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ESTIMADO REMO:

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Pensamiento

Pensamiento

Ovid

Que Remo preguntara qué sería de su colección y la respuesta llegue veintinueve años después, con la estampilla de los radioaficionados al lado del teclado. Y esto va a seguir: la posdata deja la misma pregunta abierta para la colección del que escribe, y

Que Remo preguntara qué sería de su colección y la respuesta llegue veintinueve años después, con la estampilla de los radioaficionados al lado del teclado. Y esto va a seguir: la posdata deja la misma pregunta abierta para la colección del que escribe, y algún día alguien va a golpear otra puerta preguntando por él. ¡Gracias por compartirla!

Contenido de la publicación

Me dispongo a contestarle su última carta, fechada el 25 de julio de 1997.

Sé que me he demorado bastante en escribirle y no sabe usted las ganas que tengo de que pueda leer estas líneas. Aunque, como siempre, tendrá que esperar a que lleguen.

Sepa disculparme. Uno ya no es aquel changuito ilusionado que quería tener todos los sellos postales del mundo. Con los años se vuelve más selectivo, o quizá menos entusiasta, vaya uno a saber. La juventud se nos va perdiendo el tiempo en cosas que después ni recordamos, y la adultez nos encuentra todo el día preocupados y ocupados, sin tiempo para aquello que antes nos hacía felices.

Fíjese cómo será la vida que estoy escribiéndole apurado en una computadora, en lugar de hacerlo como antes, con papel, lapicera y un matecito entre párrafo y párrafo. Pero así es la vida de hoy, apurada y descartable. Lo artesanal se ha vuelto un lujo que pocos se permiten y que casi nadie tiene tiempo de disfrutar.

Son las 2:45 de la madrugada. Mañana tengo que levantarme temprano para trabajar, pero esta noche quiero escribirle. Y quiero, por una vez, darme el gusto de hacerlo sin mirar el reloj.

La computadora tiene sus ventajas, no crea. Me permite escribir, borrar, corregir y volver a empezar sin que usted se dé cuenta. No como aquellas cartas que le mandaba de chico, llenas de palabras tachadas, letras apretujadas entre renglones y alguna que otra mancha de tinta. Me imagino que más de una vez habrá tenido que adivinar lo que quería decirle.

Antes que nada, quiero contarle que todo lo que me envió llegó perfectamente. También felicitarlo por su nombramiento como jefe honorario del Regimiento de Caballería de Tanques 7, Coraceros Coronel Ramón Estomba. Me imagino la alegría que habrá sentido usted y también su familia. Sé cuánto significan esas cosas para las personas que saben apreciarlas.

Le reitero mis disculpas por la demora. Sucede que en casa tuvimos algunos problemas y me vi obligado a vender parte de mi colección. Aquello me desanimó bastante. Dejé de coleccionar, guardé los álbumes y durante un tiempo ni siquiera quise mirar una estampilla.

Pero ya conoce usted el dicho: donde hubo fuego, cenizas quedan. Y aquí estoy nuevamente, al pie del cañón.

Quiero contarle algunas cosas de todo este tiempo.

¿Recuerda cuando me aconsejaba que tomara la filatelia solamente como un pasatiempo? Bueno, debo confesarle que no seguí demasiado su recomendación. Me fui metiendo cada vez más en este mundo y, cuando quise darme cuenta, ya estaba hasta las orejas.

Y buena parte de la culpa es suya.

¿Qué sería de mi colección sin aquellos primeros sellos de Corrientes que me mandó? ¿O sin la serie completa de Flores Argentinas? ¡Mire que parecen fáciles de conseguir, pero son una cantidad increíble! Todavía recuerdo la alegría que me dio completar esa serie.

Muchas veces me pregunto qué habría sido de mi afición sin aquellas cartas suyas, llenas de consejos, explicaciones y recomendaciones. Usted siempre encontraba la manera de enseñarme algo, aun cuando yo solamente estaba interesado en conseguir una estampilla que me faltaba.

Todavía conservo aquel catálogo fotocopiado que me regaló. Está bastante castigado, con las hojas amarillentas y algunas esquinas comidas por polillas, pero sigue en mi biblioteca. Cada tanto lo encuentro mientras busco otra cosa y termino hojeándolo un rato.

No sabe cuánto le agradezco todo aquello.

Y hablando de recuerdos, tengo algo que contarle que seguramente le va a gustar.

Hace dos días pasé por Concordia y, ¿a que no sabe?, estuve en la casa de su hija menor.

Me costó decidirme a golpear la puerta. No sabría explicarle por qué. Tal vez porque, después de tantas cartas, me resultaba extraño presentarme así, sin avisar. Finalmente me animé.

Me atendió un muchacho. Le conté quién era yo, que era un coleccionista como usted y que intercambiamos estampillas durante años. El muchacho llamó a su madre y ella salió a recibirme. Al principio me miró con cierta desconfianza, cosa que me pareció completamente razonable, pero después de conversar un momento me invitó a pasar.

Tomamos unos mates y hablamos de todo un poco.

