Caleb no le contó su plan a nadie hasta tener el billete de avión en el correo. Fueron más de veinticuatro horas de vuelo sosteniendo un nudo de nervios en el estómago. Cuando pisó el aeropuerto de Atenas, el aire seco y salino de Grecia lo recibió con un calor desconocido. Compró un chip local y, con la maleta en la mano, marcó el número de Saria.
Saria estaba en su departamento organizando sus instrumentos médicos cuando el teléfono sonó con un número desconocido de su propio país.
—¿Hola?
—¿Saria? —la voz de Caleb sonó cansada pero inconfundible.
Saria se detuvo en seco, sintiendo un vuelco en el corazón.
—¿Caleb?
—Hola, Saria... Sé que esto es totalmente imprevisto, pero estoy en tu país. Quisiera verte, hablar contigo y decirte algunas cosas que llevo guardadas desde hace años.
Saria cerró los ojos un instante, procesando la magnitud de lo que escuchaba. El chico que había conocido por una app cinco años atrás había cruzado el mundo por ella. Una sonrisa de absoluta certeza se dibujó en su rostro.
—Hola, Caleb —respondió ella, tomando las llaves de su auto—. Está bien, dime exactamente dónde estás y te paso a buscar para que nos veamos y me digas eso que me quieres decir. Y, por cierto... bienvenido a Grecia.