Nacemos con el mapa entre las manos,
dibujado en el código de la tierra,
llevando en la mirada y en las venas
el eco de mil miedos milenarios.
Tememos a la sombra, a la intemperie,
al silencio que aguarda en la mirada,
al hambre de la noche desvelada,
al fin de la matriz que nos sostiene.
Y en medio de ese pánico sordo,
erigimos murallas y coronas,
inventamos el oro y las divisas,
el deseo que nunca se satura.
Buscamos acaparar el universo,
creyendo que al sumar en las alforjas
el poder, la memoria y la postura,
podremos engañar a la penumbra.
Qué ciego es el intento de la masa
que oculta la belleza de la muerte,
confundiendo el abrazo del regreso
con la sola derrota de la forma.
Si la hoja que cae no protesta,
si el árbol da su espacio sin angustia,
¿por qué huir de la ley más generosa,
del ciclo que renueva la semilla?
Quien entiende que el miedo es solo un broche,
y despoja al deseo de su red,
despierta de la gran mascarada:
ya no le teme al tiempo,
ni al dolor,
ni a la caída.
Sabe que fue el mar por un instante,
y que volver al mar...
nunca es pérdida.