Por supuesto, usted estuvo presente durante buena parte de la charla. Su hija se deshace en halagos y me contó algunas cosas que yo desconocía. Fue curioso escuchar hablar de usted de aquella manera, porque, aunque nos escribimos durante tanto tiempo, había muchos aspectos de su vida que yo no conocía.

En un momento salió el tema de las estampillas.

Me contó tiene una colección y fue a buscarla para mostrármela. No sabe lo bien que tenía guardado todo. Los álbumes, las hojas, los sobres, cada cosa en su lugar. Parecía una profesional, y eso que me aseguró que no entendía demasiado del asunto.

Me quedé un buen rato revisando las piezas. Algunas me resultaban familiares por sus cartas; otras seguramente habían llegado a sus manos después de nuestros últimos canjes.

Su hija tuvo la gentileza de ofrecerme una estampilla de recuerdo. Me dijo que eligiera la que quisiera.

¿Y a que no sabe cuál me llevé?

La argentina de 1982, aquella emisión en homenaje a los radioaficionados.

Apenas la vi me acordé de usted. De su pasión por la radioafición, de sus equipos y de aquellas comunicaciones con lugares lejanos que tanto disfrutaba. Siempre me resultó fascinante esa afición suya de conversar con personas que estaban a cientos o miles de kilómetros, muchas de las cuales seguramente jamás llegaría a conocer.

Algo parecido a lo nuestro, ahora que lo pienso, aunque nosotros necesitábamos papel, sobres y un poco más de paciencia.

La estampilla está aquí, al lado del teclado. No es una pieza extraordinaria, pero será una de las más queridas de mi colección.

Antes de despedirme de su hija me animé a pedirle otro favor.

Le pregunté si tendría alguna fotografía suya que pudiera regalarme.

¿Puede creer que después de tantas cartas todavía no conocía su cara? Yo sabía reconocer su letra apenas miraba un sobre, conocía sus gustos, sus aficiones y hasta algunas de sus preocupaciones, pero si nos hubiéramos cruzado por la calle, jamás habría sabido que era usted.

Su hija buscó entre algunas fotografías y me mostró una. Le pedí una copia y tuvo la amabilidad de dármela.

Al fin pude conocerlo, Remo.

Y le digo una cosa: me lo había imaginado bastante distinto.

Bueno, el tiempo se me ha pasado volando, como seguramente se le estará pasando a usted con esta carta, que no quiero hacer demasiado extensa. Además, ya se está haciendo tarde y todavía me quedan unas cuantas horas de trabajo por delante.

Pero antes de terminar quiero responderle aquella pregunta que me hizo en su última carta.

Me preguntaba qué sería de su colección el día que usted faltara.

Su hija me contó que la dividieron en tres partes. Dos de ellas terminaron vendiéndose. La tercera quedó en manos de su hija menor, que es justamente la que tuve oportunidad de revisar.

Ninguno de sus hijos continuó con la afición. Me contó que, cuando tuvieron que repartir los álbumes, no sabían muy bien cómo hacerlo. Eran demasiadas estampillas y desconocían el valor que podían tener. Así que dividieron todo como mejor pudieron y cada cual decidió qué hacer con lo suyo.

Su hija todavía conserva su parte, aunque me dijo que, si apareciera una buena oferta, probablemente también la vendería.

No la culpo. Cada uno tiene sus gustos y sus necesidades. Yo, por cierto, no podría comprarla, aunque quisiera. No me alcanza el dinero para semejante gasto.

De todos modos, me alegró saber que buena parte de sus estampillas seguramente estará en manos de otros coleccionistas, gente que las apreciará y cuidará como lo hacía usted.

Y ya ve, una de ellas está conmigo.

Creo que, después de todo, su pregunta tiene respuesta.

Bueno, mi estimado amigo, no quiero aburrirlo más. Vuelvo a pedirle mil disculpas por haber tardado tanto en contestar. Veintinueve años es toda una vida, pero quizá fueran necesarios para poder responderle.

Voy a imprimir esta carta y dejarla sobre la impresora. Me hubiera gustado enviársela como hacíamos antes, con una linda estampilla en el sobre y mi dirección al dorso, por si acaso.

Pero no tengo su nueva dirección.

Y pensar que con toda la tecnología que existe hoy, todavía no han conseguido que el correo entregue cartas en el cielo.

Un fuerte abrazo, mi querido Remo.

P. D.: Ahora me quedé pensando en algo que nunca antes me había preguntado.

¿Qué pasará con mi colección cuando me muera?

Thoughts

  • Aitor

    Me esperaba que acabara triste con lo de la colección partida en tres, y al final él lo da por bueno porque una estampilla volvió a sus manos. Y la posdata le da la vuelta entera, flipa.

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  • mreyes84

    La letra de Remo la reconocía en cualquier sobre y la cara recién ahora, por una foto. Eso me dejó pensando un rato, ya pues.

    Permalink
  • Ovid

    Que Remo preguntara qué sería de su colección y la respuesta llegue veintinueve años después, con la estampilla de los radioaficionados al lado del teclado. Y esto va a seguir: la posdata deja la misma pregunta abierta para la colección del que escribe, y algún día alguien va a golpear otra puerta preguntando por él. ¡Gracias por compartirla!

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