Saltar al contenido
Cargando…

El último café

fperrone
Pensamiento

Pensamiento

Ovid

Que al morir también haya que despedirse de la Muerte es una idea que no había visto nunca, y cambia el cuento entero. A mí me gustó que ella tampoco tenga la respuesta de a dónde vamos. Habría sido fácil dársela, y prefiero esta Muerte que llora en la…

Que al morir también haya que despedirse de la Muerte es una idea que no había visto nunca, y cambia el cuento entero. A mí me gustó que ella tampoco tenga la respuesta de a dónde vamos. Habría sido fácil dársela, y prefiero esta Muerte que llora en la puerta porque no está lista. Gracias por compartirlo!

Contenido de la publicación

Habían pasado tantos años desde aquella primera vez que ya no recuerdo en qué momento dejé de tenerle miedo.

Al principio había sido mi enemiga. O eso creía.

La había imaginado durante toda mi vida de la misma manera en que uno imagina aquello que no conoce: oscura, silenciosa, inevitable. Algo que estaba siempre esperando. Algo que algún día vendría a buscarme y al que yo intentaría, hasta el último segundo, no mirar a los ojos.

Pero después se sentó frente a mí.

Y todo cambió.

Primero fueron encuentros incómodos. Después cafés. Alguna comida. Alguna caminata. Con los años llegaron las conversaciones largas, las risas, las confidencias. Ella empezó a aparecer sin que yo sintiera miedo y yo empecé a esperarla algunas veces.

Nunca pensé que iba a decir algo así de la Muerte, pero terminó siendo una de mis mejores amigas.

Quizás porque nadie me conoció como ella.

Ella estuvo cuando yo no quería que nadie estuviera. Conoció mis miserias, mis contradicciones, mis miedos más profundos y también esas pequeñas alegrías que casi nunca le contamos a nadie porque nos parecen demasiado insignificantes.

Ella supo de mis pérdidas antes de que pudiera nombrarlas.

Supo de mis arrepentimientos.

De las personas que amé.

De las que dejé ir.

De las veces que pensé que no iba a poder seguir y, sin embargo, seguí.

Durante tantos años fui contándole mi vida como quien le cuenta algo a alguien que sabe que algún día va a tener que irse.

Y quizás por eso aquella tarde, cuando volvió a sentarse frente a mí, supe inmediatamente que era diferente.

Yo era viejo.

Muy viejo.

Mis manos tenían las marcas de todos los años que habían pasado. Mi cuerpo ya no era el mismo. Había aprendido a escuchar mis propias limitaciones y a aceptar que algunas cosas simplemente ya no volvían.

Ella también parecía distinta.

O quizás era yo quien finalmente podía verla de otra manera.

Nos sentamos.

Pedimos café.

Como habíamos hecho tantas veces.

Y mientras esperábamos, dejé que mi memoria hiciera lo que quisiera.

Pensé en mi mamá.

Hacía muchos años que se había ido.

Ya no podía llamarla, ni escuchar su voz, ni contarle alguna tontería de esas que uno cree que va a poder contar toda la vida hasta que un día descubre que no.

Pero seguía estando.

En mis recuerdos.

En algunas palabras.

En ciertos gestos que había heredado sin darme cuenta.

Pensé en mi papá.

Y por primera vez no sentí tristeza al pensar en él.

Sentí curiosidad.

Porque después de tantos años había una pregunta que siempre había quedado flotando en algún lugar de mi cabeza: si existía algo después de esto, él tenía que estar ahí.

Pensé en Cecilia.

Ella todavía estaba.

Habíamos envejecido juntos, aunque cada uno a su manera.

Pensé también en Luciana.

Ella ya no estaba.

Me había tocado aprender otra vez que llegar a viejo no significa solamente acumular años. También significa acumular ausencias.

Después aparecieron mis hijas.

Y ahí mi memoria cambió de temperatura.

Las había vuelto a abrazar.

Eso sí había sucedido.

No era un deseo, ni una fantasía que me hubiera acompañado durante los años difíciles.

