Y volverá el polvo a la tierra como lo que fue, y el espíritu volverá a el Dios cual lo dio. Ec 12.7
En este nuevo ensayo seguiremos la tesitura de El Odio Primitivo y El Suicidio..., apeándonos otra vez sobre el Yo dentro de la Biblia como campo de referencia, siempre limitándonos a un pequeño ejercicio de comprensión de ese aspecto difícil por inevitable de la vida: morir, indagando bajo nuestras posibilidades sobre qué nos comunica la Santa Palabra referente a este tema ineludible y teleológicamente vivo, y que el Espíritu del Señor nos dirija.
*Miedo a morir
Mas del árbol de la conciencia del bien y del mal no comerás de él, ya que en el día que comas de él por completo morirás. Gn 2.17
Este epígrafe muestra el primer versículo donde se menciona a la muerte en la Escritura, y como apreciamos corresponde al origen de la humanidad, siendo una advertencia que sabemos que ellos desoyeron por su albedrío en el egoísmo por aquel fruto que veían como “bueno” (tob טוֹב), a pesar de que quien les advertía era el Creador mismo con el cual tenían comunicación directa, sin embargo no temieron y desoyeron la reconvención a causa de su deseo. Sin entrar en discusiones teológicas sobre a qué muerte se refiere aquí, nos apegaremos al texto para observar que se les dice que con seguridad y totalidad morirán, a través de una taxativa fórmula discursiva que repite la palabra muerte (mut מוּת) en dos modos: “morir” en el infinitivo, seguido de “morirás” en la segunda persona singular. Se puede aducir de ello, que como hasta que no comieron del árbol no tenían la noción «muerte», por esto prosiguieron para caer en cuentas luego, pero eso sería subestimar a Dios, afirmando de soslayo que el plasmador omnipotente no supo que su consejo no surtiría efecto, ya que sus criaturas no entenderían el concepto de muerte, y por ende no reaccionarían correspondientemente siendo casi una celada. Como esa malicia o imperfección en el Señor no es posible, se deriva entonces que o poseían desde su origen la intuición de la muerte, o que esta no cabe en el binomio bien-mal del cual después distinguirían, o ambas. Tomando la tercera vía, podemos aseverar que como en ninguna otra parte de la Biblia se dice que el ser humano fuera “inmortal” al principio, suprimiéndosele esa facultad después de odiar, y que como Dios luego de la desobediencia lo quitó de Edén alejándole del árbol de la vida, entonces el hombre y la mujer debían tener la aprehensión de que su cuerpo o vida física caducaría, y que esa caducidad dada naturalmente no comprendía el concepto del bien (tob טוֹב) o del mal (rah רַע), aunque así mismo la intuición de facto del bien o lo bueno también necesariamente la asumían, por el hecho en sí de conocer al Dios hacedor obedeciéndole hasta entonces, además de que ningún otro ente creado, previo a la «serpiente», les hubo perjudicado, denotado en el acto de la mujer estimando “bueno” al árbol que veía antes de efectivamente probarlo, y del hombre en no rechazarlo, siendo a aquella percepción fáctica a la que el adverso debió deformar con su astucia para el odio humano, y esos factores adosados a su patente ego hicieron que no temieran a la muerte (material) y comieran del fruto negado, despertando a saber fehacientemente no sólo de lo bueno y lo malo, sino aún de la nueva posibilidad en el albedrío que se presentaba como el temor a la muerte (eterna o segunda) tal hemos visto (op. cit.), junto a los demás males conseguidos, consistiendo el miedo como uno de los peores. Este terror a la “muerte” del alma aparece desde entonces ya ante la primera muerte o del cuerpo. Todo esto nos empuja a pensar que previo a la desobediencia humana la vida era, y debería ser, muy distinta a la actual, por el mero hecho de que no existía el miedo a morir, pues el “volver a la tierra” era, tal hoy, lo naturalmente determinado. La incógnita que aparece aquí es que si este mismo miedo a fenecer nos condiciona y permea nuestra existencia, provocando un proporcional miedo de vivir.
