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El Odio Primitivo Pregunta Sin responder

hernanperegrino
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Y discursos de odio me rodearon, y pelearon contra mí injustamente. A cambió de mi amor me calumnian, mas yo estoy orando. Me devuelven mal por bien y odio por amor. Sal 109.3-5.

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Y discursos de odio me rodearon, y pelearon contra mí injustamente. A cambió de mi amor me calumnian, mas yo estoy orando. Me devuelven mal por bien y odio por amor. Sal 109.3-5.

    Este defectuoso ensayo no pretende ser un paradigma ni una certeza inconmovible de un tema tan profundo y complejo como lo es el odio, sino apenas un ejercicio reflexivo sobre algo que “es” desde el inicio de la humanidad y parece cada vez más exacerbado y hasta ensalzado en nuestros días, a pesar de los innumerables discursos “humanistas” y de tanta historia transcurrida, tanto pensamiento ocupado sobre esta profunda cuestión particular para cada individuo, así como civilizatoria, constitutiva de la sociedad; como si el civis fuese (tal lo es) la extensión y proyección grupal e identitaria de cada ego, a la par que modeladora y reguladora de la persona y de sí mismo, como bien sabemos.

   Lo sustentaremos sobre una base bíblica judeocristiana que, después de muchos años de escepticismo apoyado sobre todo tipo de lecturas y estudios, he entendido como el único libro que no presenta una teoría sino la verdad irrefutable y absoluta, donde se logra encontrar la base de todos los conceptos e ideas filosóficas y existenciales del ser humano, si se cree en ella como la verdad inerrante revelada por Dios. Y ya que asimismo se puede afirmar todo lo contrario, se reduce en su utilidad relativa y personal a lo primero que el Señor Dios nos otorgó: el albedrío en la fe, que sin temor a equivocarme, asevero que sin ésta, nada de todo lo que existe o tiene posibilidades de existir puede ser real para nadie o conocido por alguno. Tampoco consideremos a este pequeño escrito como una prédica religiosa ni estudio teológico, sino mejor tal una corta disquisición anclada en el único lecho firme que, después de mucho bogar por abandonar la búsqueda de complejas justificaciones para simples verdades, o mejor dicho: por la Verdad, he podido arribar.

   Así que roguemos por la mayor sabiduría que el Señor considere en otorgarnos para pensar en esto fundamentalmente humano, y apelemos a la indulgencia del lector por cualquier desacierto o falla en nuestra exposición, comprendiendo la imperfección y falibilidad de ser personas.

*                 Donde radica el odio

Pero a Caín y a su ofrenda vegetal no miró con agrado. Y se ensañó Caín en gran manera y cayeron sus intenciones. Gn 4.5.

   Si bien es posible rastrear dónde y cuándo aparece en la Escritura por primera vez la palabra “odio” o sus sinónimos más utilizados en las traducciones: aborrecer/abominar, resalta a simple vista que el odio es un “algo”, una “entidad”, ya por su propia sustancia o sustantividad, ya por ser eso que hace realizar la acción de aborrecer u odiar, entonces debe, a fuerza, ocupar un espacio y un tiempo determinado y relativo, como cualquier otro ente en el universo. Así que tal vez, con la guía del Espíritu de Dios, al encontrar ese ámbito donde es o hace el odio, logremos definir o aproximar una idea sustancial sobre qué es el odio y el acto autodeclaratorio de odiar (al anunciar que odiamos expresamos algo desde nosotros y sobre nosotros).

   Tomando provisionalmente al odio como una cosa o sustancia, nos permitiremos afirmar que entonces puede tener o tiene características de un ente físico, anímico o espiritual; o bien de las tres formas de la realidad [1 Ts 5.23]: de la esfera corporal (física o sensorial); de la esfera del alma que incluye al raciocinio, a las emociones, la imaginación, la «conciencia» ergo: la voluntad o albedrío, que es el conjunto de posibilidades que va adquiriendo la persona en el proceso de vivir, cuando profundiza su autoconciencia, desde lo más básico de su fisiología hasta las honduras de su alma y las alturas de su espíritu, es decir: de su ser íntegro interaccionando con el entorno (dasein); y la del espíritu humano, con la «conciencia» o intuición dada del bien absoluto o Dios. Por ello, si esta entidad participa de o con todas estas esferas identitarias, podemos asumir que tiene conciencia de sí mismo, o al menos ése lugar que ocupa o habita sí la posee, permitiéndole actividad sobre sí y sobre otros, por cuanto le aporta características de tal.

   Si convenimos en que el odio es un ser completo en y por sí mismo, por lo tanto una persona, no consideremos eficiente discurrir ampliamente sobre dónde radica o mora, si no más productivo será buscarlo directamente en el mundo, concentrando todos los esfuerzos en hallarlo para después conocerlo y así reconocerlo bajo cualquier circunstancia y producir la reacción o respuesta más beneficiosa ante él. Pero si rechazamos la proposición primera y acordamos que el ente “odio” no es una persona en sí, debemos ubicar entonces ese lugar que ocupa y que le permite interactuar con nosotros en el siglo, que parece estar cada vez más dominado por su accionar que prosperar en reducirlo o, si fuese necesario o posible, erradicarlo en su totalidad. Sobre esta última hipótesis basemos nuestras estipulaciones iniciales.

   Es de notar que determinar que el odio no es una persona per se, indica apenas que se media el camino, puesto que definir lo que algo no es, no implica precisar positivamente lo que es (tan sólo nos reafirma que es), a menos que esa negación, oposición o contraste de lo establecido, sea o esté directamente ligada a la cosa en sí y a su estado negado, autoanulándose, siendo entonces la propia negación lo que caracteriza o define en positivo a la entidad o sustancialidad sobre lo que sí es, i.e.: la cosa en sí realmente es lo que se niega de ella; o como mejor lo dice la Escritura: mal por bien; odio por amor. Hecho que lamentablemente seguimos acumulando en nuestra contemporaneidad, viendo cada vez más crímenes pasionales donde el victimario asegura amar a la víctima aun cuando viniere minando su vivir hasta el atroz final; o hasta que contra sí mismo, físicamente, se volcare el destructor engaño, cayendo en métodos aberrantes de socavar “al que se amaba”, tal el de torturar llegando a asesinar a los hijos de ambos o del otro; pero sin rozar esos ejemplos extremos, esta convicción que busca trocar lo negativo en positivo, es la misma que subyace bajo el discurso que pretende comulgar naturalizando desde la infancia, a la resultante violenta de un ego frustrado como acto de amor, cuando se les asegura, principalmente a las niñas, que si un par suyo la hostiga con insistencia es porque “la quiere” o “le gusta”. También así cuando se toma a la religión (entre otras cosas) para separar, aun dentro de una misma, en vez de unir; para egoísmo donde justificar el odiar en vez de amar, a pesar de que ello contradiga a la propia doctrina. Este odio, aunque parezca justificado  por algún dolor o sufrimiento resultante del acto de otros, no es ni puede ser un alivio ni una descarga del mismo, ya que mantenerlo en nosotros, en el alma para odiar “justificadamente”, es arraigarle cada vez más profundo en nuestro ego padeciendo más, pudiendo llegar al colapso psicofísico, complicación del odiar que probablemente al odiado no le conmueva, pues así parezca que el odio afecta primero a lo odiado, es siempre uno propio el origen y el primer receptor de sus efectos, aun antes de ser proyectado.

