Era una mañana como cualquier otra y ahí estaba yo, con mi clásica mala cara y con ánimos de funeral, caminando hacia mi trabajo, pasando por la habitual plaza que debía atravesar para llegar a mi destino. Como todas las benditas mañanas, escuché la burda risa de un loro que, hace un maldito año, empezó a hacer esto. Para mis adentros, esa risa me aborrecía y deseaba que este maldito loro muriera.
En fin, el día transcurrió normalmente. Volví a casa con una soledad angustiante y una profunda desolación en mi interior. Al día siguiente salí con la misma actitud de todos los días, pensando en el desagradable encuentro que me esperaba. Sin embargo, pasé por la plaza y no oí la misma risa de siempre. Decidí ignorarlo y seguir con mi día.
Al otro día, lo mismo; y así pasó una semana en la que no escuché ni un ápice de la molesta risa. Pasado ese tiempo, me perturbaba más la ausencia del loro que su presencia, así que decidí investigar qué le había sucedido. Fui donde la señora que vivía al lado de la plaza para ver si ella sabía algo del ave. Fue ahí donde supe toda la verdad: el loro era su mascota y todos los días, sagradamente, él se levantaba e iba a la plaza para verme pasar y reír.
Le pregunté a la señora por qué el animal hacía esto y me explicó que era su forma de demostrar afecto y cariño. Pero como ya había pasado un año y yo ni siquiera me había molestado en acercarme a él, simplemente decidió que ya no valía la pena seguir riendo conmigo y ahora estaba en la calle de al frente haciendo lo mismo con una chica que, a diferencia de mí, con tan solo dos días de risa se acercó, le dio comida y jugó con él un momento.
Tenía ganas de ir y decirle al loro: “Esto era lo nuestro”, pero no tenía nada que reclamarle; al fin y al cabo, el del error había sido yo.