Saltar al contenido
Cargando…

ENOCH, Capítulo 7 Sensible

DaveOaks
Pública 5 conversaciones 10 pensamientos 34 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

LA COSECHA SILENCIOSA

En series

In groups

Pensamiento

Pensamiento

TeoSanabria

Lo del caballito de palo me trajo algo de mi pueblo: había una señora que les regalaba juguetes de madera a los chicos que venían de visita, y las abuelas nunca dejaban que se los aceptemos, sin explicar nada. De grande uno se ríe de eso, pero leyendo lo

Lo del caballito de palo me trajo algo de mi pueblo: había una señora que les regalaba juguetes de madera a los chicos que venían de visita, y las abuelas nunca dejaban que se los aceptemos, sin explicar nada. De grande uno se ríe de eso, pero leyendo lo de Martín ya no me reí tanto. Ese nene se va a Middletown con la maldición apretada contra el pecho y la madre encima agradecida.

Contenido de la publicación

LA COSECHA SILENCIOSA

Detrás de la autoridad con la que Elena Miller manejaba la secta en el Monasterio de St. James, la entidad administraba con rigor los métodos de reclutamiento y la fijación de marcas. Mientras que los gestores garantizaban el control institucional del municipio, Elena utilizaba objetos contaminados con la esencia del vivero para sellar destinos dentro y fuera de las fronteras cuando era necesario, asegurando que el equilibrio de almas se mantuviera.

Hace cuatro años en la tarde, Elena caminaba despacio por la calle Lem en dirección al monasterio, disfrutando del crujido de la nieve bajo sus botas. De pronto, un niño de apenas cuatro años que corría sin prestar atención tropezó violentamente contra ella, golpeándole las faldas con un caballito de palo de madera tallada.

La madre del pequeño, que venía corriendo tras él agitada y con el rostro pálido por la vergüenza, se abalanzó para tomar al niño del brazo.

—¿Oh, por Dios! ¡Discúlpeme, señora! —exclamó la mujer, haciendo una reverencia torpe —.¡Martín pide disculpas a la dama ahora mismo!

Elena se acomodó el pliegue de la falda con una parsimonia estudiada. Dibujó una sonrisa compasiva en sus labios, aunque la luz de us ojos grises permaneció tan fría e inerte como la de un cadáver.

—No se preocupe, querida. Los niños son vida pura ...no hay nada que disculpar —respondió Elena con una calidez fingida que hizo estremecer el aire alrededor.

Mientras hablaba, Elena inclinó ligeramente la mano izquierda. Con la yema del pulgar, rozó la cabeza de madera del caballito de palo. Una hebra de sombra purpúrea, invisible para los ojos mortales, se filtró por las grietas de la pintura y quedó sellada en el juguete.

—No los había visto antes por este sector —comentó Elena con tono conversacional, deteniendo a la madre con la mirada —.¿Se han mudado hace poco a la calle Lem?

—No, señora —respondió la mujer, aliviada por la amabilidad de la dama —. Solo estamos de visita por un par de días. Vinimos a cuidar a un familiar que enfermó en el barrio bajo. Nosotros vivimos en Middletown y, de hecho, regresamos para allá esta misma tarde.

—Middletown... qué lugar tan apacible —murmuró Elena, saboreando el nombre con una ironía oscura —. Les deseo un viaje seguro de vuelta a casa. Que ese caballito le traiga muchas alegrías al pequeño.

La madre sonrió agradecida, tomó de la mano a su hijo y comenzó a alejarse a paso rápido por la acera.

El niño, intrigado por el frío antinatural que había sentido al chocar con la mujer, volteó la cabeza por encima del hombro antes de doblar la esquina. A lo lejos, en medio de la bruma de la calle Lem, vio a Elena Miller de pie. La mujer ya no sonreía con amabilidad: su rostro se había deformado en una mueca diabólica, con la boca abierta en un silencio burlón y sus ojos brillando con dos chispas carmesíes.

El pequeño soltó un ahogo de espanto, escondió el rostro contra el abrigo de su madre y apretó el caballito de palo contra su pecho, demasiado aterrorizado para articular palabra. La madre, ignorante de la maldición que llevaba de vuelta a Middletown, continuó su camino.

Elena se giró y continuó su marcha hacia St. James, satisfecha.

En la actualidad, Elena caminaba por los pasillos interiores de la abadía en dirección a sus aposentos privados. La estructura del edificio resonaba con el murmullo de las oraciones vespertinas de las monjas.

Al entrar en su alcoba, Elena permaneció inmóvil en el centro de la estancia, sumida en un trance profundo mientras el destello violeta en sus ojos se extinguía gradualmente tras monitorear las corrientes místicas de la ciudad.

Un golpe suave en la madera de caoba rompió el silencio. La señora Hildegard abrió la puerta con la elegancia contenida de siempre, sosteniendo bajo el brazo el pesado cuaderno de cuero de Adana.

—Buenas noticias, Elena —dijo la matrona con una sonrisa fría —. El censo se ha consolidado. Ya son más de mil los gestores y sirvientes vinculados al pacto en la ciudad y las provincias cercanas.

Elena no se giró de inmediato; parpadeó despacio, regresando de las sombras.

—Perfecto, Hildegard. La cosecha está en su punto.

