Dos años más tarde, un pequeño departamento luminoso en el centro de Atenas albergaba dos escritorios juntos cerca de la ventana. De un lado, ordenados con rigurosa precisión, descansaban los modelos dentales, los artículos de investigación clínica y la agenda de la doctora Saria. Del otro lado, entre muestras de hojas secas, microscopios portátiles y carpetas de planeación docente, se extendían los proyectos del profesor Caleb.
Habían logrado coordinar sus carreras, homologar sus títulos y construir una vida compartida donde ni la ciencia ni la dedicación profesional quedaban relegadas.
En el estante principal de la sala, junto a una fotografía enmarcada de ambos sonriendo bajo los olivos de Plaka, conservaban un pequeño objeto simbólico: una moneda metálica antigua que Caleb había comprado en un mercado de antigüedades en Lima, grabada con la cifra «20».
Un recordatorio sencillo de que las mejores decisiones de la vida a veces comienzan en la tarde más aburrida, con un gesto de curiosidad y la valentía suficiente para no dejar ir lo que realmente importa.