LA COSECHA DE SOMBRAS
Habían pasado siete años desde que Elena bebió del estanque. En la superficie, Middletown seguía pareciendo el mismo pueblo de granjeros, pero en el aire flotaba un amargor denso que nadie sabía explicar.
Silas, ahora un hombre de veintidós años con la espalda ancha y las manos curtidas por el arado, observaba su campo de trigo bajo el sol de la tarde. O lo que quedaba de él: las espigas estaban negras, dobladas por una plaga que solo parecía pudrir su tierra.
—¿Otra vez, Silas? —preguntó una voz ronca a sus espaldas.
Era Bartholomew, un vecino de tierras colindantes, un hombre de cara rojiza y ojos pequeños que siempre parecía buscar una razón para desconfiar.
—No lo entiendo, Bartholomew —respondió Silas, limpiándose el sudro con un trapo sucio —. He usado la misma semilla que tú. He rezado las mismas oraciones. Pero mi tierra... parece que escupe la vida.
Bartholomew escupió en el suelo, cerca de las botas de Silas.
—La gente habla, Miller. Dicen que tú y Elena pasan demasiado tiempo cerca del bosque del norte. Dicen que desde que se comprometieron, la suerte se fue de esta parte del valle. Mi mujer dice que Elena tiene una mirada extraña... como si estuviera viendo algo que nosotros no.
Silas apretó los puños.
—Elena es la mujer más inocente de este pueblo. No permitas que los chismes de taberna ensucien su nombre.
—Solo te digo lo que oigo —dijo el vecino, retrocediendo un paso —. Tienes deudas con medio pueblo, Silas. Si esta cosecha no sale, el banco no querrá tu trigo negro; querrá tu casa. Y nadie querrá comprar una granja maldita.
Silas se quedó solo en el campo. El silencio del atardecer fue roto por una vibración sorda que parecía brotar de la tierra. A lo lejos, en la linde del bosque, una figura alta y gris lo observaba. Pero cuando Silas parpadeó, solo quedaba la bruma.
En lo profundo del bosque, la mansión de Akeldama era ya una extensión purulenta del terreno. Akeldama usaba su magia para aparentar cuarenta años pero su cuerpo real consumida por la magia de Enoch sumaba dos siglos, sus movimientos eran rígidos, como si sus articulaciones fueran de madera seca.
Frente a ella colgaba un tapiz de hilos de seda negra, atados a pequeñas figuras de madera que representaban a los habitantes de Middletown.
—Están desesperados —dijo Akeldama, acariciando el hilo de Silas —. La envidia es un ácido maravilloso.
El demonio, dentro de su frasco en un pedestal de hueso, soltó una risa que hizo vibrar el cristal.
"El hambre los volverá monstruos, Akeldama. He sembrado visiones en la mente de Bartholomew, le he mostrado a Elena bebiendo la oscuridad del estanque. Cuando Elena despierte con las náuseas del embarazo, el pueblo olerá su miedo. Y el miedo huele a azufre para esos ignorantes."
—Elena está encinta —afirmó Akeldama, con una chispa febril en sus ojos marchitos —. Siento el pulso de la criatura. La semilla que dejaste en el agua ha florecido en su vientre.
"Adana..." siseó el demonio. "Mi llave del mundo exterior", pensó. "Pero antes debemos acorrálarlos, bruja". "Silas debe perder la última esperanza y sentir que el norte es su única salvación... Elena debe trasmitirle toda su desesperación al bebé en su vientre para que la magia los guíe hasta su muerte." "Entre mayor sea la desesperación, mayor será el poder. No desesperes bruja, solo ten paciencia."
En ese momento, Vespera entró encorvada, con la piel marcada por las cicatrices del pacto. traía un cuenco con agua tibia. Akeldama se miró en el reflejo y, por un segundo, la magia flaqueo vio su verdadero rostro, una calavera muesca cubierta de raíces y moho. Gritó y volcó el recipiente sobre la sirvienta.
—¡Tráeme más sangre! —rugió —.¡No puedo recibir al recipiente pareciendo un cadáver!
A kilómetros de allí, en la pequeña cabaña de los Miller, Elena se despertó sudando. Silas la encontró abrazando su vientre, con la mirada perdida.
—Silas... —susurró —. He soñado con un río de flores negras. Y un hombre sin rostro que me decía que nuestra hija ya tiene dueño.
Silas la abrazó con fuerza.
—Solo son pesadillas, mi amor. Y le dio un beso en la frente. —Si no nos dan más tiempo en el banco, venderemos lo que queda e iremos al norte. Empezaremos de nuevo lejos de los chismes. Dicen que en el norte, la vida es mejor.