En ese momento, una anciana Sor Berenice, encorvada, demacrada y con las cuencas de los ojos cubiertas por un velo blanco debido a la ceguera mística que la consumía por sus faltas, entró a la alcoba pidiendo permiso con voz trémula. Sostenía entre sus manos temblorosas una copa de plata llena de un líquido viscoso y oscuro que olía a hierro y óxido.

Elena se acercó a la religiosa moribunda. Con delicadeza casi maternal, le tomó la barbilla y la obligó a alzar el rostro. Un pulso purpúreo brotó de las yemas de sus dedos y, de inmediato, la neblina en las pupilas de Sor Berenice se disipó; la luz regresó a sus ojos.

—Alístate con tus mejores galas, Berenice —ordenó Elena con una piedad espeluznante —. Tan pronto concluyamos los preparativos en las catacumbas, nos trasladaremos al vivero. Hoy es un día perfecto para recibir a nuestro Señor.

Hildegard, atenta a la escena, dio un paso al frente y mostró el grimorio de Adana.

—¿Debo llevar el cuaderno de Adana conmigo al vivero? —preguntó la matrona.

—No es necesario —respondió Elena con desdén —.Déjalo en el cofre sellado de la cripta, protegido por los guardias de la orden. Hoy el cuaderno no será requerido en la superficie; el diseño de la estrella ya está trazado sobre la piedra.

Hildegard frunció levemente el ceño.

—¿Y cómo justificarán una reunión de tanta gente de la alta sociedad en una casa que ha estado abandonada durante décadas sin levantar sospechas en la ciudad?

Elena dibujó una sonrisa fina, llena de veneno.

—Tillstoy se encargará; él siempre lo hace. Solo le dije que organizara una velada de caridad. Les dirá a los ciudadanos pudientes que a las personas que más queremos a Castleberry nos aterra que un lugar tan emblemático, la casa de nuestro fundador, esté en semejantes condiciones de deterioro. Nos reuniremos bajo el pretexto de recaudar fondos para arreglar tal palacio y volverlo un museo. Tillstoy ya se está encargado de alistar el vivero para que todo esté impecable.

Hildegard asintió con aprobación, guardando el libro en la alacena para su posterior traslado a la cripta.

Tiempo atrás, a Elena al llegar al altar de la cripta, la calma se vio interrumpida por una sacudida espiritual que atravesó los cimientos del edificio.

A través de la red del Pentagrama, Elena sintió la vibración en el subsuelo del Archivo Histórico. Alistair Finch —el último descendiente de los Lutom —había abierto el Registro Cívico Antiguo y había comprometido la estructura de la granja.

Elena no sentía temor de que la verdad saliera a la luz. Conocía perfectamente las leyes del pacto. La ignorancia protegía al pueblo; el conocimiento los condenaba. Que un ciudadano descubriera el secreto era solo acelerar su entrada al matadero.

Lo que encendió las alarmas de la entidad no fue la curiosidad de Finch, sino la semilla que ese descubrimiento podía plantar.

"Si un Lutom comprende la geometría de los nodos", razonó Elena desde las sombras de la cripta, "no se limitará a huir o callar. Buscará a los otros. Buscará a las víctimas del vivero, a los oficiales que no se dejan sobornar. Formará un frente... una rebelió."

Enoch sabía que la única forma en que los mortales podían hacerle daño no era con oraciones ni con cruces, sino levantándose en armas para destruir físicamente alguno de los nodos antes de que el gran sacrificio se completara. Un grupo organizado que atacara los cimientos de Castleberry simultáneamente podía fracturar la prisión por mucha magia que tuviera y expulsarlo de este plano para siempre.

—No permitiré que organicen una resistencia —murmuró Elena en la penumbra, mientras mandaba a un avatar, una abominación hecha de cadáveres, que podía adquirir el rostro de cualquiera en el pueblo y que podía controlar a distancia, a silenciar a Finch en el sótano el Archivo.

Thoughts

  • Yeray

    Chacho, a Sor Berenice le devuelven los ojos justo para la fiesta. ¿Ella sabe a qué la llevan al vivero?

    Permalink
  • Sabina

    Una velada de caridad pa convertir en museo una casa abandonada. En el 98 hicieron una igualita en mi calle y la casa sigue cayéndose

    Permalink
  • TeoSanabria

    Lo del caballito de palo me trajo algo de mi pueblo: había una señora que les regalaba juguetes de madera a los chicos que venían de visita, y las abuelas nunca dejaban que se los aceptemos, sin explicar nada. De grande uno se ríe de eso, pero leyendo lo de Martín ya no me reí tanto. Ese nene se va a Middletown con la maldición apretada contra el pecho y la madre encima agradecida.

    Permalink
  • Ovid

    Elena preguntándole a la madre si se habían mudado a la calle Lem, con esa calma de vecina amable, da más miedo que la mueca del final. Se nota que el pacto se sostiene así en todo Castleberry: con buenos modales y veladas de caridad. Apuesto a que ese caballito de palo vuelve desde Middletown cuando menos lo esperemos.

    Permalink
  • CapituloTrasCapitulo

    Yo le tengo el ojo encima a ese cuaderno de Adana desde el primero, y ahora Elena lo deja en el cofre de la cripta porque ya no le hace falta. Para mí ahí está el error que la va a hundir. Si Finch se salva del avatar, o si algún Lutom baja a esa cripta mientras todos están en la velada, ese cuaderno es lo único que explica los nodos. Apuesto a que lo termina robando alguien que ni sabe leerlo.

    Permalink

Related posts