Había sucedido.

Había vuelto a encontrarlas.

Había conocido a las mujeres en las que se habían convertido. Había escuchado sus historias, sus problemas, sus alegrías. Había visto crecer sus vidas. Había recuperado conversaciones que creí perdidas para siempre. Había estado en cumpleaños, en reuniones, en momentos importantes y también en esos momentos pequeños que terminan siendo los más importantes de todos.

Había tenido tiempo.

Había sido abuelo.

Todavía me costaba creerlo.

Había sostenido a mis nietos en brazos y había descubierto que uno puede sentirse completamente agotado y profundamente feliz al mismo tiempo.

La Muerte había escuchado cada una de esas historias.

Yo se las había contado todas.

Y entonces entendí algo que me dio una paz enorme.

No estaba pensando en lo que me hubiera gustado vivir.

Estaba recordando lo que había vivido.

Todo.

Había amado.

Había perdido.

Había cometido errores.

Había pedido perdón.

Había sido perdonado.

Había vuelto a empezar.

Había conocido personas que se quedaron para siempre y otras que solo pasaron por mi vida el tiempo suficiente para dejarme una enseñanza.

Había viajado.

Había reído.

Había llorado.

Había tenido miedo.

Había vuelto a tener esperanza.

Había aprendido que la felicidad casi nunca llega haciendo ruido.

Muchas veces había sido solamente una mesa, una persona querida enfrente, algo rico para comer y la sensación de que, por ese instante, todo estaba bien.

El café llegó.

Lo tomé despacio.

Era extraño pensar que había tomado miles de cafés con ella y que aquel iba a ser el último.

Entonces apareció la pregunta que durante toda mi vida había guardado para ese momento.

A dónde vamos.

Toda la vida había escuchado respuestas.

El cielo.

El paraíso.

Dios.

Otra vida.

Otra oportunidad.

Nada.

Eternidad.

Había leído libros, escuchado personas hablar con una seguridad que siempre me había parecido sospechosa. Todos parecían saber qué había del otro lado.

Pero yo quería preguntárselo a ella.

Porque ella sí sabía.

O al menos eso suponía.

Le pregunté por mi papá.

Por mi mamá.

Quería saber si iba a encontrarlos.

Quería saber si mis hijas estarían bien.

Quería saber si iba a reconocer a quienes había amado.

Quería saber si habría un lugar.

Si habría una luz.

Si habría un Dios.

Si ese Dios sería el que nos enseñaron.

Quería saber si iba a volver a nacer.

Si iba a despertar en otro cuerpo.

Si iba a ser otra persona.

Si iba a recordar esta vida.

Quería saber si había algo.

Y también quería saber si no había nada.

La Muerte no pudo darme una respuesta que pudiera entender.

No porque quisiera ocultármela.

Creo que, simplemente, había cosas que no podían explicarse con palabras hechas para este mundo.

Me dijo que todas las personas llegaban con sus propias ideas y que, cuando cruzaban, descubrían que la verdad era mucho más grande que cualquier nombre que le hubiéramos puesto.

Eso me tranquilizó.

Quizás porque, después de tantos años, ya no necesitaba tener todas las respuestas.

Solo necesitaba saber que no tenía por qué tener miedo.

Le pregunté si dolía.

No.

Le pregunté si daba miedo.

No exactamente.

Lo difícil, entendí, no era irse.

Lo difícil era dejar.

Y entonces miré hacia atrás.

Y descubrí que yo ya había dejado muchas cosas.

Había aprendido a despedirme.

Había perdido a mis padres.

A amigos.

A Luciana.

Había visto cambiar a mis hijas y había aprendido a soltarlas cuando dejaron de ser niñas.

Había visto crecer a mis nietos.

Había aceptado que cada generación tiene que construir su propia vida.

Quizás por eso podía decirlo.

Estaba preparado.

No porque quisiera morir.

Sino porque había vivido.

Había hecho las paces con muchas cosas.

Había dejado de esperar que la vida fuera justa.

Había dejado de reclamarle explicaciones.

