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El Suicidio o la inagotable insatisfacción de ser

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Y ahora Señor (יְהוָ֔ה) quita por favor ésta mi alma de mí, ya que mejor mi muerte que mi vida. Jon 4.3

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Encender varios aparatos para no oírse, aquí lo hacemos todos y ni lo notamos. Donde no te sigo es en que lo de fuera no obligue a nada: en mi casa hay decisiones que se tomaron por lo de fuera y aún se comentan.

Encender varios aparatos para no oírse, aquí lo hacemos todos y ni lo notamos. Donde no te sigo es en que lo de fuera no obligue a nada: en mi casa hay decisiones que se tomaron por lo de fuera y aún se comentan.

Contenido de la publicación

Y ahora Señor (יְהוָ֔ה) quita por favor ésta mi alma de mí, ya que mejor mi muerte que mi vida. Jon 4.3

   A pesar de que en la Biblia no se mencionan numerosos casos de suicidio, podemos encontrar algunos y otros más de intención, deseos o directamente de pedidos de morir al Señor; pero los análisis que se efectúan de estos para extraer prédicas y enseñanzas, en general siguen una misma línea trazada sobre el resultado exterior de las acciones de los sujetos, ya sea por desobediencia, la mayoría, u obediencia a las órdenes de Dios, las resultas o reacciones de los otros sobre el individuo actante repercuten de regreso como negación propia o voluntad de ella, lo podemos distinguir en los suicidios de ciertos líderes del Antiguo Pacto como en el de Judas Iscariote en el Nuevo, así tal los deseos de algunos profetas y demás personajes en la Escritura. Nosotros, con el permiso y guía del Espíritu del Señor y la anuencia de los eruditos que nos han legado sus tratados, humildemente buscaremos otra trocha por donde pensar, siempre asidos de la Palabra para que al menos si fallamos no hacerlo tan groseramente, disculpándonos de antemano si ello sucediere. Además, proseguiremos sirviéndonos del mismo método empleado en el anterior ensayo: El Odio Primitivo, basado en el odio o Yo de la persona, buscando confirmar o desestimar si realmente las acciones de sujetos extrínsecos pueden suscitar tamaño desenlace o deseo autodestructor, aunque esas fueran provocadas por nosotros y estos fuesen íntimos seres queridos dentro de nuestro privativo entorno.

   Si bien nunca podríamos descartar la influencia del medio donde somos, es decir: donde nos hacen y nos hacemos, debemos plantearnos hasta qué punto logra lo exterior a nuestro “yo” (néfesh-psujé) [para term. cf. op. cit.] obligarnos a violar todas las leyes que el Señor dispuso en nuestra naturaleza para alertarnos, protegernos y subsistir sobre amenazas exógenas tanto físicas como espirituales, lo que comúnmente denominamos «instinto de supervivencia» para la esfera material o biológica, y «conciencia» para la inmaterial [ibid.], que conforman la autoconservación en las personas.

   Como el presente ejercicio no ambiciona ser una exhaustiva tesis de ésta condición, y por cuanto sobre la primera esfera hay muchísimos, variados, profundos y excelentes trabajos profesionales tanto de la Biología como de otras ciencias humanas, y de ellos alentamos al lector a sopesar y nutrirse encomendándose a Dios para llegar a la verdad; y puesto que de la conciencia espiritual, tal hemos escrito anteriormente, se encarga el Señor mismo junto a quienes él ha dotado para transmitirlo; nos centraremos en aquello que le fue entregado al ser humano para su cuidado y desarrollo: la conciencia anímica en el “ego”.

* Inalcanzable Aturdimiento

Vanidad de vanidades -dijo el maestro-, vacío e inutilidades... Todo es efímero. Ec 1.2 

