Una noche, cenando en un pequeño restaurante familiar frente al mar en la costa de Glifada, el tema inevitable volvió a salir a la superficie. La magia del encuentro no borraba la geografía: él tenía sus alumnos y su vida docente en Lima; ella estaba a punto de comenzar su residencia profesional en una clínica odontológica de Atenas.
—No quiero que tengamos miedo a lo que viene —dijo Saria, apoyando sus codos sobre la mesa y mirándolo fijamente con esa determinación tan suya—. Cuando nos conocimos a los diecinueve y veinte años, el mundo nos parecía gigante e inalcanzable. Pero hoy ya somos profesionales. Entendemos el trabajo, el esfuerzo y el valor del tiempo.
—Sé que no será fácil resolver la distancia de la noche a la mañana —asintió Caleb, escuchándola con atención—. Pero después de haber cruzado el océano para decirte lo que siento, ya no hay distancia que me parezca imposible. Ya no estamos a la deriva; ahora tenemos un rumbo claro.
Saria sonrió, sacando de su bolso un pequeño cuaderno donde solía anotar sus pendientes del día. Lo abrió en una página en blanco, tomó un bolígrafo y trazó una línea recta.
—Vamos a hacer un plan —dijo ella con seguridad—. Un plan real. Pasajes, vacaciones, trámites para revalidar títulos si es necesario... Tú me enseñaste a tener paciencia durante cinco años, Caleb. Ahora nos toca a los dos trabajar juntos para que esa línea entre Lima y Atenas se vuelva cada vez más corta.