* Miedo de vivir
El último odioso que está siendo anulado: la muerte. 1Co 15.26
Al mentar el miedo de vivir enseguida se nos presentan ideas trilladas preconcebidas a lo largo de la historia, pero fundamentalmente desde la modernidad, donde temor a vivir es miedo a enfrentar o a no poder sobrellevar las situaciones de la existencia; a no querer reconocer la realidad circundante; a zozobrar ante las ambiciones personales; a dudar insistentemente de la propia capacidad resolutiva; a negarse a expresar los sentimientos; a estar siempre atento a la vida de los demás...Tal podemos apreciar todas ellas, y no sin razón, se basan en el egoísmo nunca satisfecho de una equivocada autovaloración, como determinamos, que deforma la propia captación de nuestro ser y la consiguiente actividad desde y sobre nosotros, lo que nos impele a buscar el constante aturdimiento y obstinar en negar la patente verdad, aunque si es o hay “algo” más profundo y radical que resulta difícil de reconocer a priori, porque a diferencia de esas “exteriorizaciones” que hemos enumerado se manifiesta en mi ser medular, en mi yo profundo y completo (néfesh/psujé) siendo finalmente el origen de toda inactividad e inseguridad anímica, de la intrascendencia y de todos los modos que intentamos para no caer en ella, que progresivamente nos va separando, desde que nacemos como vimos, en principio del Yo de la madre, luego de lo y los demás que nos circundan, hasta que comprendemos que vamos hacia la separación del tiempo propio, del suceder en nosotros mismos: primero conocemos la muerte física de lo otro (héteros) que no soy yo, de a poco pasa a separarnos del prójimo, ese otro (állos) que no soy pero que “sentía” y pensaba como mío, luego esa separación ingresa por entero en nuestra conciencia y allí el fin comienza con sutileza (o no tanto) a operar como el presente que va distanciando progresiva e implacablemente al pasado del futuro, y esa conciencia colonizadora llega demostrando que el final del otro inicialmente lejano y de pronto próximo, se va acercando cada vez más a esa fibra de la que el Señor nos dotó que se sensibiliza cuando la muerte del prójimo se va asemejando a la mía, hasta que deje de parecerse y se torne propia al asimilarla, queramos o no, cuando completa su incubación, que desde que nos decidimos por el odio del deseo personal antes que el amor a Dios (fe), intuimos que si la muerte no acaba en la cesación consumada del cuerpo se nos hará eterna, gestándose allí una insoportable y terrorífica lucha continua de subsistir presintiendo que la vida no es más que sufrimiento y vivir una mezquina y sanguinaria guerra perdida antes del inicio [Ec7.14]. La existencia se vuelve un sombrío devenir de negaciones y fallidos aturdimientos porque ya no se quiere la trascendencia, pues lo que trascenderá parece ser únicamente la muerte segunda, es decir: una vida del alma doliente constante e infinita, y de ese terror de sobrevivir así sin pausa ni fin, surge la elección de la posibilidad de la intrascendencia, en ocasiones como un final tajante deseando que no exista lo eterno: el suicidio; pero la mayoría como el suceder de una vida vana en el nihilismo de no ser más que una «cáscara vacía», donde el inasible tiempo no es sino la metastásica separación de lo que fue en la vida con lo que va quedando de ella (grados de gerontofobia Sal 71.9), hecho que antes parecía sólo para los demás y pronto será insensible y completamente mío, con la desarticulación de la valencia real de la juventud bajo los prometidos “métodos para su prolongación”, que en muchos de ellos no se incluye o directamente se oponen a la natural longevidad del individuo, exacerbados aún más en la actualidad cuando el uso de la accesible tecnología, que no exige sapiencia, se concentra desde los niños hasta los adultos jóvenes y la vejez, que no la implicaba obligatoriamente, se desvincula cada vez más del valor o concepto sustantivo «sabiduría», por lo cual padecemos en la actualidad un creciente analfabetismo buscado, voluntario y promovido sin ninguna valía final [Ef 5.15-16], que no se efectúa necesariamente por clase sociocultural [Pr 22.6]. Así como en el nihilismo, tampoco el espanto es menor en el odio de la total negación atea que se transita en la corrupción galopante del hedonismo desenfrenado [1Co 6.12].