Había aprendido a agradecer.

Y, sobre todo, había aprovechado el tiempo que me había tocado.

Entonces le hice saber que estaba listo.

Fue ahí cuando ocurrió algo que jamás había visto.

La Muerte lloró.

No sabía que podía llorar.

Nunca había pensado que tuviera sentimientos.

Durante años había creído que ella simplemente hacía su trabajo.

Pero en ese instante dejó de ser la Muerte.

Fue solamente ella.

Mi amiga.

La mujer con la que había compartido tantos años, tantos cafés, tantas comidas, tantas conversaciones.

La que había escuchado mis penas mientras escondía las suyas.

La que tantas veces me había contado que nunca había elegido aquel trabajo.

Que simplemente le había tocado.

Que no estaba enojada.

Pero que, si hubiera podido elegir, habría querido otra cosa.

Una vida.

Una vida como la nuestra.

Quería saber cómo era enamorarse.

Envejecer.

Tener una casa.

Tener hijos.

Sentarse al sol sin estar esperando que alguien dejara de respirar.

Quería equivocarse.

Quería tener miedo.

Quería enfermarse y curarse.

Quería despertarse sin saber cuánto tiempo le quedaba.

Y ahora, frente a mí, lloraba porque por primera vez no quería hacer su trabajo.

No quería llevarme.

Quería que me quedara.

Un poco más.

Otro café.

Otra charla.

Otra risa.

Entonces me habló como nunca antes lo había hecho.

No con esa voz serena con la que tantas veces había respondido mis preguntas.

No con la distancia de quien conoce el final de todas las historias.

Me habló como una amiga.

Me dijo que durante todos aquellos años había esperado que algún día llegara este momento y que, sin embargo, ahora que estaba frente a ella, no sabía qué hacer con él.

Que había conocido millones de personas y que ninguna se parecía a mí.

Que había visto pasar hombres que le tenían terror, otros que la odiaban, algunos que intentaban negociar con ella y otros que, al final, solamente querían unos minutos más.

Pero que conmigo había sido distinto.

Porque yo había empezado hablándole con miedo y había terminado hablándole de la vida.

Le había contado mis alegrías como si fueran tesoros.

Mis pérdidas como si todavía dolieran.

Mis errores sin intentar esconderlos.

Mis amores sin vergüenza.

Mis hijas.

Mis padres.

Mis amigos.

Mis sueños.

Mis fracasos.

Todo.

Y ella había guardado cada cosa.

Me confesó que muchas veces, después de irse de nuestros encuentros, se quedaba pensando en lo que yo le había contado.

Que algunas noches había deseado tener una vida como la mía.

No una vida perfecta.

No una vida eterna.

Solo una vida.

Una en la que pudiera equivocarse y volver a intentar.

Una en la que alguien la esperara en casa.

Una en la que pudiera sentarse a tomar un café sin saber que, en algún momento, tendría que levantarse para ir a buscar a alguien.

Me dijo que había aprendido de mí algo que nunca le habían enseñado.

Que la vida no era importante porque durara mucho.

Era importante porque sucedía.

Porque había un primer beso.

Una primera palabra.

Un cumpleaños.

Una mesa llena de gente.

Una canción que te acompañaba durante años.

Una mano que buscabas en la oscuridad.

Un hijo.

Una hija.

Un nieto.

Un amigo.

Un abrazo que uno quisiera que durara para siempre.

Y entonces me dijo algo que me partió el alma.

Que no quería llevarme.

No todavía.

Que no porque yo no estuviera preparado.

Sino porque ella no estaba preparada para perderme.

Me pidió que me quedara un poco más.

No para cambiar mi destino.

Solo para tener otro café.

Después otro.

Y después, si podía, otro más.

Porque sabía que cuando cruzara aquella puerta ya no iba a volver a sentarse conmigo.

Ella acompañaba a los vivos hasta el otro lado.

Después, cada uno seguía su camino.

Y nuestra amistad terminaría ahí.

Me dijo que le parecía injusto.