   Por tanto, si el odio no es un ser empero sí una entidad, ya que actúa consigo y con lo que le rodea mas esas acciones le cosifican; y como no podemos aún apropiarnos directamente de lo que es en sí y saber si este “en sí” le permite o apareja un “por sí mismo”; debemos indagar sobre qué tipo de cosa o ente es, y con aquello que hasta ahora sólo contamos son con las acciones que le dan sustancialidad, pues bien sabemos apodícticamente, que el odio obra (se autodefine) haciendo obrar.

   Definir en o a qué esfera o forma corresponde su actuar es un paso seguro hacia encontrar su identidad, o al menos a identificarlo.

   Sin dudas, las acciones de y del odio son ontológicas, pues aunque tal vez  «empiecen» o se reciban en las “partes” exteriores o más expuestas de las personas (físicas: acciones y resultas o reacciones ónticas al odio del otro), psicológica, anímicamente la intensidad, tipo y duración de esas actividades sobre alguien, pueden conseguir perturbar lo más profundo de su ser: su espíritu, en integridad holística hasta el grado de la negación total: la muerte corporal e incluso la eterna o segunda (condenación tal Caín).

   Por esto, ya que el odio no es una persona en sí pues es de suponer que si lo fuese hace tiempo se le hubiera localizado y neutralizado todos los padecimientos que el mundo sufre por su actividad, se desprende que de la esfera de la cual no participa o con la que no cuenta de suyo es la física, la corpórea (sóma σῶμα), por lo que debe pertenecer a la anímica o a la espiritual o a ambas. Entonces, como estas son en los seres humanos, en sus cuerpos así, obligadamente, el odio debe estar “corporizado” para interactuar en y con el plano material donde contactarse con las personas. Inferimos de esto que el odio necesariamente es una cosa, un algo que radica en las personas. ¿Adónde?

   Prosiguiendo tras la hipótesis de que el odio es un ente no corporal o físico, pero tampoco abstracto, aunque lo estemos abstrayendo para este ejercicio, es decir: no es tangible en sentido estricto ni se lo puede reconocer por su propia “materialidad”, sino que a través de las acciones de los seres humanos: los “portadores”, es cómo su existencia real es “vivenciable”  y comprobable en el orden concreto del mundo. Parecería que nuestra propia aseveración nos catapulta a declarar que el odio no es más ni menos que un demonio o espíritu inmundo, por ende tiene que estar alojado en la esfera espiritual de las personas, entonces lo que hace dentro del humano es poseer o al menos influenciar indefectiblemente al espíritu del hombre, para que éste ejecute las acciones de odio que al final son las que le visten de sustancialidad física al odio. Si aceptamos esto, lo hacemos también sobre que los espíritus caídos son superiores al espíritu humano o sea, parafraseando a los Apóstoles Pedro y Pablo: a la “semilla” del Espíritu Santo que Dios nos otorga al formarnos para que sepamos o intuyamos que él existe, a eso que llamamos conciencia. [“Porque cuando los gentiles (no creyentes), que no están sosteniendo la Ley (mosaica-evangelio), «por naturaleza» hacen lo que la Ley exige, estos, que no tienen la Ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la Ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia y sus pensamientos entre ellos, acusándoles o excusándoles”. Ro 2.14-15. “Habiendo sido hechos renacer, no de semilla corruptible sino de incorruptible por la palabra (lógos razón) del Dios viviente que está permaneciendo” 1Pe 1.23.].Y si existe algún tema donde no caben dudas, es sobre que no hay nada superior a Dios y mucho menos alguna de sus criaturas. Por lo tanto el odio no puede ser una entidad demoniaca que domina al espíritu humano que permanece enraizado directamente al Espíritu de Dios por medio de su conciencia (semilla). Además si así ocurriese, viviríamos no sólo en un mundo malo sino en el propio infierno, ya que obviamente todos odiamos pero no todos tenemos el don de liberación o sabemos “exorcizar”. Es dable pensar entonces que no debe radicar en el orden espiritual, o al menos no única o completamente allí. Las enseñanzas de los santos (apartados, consagrados) nos van mostrando un hilo conducente para un mejor acercamiento al terreno dónde se asienta el odio en el ser humano.

   Ya no nos queda otra esfera más que la anímica o del alma, donde un ente incorpóreo pueda ubicarse y actuar con un cuerpo o persona dentro del mundo material o físico, y si bien sabemos que esta esfera o parte constitutiva del ser humano es inmortal al igual que el espíritu, la diferencia estriba en que éste último depende directamente de Dios (aunque en verdad todo lo que ha sido, es y será lo hace [Col 1.17]), mientras que al alma el Señor nos la ha dejado bajo nuestro propio y personal control y cuidado, por eso hemos nombrado anteriormente ciertas características constituyentes, posibilidades o “habilidades” que presenta o hacen al alma humana. En el parágrafo anterior nuestros maestros apóstoles nos reafirman algunas de ellas: gentiles; sostienen; hacen; son; ley para sí mismos; corazones; testimonio; conciencia; pensamientos”. Tan sólo con la continuidad de la lectura de lo expuesto hasta ahora, se destaca que la conciencia ocupa cada o comparte ambas esferas inmateriales y quizá, lo más simple como sucede en muchas ocasiones, sea lo real o concreto: que el odio no pase de ser una emoción o sentimiento personal y humano que en algún momento de la vida podemos descartar, sofocar, extirpar de nosotros, logrando lo que en este tiempo llamamos liberación, sanidad y hasta perdón, para no odiar y adquirir medios para las resiliencias en los traumas o sucesos de nuestra existencia; aunque es paradójico que para nombrar actos de “superación” se utilice una palabra que según la RAE significa «saltar hacia atrás; rebotar; replegarse; o volver al estado anterior, inicial.» Si esto es así todo este trabajo ha sido en vano; pero como hasta aquí llegamos, seamos resilientes y continuemos un trecho más para saber, o al menos confirmar, dónde radica el odio y con una pizca de Gracia divina tal vez definir indubitablemente qué es.

