Hoy desperté con el sonido habitual que ronda mi habitación: unos pájaros que no veo, pero que cantan maravillosamente.
Me pregunté: ¿qué evocaban esas criaturas?, ¿qué nos decían en cada cántico?
Y comenzaba a responderme que todos cantamos diferente, que tenemos el color de nuestras voces que nos inspira y nos hace acercarnos a otras criaturas que podemos mirar a los ojos y que nos ayudan a encontrar respuestas a nuestros días largos o lúgubres.
Aquellos pájaros mostraban que la vida iniciaba en cada amanecer, que ellos podían sonreír a pesar del frío o la lluvia y que su canto no se iba a detener por las lágrimas ni las tristezas que habitaran sus corazones. Ellos creían en esa inteligencia de la cual la divinidad les había dotado y que les permitía continuar.
Ellos se despertaban con solo la certeza de que no necesitaban nada más: ni cambiar su plumaje, y que el baño con el agua natural sería delicioso. Seguros de que hoy iban a comer manjares que estaban por allí, en las flores, y que por eso no iban a sentir culpa ni a compadecerlas, sino que las saludarían y entenderían el sentido del alma en cada ser que habita el planeta.
Sabían que cada flor había sido destinada para apoyar su crecimiento y, a su vez, ellas tenían otro apoyo de la naturaleza. Entonces, ellos no ponían resistencia a nada.
En cuanto a mí, cada pájaro me mostraba que, en los días lúgubres, yo también tenía que portar un traje, ojalá amarillo. Y si tenía que llorar, lloraba con tranquilidad. Después llegaría una sonrisa porque alguien esperaba por mí, así fuera una flor, y porque había otro alimento en mi mesa que me decía qué magnífico era tener el alma habitando este lugar, en un silencio de los mundos que desconocemos.
Mundos quizás rotos, pero que después de ser grises se volvían de color, quizás con volver al amor de otro ser o con abrazar una época del año. Siempre había un motivo para el mejor traje de esta mañana en que desperté con el canto de un pájaro.
Pero también había días en que no tenía que llorar. Sonreía desde temprano y, de pronto, en algún momento me enojaba.
Entonces volvía a pensar en ese pájaro.
Él simplemente seguía volando, sabiendo que ya todo estaba solucionado. Y entonces yo volvía a confiar en que ese enojo era parte de lo que yo era, de la vida, y había que integrarlo e invitarlo a descansar y sentarse.
Gracias a ese pájaro he resuelto que, en los días que no son tan fáciles, busco un lugar donde pueda escuchar más pájaros y sentarme con el enojo, con una rica aromática, a definir cómo podemos negociar y sanar nuestras emociones.
Él me escucha y se va, porque se siente amado, así como el pájaro va amando cada flor.
Cada emoción se puede amar, permitiendo que el ser llegue a la paz y la calma, que es lo que todos buscamos.
Así que miren todo lo que me decía ese pájaro al amanecer.
En su canto guardaba el más sublime secreto: amar tu vida como es, con el alma, acompañando con tu magia a esos días que son menos claros y a esas sonrisas que nos persiguen para volvernos flores intactas que podemos compartir nuestro néctar.
Les dejo un saludo a todos, en cualquier lugar del mundo, para que conserven su voz y no dejen de cantar, sea con una sonrisa o con un llanto y sigamos el ejemplo del pájaro.