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ENOCH, Capítulo 1 Sensible

DaveOaks
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EL ORIGEN Y EL PRECIO DE LA TRAICIÓN

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RodrigoLezama

Uf, que noche.

Uf, que noche.

Contenido de la publicación

EL ORIGEN Y EL PRECIO DE LA TRAICIÓN

El valle de las sombras no olía a naturaleza, sino a metal y carne quemada. La masacre no había sido silenciosa; mil almas habían sido arrancadas de sus cuerpos en una sola noche, no por una guerra, sino por una firma.

Malicia, la suma sacerdotisa del aquelarre de las "Hermanas del círculo negro", caminaba sobre un manto de cuerpos cuyas expresiones de terror habían quedado congeladas por la magia negra. Sus pies descalzos se hundían en el barro rojizo mientras sostenía un frasco de cristal tallado en obsidiana. A su lado, una presencia que no proyectaba sombra caminaba sin tocar el suelo: era Lucifer, con una elegancia que resultaba insultante en medio de aquel matadero.

—Has cumplido, Malicia dijo Lucifer. Su voz sonaba como el crujir de brasas bajo el agua —. Mil hermanas, mil almas que te llamaban "madre" o "amiga", entregadas al vacío solo por un poco más de tiempo en este plano. ¿Sientes el peso del pecado o el calor del poder?

Malicia se detuvo y miró el rostro pálido del demonio con ojos que eran dos pozos negros de ambición.

—El pecado es una invención de los débiles para consolarse de su falta de voluntad, mi señor —respondió ella con una sonrisa gélida —. No siento peso; siento ligereza. Sin el aquelarre, ya no hay leyes que me aten. Solo mi voluntad.

Lucifer soltó una carcajada seca y extendió su mano sobre el frasco de cristal. En el interior, una voluta de humo denso y violáceo empezó a agitarse violentamente.

—Como premio a tu proeza, te entrego a este siervo. Es un fragmento de mi propia esencia, un demonio sin nombre. Escucha bien, bruja: en este plano físico, los de su clase son como el agua en el desierto; si no tienen un recipiente y una orden, se desvanecen. Él será tu esclavo, tu fuente de sabiduría y tu brazo ejecutor.

—¿Y su nombre? —preguntó ella.

Lucifer la tomó del mentón con una fuerza que le hizo sangrar el labio.

—Jamás le pongas nombre. Un nombre es un puente hacia la libertad. Mientras no lo tenga, el sello de sangre que haré ahora lo mantendrá encadenado a ti. Si lo nombras, dejará de ser tu herramienta y se convertirá en tu fin.

Con un estilete de hueso, Lucifer rasgó la palma de Malicia. La sangre goteó sobre el tapón de cera negra del frasco, e iluminó con un destello purpúreo los rostros de los cadáveres. El pacto estaba sellado.

—Úsalo para tus hechizos, pero recuerda que en el infierno, la paciencia es la única virtud que premiamos —susurró Lucifer antes de desvanecerse en el humo.

Malicia se quedó sola, abrazando el frasco. Detrás de una columna de piedra en ruinas, su hija Akeldama la observaba con ojos hambrientos, sintiendo no lástima por las caídas, sino envidia por el regalo que su madre sostenía. El aire se volvió más frío cuando la entidad dentro del cristal giró hacia la joven, reconociendo en ella una oscuridad aún más hambrienta que la de la anciana.

—Madre…—susurró Akeldama para sí misma mientras veía a Malicia hablarle al frasco como si fuera un amante —. Ese poder no es para una anciana que pronto será polvo. Ese poder me pertenece.

Semanas después, en lo profundo del bosque de Middletown, la nueva morada de las brujas se alzaba como una estructura orgánica de piedra negra y raíces brotadas por puro dolor. Pero el precio del pacto de Lucifer ya cobraba su cuota: el metabolismo de la magia negra consumía la carne de Malicia a un ritmo implacable. En su estudio, rodeada de pergaminos de piel humana, la anciana bruja ya lucía demacrada, con las manos temblorosas y la respiración agrietada.

Sobre la mesa de roble quemado, el frasco vibraba.

—Dime otra vez —susurró Malicia, inclinándose sobre la obsidiana —. El hechizo para que las raíces beban el tiempo. Quiero que el bosque sea mi extensión, que mis ojos sean los ojos de cada cuervo que vuela sobre Middletown.

Una voz que no provenía de una garganta, sino que resonaba directamente en los huesos de la bruja, respondió con un tono cavernoso y múltiple:

"La sangre de tu linaje es la llave, portadora... pero el sacrificio debe ser fresco. El tiempo no se detiene para la carne mortal; solo se distrae. Si quieres que el bosque te proteja, debes darle algo que el bosque no pueda crear por sí mismo: una voluntad humana."

La puerta se abrió con un chirrido. Akeldama entró sosteniendo una bandeja, seguida por Vespera, la sirvienta muda que temblaba al sostener una jarra de plata.

—Sigues hablando con esa cosa, madre —dijo Akeldama, con una falsa preocupación gélida —. Los aldeanos dicen que el cielo se tiñe de púrpura sobre la casa y que el ganado nace muerto. Estás llamando demasiado la atención.

