Caíste una tarde tibia,
cuando el cielo aún olía a despedida
y el viento jugaba a ser olvido.
Eras un pétalo,
solo uno,
pero guardabas el pulso de toda la flor,
la ternura del inicio,
y el temblor del adiós.
Te vi caer,
como cae un pensamiento en mitad del silencio,
como se apaga un beso
que nadie tuvo el valor de dar.
Te busqué en los charcos del invierno,
donde el tiempo se disfraza de espejo.
Allí, entre las hojas rotas,
creí verte dormir,
con el alma plegada,
como quien aún sueña con el verano.
Pasaron los meses,
y el sol volvió con su arrogancia dorada.
El campo floreció,
pero ninguna flor tenía tu perfume;
era como si el mundo floreciera en vano,
porque tú no estabas.
El viento,
ese viejo cómplice del destino,
susurraba tu nombre entre ramas cansadas,
y cada eco me dolía
como una carta sin respuesta.
El verano te llevó a la altura,
te mezcló con el polvo del camino,
te hizo cometa,
te hizo nostalgia suspendida.
Yo te seguí con la mirada,
mientras mi corazón,
ese tonto aprendiz de eternidades,
se negaba a entender
que incluso los pétalos
tienen que aprender a volar.
Cuando llegó el otoño,
supe que el amor también se oxida.
Las hojas murmuraban historias de ti,
de cómo te habías vuelto brisa,
o tal vez música,
o quizás apenas un suspiro
que el universo guardó por piedad.
Y el invierno,
como todo lo sabio,
me enseñó a esperarte sin fe.
Me habló del polvo,
del ciclo,
de las raíces que nacen
solo cuando el alma se rinde.
Ahora sé que sigues viajando,
que cruzas las estaciones
sin marcharte del todo.
Que en cada pétalo nuevo
hay un destello tuyo,
una nota de tu voz,
una sombra de tu perfume.
Y yo,
que nunca aprendí a dejar ir,
te nombro en silencio,
cada vez que el viento pasa.
Porque aunque el tiempo te lleve lejos,
yo sigo aquí,
aprendiendo a florecer
con lo que dejaste,
con lo que fuiste,
con ese amor que, sin ser eterno,
nunca termina de irse.