Llegó la noche del parto. El cielo de Middletown no era negro, sino de un tono violeta enfermizo, y el aire estaba cargado de una ceniza fina que asfixiaba al ganado y empañaba los cristales.
Dentro de la cabaña, Elena gritaba aferrada a las sábanas. Silas, con el rostro desencajado y las manos temblorosas, vertía agua caliente en un cuenco de madera mientras la partera, Martha, retrocedía aterrorizada al ver cuervos estrellándose contra la ventana hasta romperse el cráneo.
—¡Algo no va bien, Silas! —chilló Martha, señalando la ventana —. Los cuervos no golpean el cristal hasta romperse el cráneo. ¡Esto es una señal!¿Tu mujer está pariendo un demonio!
—¡Cállate y ayúdala! — rugió Silas, interponiéndose entre la partera y su esposa —¡Es el cansancio y el hambre lo que te hace ver sombras, Martha! ¡Ayúdala!
Elena soltó un alarido que pareció rasgar la realidad. en ese instante, un rayo de luz roja atravesó la rendija de la puerta, cayendo directamente sobre su vientre.
A kilómetros de allí, en la mansión de raíces, Akeldama estaba de pie sobre un círculo de sal negra. Sostenía el frasco de obsidiana con ambas manos, elevándolo hacia el techo, donde las ramas se abrían para dejar pasar la influencia de la luna.
—Siente el llamado, pequeña Adana —susurró Akeldama. Su voz era un silbido seco, desprovisto de humanidad —. Deja ese cuerpo mortal. Sla de la carne y entra en mi destino.
El demonio dentro del frasco no susurraba esta vez; rugía. Su sombra se proyectaba en las paredes de la mansión, creciendo hasta que pareciera que la casa entera era el demonio mismo.
"¡Sácala! ¡Rompe el hilo de la madre! ¡Que el primer aire que respire sea mi esencia!", susurraba para si mismo el demonio, mandando cuervos hacia la casa de los Miller.
En la cabaña, un golpe seco rompió el cristal de la ventana. Un cuervo muerto cayó sobre la mesa. Elena se arqueó, sus ojos se pusieron completamente blancos por un segundo y, con un último esfuerzo que pareció vaciarle el alma, el llanto de un bebé llenó la habitación. Pero no era un llanto normal; era un sonido cristalino, demasiado perfecto, demasiado antiguo.
Martha, la partera, se santiguó y huyó de la casa corriendo bajo la ceniza, dejando a Silas colo con su esposa y su hija recién nacida.
Silas tomó a la pequeña en brazos. Sus ojos brillaron por un milisegundo con una chispa purpúrea antes de volver a la normalidad.
—Es hermosa, Elena... ¿Cómo la llamaremos?
Elena acarició la mejilla de la bebé con una paz impuesta desde lejos.
—Luna —dijo —. Se llamará Luna, porque nació en la noche más larga.
Apenas pronunció el nombre, un golpe violento sonó en la puerta de la cabaña. Silas dejó a la niña y tomó su hacha de mano. Al abrir, se encontró con una turba de hombres del pueblo. Bartholomew estaba al frente, sosteniendo una antorcha que chisporroteaba bajo la ceniza.
—¡Fuera de aquí, Miller! —gritó Bartholomew. Su rostro estaba desencajado por un odio que no parecía suyo —.¡Tu mujer ha traído la plaga! ¡Mira el cielo! ¡Mira nuestras cosechas! ¡Llevaos a esa criatura maldita antes de que quememos la casa con vosotros dentro!
—¡Es una recién nacida, por el amor de Dios! —exclamó Silas, pero vio que no había humanidad en los ojos de sus vecinos. Estaban un velo —. El demonio intervino, e hizo que la bruja saliera del trance, haciendo que el aire, se sintiera como vidrio, y a la bruja le sangrara la nariz. Paciencia bruja, paciencia , siseó el demonio lleno de veneno en la mente de Akeldama, mi magia los hará salir cuando sea el momento, en tres meses. Además, cuando Adana esté bajo tu control deberás dejar pasar siete años, hasta que la fruta madure lo suficiente para poder tomarla, advirtió soltándola del cuello. Akeldama, asintió pero con una rabia que casi no podía contener, pero se controló al darse cuenta en el espejo de la recámara de las marcas en su garganta, y el pensamiento de que el demonio sin duda podía matarle si desobedecía. Así que, cambió los pensamiento de los habitantes de la villa enseguida.
Después de un silencio, demasiado largo, y las miradas perdidas de los vecinos, e incredulidad de Silas, al ver que no se movían. Por fin, habló Bartholomew, como volviendo de alguna parte.