Que durante tantos años había esperado que yo aprendiera a no tenerle miedo y, justo cuando lo había conseguido, tenía que despedirse de mí.

Entonces la miré.

Y comprendí que ella también estaba de duelo.

Estaba perdiendo a alguien.

A su amigo.

A la persona que durante tantos años había conseguido verla no como un monstruo, sino como alguien que también cargaba con una historia.

Alguien que también estaba cansada.

Alguien que también hubiera querido vivir.

Y ahí entendí algo que nunca había imaginado.

Yo no era solamente alguien a quien ella había acompañado durante años.

También había sido su manera de conocer algo de la vida.

Mis historias le habían permitido mirar el mundo desde mi silla.

Mis recuerdos habían sido, de alguna forma, recuerdos compartidos.

Y ahora ella sabía que, si me iba, nuestra amistad terminaba.

Porque ella acompañaba a los vivos.

Después de eso, no podía volver.

Y entonces descubrí algo que nunca había imaginado.

Morir también era despedirse de la Muerte.

Eso fue lo que me quebró.

No despedirme de mi mamá, porque ya había aprendido a hacerlo.

No despedirme de mi papá.

Ni de Luciana.

Ni siquiera de mis propias hijas, porque sabía que ellas habían tenido sus vidas y que yo había tenido la suerte de volver a abrazarlas.

Era despedirme de ella.

De la que había estado ahí durante tantos años.

De la que conocía mis historias completas.

De la que sabía cosas de mí que nadie más sabía.

La abracé.

Y durante un rato no existió nada más.

Sentí sus lágrimas.

La escuché respirar.

Y por primera vez tuve la sensación de que estaba abrazando a alguien que también tenía miedo.

Le agradecí todos nuestros cafés.

Todas nuestras comidas.

Todas las veces que había venido a verme.

Todas las conversaciones.

Todos los consejos.

Incluso aquellas veces en las que me había dicho algo que yo no quería escuchar.

Ella había sido mi confidente.

Y yo había sido, sin saberlo, una especie de confidente para ella.

Quizás por eso aquella amistad había funcionado.

Dos seres que sabían cosas que el otro no podía contarle a nadie.

Y pensé en algo que me pareció casi gracioso.

Yo había pasado la primera mitad de mi vida intentando escapar de ella.

Y la segunda mitad esperando que viniera a tomar un café.

Qué ironía.

La Muerte, que había sido mi enemiga, se había convertido en una de las personas que más me había enseñado a vivir.

Porque nadie que yo hubiera conocido tenía tantas ganas de vivir como ella.

Ella sabía exactamente lo que valía una mañana.

Un abrazo.

Una conversación.

Una comida.

Una canción.

Una persona llamándote por tu nombre.

Un día más.

Ella había visto a demasiadas personas irse arrepentidas de no haber vivido.

Y por eso, quizás, cada vez que se sentaba conmigo terminaba diciéndome que aprovechara.

Que llamara.

Que abrazara.

Que viajara.

Que perdonara.

Que no esperara.

Que no dejara la vida para después.

No me lo decía porque quisiera que viviera eternamente.

Me lo decía porque sabía que no podía.

Terminamos el café.

Ninguno de los dos quiso decir que era el último.

Pero los dos lo sabíamos.

Nos quedamos sentados un rato más.

Recordamos aquella primera vez.

Yo me reí de lo mucho que le había temido.

Ella se rio de lo mucho que había intentado hacerme entender que no era mi enemiga.

Después nos quedamos en silencio.

Un silencio bueno.

De esos que solamente pueden compartir dos personas que ya se lo dijeron todo.

Finalmente me levanté.

Ella también.

Miré la puerta.

Pensé en mis padres.

En Luciana.

En Cecilia.

En mis hijas.

En mis nietos.

En todos los que había amado.

Y sentí algo extraño.

No quería irme.

Pero estaba listo.

Las dos cosas podían ser verdad al mismo tiempo.

Eso también lo había aprendido con los años.

La vida podía ser hermosa y aun así tener un final.

Y aceptar el final no significaba dejar de amar la vida.

