Después de un domingo de sorpresas y reflexiones, llega un lunes cargado de reuniones, charlas con clientes y papeles que llenar.
Por fin el día llega a su fin. Sin escaleras hoy, no más esfuerzo. Entro al ascensor y saludo a algunos compañeros. Faltan dos pisos para respirar tranquila. El ascensor se detiene, bajan todos y sube ella. La alegría es tanta que grito mientras la abrazo. Realmente la extrañaba.
—No esperaba encontrarte acá.
Belén sonríe. El ascensor llega al final del recorrido.
—¿Vamos a tomar algo?
—Ni lo preguntes.
—¿Cuándo llegaste?
—¿Y si te digo que Belén sigue en España?
—Ay, no... ¿es en serio?
Me tomé, de un solo trago, un cóctel de frustración, enojo, melancolía y el cansancio del día. Realmente era una bomba a punto de explotar. Lo miro como una nena a quien le acaban de sacar su peluche preferido.
—Realmente quería que fueras ella.
—¿Te vas a tirar al piso y patalear?
—Si pudiera, sí.
—En la esquina venden buena pizza. Con hambre, ese enojo no se va a ir.
Observo la pizzería. No está llena como otras veces, lo que la hace más agradable con el cansancio que llevo encima.
—Vamos a comer.
—Me parece genial.
—¿Las personas pueden verte? No quiero hacerme viral en internet por pedir mesa para dos y hablar sola toda la noche... Mmm, vos sos como… ¿mi Pepe Grillo?
—¿Tu qué?
—Mi Pepe Grillo. Mi conciencia.
—Por supuesto que no.
No sé cómo hice, pero acabo de ofender al Amor.
—Todos pueden verme, soy el Amor. Pero paso desapercibido para el resto.
—¿Por qué?
—Porque Belén es importante para vos.
En la pizzería pedimos una de roquefort y una cerveza. Elegimos una mesa junto a la pared vidriada, lo que nos permite mirar las calles vacías de la ciudad.
—Se extraña esa amiga incondicional, ¿verdad?
Le sonrío con la mirada llena de recuerdos.
—Sí, mucho. Desde que nos conocimos en la secundaria fuimos inseparables.
—Obvio… inseparables. ¿Qué son 10.000 kilómetros de distancia?
No puedo evitar reírme y mi ánimo comienza a cambiar. La cena cobra vida con anécdotas que no puedo dejar de contar. La parte más fea fue que me tocó pagar todo a mí: parece que El Amor no tiene billetera. Pero es buena compañía de regreso a casa.
—Podríamos decir que soy el mejor.
—Te voy a dar un punto a favor.
—¿Uno solo? ¡Qué cruel!
—La amistad es algo que te hace ver bien.
—¿Como si fuera vestido de gala?
—Elegante sport.
Ambos reímos.
—¿Y el perrito?
—Mmm... bueno, tal vez sean dos puntos a favor.
—¿Ahí cómo me vería?
—Como un tierno muñeco de apego.
—Pero qué hermoso estoy quedando. ¿Y qué pasa con la niñez y la familia?
Lo miro haciendo un gesto de frustración.
—Estás atacando con armamento pesado —hago una pausa—. Demasiado para una noche. Tres puntos para vos es una derrota para mí.
—El Amor empieza a tomar la delantera. Cuando todos creían que era una carrera perdida, un giro inesperado lo posiciona en tercer lugar. Los espectadores enloquecen, el público aclama.
Entre risas y charlas llegamos a la entrada del departamento.
—Belén es una buena amiga, siempre te aconsejó bien.
Recuerdo cuando estábamos en la vereda del bar donde lloraba por Marcos, Belén me consolaba dándome aliento y recordándome el valor que tenía. Es una foto vieja que dura lo que un suspiro.
—Siempre me decía: «No te conformes con migajas. Si duele tanto, no es ahí».
—¿Y con Sebastián? ¿Qué te decía?
Bostezo, fingiendo no escuchar. Me despido y a descansar.