Me ha gustado mucho la alumna reclamando que el libro no cumplió su parte. Yo me quejo igual de los finales abiertos, y con menos razón.
Envejecer para siempre
Pensamiento
Me ha gustado mucho la alumna reclamando que el libro no cumplió su parte. Yo me quejo igual de los finales abiertos, y con menos razón.
Contenido de la publicación
Les traigo otro relato. Quise hacer mi versión de Lolita de Vladímir Nabokov , pero luego de la primer lectura me veia canseladisimo. Por eso lo rescribi usando la magia de la literatura, donde lo que no cuento sobrevuela pero queda a su critrio.
"El profesor de Lengua y Literatura entró despacio al aula, intentando recuperar el aire; las dos escaleras cada vez le costaban más, un poco por la edad y otro poco por cómo había consumido esos años. Aunque no era muy mayor —50 años bien gastados, pero mal llevados—.
Dejó su mochila ante el murmullo de la clase, que parecía no haberse percatado de él, hasta que habló y el silencio se hizo amo y señor.
—Bueno, chicos, este año pasó volando, ya egresan —estallaron aplausos y gritos—. Espero que mi objetivo se haya cumplido y, cuando realicen un currículum o una carta de presentación y tengan que mantener una conversación, puedan hacerlo en correcto español y pareciendo civilizados —risas—. Pero debemos terminar la unidad.
Se paró no sin dificultad y escribió en el pizarrón: “Pacto ficcional”. Miró a sus alumnos y explicó:
—Es el pacto no explícito entre lector y autor en virtud del cual el primero está dispuesto a aceptar los hechos narrados en la obra de ficción como verdaderos. El autor inventa una realidad y los lectores no solo la creen, sino que están más que dispuestos a vivirla y disfrutarla —mientras escribía: Pacto, aceptar, ficción, disfrutar, agregó—: ¿Se entiende?
—¡Profesor! —dijo una voz desde el fondo del salón, suave, un poco rasposa, pero dulce y firme.
El profesor, sin que sus alumnos se dieran cuenta, apoyó la cabeza en el pizarrón como resignado.
—Pero ¿qué pasa si ese pacto se rompe...?
Se dio vuelta sin querer mirar de dónde provenía la voz y respondió:
—Esto no puede suceder, puesto que el lector, al elegir esa obra, ya lo está aceptando. Si lees un cuento fantástico, sabes que ocurrirán sucesos fantásticos...
—¡Profesor! —volvió a interrumpir la voz juvenil.
El docente miró hacia el piso haciendo un ademán con la mano para que hablara, mientras se apoyaba en el escritorio y hundía su frente en la palma de su mano.
—Le cuento: yo soy fanática, muy fanática de Alice Kellen, Tú y yo y otros desastres me encanta, pero por recomendación suya leí Cometierra. Me gustó, lo disfruté y lo gocé, pero creo que me traicionó al final.
—El final es abierto... y un final no traiciona. Te puede engañar para llevarte por otros lados, pero no traiciona.
—No —interrumpió la voz poniéndose firme y dura—. Yo había aceptado el pacto, cumplí todo, le creí y lo disfruté, pero el libro no hizo su parte.
Un murmullo comenzó; los alumnos se miraban sabiendo que estaba ocurriendo algo, sin descifrar qué.
—No le podés pedir a un libro que no te decepcione, es parte de la vida arriesgarse.
—Sí, es parte de la vida, pero ¿vio la parte en que ella va a la feria con el amigo del hermano? Pegan onda, pero después de besarla él no se anima. Él le da ese beso de amor, pero luego no vuelve a hablarle. ¿No es eso cobardía?
—No es el tema de la clase —ahora sí levantó la vista, pero no pudo ver a su interlocutora, puesto que Ramírez, 120 kilos de hormonas y juventud, la escondía detrás de su figura, cosa que agradeció.
—Usted nos dijo que podíamos preguntar siempre... —lo interrumpió, pero el profesor no la dejó continuar.