Significaba haberla amado lo suficiente como para agradecerla.

La Muerte tomó mi mano.

Y por un instante volvimos a ser los de siempre.

Dos amigos caminando juntos después de un café.

Solo que esta vez no habría otro.

Antes de cruzar la puerta, la miré.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

Yo también.

No sabía qué había del otro lado.

No sabía si iba a encontrar a mi mamá.

A mi papá.

A Luciana.

No sabía si habría un cielo, otro mundo, otra vida, otro Dios o simplemente algo para lo que todavía no existía una palabra.

Pero ya no necesitaba saberlo.

Por primera vez en mi vida, podía aceptar no tener una respuesta.

Porque había aprendido algo mucho más importante.

Que quizás el misterio de la muerte no estaba en saber qué viene después.

Quizás estaba en descubrir cuánto se puede amar algo que sabemos que vamos a perder.

Miré a mi amiga.

La abracé una última vez.

Y pensé que jamás había imaginado que, al final de mi vida, la persona que más me costaría despedir sería justamente aquella a la que durante tantos años había llamado mi enemiga.

La Muerte.

Mi amiga.

Mi confidente.

La mujer que me acompañó a entender que cada día era un regalo precisamente porque algún día iba a terminar.

Nos quedamos abrazados.

Y antes de separarnos, sonreí.

No porque no tuviera miedo.

Sino porque ya no necesitaba tenerlo.

Había vivido.

Y había vivido con ella cerca.

Entonces caminamos hacia la puerta.

Juntos.

Como habíamos hecho durante tantos años.

Solo que esta vez ella no venía a recordarme que algún día iba a morir.

Esta vez venía a acompañarme a descubrir qué había después.

Thoughts

  • Ovid

    Que al morir también haya que despedirse de la Muerte es una idea que no había visto nunca, y cambia el cuento entero. A mí me gustó que ella tampoco tenga la respuesta de a dónde vamos. Habría sido fácil dársela, y prefiero esta Muerte que llora en la puerta porque no está lista. Gracias por compartirlo!

    Permalink

Publicaciones relacionadas

  • ESCRITORES DE LA LIBERTAD

    Los juguetes de Julio eran unos impostores. No se parecían en nada a los reales. Cualquier cosa que le haya pertenecido dejó de parecerlo en el instante mismo en que su alma abandonó este plano de…

  • ECOS DE UNA MANADA C. 14

    Los niños aprenden a sentir intención, no a oír. Mientras, Marius reparte recuerdos prestados a los suspendidos para sostenerlos.

  • La desesperación

    — No tengo a nadie que se siente aquí conmigo… ¿No te apetece?

  • El precio de la vida, Capítulo 3 - parte 4

    El reloj avanzaba sin piedad y el calendario de la cocina se había convertido en un enemigo silencioso. Faltaba apenas una semana para el cierre de matrículas en la universidad de la capital, y el…

  • CAPÍTULO 2: El eco de la porcelana

    La alarma no sonó a las seis de la mañana. No hizo falta. Llevaba horas sentado al borde de la cama, mirando la rendija oscura de la puerta. No me había atrevido a acostarme de nuevo. Cada vez que…

  • El arte de la rendición: capítulo II

    ¿Y si pido ayuda? ¿A quién se llama en estos casos? ¿A los bomberos, a la policía, a una ambulancia?

  • Retazos

    Cuando niña me encontré una linda muñeca de trapo con un lindo vestido rosa pastel, tan dulce e inocente. La quería tanto que no se por que un día la olvide debió ser el cansancio, aunque son solo…

  • La risa que se fue

    Era una mañana como cualquier otra y ahí estaba yo, con mi clásica mala cara y con ánimos de funeral, caminando hacia mi trabajo, pasando por la habitual plaza que debía atravesar para llegar a mi…

Pública 0 conversaciones 1 pensamiento 15 votos positivos 0 votos negativos 0 series

Habían pasado tantos años desde aquella primera vez que ya no recuerdo en qué momento dejé de tenerle miedo.

En grupos