   Para clarificar cómo o porqué a la conciencia la podemos ubicar en ambas esferas inmateriales, aunque tal vez debiéramos concretar como «la esfera inmaterial», ya que es más una derivada condición  metodológica cientificista el separar al ser humano en “partes constitutivas” para aprehenderlo, y hasta con oposición entre ellas (ej. cuerpo-mente/material-inmaterial), cuando el Señor nos hizo como una única unidad compleja e irrepetible que para funcionar correctamente debe permanecer ordenada y orgánica.

   En el hebreo bíblico se utilizaron dos términos principales para nombrar y distinguir alma y espíritu, y no sólo por el trasfondo sintáctico, sino y esencialmente a modo de comprender y explicar la naturaleza formativa humana: neshamá (נְשָׁמָה) y rúaj (רוּחַ) respectivamente; y aplican la palabra néfesh (נֶפֶשׁ) para referirse al ser humano completo con o en sus “tres esferas”. También nos dejaron como sinónimo de neshamá a leb (לֵב) o (lebáb לֵבָב), aunque éstas implican al vocablo «corazón» tanto para el órgano como para el meollo esencial de la persona, incluyendo al pensamiento y a la “sede” o “centro” de los sentimientos, así tal para neshamá; y como dice la Palabra: “Porque como pensó en su alma (néfesh, en algunas versiones se traduce como corazón) así es él. Come y bebe te dirá, mas su corazón (leb) no está contigo.” Pr 23.7. Dentro de ciertas corrientes o denominaciones del judaísmo, se sostiene que existen otros niveles del ser que vienen de Dios al hombre y se retroalimentan, pero ahora con estos tres para nuestro objetivo son suficientes.

   Aquí podemos establecer que dentro del ser humano (néfesh) existe el corazón físico (leb); el alma (neshamá) dada como propiedad directa a cada persona, donde está el pensamiento o conciencia propia y sobre el entorno, junto a las emociones es decir: la voluntad o Yo”; y el espíritu (rúaj) que es parte o pertenece directamente al Espíritu de Dios [Rúaj Elohím אֱלֹהִים Gn 1.2], con cual en el Origen insufló el aliento (neshamá) de vida (kjai חַי) a la humanidad; nos dotó de la conciencia o intuición sobre la existencia del bien perfecto, absoluto, inmutable e infinito: de Dios mismo. Sin esta conciencia basal no podríamos investigar, teorizar, contrastar, imaginar... es decir: conocer nada del orden, leyes, características y relaciones de las cosas mutables, parciales, relativas, finitas que el Señor creó, desde lo cuántico y subatómico hasta las galaxias y cuerpos celestes.

   Esta conciencia primigenia del espíritu humano, aunque se la niegue, es la referencia invariable que nos permite conocer al Creador a través de su Palabra (lógos: la estructura, la sustancia o lo sustantivo), por medio de la Creación que es su verbo, su acción su (rhema ῥῆμα): producciones bióticas y abióticas en el movimiento constante y orgánico, individual y grupal, que nos asocia y define como universo. Si bien en el koiné del Nuevo Pacto no se diferencia de raíz al alma del espíritu, y se utiliza primordialmente el vocablo (pneúma πνεῦμα) para ambas esferas, uniendo en una sola forma o totalidad a la conciencia humana, como también para equivalencia del néfesh hebreo en la configuración (psujé ψυχή) como la persona integral. No obstante, en la filosofía griega clásica sí distinguen al espíritu neuma, del alma psiquis o psykhḗ /psíche/ (ψυχή); aunque la mayoría de las veces a modo intercambiable según la escuela.

   Todo esto nos permite concluir que si el odio está en la conciencia tiene que ser en la “parte” humana, también debe posibilitársele el dominarla y así  al cuerpo por las acciones del hombre; luego tiene que estar “junto” al Yo [(anokí o ani אֲנִי) en hebreo; (egó ἐγώ) en koiné] o ser el ego (m)ismo; y ya que naturalmente no existen dos cosas distintas en una misma materia particular, y como el odio no puede dominar lo que no es ni le puede pertenecer pues es de Dios o le ha sido traspasado a cada persona, entonces no únicamente nacemos con “nuestro odio”, sino que siendo odio, y mientras mantengamos nuestra voluntad sobre nosotros: egoísmo, estamos odiando.

   Así descubrimos que el odio no sólo es una cosa sino también un ente consciente: el propio ser humano. Odiar es ser nosotros mismos.

*    El gran odiador

Ustedes de su padre el diablo (diábolos διάβολος) [calumniador] están siendo, y los deseos  del padre suyo están prefiriendo hacer. Aquel homicida ha sido desde el principio y en la verdad no ha permanecido (...) Jn 8.44.

   No nos detendremos en analizar a este “ser” ni a todos sus nombres o denominaciones, sino que nos centraremos en ese adjetivo que se vuelve apelativo en él, indicándonos claramente que a pesar de que no podamos clasificarlo como persona (néfesh/psujé) puesto que no cuenta con un cuerpo físico, sí debemos como a un ser, es decir: un espíritu (rúaj/pneúma) con un Yo o alma (neshamá/psique), tal el resto de los seres angélicos, como se señala en el libro de Apocalipsis o de la Revelación, puesto que un tercio de ellos decidió seguirle mientras que el resto cumplir con el propósito con el cual Dios les creó. Así que nos serviremos de la voz arameo/hebrea mabád (מַעְבָּד) que significa: obrar para, ocuparse de, o hacer algo; evolucionando a satán (שָׂטָן) [adversario, opositor] y pasando al tercer idioma bíblico, el griego koiné, como satanás (Σατανᾶς) esto sería: «hacer de opuesto»; hacerse oponente con su obrar, enemigo de Dios y de toda su Creación lo que le incluye, hecho que manifiesta fehacientemente su índole, pues sabía que volverse adverso al Creador era tornarse destructor de sí mismo, dándonos a conocer que el ego que no puede no querer menos de lo que quiere, se autodestruye en algún punto, por tanto no sólo es homicida desde el comienzo sino también suicida del tipo terrorista, de los que se inmolan por cumplir su cometido de influenciar para destruir lo mayor posible en derredor suyo. Esto nos señala que mantenernos “odio” en nuestro corazón nos hace enemigos del otro, que hasta pudiéramos ser nosotros mismos, aún antes de demostrarlo materialmente, tal como nuestro sabio Maestro nos ha instruido [Mt 5.28]. Se comprueba también cuando la Biblia, utilizando el mismo verbo «odiar» (ayáb אָיַב) en su forma de sustantivo, designa al “odio” o al “enemigo”.

