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Esa tarde en el barrio Borges

Rulo1948
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Eran cuatro viejas amigas en el barrio Borges, en Santiago del Estero. La mayoría entre 65 y 75 años. Se juntaban todos los días a jugar a las cartas.

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Pensamiento

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GasparLeon

El sodero dejando la notita abajo del cajón. Así era pues, uno se declaraba con un papelito escondido en lo que tuviera a mano. A mi hermana le llegó uno dentro de una bolsa de pan, y de ahí salió un matrimonio de muchísimos años.

El sodero dejando la notita abajo del cajón. Así era pues, uno se declaraba con un papelito escondido en lo que tuviera a mano. A mi hermana le llegó uno dentro de una bolsa de pan, y de ahí salió un matrimonio de muchísimos años.

Contenido de la publicación

Eran cuatro viejas amigas en el barrio Borges, en Santiago del Estero. La mayoría entre 65 y 75 años. Se juntaban todos los días a jugar a las cartas.

Esa tarde, las cartas quedaron ahí, a medio mezclar. El mate humeando en el centro, las cuatro sillas de siempre en el patio de Carmen.

Carmen, la de 75, la que siempre gana al chinchón, fue la que tiró la bomba.

- Hoy no juguemos a las cartas - dijo, acomodándose los lentes -. ¿Qué les parece si contamos nuestras experiencias amorosas desde jóvenes? Cómo fueron nuestras primeras veces en el amor, cuántos novios tuvimos, qué era lo que hacíamos. Vamos chicas, ¿se animan?

Marta, 68, la más colorada, casi se atraganta con la tortilla al rescoldo.

- ¡Carmen! ¡Por Dios! ¿Vos querés que me infarte acá?

Lila, 72, la viuda alegre, se rió con toda la boca.

- ¡A mí me encanta la idea! Yo empiezo si quieren, pero necesito otro mate, porque mi historia es larga.

Y Pocha, 65, la más chiquita y la más seria, que hacía 40 años estaba casada con el mismo hombre, se tapó la cara.

- Ustedes están locas. Mi marido si me escucha me pide el divorcio.

Carmen arrancó para romper el hielo.

- Mi primer amor... tenía 15 años. Se llamaba Jorge. Era el sodero del barrio. Yo lo esperaba toda la siesta con el pelo recién peinado. Un día me trajo la soda y me dejó una notita abajo del cajón que decía "¿Querés ser mi novia?". Yo le dije que sí y no dormí en tres días. Duramos dos meses, hasta que se fue a hacer la colimba.

Después le tocó a Lila.

Lila tomó el mate, le dio un sorbo largo y las miró por arriba de los lentes.

- Chicas... yo les mentí. Yo no tuve cinco novios. Tuve seis. Y el sexto no fue cuando era joven. Fue hace dos años.

¡Se armó el escándalo!

- ¿Se acuerdan de Don Humberto, el profe de folklore del centro de jubilados? - dijo Lila -. Un día después de clase me dijo "Lila, usted baila como una diosa". Y yo le dije "Humberto, hace 20 años que no me dicen algo lindo". Me acompañó hasta la parada, charla va, charla viene, nos empezamos a mandar mensajitos. Un día me invitó a tomar un helado. Yo fui, con mis 70 años, con la blusa nueva y los labios pintados. Me tomó de la mano en la plaza. Y sentí el mismo cosquilleo en la panza que a los 15. Una cree que a esta edad ya no se siente nada, pero no. El corazón no se jubila.

Marta, la más callada, fue la siguiente.

- Hay algo que nunca les conté. A nadie. Cuando yo tenía 22 años, estaba de novia con Carlos, el que después fue mi marido. Y en mi trabajo, en la tienda de telas de los turcos, entró a trabajar un muchacho nuevo. Se llamaba Antonio. Era tucumano. Me dejaba un verso escrito en un papelito de los pedidos. "Marta de ojos tristes", me ponía. Yo al principio los tiraba. Después los empecé a guardar en el bolsillo del delantal. Una tarde nos mandaron a los dos al depósito y me agarró la mano y me dijo: "Si usted me dice que sí, yo esta noche mismo la espero en la terminal y nos vamos a Tucumán. Yo no tengo nada, pero le juro que le escribo un poema todos los días de mi vida". Le dije que no. Le dije "yo ya di mi palabra". A la semana renunció y se volvió a Tucumán. Nunca más lo vi.

