sonrió. 

—Solo le ofrecí un dulce. 

Margot la miró como si acabara de confesar que había regalado una fortuna. 

—¿Y tú comiste algo? 

Eva se quedó callada. 

Margot entrecerró los ojos. 

—Eva. 

—Un poco. 

—¿Cuánto es un poco? 

Eva señaló con los dedos el tamaño de la mitad del dulce. Margot negó con la cabeza, pero no pudo evitar una pequeña sonrisa. 

—Algún día esta ciudad te va a tragar. No es un lugar para niñas que aún se emocionan con la lluvia. 

Eva miró hacia la ventana. Afuera, Londres comenzaba a cubrirse de niebla. 

—Entonces tendré que aprender a no dejar que me trague. 

Margot no respondió. Solo la observó mientras Eva se acercaba al fuego. Había algo distinto en sus ojos aquella noche. Algo pequeño, pero vivo. 

Y, en algún lugar de la misma ciudad, otra casa se preparaba para recibir a un muchacho que había olvidado cómo se sentía estar vivo. 

 

La mansión Blackwood se alzaba lejos de Whitechapel, detrás de rejas negras y jardines demasiado cuidados para parecer humanos. Allí no había flores creciendo entre las grietas ni niños corriendo bajo la lluvia. Todo estaba en su sitio. Cada lámpara, cada cuadro, cada mueble. Incluso el silencio parecía obedecer órdenes. 

Los Blackwood llevaban generaciones siendo una de las familias más respetadas de Londres. Habían acumulado fortuna, propiedades y títulos suficientes para que su apellido abriera puertas antes incluso de que alguien pronunciara su nombre. Pero, dentro de aquella casa, el apellido no era un privilegio. 

Era una obligación. 

Desde que nacían, los hijos Blackwood aprendían la misma regla: jamás mostrar debilidad. Lord Benedict se encargaba de recordárselo. Había una palabra, sin embargo, que en aquella casa pesaba más que todas las demás. 

Deshonra. 

No hacía falta pronunciar un nombre. Bastaba con decirla. 

La familia había conocido una vez lo que ocurría cuando alguien decidía no soportar más el peso que le habían colocado sobre los hombros. Desde entonces, aquella persona dejó de existir dentro de la mansión. Su habitación permaneció cerrada. Sus objetos fueron guardados. Las conversaciones se detenían cuando alguien se acercaba demasiado a ciertos recuerdos. 

Para Benedict, aquello había sido una traición. Para la sociedad, una vergüenza. Para su esposa, nunca dejó existir. Dante conocía las tres versiones. Y había aprendido cuál debía repetir. 

No podía ser otra Deshonra. No podía escapar. No podía fallar. Porque los Blackwood ya habían perdido demasiado y nadie estaba dispuesto a permitir que volviera a ocurrir. 

Dante entró por la puerta principal sin quitarse el abrigo. Un criado se acercó para recibirlo, pero se detuvo al verlo. 

—Señor Dante... 

El muchacho no respondió. Subió las escaleras. 

En el segundo piso, un retrato ocupaba una pared entera. Lord Benedict aparecía en el centro, rígido como una estatua. A su lado estaba su esposa, con una expresión mucho más suave que la de su marido. Frente a ellos estaban sus hijos, todavía pequeños. Dante se detuvo. Sus ojos se quedaron sobre el retrato durante unos segundos. No miró a Benedict. Tampoco a sí mismo. Miró a la figura que estaba ligeramente apartada del resto. El pequeño llevaba una sonrisa que ya no existía en ninguna parte de aquella casa. 

Dante bajó la mirada. No pensaba en él como lo hacía su padre. No podía. Había escuchado demasiadas veces aquella palabra. 

Deshonra. 

Era más fácil llamarlo así. Más fácil que recordar. Más fácil que admitir que, antes de desaparecer, aquella persona había sido alguien que lo llevaba de la mano por los jardines cuando Dante todavía tenía miedo de la oscuridad. 

Su madre nunca había utilizado aquella palabra. Nunca. Una vez, cuando Dante era niño, la había escuchado llorar frente a aquella puerta cerrada. 

—Mi pequeño cuervo... 