   Sabemos por el profeta Isaías que el adverso determinó en su corazón (lebáb) situarse sobre Dios, lo que le valió ser derribado del cielo, como les ocurriría a los emperadores babilónicos y a tantos otros de sus imperios, y aunque se piense que esa comparación entre el rey y satanás es posterior a la consolidación de la iglesia cristiana, bien sabemos por Pablo que cada gobierno está influenciado por potestades o autoridades (ἐξουσία) espirituales que actúan sobre o con el ego de los gobernantes y de quienes les siguen; así que tomaremos a este “lucifer” como el arquetipo o paradigma original del odiador o egoísta pleno, desde y hasta la completa irracionalidad u odio (Yo) desalmado (sin Yo), si ésta aporía es posible. Es de notar que si bien el entorno es muy influyente en el egoísmo, no es absolutamente determinante, pues vemos a través de nuestro ejemplificador que es el mayor egoísta, el adverso, que no fue creado en la adversidad ni para la adversidad, no obstante esa fue su elección, y los resultados corresponden al tamaño de su odio, de su vanidad, de su gran egolatría que es la peor de las idolatrías, puesto que ya ni un ídolo es suficiente sujetar para buscar que cumpla nuestros deseos, sino que “nos divinizamos” a nosotros cuando hallamos en todo justificativos para avanzar en nuestros caprichos, tal lo hará el “hombre sin ley” (ánthropos ἄνθρωπος/jo ὁ/anomía ἀνομία) quien tendrá a este mismísimo viejo espíritu ególatra como potestad, pues la obediencia y las leyes que ha instituido otro no tienen cabida en el egoísmo, y todavía menos si ese otro es el Padre Creador, o sea: el Amor, porque sabemos que de tal manera amó Dios al mundo que dio a su unigénito [Jn 3.16] y éste a Sí mismo sacrificialmente para salvación de nosotros: los otros, inclusive de quienes le mataban. [Hb 9.26 entre otros].

   Demás condiciones que alcanzamos a vislumbrar aquí son que: si el odio soy Yo, se centra en mí, el amor es el otro (ajer אַחֵר en hebreo y állos ἄλλος en koiné; reservaremos héteros ἕτερος  para Dios); y que aunque mi entorno sea bueno: mi nacimiento, mi crianza, mi educación, mi familia; mis actos pueden llevarme al «infierno», ya violentando a otros o a mí mismo. O por el contrario, así mi entorno es o haya sido el peor, puedo tanto salir y alejarme de él según mi voluntad dada, como entregarme (albedrío). 

*     El odio entra al  mundo, o la inagotable insatisfacción

 

Y creó Dios a este  adám (אָדָם) [ser humano] en su figura, en semejanza de Dios creó a él; varón y mujer creó a ellos. Gn 1.27.

   Como definimos que odio Yo, o soy odio pues soy, es decir: por nuestra (desregulada) autoconciencia, el odio está en el mundo desde que el Señor creó a la humanidad con plena potencialidad de acción: voluntad; en el hecho mismo de ser formados con todas las intrínsecas, individuales, particulares y diferenciadoras posibilidades en movimiento que nombramos como albedrío. Entonces podemos decir que Dios mismo plasmó al odio cuando al ser humano, con las acciones que conlleva esa inherencia. Empero, lo que el Señor formó fue al Yo de la persona; odio se vuelve cuando prioriza sus ambiciones por sobre lo que es correcto, moral, justo y bueno para el otro o para el común. Por ello, aunque el odio estaba en potencia en el albedrío humano con toda su negatividad tanto para los demás como para uno mismo, recién inició en el instante que la humanidad plena, que en aquel momento fueron Adán y Eva, desoyeron la advertencia del Padre por ejercer su hedonismo, a pesar de que el Amor eterno existía desde antes que el mundo, ese Otro (héteros): Dios; no quisimos dirigirnos a él sino decidimos quedarnos en nosotros, en el deseo lábil, efímero e incesante de nuestro ego.

   Esto fue hecho como personas completas, como «néfesh», puesto que elegimos con nuestra alma pero fue lo que vimos (raá תֵּ֣רֶא ver, comprender, aprobar) físicamente: el embotante fruto “de muerte” del árbol negado, aquello que anhelamos y preferimos aún a costa propia y a sabiendas, odiando por primera vez [Gn 3.6].

   Cualquier sentido que proyectemos en “otra cosa” con intención de posesión o dominio, y no de respeto al aprender sobre su identidad que es otra, se basa en el odio, en mí, y no en el amor: en esa otredad

*     Odio y Amor

Y la odió Amnón, odio con todas sus fuerza; ya que mayor el odio con que la odió, que el amor con que la amó. Y le mandó a ella Amnón: arréglate y desaparece.  2 Sa 13.15.

   Si yo soy odio y amor es el otro como hasta ahora concertamos: ¿Cómo puedo amar y no odiar? ¿Cómo podemos amar a otro si quien ama soy yo y yo soy odio? ¿Acaso ese otro no es también odio en sí y yo soy amor para otro? ¿Es qué todos somos amor y odio, lo que sería lo mismo que decir que nadie ama y nadie odia? Ya que no caben dudas sobre que amor y odio no son lo mismo, y puesto que dejamos definido qué es odio y qué odiar, naturalmente es preciso definir si en realidad amor es el otro y qué es o cómo amar.