   Como casi por completo lo que el Señor ha creado para este mundo o le ha cedido al humano su creación para que bien le administre, se emplea de modo que contradiga su propósito original volcándose hacia la antípoda generalmente, y la religión no escapa a ello, pues si se la puede acusar de alienante de las personas, no es por su cometido primigenio que fue y es la evolución de la esfera espiritual del individuo y de la humanidad, cosa que no viene siendo desde que el hombre la utiliza para sojuzgar a sus prójimos, ya sea a través de o enfrentándose con ella, en cualquier caso se torna justificativo para imponer el egoísmo y sus males derivados de unos sobre otros, hallando plenas razones en ésta, en el proceso mismo de su manipulación y tergiversación sectaria o “sectarista”, que no sólo solapan su función original sino que pervierten los esperados resultados de unidad, introspección y equilibrio del ser humano completo, vaciándole de toda posibilidad de consistente trascendencia allende la inestable esfera material del mundo. Este proceso de “exteriorizar” todo o de extrapolar lo propiamente interior al mundo circundante al sujeto (muy en boga en la cibercultura actual), difumina la realidad de los espacios donde radican o se generan los conflictos existenciales, complicando o directamente imposibilitando la eficaz actividad de solución o prevención según corresponda. No obstante, una y otra vez la Escritura nos indica que es en el propio corazón humano donde se generan sus acciones de toda índole, y allí mismo donde debe organizarse la corrección, solución, rectificación, redención o lo que fuera necesario para quitar del agobio al padeciente; sustituyéndole con la engañosa creencia de que con el mero reordenamiento de las cosas con las que este interactúa, o con suministrarle (o suministrarse) otras que operen sobre el sistema nervioso del cuerpo, es suficiente para “equilibrar” su condición. Si bien es innegable que todo se somatiza o que el desencadenante de las condiciones negativas en la vida pueden iniciar, recibirse o bien concluir en el cuerpo que del yo es lo más débil [Mt 26.41], y como afirmamos que el ser humano es una unidad ontológicamente orgánica material-inmaterial, el meollo o epicentro de las acciones y padecimientos de las personas es siempre el Yo, que como una cámara de reverberación multiplica, amplifica y proyecta hacia todas partes las réplicas cuando no propiamente las crea. Entonces, si es el ego mismo el que crea o propaga lo que experimenta, podemos inferir que también tiene la capacidad de rechazar o controlar ese acto que aunque no se haya generado en sí, es el “sí mismo” quien lo proyecta y una vez dentro lo retroalimenta. Lógicamente insoportable sería vivir constantemente (ya que las aflicciones en este mundo corrupto no cesan Mt 26.11) confrontando que éstas doblegan la voluntad de nuestro Yo, nuestra fuerza anímica y resiliencia; si esto fuese absoluto e inevitable no habría vida humana sobre la tierra pues ¿quién podría soportar un dolor inagotable desde el nacimiento hasta la muerte? Y como ni biológica ni espiritualmente nadie sería capaz, el Señor por su fidelidad nos dota de lo necesario para lograrlo, pues que en 1Co 10.13 se nos explica que todos los padecimientos que sufren las personas son creados por ellos, por todos nosotros, y que entonces en nosotros está la resistencia y la resolución a los mismos; que se nos prometió que nada que no sea humano soportamos y eso incluye a los ataques espirituales de los caídos, que como son espirituales yacen bajo el cuidado celestial tal convenimos, entonces no nos pueden afectar de manera determinante aunque el espíritu propio esté siendo “atacado” adentro de nuestro ser; y dejar al albedrío, la voluntad, el alma bajo nuestra tutela particular, es la garantía de que se suscita y permanece en nosotros la potencialidad para superar y modificar lo que el humano mismo origina, y que por lo tanto no es insoportable ni insoluble así lo parezca a priori [1Jn 4.4]. El dilema se presenta en el porqué no todos utilizamos ésta capacidad siempre, aunque muchísima gente lo demuestre enfrentando condiciones y situaciones brutales día a día.

   Ya hemos visto en nuestro trabajo anterior, que el mundo con insistencia forma y promueve avideces casi siempre inalcanzables tanto en  materialidad y cantidad como en auténtico efecto de aplacar la necesidad que crea y alimenta con su propio proceso, terminando en placebos intrascendentes todas las relucientes promesas de satisfacción y felicidad que momentáneamente ofrecía y compramos con fe, que como sabemos podemos dirigirla de Dios, por su gracia, de amarle a él hacia dónde nuestro albedrío decida, para comprobar finalmente que por la vanidad de esas apetencias [1Jn 2.17], aunque no logremos o deseemos comprenderlo, no se cumplieron sus propósitos y hasta se profundiza la aflicción al punto del total desasosiego lindante a lo irreversible, más aún si ni siquiera se han podido obtener para al menos hacer la prueba existencial. Desde aquí buscaremos pensar el motivo por el cual no utilizamos esa capacidad dada resistiva y superadora de los sufrimientos más profundos del alma, sin afincarnos, como señalamos, en la eficacia o eficiencia de las promesas creadas en el siglo, en nuestro derredor, sino en la propia capacidad (o falta de ella) para adquirirlas; y si poseyéndolas es posible de, o somos aptos para, efectivizar la “salvación” o “sanidad” que aseguran brindar y desesperadamente precisamos, es decir: por qué llegamos [Gn 1.27] a la intrascendencia.

   Ahora se nos han planteado dos cuestiones: una encierra la duda sobre la propia capacidad de conseguir y utilizar adecuadamente los supuestos mecanismos o productos paliativos de la conflictividad de existir en todas sus expresiones y momentos que oferta el mundo; la otra orbita sobre nuestra facultad de producir soluciones propias para las inevitables vicisitudes de vivir que con cualquiera de los nombres que la ciencia médica moderna los denomine (estrés, depresión, fobia, trastorno, etc.) y que la religión confunde muchas veces (y otras tantas maliciosamente lo fomenta por aquél acto de control que mentamos) con posesiones espirituales, cuando éstas son el reemplazo del vínculo del espíritu humano con el de Dios por otro con espíritus demoniacos debido a la entrega del propio sujeto de esa unidad constitutiva al voluntariamente ceder y buscar las “tentaciones” corruptoras que desde el inicio hemos preferido y se nos ha advertido; mientras que aquellas son desorganizaciones (inorganicidad del todo material-inmaterial) en el ser humano centradas en el alma o “Yo” de las personas.