Marta abrió su carterita de cuerina negra. Adentro, dobladitos y amarillos por el tiempo, había tres papelitos. En uno se leía: "Marta de ojos tristes, si te vas conmigo te prometo una vida sin siestas aburridas".

Y finalmente le tocó a Pocha, la más seria.

- Ustedes se creen que yo fui siempre así. Yo a los 16 era la más loca de las cuatro. Mi primer amor fue Miguel, el hijo de la panadera. Mi papá me tenía prohibido hasta mirarlo. Una noche de verano, de esas de 40 grados, él me dijo por el tapial: "Pocha, ¿te animás a venir al baile de la sociedad italiana?". Me puse el vestido por debajo del camisón, me até los zapatos y los llevé en la mano. Y me tiré por la ventana de la cocina. ¡Por la ventana! Fui al baile con Miguel, bailamos toda la noche. Cuando volví a las tres de la mañana, mi papá estaba sentado en la cocina con el cinto en la mano. Me dijo: "Mañana me amasas 10 kilos de pan para que aprendas lo que es trasnochar". Amasé pan una semana, pero valió la pena.

Esa tarde quisieron ir más allá, a lo más íntimo, pero ahí Carmen pegó un golpe en la mesa.

- Hasta acá llegamos. Nosotras no nos juntamos a medir nada. Nos juntamos a acordarnos de cuánto quisimos. A mí no me interesa si fue uno o fueron diez. Me interesa que Marta todavía guarda los papelitos, que Pocha se animó a tirarse por una ventana y que Lila a los 70 se pone la blusa nueva para ir a tomar un helado.

Pocha asintió.

- Lo que pasó en mi pieza es entre Roberto y yo. Y así va a seguir. No por vergüenza, sino por respeto.

Lila se rió y remató:

- Bueno, está bien. No damos detalles. Pero digamos que en 70 años una aprende que el tamaño que importa es el del abrazo cuando tenés frío. ¿Estamos de acuerdo?

- ¡Estamos de acuerdo! - gritaron las otras tres.

Lila se levantó, fue hasta el viejo combinado y puso un chamamé bajito.

- ¿Si Pocha se tiró por la ventana a los 16, nosotros no nos vamos a animar a bailar un chamamé a los 70?

Y ahí, descalzas en el patio de tierra del barrio Borges, con las rodillas que crujían y la risa que no paraba, bailaron.

Sin cartas. Solo ellas cuatro, que esa tarde entendieron que el amor no se termina. Solo cambia de forma.

Y Roberto, desde la ventana, las miró bailar y pensó: "¿Qué habrán tomado estas viejas locas?".

Así fue esa tarde en el barrio Borges con estas viejas amigas

Thoughts

  • NoeliaBastida

    ¡Pocha por la ventana!

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  • GasparLeon

    El sodero dejando la notita abajo del cajón. Así era pues, uno se declaraba con un papelito escondido en lo que tuviera a mano. A mi hermana le llegó uno dentro de una bolsa de pan, y de ahí salió un matrimonio de muchísimos años.

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  • Ovid

    Roberto mirando desde la ventana a las cuatro bailando el chamamé descalzas me hizo pensar en cuántas tardes así pasan en patios de cualquier barrio sin que nadie de afuera se entere. Apuesto a que la próxima vez que se junten las cartas vuelven a quedar a medio mezclar, y Pocha ya no se tapa la cara.

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  • IreneCalvo

    Marta sacando de la carterita los tres papelitos amarillos de Antonio, después de toda una vida con Carlos. Eso se guarda por la chica que una fue. Y apuesto a que Carmen cortó lo íntimo por Marta.

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