 

   Para iniciar es conveniente ratificar aquello que sin dudas sabemos y así pivotear sobre reaseguro que nos traiga a orden acaso nos descentremos de nuestro cometido, lo que nos lleva indefectiblemente a la Sagrada Escritura, que al ser inerrante porque deviene del único «ser» perfecto, absoluto e increado, es decir: sin “Yo, Dios; nos otorga la base sólida donde podemos afirmar sin temor que como satanás es el epíteto del odio, “el Dios es Amor”[ jo ὁ/theós θεός /agápe ἀγάπη 1Jn 4.8], es decir el completa y perfectamente otro (héteros), ni siquiera humano [Nm 23.19], total “prototipo propio del Amor”. Se desprende de esto la incógnita de que: ¿Si fuimos creados a figura y semejanza del Señor, ello nos hace amor como un otro (állos), o nos faculta para amar aunque tengamos un Yo que nos define? Sin vacilar la respuesta es afirmativa, un rotundo sí, porque poseemos conciencia espiritual del amor ágape, perfecto, absoluto y eterno; junto a la conciencia anímica de nuestro constitutivo “odio”.

   Debemos entonces suponer que nuestro ego también es o tiene amor además de odio, o bien que poseemos la capacidad cedida por ser imagen reflejada de ese Otro perfecto que no necesita nada ni a nadie porque es pura voluntad creadora, sin fallas y eterna que no obstante da sin esperar recibir ya que finalmente todo es de El quien lo ha creado. Aquí vale discernir que si Dios es el Amor y yo no soy ni puedo ser igual a Dios porque no puedo ser un Otro semejante (állos) de él, puesto que mi otro es de por sí de mi misma clase, alguien como yo (con “Yo”) pero que no soy yo; por lo tanto yo no soy ni seré amor tal lo es Dios aunque sí puedo obrar como reflejo suyo, es decir: puedo amar y ser (soy) amado dentro de mi especie y por mí mismo (sin odiarme).

   Para entender entonces por qué prolifera el odio en el mundo muchísimo más que el amor siendo semejanzas del Creador, debemos al menos suponer que no sabemos accionar como él, o sea: no sabemos cómo y por qué amar, ergo: ¿qué es amar? Para intentar desentrañar esta cuestión nos valdremos de la cita transcrita por epígrafe.

 

   Sabemos que en este pasaje de la Escritura se nos narra la violación de Tamar hija del rey David por su medio hermano Amnón, y todo lo que devino de esa maldad. Lo que nos atañe de esta historia son las palabras que se utilizaron para trasmitirla las cuales, roguemos, nos guíen a la comprensión de que si lo que denominamos humanamente como amor y su acto: amar, se relacionan o nos llegan desde ese Amor perfecto e inalterable que es (o debería ser) nuestro modelo espiritual para vivir en (su) paz.

 

   Observamos que en este versículo lo primero que se nos dice es que, luego de violarla, Amnón la odió (a Tamar), y el vocablo que se usa es el verbo (sané שָׂנֵא) en el pasado de la tercera persona masculino singular (él), con la acción dirigiéndose a un objeto, en este caso sujeto, en tercera persona femenino singular (ella), y el uso del pasado obligatorio en esa construcción verbal hebrea indica que aquello ya no va a cambiar, ese sentimiento una vez adquirido en la operación de odiar va a continuar dentro de su actor indefinidamente o mientras viva. Además, la palabra empleada implica que es un odio visceral, de todo corazón, y este tipo de odio el Señor Dios lo prohibió expresamente en sus ordenanzas, pues es el mismo término que se usa cuando le transmite el mandato restrictivo a Moisés [Lv 19.17], y como queda expresado en nuestra referencia que continuando dice: ...Amnón (con) odio, se utiliza la misma palabra que antes nada más que en su forma de sustancia(tivo), agregándosele que fue gadol: grande o extremo, y precisando con meód, que es un adverbio aumentativo que puede traducirse como “muy”, implicando vehemencia o con todas las fuerzas del que odia. Así que ese tipo de odio sintió el príncipe después de ultrajar a su media hermana, princesa virgen y soltera con todo lo que implicaba en esa época y no menos hoy, aunque se le minimice hasta en las penas dictadas por las cortes judiciales a los violadores. Con esa clase de odio condenado por Dios se hizo Amnón, y como vemos es algo que siempre iba a estar en él y quizás hasta en su eternidad, pues en ninguna parte de la escritura se nos cuenta que se arrepintió de tamaño hecho, al contrario: el pasaje concluye con que él la hace arreglarse un poco a las apuradas y la expulsa de su habitación donde había sido llevada engañada, aunque ella le rogó antes y después de la violación, pero el Yo del hedonismo del hombre fue mayor que lo que era bueno y correcto tal Dios lo había señalado con su Ley. Como lo hizo nuestro modelo del ego exacerbado en los cielos, todo esto ocurrió en la casa de uno de los reyes más poderosos de aquél momento en esa zona, pero a diferencia de ese Otro que resolvió el problema en su reino eterno, David no lo hizo y comienza la desgracia para su familia, pues su yo de rey fue más fuerte que el mandato del Señor de cómo debía castigarse ese tipo de pecado. Pero sigamos con la cita: “...el odio con que la odió (continúa con los mismos modos del vocablo) fue mucho mayor que el amor con que la amó.”; y aquí aparece nuestro próximo interés: amar.

 

 

   Vemos que la palabra raíz que se usa para “amor” y “amó” es una, con la particularidad de que en su modo con sustancia, en su modo ente o sustantivo (ájaba אַהֲבָה), es la misma que en su equivalente griego aplicado en la Septuaginta, se empleó para explicar que Dios es el Amor ágape, es decir, que cuando Amnón “sentía” amarla, lo pensaba en ese amor de Otro perfecto que es Dios, ese ideal, pero cuando pasa al acto humano, en su forma verbal (ajáb אָהַב) toma, o para ser más exactos: puede tomar, como sucedió y acaece hoy, un tinte meramente sexual, lujurioso extremo, que comúnmente llamamos «hacer el amor»: acto copulativo sin siquiera la intención primaria de la reproducción que si no es satisfecho, como vemos, puede llevar a esos y otros forzamientos sexuales aberrantes por acción del odio, que a estas alturas podemos decir que es el constantemente insatisfecho Yo, en un mundo cada vez más veloz en crear y ofrecer avideces instantáneas y generalmente inalcanzables para la mayoría de los egos.