—¡Bueno Silas, tienen tres meses para marchar de estas tierras, ni un mes más!
—sentenció Bartholomew con ojos sin humanidad, movidos por los hilos invisibles de la bruja —.¡Si el sol sale y siguen aquí tras ese plazo, no quedará ni el recuerdo de vuestro nombre!
Silas cerró la puerta de golpe. Miró a Elena, que lloraba abrazando a Luna.
—Prepara los cofres, Elena. No esperaremos al sol ni tres meses. Nos vamos es ahora.
—¿A dónde, Silas? No tenemos a nadie. Y la bebé está muy pequeña todavía para pasar el invierno fuera.
Silas miró hacia el norte, donde la silueta del gran bosque se alzaba como un gigante durmiente bajo la luna roja.
—Nos iremos al norte, Elena. Cruzaremos el Salsebee. Ese bosque es inmenso... nadie nos encontrará allí. Entre lágrimas, la voz se le entrecortaba. Empezaremos de nuevo, lejos de la maldad de toda esta gente.
—tienes razón, cariño —dijo Elena, volviéndose a mirarlo con ternura cansada, desde la cama —. Pero no podemos salir esta noche con la niña recién nacida y el invierno cerrándonos el paso. Prepararemos todo en silencio y nos marcharemos antes de que se cumpla el plazo.
La familia sobrevivió como pudo y ya cumplido el plazo de tres meses, Silas cargó el carruaje bajo la lluvia de ceniza, que amainó al salir ellos del pueblo. El traqueteo de las ruedas marcaba la partida definitiva de la familia Miller.
No sabían que en la espesura del camino del norte no solo los aguardaba una emboscada de bandidos guiada por los conjuros de la bruja, sino el zarpazo final de Akeldama, quien arrebataría a la pequeña de los brazos moribundos de su madre para borrar el nombre de Luna y marcarla para siempre con el nombre con el que estaba destinada a gobernar: Adana.
En la mansión Vespera, la sirvienta que había sobrevivido a décadas de horro, no pudo soportar ver el inicio de un nuevo ciclo. Esa misma noche mientras la bruja celebraba el cuerpo de Vespera fue hallado frío en los sótanos; su corazón simplemente se detuvo, como si la última gota de humanidad en la casa se hubiera evaporado.
LA HIJA DE LA CENIZA
Desde la oscuridad de su prisión de cristal, el demonio sin nombre observó el crecimiento de la niña con la paciencia infinita de quien espera algo inevitable.
Akeldama creía ser la dueña del destino de la criatura. La crió sin un solo gesto de ternura, llamándose a sí misma "abuela" mientras escondía el frasco de obsidiana en su alcoba como el tesoro más codiciado.
Pero Akeldama cometió el error de los arrogantes: supuso que Adana era una mortal común.
La sangre con la que había sido concebida la niña tenía la semilla de magia del demonio, que él mismo había sembrado en la matriz de Elena Miller cuando esta bebió del estanque de la luna roja. Aunque la bruja tratara de impedirlo, tarde o temprano la niña buscaría la presencia del demonio, ya que ella era, en su esencia misma, la hija de la magia de aquel ente. Por eso, mientras Akeldama envejecía meses con cada hechizo que exigía al frasco, la pequeña Adana permanecía intacta. Su piel era lozana, sus ojos firmes y su carne parecía inmune al desgaste voraz del tiempo.
A la edad de cinco años, atraída por un susurro que no pertenecía al mundo físico, Adana desobedeció a su guardiana. Entró en la alcoba proscrita y encontró el frasco. Durante dos años, mientras Akeldama dormía o cazaba en los linderos del bosque, la niña visitó al demonio en secreto. Este le enseñó las artes prohibidas del fuego y la sombra, una magia negra y pura que la anciana jamás le habría confiado.
La víspera de su séptimo cumpleaños, en un impulso de inocente rebeldía que cambiaría el curso de la historia, la niña pegó su rostro al cristal y le otorgó algo que Lucifer había prohibido bajo pena de muerte: le dio un nombre.
—Te llamarás Enoch —susurró la pequeña.
El sello de sangre que ataba al demonio al linaje no se rompió por completo, pero sufrió una grieta irreparable. A partir de esa noche, la voz de ahora el demonio llamado Enoch dejó de ser un murmullo atrapado y se convirtió en una revelación en la mente de Adana. Le contó el verdadero propósito de Akeldama: la bruja no pensaba celebrarle el cumpleaños, sino consumirla en un altar de raíces como recipiente para renovar su propia juventud gastada.