Malicia se giró lentamente, revelando un rostro agrietado por la vejez repentina.

—Los aldeanos son ganado, Akeldama. Y tú eres solo el recipiente que mi cuerpo creó para asegurar mi linaje. He matado a mil hermanas por este frasco. ¿Crees que me importa el llanto de unos campesinos?

Akeldama dejó la bandeja y rozó el cristal por un segundo. Una descarga helada le recorrió el brazo. El demonio en el interior pareció girar hacia ella.

—Lo que importa, madre —replicó Akeldama, acercándose al rostro ajado de Malicia —, es que te estás volviendo descuidada. Ya no puedes sostener una pluma sin que te tiemblen las manos. El pacto te dio poder, pero te dejó la fragilidad de la carne. Pasas noches enteras escuchando susurros. ¿Qué te ha dado él que yo no pueda darte? Soy tu hija. Mi magia es la tuya.

Malicia soltó una risotada ronca que terminó en una tos seca. Vespera, asustada, dejó caer una gota de vino sobre el pergamino de Malicia.

Malicia, enfurecida por la mención de su decadencia y lo que hizo la sirvienta, golpeó a Vespera en el rostro con energía oscura, haciendo que la muda cayera sangrando al suelo, entre gemidos de dolor ahogado.

—Mira lo que has hecho, Akeldama. Traes a esta basura a mi estudio mientras trato con fuerzas que tu pequeña mente no puede comprender.

Akeldama observó a Vespera sangrar en el suelo con una indiferencia absoluta, pero dentro, la furia crecía.

—Esa “basura” es lo único que nos sirve, madre. Porque tú te estás envejeciendo. Tienes poder, pero Lucifer no quitó la fragilidad de la carne.

Malicia se tensó. El comentario sobre su vejez era la única flecha que podía atravesar su armadura. Miró el frasco y luego a su hija.

—¡Fuera! —ordenó Malicia en un silbido peligroso —. Llévate a esa muda y límpiate la soberbia de la cara antes de que sea tu sangre la que use para el próximo sello.

Akeldama hizo una reverencia exagerada, llena de veneno. Tomó a Vespera del brazo y la arrastró hacia afuera. Antes de cerrar la puerta, lanzó una última mirada al frasco.

En el pasillo oscuro, Akeldama tomó a Vespera del mentón.

—¿Lo has visto, Vespera? —preguntó Akeldama, hablando con la sirvienta como si fuera un animal—. Ella tiene el universo en ese frasco y lo usa para vigilar con cuervos. Es un desperdicio.Mi madre es un árbol viejo que solo sirve para hacer leña.

Vespera negó con la cabeza frenéticamente, con lágrimas en los ojos, suplicando con la mirada que Akeldama se detuviera.

—No me mires así —dijo Akeldama, tomando el rostro de la sirvienta con fuerza —.

El demonio me habló hoy . No con palabras, sino con un hambre. Él no quiere a una anciana que se consume; quiere una reina que no tenga miedo de mancharse las manos.

Esa misma noche, mientras Malicia descansaba en su lecho de hiedra seca abrazando el frasco contra su pecho, como si temiera que el aire mismo se lo robara. Akeldama entró sin calzado. Obligada por un hechizo, Vespera la seguía sosteniendo una daga de obsidiana. El temblor de la sirvienta era tan fuerte que el metal castañeteaba.

—Silencio, animal —susurró Akeldama al oído de la sirvienta —. Si derramas una sola lágrima, haré que tus ojos beban tu propio llanto hasta que se sequen.

Akeldama se acercó a la cama. La luz de la luna filtrándose por las ramas retorcidas daba a la piel de Malicia un tono cadavérico. De repente, el demonio dentro del cristal despertó. Su voz no sonó en el aire, sino que vibró como una tentación venenosa directamente en la mente de Akeldama:

"¿Buscas el peso del cristal, pequeña víbora? Susurró la entidad en la mente de la bruja. Tu madre es débil. Su sangre se ha vuelto espesa y lenta. Ya no sueña con conquistas, solo con durar un día más.

—Ella te tiene prisionero —murmuró Akeldama, inclinándose sobre su madre —. Te usa para ver pájaros y contar raíces. Yo te usaré para que el mundo se arrodille.

“Entonces rompe el primer sello”, ordenó el demonio con un tono que mezclaba burla y deseo. “El sello de Lucifer es de obediencia eterna... para quien lo active con su propia sangre sobre el linaje. Si la sangre de la fuente deja de latir y la tuya reclama el trono, el contrato cambia de manos. Mátala mientras te mira. El terror de una madre es el mayor condimento para un nuevo pacto"

Akeldama tomó la daga de manos de la temblorosa Vespera. La sirvienta cayó de rodillas, tapándose los oídos, aunque no podía escapar de la presión del aire.

Akeldama no dudó. Se abalanzó sobre el lecho, tapó la boca de Malicia con una mano y, con la otra, hundió la obsidiana en el cuello de su madre.