   Ambos interrogantes denotan que es la acción directa del ego la que posibilita o no la validez y conclusión de las “curaciones”, pero también señalan que esa posibilidad (albedrío) se basa en la negación (no consigo/no genero) i.e.: en la intrascendencia del Yo. Se colige entonces que: ¿por qué si soy el responsable lineal de mis actos no los quito simplemente de la negatividad intrascendente hacia la positividad resolutiva que adecue la trascendencia “sanadora” sobre los problemas? Esto no sucede normalmente porque mi “yo” está instalado en el egoísmo, y el egoísmo en la duda de poder o no, y la duda fáctica logra miedo, miedo al fracaso de alcanzar lo buscado y de perder lo que se tiene, empujándonos a no intentar a pesar de que se nos ordena que nos esforcemos y seamos valientes [Jos 1.6-9] hasta el final, pero este “final” no es el que cada uno decida aunque la vida se nos haya entregado, sino aquel que el Señor permita en su inefable justicia y sabiduría [Mt 24.13 y otros], rebuscando por ello la mejor manera de “ignorar” el miedo intentando (paradójicamente) disfrazar la duda con el embotamiento del ego a través del método más rápido y asequible que el mismo mundo remata y aun presentándolo como la panacea para las sufrientes existencias: el aturdimiento de los sentidos. Desde el cigarrillo y el alcohol pasando por todas las clases de alucinógenos y drogas (legales o no) hasta el presente internet y sus multimedios, se tornan vicios dispuestos a alejarnos del pensamiento claro y la introspección sincera, persiguiendo también ése mismo efecto cuando estando en soledad encendemos varios aparatos a la vez llenando el ambiente de sonidos y luces estridentes sin ningún miramiento, o así debamos gritar para comunicarnos cuando con alguien; lo importante es permanecer el mayor tiempo posible aturdidos y paralizados sin riesgos «evidentes» para nuestro egoísmo (errónea autovaloración op. cit.); pues si hay algo peor que la posibilidad de perder lo que se “posee” sin conseguir algo mejor, aunque ello nos haga daño, es enfrentar la probable incapacidad de generar soluciones que no nos dejen en el dolor del vacío. Este temor a no lograr soportar las pruebas existenciales y acabar en el “fracaso” y la intrascendencia, deseando (contrariamente a lo necesario) formas de evitarlas, solamente pueden empujar a la negación total del ser.

* La Negación

Estaba pues Simón Pedro de pie calentándose, y dijeron entonces a él: ¿No también tú de los discípulos de él eres? Negó él y afirmó: No soy. Jn 18.25

   La falla del aturdimiento en eliminar o al menos disimular el miedo o la incapacidad de trascender a los problemas vitales, ya sea por medios exógenos al individuo (cosas o personas) o bien por la deficiente o inexistente introspección de mi ego, nos ata al odio, a cerrarnos en nuestro yo aunque esté profundamente en zozobra y ansiedad negando todo aquello que nos atisbe de lo contrario, para llegar a formular “verdades” que nos apoyen en nuestra evasión de la “realidad” aunque las cercanas consecuencias ya se asomen y sean peores que la actual situación de nuestra alma, tal se nos ejemplifica en el libro de Daniel con Nabucodonosor II. La continuidad de ésta decisión nos arroja a profundizar la negación de los sucesos que se presentan cada vez más insostenibles arrinconándonos en las grietas de nuestro egoísmo proporcionalmente menos justificado en sí mismo, hasta el extremo de que no se halla otra salida que la negación propia: la constante e inacabable insatisfacción sobre nosotros mismos, que una vez instalada en nuestro Yo se autosustenta retroalimentándose con esas acciones equívocas y engañosas que actuamos a tal punto que no se vislumbra modo o aturdimiento que posibilite evitar el oscuro sentimiento de derrota, de inoperancia, de incapacidad visceral para cursar la existencia en el cada vez más inhumano o mejor dicho cada vez más “humano” mundo: hostil, demandante e impío ante los padecimientos de los débiles y constantemente en búsqueda de ganancias amorales donde todo es un bazar de objetos avaluables y la vida incierta y finalmente prescindible, ergo: reemplazable. El egoísmo acérrimo deforma tanto a la inherente, individualizante y necesaria finitud e imperfección humana, que la muta en su propia negación, anulando la trascendencia original como semejanzas de Dios (trascendente de por sí) a intrascendentes deformidades autoconstituidas, modeladas por nuestras propias engañadoras manos que hasta en eso terminan fallando por el mismo artificio desproporcionado y enajenante buscado. Es por ello que la obnubilación última e irreversible a que puede llegar un intrascendente y exacerbado odio, un siempre insatisfecho egoísmo, es al suicidio: la negación absoluta de la única [Hb 9.27] y propia vida. Que el Señor los sostenga siempre amados.


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  • climaHostil

    Encender varios aparatos para no oírse, aquí lo hacemos todos y ni lo notamos. Donde no te sigo es en que lo de fuera no obligue a nada: en mi casa hay decisiones que se tomaron por lo de fuera y aún se comentan.

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