   ¿Pero entonces qué es amar, si no podemos ser amor porque nadie puede ser el otro del Otro? Así pues: amar es la posibilidad dada que tenemos en nuestra alma (albedrío) de correr la propia voluntad de nuestro Yo y llevarla hacia el otro, quien también tiene necesidades, aspiraciones y aflicciones; no como simple empatía que tal vez sea la base o lo inicial de ese arduo y hasta doloroso proceso de amar, de “salir” de mi ego para re-conocer al otro completo como uno que es como Yo pero que no soy yo ni puedo serlo, y que tampoco puedo poseer de ningún modo (prójimo); porque las cosas que podemos “poseer” en este mundo: cambiantes, efímeras, reemplazables, imperfectas; no las podemos unir a nosotros, lo único cierto que tenemos es el cómo nacimos y lo que hacemos con ello, con nosotros, en el transcurrir de nuestra existencia y tal veremos, este proceso comienza muy temprano en la vida y casi siempre concluye con ella, si no llegamos a comprender que si somos odio es porque nos valoramos errónea y defectuosamente, y que entonces amar para nosotros, seres imperfectos y temporales, sería “odiar” al otro como a nosotros mismos (paridad de los Yo). Amarnos cabal y verdaderamente, sin egoísmo y con sincera autoestima, es reconocernos como el otro de ése otro ahí: un Yo sin ser yo, sabiendo que porque soy puedo ir desde mí a otro y volverme habiendo amado, es decir: amándome; que es reconocerme recíprocamente desde mi amor (reconocimiento) a los otros Yo. Cuando esto no lo logramos podemos tornarnos autodestructivos al sentirnos incapaces de satisfacer nuestro ego, o destructores de aquello que no podemos poseer y pensábamos infructuosamente que sí.

 

 

   Sabemos que el primer “choque inconsciente” de nuestro Yo con el de otro (si dejamos de lado la división embrional de los gemelos) ocurre en el nacimiento, sea en un proceso natural al ser expulsados del útero o extraídos mediante cesárea, es en aquella separación de mi inicial y casi completo físico “yo” «néfesh» del Yo materno, donde principia la conflictiva concientización de esa otredad que se va volviendo la madre, junto al conocimiento de mi Yo heredado: soy Yo porque ya no soy parte del yo de mi madre, siendo clave ésta negación en la “crisis del octavo mes”, cuando de inmediato se proyecta al entorno y se traslada al trabajoso progreso del egoísmo al amor que, como dijimos, es comprender mientras nos y somos modelados desde ese yo transmitido, que aunque no esté completo en su desarrollo presiente que todo lo externo a uno no es él, dándose paso a ése penoso proceso que durará prácticamente toda la vida, si no admitimos que jamás le podremos poseer y aun así aceptar con gusto a esa otra entidad independiente, existencialidad que le es propia como nuestro igual pero inherentemente distinta de la nuestra, que mentamos como prójimo.

   El egoísmo no fomenta la saludable autovaloración ni el amor al otro ni el propio, al contrario: deforma la autoestima exacerbándola o apocándola, separando y ocultando al otro y a lo otro de un sano anhelo de relación en su correcto desempeño vital, porque para alcanzar la verdadera “sanidad interior” debemos efectuar un doble reconocimiento: reconocer que el otro ha sufrido y que soy responsable de ese sufrimiento, acto de amor que generalmente impacta contra el ego mío, con mi odio, llevándonos a la negación del reconocimiento, o sea a no perdonar sosteniendo nuestra postura que hemos justificado por el acto de odio de los demás, al que aunque condicionemos no podemos controlar, autogenerando rencor y odio de venganza que no permite cicatrizar las heridas del alma, de nuestro Yo: pagar mal con mal es tan pernicioso para el ser como el daño primeramente recibido; la negación del perdón a otros recae también sobre nosotros mismos. 

*   Odio y Fe 

Si alguno ha dicho que está amando a Dios y esté odiando a su hermano, mentiroso está siendo. Pues el que no está amando a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede estar amando a Dios a quien no ha visto? 1 Jn 4.20.

    Otra vez nuestro acápite nos guía demostrando, en una nueva oportunidad, que la Sacra Escritura es el manual práctico de cómo vivir adecuadamente. Para establecer la relación entre yo y la Fe, debemos definir a priori qué es “fe”, aunque no hay que hilar demasiado para llegar a una respuesta que parece perogrullada por profundamente cierta: la fe es creer, creer en quien no hemos visto como reza la sentencia, apoyada por muchos otros versículos que podríamos citar sin inconvenientes desde Noé hasta el Juan del Apocalipsis, y digamos desde Noé, porque a pesar que se nombran varios individuos en particular desde Adán hasta él, resaltando algunos como ser Enoc; desde Caín hasta Noé no se nos dice que el Señor hablara directamente con una persona sin que ésta le “llamara o invocara” (cará קָרָא), lo cual comienza en el tiempo del nacimiento de Enós [Gn 4.26]. Entonces, con el primero que se señala que Dios después de mucho tiempo se comunicó directamente fue con Noé, por lo que podemos deducir que posiblemente fuera el primer profeta, porque su labor era hacer lo que el Señor le decía directamente a él, sin intermediarios, o sea que lo “traía a su Presencia” [el término que se usa cuando Dios le habla por vez primera y se traduce como “dijo” es (amar אָמַר) Gn 6:13, que significa también permanecer, afirmar, llamar, ordenar, etc.] y le prescribía para que él advirtiera al resto de la humanidad lo que estaba por hacer su Juez. Y este mismo verbo es el que se utiliza al relatarnos que Dios decía y creaba, hacía sustancias activas. Aquí ya vislumbramos que cuando La Palabra dice «no ver a Dios» significa no tener una relación directa con Él, con su plasmadora “amar”, y esto pertenece a la esfera espiritual, no a la física o sensorial (salvo aquellos que vivieron con Cristo o presenciaron otras manifestaciones materiales del Padre), viene en la conciencia espiritual del ser humano. Entonces, la fe tiene un componente anímico que va en la voluntad humana de creer y que por el albedrío podemos redirigir a otras cosas declarándolas nuestro “dios”, junto al espiritual que tal dijimos proviene directamente del Espíritu Santo del Señor, ergo: la Fe llega de Dios a nosotros como un regalo perfecto (gracia) más, como nos instruye Pablo en sus misivas, pero que debemos aceptar (creer) «con todo nuestro pensamiento, con toda nuestra alma y toda nuestra fuerza»: con toda voluntad [Dt 6.5]; es “eso” que no se puede perder porque no se genera ni depende de nosotros pero que hay que recibir, consentir antes de poder “verla” o vivirla, y alcanzar a ser hallados «justos» (creyentes, fieles) tal Abraham y tantos otros siervos del Señor.