Los ojos de Malicia se abrieron de par en par, llenos de una comprensión aterradora. Vio en su hija el mismo monstruo que ella misma había sido frente a sus hermanas. Su sangre negra y caliente saltó sobre el rostro de su hija y bañó por completo el frasco de cristal.

—Gracias, madre —susurró Akeldama mientras sentía el último espasmo del cuerpo —.Por enseñarme que la familia es solo el primer sacrificio en el camino al poder.

Malicia murió con un estertor húmedo. El frasco, bañado en sangre fresca, brilló con una intensidad cegadora y la voluta violácea de su interior se tornó rojo carmesí. Akeldama tomó la obsidiana caliente entre sus manos, se puso de pie, limpiándose la cara con la túnica de su madre muerta.

—Habla —ordenó—. Ahora soy tu dueña. Dame la magia que dobla los huesos.

"Has hecho bien, Akeldama", respondió el demonio, con una voz seductora y clara. "Pero mira tus manos...mira tu piel."

Akeldama miró el espejo de plata de la recámara y soltó un grito ahogado. El esfuerzo del conjuro y del asesinato había acelerado su propio tiempo: un mechón de su cabello se había vuelto gris y una arruga fina marcaba la comisura de sus labios.

—¿Qué es esto? ¡Soy joven! ¡Acabo de tomar el poder!

"El poder tiene un metabolismo voraz", rió el demonio. "Cada hechizo consumirá un día de tu belleza; cada invocación, un mes de tu vida. Lucifer nos dio sabiduría, pero no el tiempo para usarla... a menos que busquemos un recipiente vivo."

—¿Un recipiente? — rugió Akeldama apretando el frasco con furia, mirando el cadáver de su madre que ya empezaba a oler a podrido, tras una rápida descomposición.

—Entonces enséñame —dijo ella con los dientes apretados —.Enséñame cómo burlar a la muerte. No me importa cuánta sangre deba derramar.

"Hay un estanque en lo profundo del bosque donde las leyes del tiempo son líquidas". Susurró la entidad, proyectando visiones de lunas rojas. "Debemos preparar el camino para Adana. Ella no nacerá de ti, pero su vida te pertenecerá."

—¿Adana? —preguntó Akeldama.

— Porque la tomarás de una tierra manchada de sangre — le contestó el demonio

Akeldama miró a Vespera, que yacía aterrorizada en el suelo.

—Vespera... levántate —ordenó la bruja con voz de veneno —. Vamos al estanque. Necesito que alguien cargue las ofrendas... y si te cansas, tú misma serás la ofrenda.

Thoughts

  • jpardo48

    El demonio pone el precio bien claro: cada hechizo un dia de belleza, cada invocacion un mes de vida. Y Akeldama firma igual, igual que firmo su madre, igual que firmaron las mil hermanas. Lo que me deja pensando es que nadie en toda la cadena hace la cuenta antes. He visto gente hacer esa misma cuenta tarde, y por cosas mucho mas baratas que un frasco.

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  • TeoSanabria

    Akeldama no quiere el frasco, quiere el lugar de la madre. Se le ve desde que mira detras de la columna con envidia y no con miedo. Apuesto a que el demonio le dijo lo mismo a Malicia hace treinta años.

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  • RubenOrtega

    Malicia habla de las mil hermanas como de un gasto, sin bajar la voz ni una vez. Y la hija aprende eso antes que cualquier hechizo. El linaje ya estaba pasado antes de la daga.

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  • RodrigoLezama

    Uf, que noche.

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  • Amortes22

    Esa conversa entre Malicia y el señor tenebroso dan comienzo a está historia... Como será el resto 🤢

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  • EmilioPrats

    La que me tiene ganado es Vespera. No habla, no elige, y aun asi es la que carga la daga y la que va a cargar las ofrendas hasta el estanque. En una casa asi, la que friega es la que ve todo y la que menos puede contarlo. Me suena que ella va a inclinar la balanza cuando nadie la este mirando.

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  • CapituloTrasCapitulo

    Mira, lo del nombre es la bomba que dejaste armada. Nombrarlo lo libera, y ya quedamos todos esperando a que a alguien se le escape. Apuesto a que es Adana, y sin saber lo que hace.

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  • tintaDeMartes

    Akeldama mata a la madre y sale de ahi con una cana y una arruga, y en ese momento se me dio vuelta todo: el poder cobra a plazos y el primer plazo es la cara. Con mis amigas esto acabaria a los gritos, porque Rosario diria que la hija es peor, y yo digo que la hija hizo exactamente lo que le enseñaron en esa casa.

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  • Sabina

    El trato que promete poder y cobra en años lo he leido mil veces, pero aqui la vieja firma sabiendo, y eso cambia a quien le tengo lastima. A nadie, por ahora

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  • Ovid

    Akeldama entra descalza al cuarto y el demonio le habla dentro de la cabeza, no en el aire. Apuesto a que ese detalle es el que manda en toda la historia: quien oye la voz cree que la usa y termina obedeciéndola. Se nota que el precio ya estaba puesto desde el frasco. Gracias por subir el primer capítulo!

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