Fue lo único que dijo. Dante nunca olvidó la forma en que pronunció aquellas palabras. Con amor. Con culpa. Con una tristeza que parecía no tener final. 

Ella siempre había sabido que algo estaba mal. Había visto cómo las exigencias de Benedict aumentaban año tras año. Había visto cómo aquel niño aprendía a sonreír menos, a hablar menos, a equivocarse menos. Había intentado intervenir. Pero había llegado demasiado tarde. Cuando finalmente se marchó, ella comprendió que había confundido obediencia con fortaleza. Y desde entonces había vivido con una pregunta que nunca se atrevió a decir en voz alta: 

¿Y si hubiera protegido a mi hijo antes? 

Por eso, con Dante, intentó hacerlo diferente. Una tarde, años atrás, lo encontró en una de las salas de entrenamiento. Tenía las manos lastimadas. 

—Dante. 

El muchacho se volvió. 

—Estoy bien, madre. 

Ella se acercó y tomó sus manos con cuidado. 

—No tienes que hacer esto. 

—Sí tengo. 

—No. 

Dante evitó mirarla. 

—No quiero que él vuelva a llamarme una decepción. 

Su madre sintió que algo se quebraba dentro de ella. Aquellas palabras no eran de Dante. Eran de Benedict. Eran las mismas palabras que había escuchado antes. La misma presión. La misma exigencia. El mismo camino. 

—No tienes que convertirte en él —susurró ella. 

Dante levantó la mirada. 

—¿En quién? 

Ella tardó unos segundos en responder. 

—En aquello que tu padre quiere que seas. 

Dante retiró lentamente las manos. 

—Entonces me convertiré en algo que él no pueda despreciar. 

Su madre quiso detenerlo. Quiso decirle que no necesitaba demostrar nada. Quiso abrazarlo. Pero Dante ya había aprendido a esconderse detrás de una expresión que ningún abrazo podía atravesar. Ella lo observó marcharse y comprendió, demasiado tarde, que proteger a un hijo no siempre significaba encerrarlo lejos del peligro. A veces significaba enfrentarse al hombre que estaba creando el peligro. Y ella nunca había sido lo suficientemente fuerte para enfrentarse a Benedict. 

Dante creció. La casa se volvió más silenciosa. Y las lecciones de su padre dejaron de ser lecciones. Se convirtieron en órdenes. 

Aprendió a disparar. A luchar. A observar. A obedecer. Aprendió que una persona podía convertirse en un objetivo con solo recibir una orden. Aprendió que la muerte no era una tragedia cuando ocurría lejos de los ojos correctos. Y aprendió, sobre todo, que un Blackwood jamás debía preguntar si algo estaba bien. 

Solo debía hacerlo. 

Aquella noche, sin embargo, algo cambió. Dante recibió una orden. Salió de la mansión cuando Londres ya estaba cubierta por la niebla. Caminó por calles donde nadie miraba demasiado tiempo a los desconocidos. El frío se había instalado entre las piedras y las lámparas de gas apenas conseguían atravesar la oscuridad. 

Encontró a la muchacha en un callejón. Era joven, demasiado joven. Dante permaneció frente a ella con el rostro inexpresivo, y ella retrocedió hasta que su espalda tocó el muro húmedo. 

—Por favor... 

Había escuchado aquella palabra muchas veces y nunca había significado nada. Aquella noche sí. La muchacha lloraba sin hacer ruido, como quien ya sabe que nadie vendrá. Dante recordó el dulce que una desconocida le había ofrecido esa mañana, sus ojos, aquella sonrisa. Y después recordó la voz de su padre: los Blackwood no cometen errores. 

Cerró los ojos, y cuando volvió a abrirlos, ya había sacado la daga. 

No hubo advertencia. Avanzó un paso y la hoja entró bajo las costillas, limpia y exacta, tal como lo habían entrenado. La muchacha abrió la boca, pero no salió ningún grito, solo un aire quebrado que se perdió en la niebla. Sus manos se aferraron al abrigo de Dante con una fuerza inesperada, como si aún buscara algo a lo que sostenerse. Él la miró a los ojos mientras la luz se le iba, y fue lo peor: no apartó la mirada. 