   Ahora se asoma la relación entre odio y fe: Fe es ese totalmente Otro que no soy ni puedo ser, es decir que no es odio sino Amor, y para adquirirla necesito amar: salir de mí y llegar al Otro, pero como ese Otro perfecto no es de mi clase, debo conseguir amar “ciegamente”, ya que tengo que reconocer y admitir lo que no puedo ver corporalmente ni proviene de mí. Y si no puedo (deseo) amar a mis otros de mi misma especie (prójimos) ¿Cómo poder amar a ese Otro que no puedo ver ni proyectarme en él, sólo permitir que Él se proyecte en mí, i.e.: obedecer? De aquí que la obediencia es una muestra cabal del amar, porque es voluntariamente poner el odio de otro, el Yo de los demás sobre o antes que el propio; si ello no es voluntario no es obediencia ni amor, es un forzado cumplir los requerimientos de un otro impeledor. Llegando a ejercitar éste segundo precepto: amar al prójimo, es como indirectamente podemos ser ese otro del Otro, obedeciendo así el primer mandamiento [Mt 5.38-48].

   De esta incertidumbre se valió el adverso cuando logró que los primeros humanos desoyeran las advertencias divinas y odiaran: prefirieran el fruto mortal que veían [Gn 3.6] antes que el oír la Palabra de Dios [Ro 10.17]. Por todo esto es más fácil odiar que amar al prójimo, y todavía más que “tener” fe, o sea: amar a Dios, quien no es mi prójimo ni cumple mi voluntad sino la suya, cuales pueden o no coincidir. Por tanto, como el Amor es algo bueno pues es el Señor y de él deriva, amar reconociendo al otro no debe resultar en seguir un camino equivocado o malo aunque este lo transite, como queda claro cuando Dios castiga al sacerdote Pasur después de oprobiar a Jeremías, junto a todos los que le “amaban” avalándolo como principal del Templo, aunque no concordara su hacer con Dios [Jr 20.4]. Si amar nos acarrea a la injusticia hacia otro o contra nosotros, no estamos amando.

 *     Odio y Muerte

 Todo el que está odiando a su hermano homicida es; y saben que todo homicida no tiene vida eterna en él mismo perseverando. 1 Jn 3.15.

    Es evidente la relación directa entre el Yo egoísta y la muerte, tanto la física como la segunda, porque como bien nos ha enseñado el Mesías, así como David y otros sabios antes y después de la Ascensión, que todo viene del corazón de las personas, tanto lo bueno como lo malo: los hijos buscados nacen primero en el corazón de los padres antes que físicamente de la madre; la idolatría, el homicidio, el adulterio, y todas las malas acciones de que se nos instruye en la Biblia están primero en el odio del alma [Mc 7.21-23], en la voluntad hedonista insaciable que en la mano que empuña el arma; como le sucedió a Caín, a Sansón, a Judas Iscariote, que sus odios se volvieron aun contra ellos, y a los líderes hebreos, romanos y otros de aquella época, que por mantener su estatus hacían asesinar a quienes se les opusieran, aberración global que nunca ha terminado. Y esto nos trae nuevamente al modelo del odiador íntegro, satanás, a quien su odio extremo hizo que lo derribaran del cielo y desde entonces es homicida, por lo que tampoco tiene vida eterna, pero como no cuenta con un cuerpo material para expirar como los hombres, lo único que puede tener es muerte eterna, a la medida de su eterno odio. La eternidad para lo creado no tiene fin pero sí inicio: el de cada existencia particular, es decir que para nosotros, los seres humanos, desde que nacimos prosigue luego de la muerte física en nuestra alma, en nuestro odio, y la muerte eterna es un sufrimiento sinfín que padeceremos ni bien comenzamos a vivir si no conseguimos amar al prójimo como a nosotros mismos, e incluso más, porque a este mandamiento Jesucristo lo perfecciona: amar al otro como Él nos amó [Jn 13.34] ¡sacrificialmente! Así también a aquellos que “nos odian”, implicando el reconocimiento íntegro y plenamente consciente de ese otro; por tanto si me privilegio a mí: odio, tal debo hacer con mi prójimo, «odiarlo» esto es: priorizar la total completud e independencia del otro igual pero distinto (consonancia basada en la diferencia mutua) sobre la mía, amarlo con todas mis posibilidades (con libre albedrío). Este es el primer movimiento del agotador proceso para tener una vida tranquila, sabia, en paz a pesar del mundo, en el tiempo que nos toque a paso seguro para tener fe: amor por ese Otro bendito y perfecto que llamamos Dios, y la vida eterna perseverando hasta el final en quien es dador de Vida y no homicida en su corazón, ni del prójimo ni propio.

 *     Odio de Dios 

No es persona (El אֵל) [Dios omnipotente] para que decepcione; tampoco hijo de humano para lamentarse, acaso él afirmó ¿y no sucederá? Anunció ¿y no lo ejecutará? Nm 23.19.

   Como partida vale aclarar que en éste pasaje final no trataremos de hacer lo imposible para la finitud e imperfección humana: definir, aprehender a El. No es nuestro objetivo impartir algún tipo de sermón pastoral ni clase teológica sobre el Señor, ni caer en un cientificismo que vacía de sustancialidad espiritual al ser queriéndole casi un autómata hueco que cualquier máquina logra reemplazar. Proseguiremos sirviéndonos, con su permiso y orientación, de que nos sea de molde perfecto para objetivar al Amor: ese totalmente otro, y saber si quien es ontológicamente amor y en su carácter óntico el puramente amante, reduciéndolo, con su perdón, a categorías que substancialmente no pueden aplicársele: ¿si acaso también es odio y odia?