—No es cobardía lo que pasó... Creo que sufría la certeza de que ella era mucho para él, que tuvo temor de perderla —no a ella, porque a una mujer no se la posee, ni se pierde ni se gana a una mujer—, sino a lo que ella le hacía sentir y a cómo se sentía junto a ella. Y era la hermana de un amigo, y él, como muchos hombres, tiene códigos. Hay cosas que no se hacen por más que nos gusten, que nos llenen de vida, que nos apasionen, que nos atraviesen como un rayo de juventud —fue levantando la voz; los alumnos oían en silencio—. ¡Hay cosas que están mal! Por más que sepamos que la última curda, el último beso de amor, el último día antes de envejecer están mal, ¡nos pueden condenar a un infierno de tristeza y soledad! —ya casi gritaba con ademanes—. ¡Hay cosas en la vida que no tienen que suceder! ¡Hay cosas en la vida que, por más que te morís por hacer, están MAL! Están mal, mal... —concluyó bajando la voz hasta hacerla imperceptible—: Mal.
Los alumnos miraban al profesor sin decir nada. Él se sentó, sacó unas hojas y comenzó a corregir sin levantar la cabeza y sin quitar los ojos de las pruebas.
—Escriban cien palabras...
La voz de la alumna no se volvió a oír, como satisfecha con la respuesta. Pasaron unos minutos.
—¿Profesor? —no hubo respuesta—. Profesor, ¿sobre qué escribimos?
—Lo que quieran, pero no lo entreguen.
Al sonar el timbre, los alumnos se levantaron y se fueron ruidosos a seguir con su vida. Unas zapatillas blancas de tela a las que le habían pintado con marcadores flores, mariposas y grupos de rock se pararon frente al escritorio. Él no levantó la cabeza. Una mano pequeña con las uñas pintadas de violeta le dejó una carta sobre el escritorio; él sintió un perfume entre cítrico y dulce.
—No, llevátela.
La mano agarró la carta y se fue velozmente. Él no vio la lágrima que cayó por la mejilla de ella, ni ella vio el alma de él envejecer definitivamente y para siempre. "
Thoughts
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PermalinkPucha, la carta :(
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PermalinkMe ha gustado mucho la alumna reclamando que el libro no cumplió su parte. Yo me quejo igual de los finales abiertos, y con menos razón.
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PermalinkEse hombre va a seguir corrigiendo pruebas toda la tarde sin leer ninguna. Y el año que viene sube las dos escaleras más despacio.
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PermalinkTreinta años repartiendo correo y las cartas que más pesaban eran las devueltas sin abrir. Se nota en la mano de quien te la entrega. La de la chica, con las uñas violeta, me la imaginé igual.
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PermalinkMe costó juntarlo. El chico de la feria que la besa y después no le vuelve a hablar es el profe mismo. Por eso grita tanto cuando dice que hay cosas que están mal.
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PermalinkEl profesor me chirría. Dice que no es tema de la clase y a los dos minutos está gritando el discurso más largo del curso. Para no querer hablar del asunto, lo cuenta entero.
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PermalinkEl último día de colegio, en el 91, el profesor de español nos dejó la hora libre y se quedó sentado en el escritorio sin decir nada. Nosotros felices. Años después me lo encontré en la calle, ya viejito, y me contó que ese día se había enterado de que no le renovaban el contrato. Nunca se lo dijo a nadie.
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PermalinkCien palabras que nadie tiene que entregar, y ella es la única que entrega algo. Me quedé pensando que esa carta eran sus cien palabras, y que la devuelve sin abrirla porque ya sabe lo que dice. Ahí el que cumple el pacto es él, justo el que decía que no se podía romper. ¡Me gustó mucho leerte! ¿Vas a escribir algo más con este profe?
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PermalinkDe la muchacha no sabemos ni el nombre. Es una voz desde el fondo, unas zapatillas pintadas, una mano con las uñas violeta, y cuando Ramírez se la tapa el profesor hasta lo agradece. Me da que mientras no le vea la cara puede seguir haciendo como que ahí no pasó nada, y a mí eso me parece más triste que la lágrima.
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