Cuando las manos de ella se aflojaron, la dejó descender despacio contra el suelo. La sangre se extendió entre las piedras, oscura y tibia, y manchó los puños de su camisa. La muchacha ya no respiraba. 

Dante se quedó de pie sobre ella, sin sentir nada, solo el eco de una palabra. 

Por favor. 

La noche terminó en un silencio sepulcral. 

Dante regresó a casa mucho después. Se quedó frente al lavabo de su habitación y abrió el grifo. El agua comenzó a correr. Se lavó las manos. Una vez. Dos. Tres. Pero seguía viendo las manos de Eva. La forma en que habían sostenido aquel dulce. La forma en que se lo había ofrecido sin conocerlo. Dante apretó los dedos bajo el agua. Por primera vez, sintió que sus manos no le pertenecían. 

A la mañana siguiente llegó a la academia con el rostro más pálido de lo habitual. No había dormido. Las voces de los profesores se mezclaban con el eco de la noche anterior y cada sonido parecía demasiado fuerte. Uno de sus compañeros se acercó. 

—¿Qué te pasa, Blackwood? 

Dante no respondió. 

—¿Te comió la lengua el gato? 

La mano del muchacho tocó su hombro. Fue suficiente. Dante reaccionó antes de pensar. El golpe fue rápido. Demasiado rápido. El muchacho cayó al suelo con un grito y la clase quedó en silencio. 

Dante observó su propia mano. No sentía ira. Eso era lo peor. Solo cansancio. Y una especie de vacío que parecía haber crecido durante la noche. 

Horas después, Lord Benedict recibió la noticia. No hubo gritos. No los necesitaba. 

—Esta academia ya no es adecuada para ti —dijo. 

Dante levantó la mirada. 

—¿Me expulsaron? 

—No. Te trasladarán. 

Benedict hizo una pausa. 

—Tu nombre ya ha soportado suficiente. 

Dante comprendió lo que aquello significaba. No era un castigo por haber golpeado a un compañero. Era una forma de borrar el incidente antes de que alguien comenzara a hacer preguntas. Una nueva escuela. Nuevos profesores. Nuevos compañeros. Ninguno de ellos conocería la historia completa. 

Nadie sabría lo que había ocurrido aquella noche. Nadie sabría por qué Dante ya no dormía. Nadie sabría que, detrás de los ojos azules y de la postura perfecta, había un muchacho intentando sostener sobre sus hombros el peso de una familia que no permitía caer. 

La mañana de su traslado, Dante volvió a mirar el retrato de los Blackwood. Esta vez no se detuvo mucho tiempo. Tomó su abrigo. 

Y se marchó. 

Fin del capitulo 1.
El próximo capitulo será publicado en 2 semanas, quizás xd, los quiero muchos #amor #antiguio #proyecto #gotico

Thoughts

  • dlozano92

    Eva gastándose la moneda del dulce sabiendo que Margot se iba a dar cuenta, y después partiéndolo con un desconocido que ni las gracias le da, me pareció lo más de ella en todo el capítulo. Quien ha contado monedas para el pan entiende lo que vale medio dulce regalado. Y a Dante eso lo desarma más que cualquier amenaza, se nota. ¿Ya tienes pensado cuándo vuelve el lobo de dos colas?

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  • TintaYMadrugada

    El capítulo arranca con Eva y termina con Dante yéndose de la casa, y en el medio los dos se cruzan una sola vez, en una banca, por un dulce. Me gusta que ese encuentro sea tan chiquito, porque la noche del callejón cambia de peso justo por eso: él mata a una muchacha que podría ser ella, en el mismo barrio donde ella sale cada noche. Cuando Dante y Eva se vuelvan a ver, ella va a ser exactamente la clase de chica que a él le mandan a matar, y apuesto a que él ya lo sabe.

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  • Ovid

    Dante lavándose las manos tres veces y viendo las de Eva me hizo pensar en Lady Macbeth, que tampoco conseguía quitarse la sangre de encima. Apuesto a que el dulce partido por la mitad va a pesar más en esta historia que la daga. Me gustó que Margot y Eva tengan tanto humor juntas en medio de toda esa niebla.

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Autor si no comprenden la historia lean la primera parte de la anterior publicación muchas gracias. Capitulo 1; V1: I. LA NIEBLA

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