Adana no derramó una sola lágrima. Siguiendo las instrucciones de Enoch, la noche señalada derramó aceite de belladona por el suelo del recinto. Cuando Akeldama alzó la daga sobre el altar, el fuego purpúreo consumió la mansión y redujo a la anciana a cenizas. Adana sobrevivió al fuego; la ceniza de Akeldama cubrió su rostro y sus ropas, dándole el nombre con el que las leyendas del norte empezarían a recordarla: la niña de las llamas.
Esa misma noche, antes de huir con el frasco apretado contra el pecho, Adana tomó un pequeño cuaderno de cuero y, con la caligrafía torpe de una niña, escribió en la primera página el nombre del demonio para no olvidarlo jamás: ENOCH. Aquel cuaderno se convertiría en su grimorio, el registro donde anotó las palabras de contención y los hechizos que logró memorizar del gabinete de Akeldama.
Durante los veinte años siguientes, el mundo exterior no supo de ellos, pero Enoch moldeó a su obra maestra en la penumbra.
Vagaron por las tierras salvajes del norte, cruzando pueblos fronterizos donde la magia de Adna comenzó a dejar huellas imborrables. Bajo la tutela de Enoch, la joven no necesitaba desgastar su vida para manifestar milagros oscuros. Podía invocar espinas del suelo, lobos monstruosos de las sombras, manipular la bruma, transformar los animales y a ella misma en otros animales, manipular los pensamientos de las personas que la miraban, y si así lo necesitaba borrar los pensamientos que la recordaran para no tener problemas, además, de encender hogueras sin tocar una sola rama o curar cualquier lesión en el cuerpo con solo aplicar un ungüento proveniente del frasco de Enoch. La magia que en otras brujas consumía la carne, en Adana fluía con la naturalidad del aliento.
Enoch la observaba fascinado. entendió que Adana no era un recipiente pasajero: era el recipiente perfecto, el cáliz inagotable. Sin embargo, el perímetro de un frasco de cristal o la vida de una sola mujer errante eran prisiones demasiado pequeñas para la ambición del demonio. Enoch no quería un esclavo; quería una ciudad entera que sirviera como su nuevo frasco.
Y para eso, necesitaba un reino y un rey.
Arthur moría por dentro, consumido por una enfermedad que los médicos no sabían nombrar, producto de la podredumbre sutil que Enoch había canalizado a través de la marca que Adana había plantado en Jhoan Castleberry y transmitido a su hijo al nacer. Cuando el noble cayó a los pies de Adana buscando una cura, ella no le ofreció piedad: le ofreció un pacto de sangre. Una gota de fluido negro que manaba del frasco a cambio de su apellido, su corona y su dominio.
Arthur aceptó, y antes de que terminara el invierno, la alianza entre la bruja en apariencia inmortal y el gobernante moribundo quedó sellada.
Lo que vino después fue la construcción de la trampa. Enoch, a través de la mente de Adana, dictó las líneas exactas con que las seis familias fundadoras y sus aliados, debían trazar los cimientos de Castlebery. Cada calle, cada muro de contención y cada plaza fueron colocados sobre una geometría sagrada e infernal: una estrella de cinco puntas cuya convergencia perfecta era el vivero de la mansión.
Cuando las familias sospecharon demasiado, enoch actuó. Los Lutom y muchos otros fueron cstigados con muertes inexplicables; los Wetherbee que ayudaron a la construcción fueron silenciados por el pánico; y el propio pueblo, aterrorizado, comenzó a alimentar la furia que el demonio necesitaba.
Enoch no fue destruido por el motín popular que el valle aún recuerda; Enoch provocó el motín. Sembró en la turba la mentira de que Arthur y Adana planeaban sacrificar a todos en la ciudad al amanecer. Quería violencia. Quería odio puro.
La turba acorraló a la pareja en el vivero y los apedreó hasta la muerte. Mientras la sangre del gobernante y la carne pura de Adana —la hija de la magia —se mezclaban y se hundían en la tierra del patio interior, Enoch sintió que la verdadera cerradura se abría.
El frasco de obsidiana se fracturó en mil pedazos sobre el suelo del invernadero, pero Enoch no se extinguió. La sangre con magia inagotable de Adana y la geometría de la estrella anclaron la esencia del demonio directamente al subsuelo de la ciudad. Activando con magia antigua, los cinco nodos de los elementos y el nodo central del poder, se formó alrededor de la ciudad un campo de energía que actuaba de canalizador de energía hacia Enoch, y como contendor de su esencia.
Enoch ya no necesitaba un contenedor de cristal en las manos de una bruja. La ciudad entera de Castleberry, con sus calles de sangre seca y sus edificios por huesos, se había convertido en su recipiente inmortal.