A kilómetros de allí, en la penumbra de una habitación en Lima donde solo brillaba la pantalla de una computadora, una mujer leía la última línea sobre Caleb y Saria. Pasó los dedos por el teclado, sintiendo un peso antiguo y conocido asentarse en su pecho.
Había escrito cada detalle de esa historia: el aburrimiento de una tarde cualquiera, las veinte monedas virtuales, los cinco años de silencio contenido, las calles antiguas de Atenas y la valentía de cruzar el mundo para decir «te amo» sin miedo a las respuestas.
Apoyó la espalda en el respaldo de la silla y miró por la ventana el cielo gris de la capital. Se preguntó, con esa curiosidad amarga que deja el tiempo no aprovechado, si las cosas hubieran sido distintas si ella hubiese tenido el coraje de Caleb.
¿Qué habría pasado si no me hubiera callado? ¿Será que si le dijera todo en un aeropuerto, me aceptaría con la misma luz con la que Saria esperó a Caleb... o me quedaría sola en medio de la terminal, viendo un avión despegar con mi dignidad y mis recuerdos?
El miedo a la distancia, al rechazo y a perder una amistad hermosa la había mantenido en la sombra durante años, igual que a él. Pero a diferencia de su personaje, ella nunca compró el pasaje. En lugar de abordar un avión, decidió construir dos personajes iguales a ellos, darles sus voces, sus miedos y sus carreras, y regalárselos en una historia. Un espejo de papel para decirle lo indecible sin tener que arriesgar el corazón.
Miró la ventana del chat donde estaba el mensaje a punto de enviarse. La historia entera estaba adjunta, esperando solo un clic.
—Quizás sea cobardía —murmuró para sí misma en la soledad de su cuarto—, o quizás sea la única forma humana que encontré para confesarte que este libro siempre fuimos tú y yo.
Con el corazón latiendo desbocado en la garganta, presionó Enviar.
Al otro lado del hilo invisible de internet, el mensaje quedó flotando en el aire. La duda permaneció abierta como una herida o una promesa: si aquella historia era un refugio de la imaginación o el primer paso real para que, esta vez, la vida superara a la ficción.