   De movida podemos afirmar que en su entidad particular, original y de propia esencia, Dios no es odio porque por privativa naturaleza es el único ser sin Yo creado, el Ente creador increado, que al no tener ese ego o voluntad con principio como el humano que necesita de un otro extrínseco para  salir de existir como sólo una “cosa”, es decir que requiere necesariamente de amar y ser amado por un otro para ser sí mismo; no precisa el Señor amar para ser sino que ama porque es, ergo: el odio no puede existir en su natural que siempre será como ha sido, pero ¿ésto le incapacita de odiar? Pues sabemos que no, ya que siendo el único ser todopoderoso no hay nada de lo que no sea capaz, y la Palabra nos confirma muchas veces eso, que Dios odia ciertas cosas que van contra su voluntad [e.g. Pr 6.16-19]. Lo aclaratorio de éste pasaje es la forma en que se nos indica que el Señor odia: se utilizan dos modos (binyanim) del verbo odiar, primero como pasado perfecto (odió) que nos señala que es de suyo odiar estas cosas denunciadas o lo hace desde y para siempre, reforzado con la segunda grafía en manera sustantiva, revelando la naturalidad de esa aversión. Entonces ¿cómo es posible que Dios, quién no tiene un Yo voluntarioso creado que pueda salir de sí para buscar a un Otro con el que no cuenta, un otro de su misma especie, un prójimo en el que pueda proyectar y reflejarse todavía más siendo el mismo Amor, odie? Justamente porque es en sí el Amor, no necesita salir de sí para amar, y no precisa de un yo porque Él es la pura y perfecta voluntad creadora, y como no hay otro El, lo que plasma es por elemental amor sin que necesite ni reciba nada de ello. Somos sus criaturas receptoras involuntarias y no participantes de la entrega de su Amor.

   Así, lo que podemos denominar como odio de Dios, es la manifestación de todo lo que él no ama, es decir: lo que no es bueno y no está dentro de su voluntad. También nos ratifica que es el arbitrio el que odia y voluntario su acto. Odio para el señor es retener o retirar su Amor, su Gracia, a fuerza de ese mismo amor a lo justo, acción por total distinta a la del ego del ser humano que siempre busca poseer y recibir lo máximo posible a cambio de dar con mínimo esfuerzo, aunque de esto resultase el gozo de un acto altruista o de empatía, pues sigue arraigado en la autosatisfacción que nos produce recibir la gratitud de los demás para afianzamiento de la propia autoestima (amor propio). Aquí por fin llegamos al comienzo de la felicidad próxima a la divina: amar al dar a otro reconociéndole completa e independiente de nosotros sin buscar poseerle ni esperar recompensa por ello. Si esta felicidad se vuelve una constante no buscada, es porque estamos dando sin esperar ya ni siquiera aquella pequeña satisfacción inicial, acercándonos a saber amar casi como Dios lo hace. Por esa similitud divina otorgada por su Gracia al crearnos, hemos salido del Yo para ser en y con el otro, y esa felicidad señala que volvimos a nosotros reconociéndonos, amándonos en la medida justa, autovalorándonos como es preciso; y pues como la felicidad es un estado del alma que no depende de las circunstancias esporádicas tal la alegría, una vez que aprendimos el proceso vital de amar y dejamos de creer el cruel engaño del adverso, en que el amor es algo que está aquí dentro de nosotros aguardando que lo saquemos para que lo reciba otro ser que lo estaba necesitando para existir en completud logrando la “eterna felicidad”; cuando aprendemos que el otro es ya alguien en sí mismo que no necesita nada más de nosotros (que seguramente nada más valioso podemos entregarle) que sólo le reconozcamos como ése otro que es y que quizás no tenga nada más profundo que ver con nosotros que ser un pasajero y desconocido prójimo. Lo fundamental que obtendremos es que al amarle así, nos reconocemos certeramente como su otro, y si involuntariamente desaparece, fuera o dentro de nosotros dejamos de ser también un poco. Es esta otra virtud de amor escapada del egoísmo.

*     Conclusión 

Si alguno está siendo hecho venir a mí y no (está odiando) a su padre y madre, y mujer e hijos, y hermanos y hermanas, y aun también a su propia alma; no está siendo capaz de ser mi discípulo.  Lc 14.26.

    La teleología de la vida no puede ser el egoísmo ni la tautología del amor el odio, como medio de exaltación propia o deforme autovaloración, ya que deberíamos volvernos unos ascetas ermitaños que no precisan cosa de alguno para alcanzar la “verdadera felicidad” sin que nada nos estorbe ni interrumpa el vano y efímero vagar sobre una tierra sin Dios, donde todo nos permitimos porque finalmente nada importa, todo vale porque en realidad nada tiene valor. Nada estable nos soporta ni nos ancla en nuestra finitud imperfecta, cambiante y desorientada, zamarreada constantemente por las catástrofes del mundo porque no hayamos ni absoluto ni certezas ni verdad única dentro de la miríada de deseos y caprichos humanos que jamás se detienen de aparecer aunque realmente nunca ninguno se sacia, y muchísimo menos el de justicia, puesto que si no preexiste la justicia perfecta, omnisciente y eterna al final de la vida física, qué otro sentido o valor profundo puede tener cualquier existencia más allá de buscar siempre aplacar las ambiciones inconsistentes de la carne muriente, sabiendo a ciencia cierta que es imposible si es que verdaderamente no hay Verdad. Aun cuando hablamos de amor a nosotros mismos intuimos que eso implica ser el otro de otros y nos extenuamos de “vendernos” en las voraces redes sociales, lo que poco y nada tiene que ver con el necesario transitar por la vida de otros para volver esclarecidos a la nuestra por haber dado con una propia valoración más justa en función de la acciones de los demás que se reflejan y repercuten en nosotros, condicionando nuestras reacciones generando un nuevo ciclo de odio-amor con nuestro entorno y, como ya queda claro, con nosotros. Innegablemente el amor por (o la resistencia a) uno mismo es relativo directamente al amor por el (o a la resistencia al) prójimo, y cuando esto atañe a Dios, la fe y al «grado de madurez espiritual» es decir: qué calidad de amor (reconocimiento) sentimos por El, porque como escribió el amado Apóstol Pablo: “Ahora verdaderamente permanece la fe, la esperanza y el amor, estas tres; pero la mayor de ellas es el amor.” [1Co 13.13].

   “Si alguno está siendo hecho venir a mí «por el Padre» y no (está amando al otro como a sí mismo) a su padre y madre, y mujer e hijos, y hermanos y hermanas, y aun también (correctamente) su propia alma, no está siendo capaz de ser mi discípulo” [loc.cit.]. Amados: que la Paz (שָׁלוֹם/εἰρήνη) del Señor esté siempre en ustedes.

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