* Fracaso de amar
Presérvame como sello sobre tu corazón, como marca sobre tu brazo; ya que recio como la muerte el amor. Ct 8.6
Si continuamos la disquisición precedente y tomamos por asalto al título de este pasaje que iniciamos, notaremos que hablar del fracaso de amar es una o parte de las acusaciones que se alegan como prueba y ejemplo del “miedo a vivir”, así hemos señalado, y tal colegimos es una exteriorización supuesta o determinada por factores socioculturales, que preconizan que bajo ciertas condiciones y en determinado tiempo que estos mismos definen como ideales, las personas pueden y deben exponer o aceptar “el amor” de otros para conseguir la declaración de éxito en el ámbito emocional, al menos en la apariencia, y no caer dentro del grupo de los fracasados en las relaciones interpersonales o directamente tachados de antisociales. Estas concepciones provienen de dos ideas básicas que no se restringen a un sitio acotado en el mundo: una tan antigua como la sociedad misma que refiere al amor como un bien intercambiable y por lo tanto tasable; la otra históricamente más reciente y se la debemos al Romanticismo, donde el amor es un padecimiento constante, un “algo” que está dentro de las personas y por lo cual es inalcanzable a la par que fundamental para subsistir; es como una enfermedad universal que toda la humanidad padece allende el género, la edad, la situación sociocultural o económica, el tiempo y el espacio donde exista, ese dolor siempre es y la única “cura” o solución es apropiarse del mismo, pero paradójicamente, al acercarnos más a él mayor es el sufrir y más inasible se torna en tanto que más imprescindible. De nuevo el trasfondo egoísta y utilitario de esas concepciones de amar, brota haciendo comprensible el motivo de que la insatisfacción que resulta de no trascender en este tipo de “amor”, concluya en un (aparentemente) insalvable sentimiento de asfixiante e interminable soledad (desesperanza), que ni el más potente aturdimiento que el mundo ofrezca puede hacer evadir la pronto imperiosa «necesidad» del suicidio o de acabar con el “objeto causante” del atormentado deseo, como ya establecimos. No obstante, también comprendimos en los ensayos citados, que realmente amar en el ser humano es un proceso circular e imperfecto, porque va y viene de nosotros extendiéndose durante toda la vida, y que si lo transitamos correctamente perdurará en la existencia de los prójimos, sus receptores.
Por ende, no puede haber fracaso porque el amor no es un objetivo ni un resultado, sino el hacer mismo que se inicia en conocer nuestro odio para salir de él, llegar al otro para reconocerle y retornar un poco más esclarecidos, redireccionando mejor el nuevo ciclo de amor, pues este es en verdad una acción sustantiva presente y participante: amando. La labor consiste en la resolución de cada particularidad de ese recorrido [1Co 13.4-7] que exige pleno compromiso y desplazar el interés prioritario de mí al otro, entonces errar o equivocarnos en alguna de ellas, no implica el corte o discontinuidad del proceso de amar ni el fracaso total de nuestra vida, por lo cual tampoco debe ser fuente de obnubilante pavura insuperable y extrema.
* La intrascendencia: el olvido
Porque los vivos saben que morirán pero los muertos no saben ninguna cosa, y ya no haya más para ellos retribución pues se olvidaron de su recuerdo. Ec 9.5
Dentro de todas las connotaciones a las que podemos asimilar al olvido, nos referiremos sobre en la que se basa la intrascendencia humana y su temor, junto a aquella que, como contraparte, se nos habla en la Escritura como pieza de la verdadera trascendencia divina, cual nos enseña que el olvido de Dios no se relaciona con la ignorancia, voluntaria o no, del otro i.e.: no se cimenta en el odio sino en el amor, ofreciéndonos la posibilidad, o mejor dicho: permitiéndonos recuperar la capacidad original dada, de trascender la esfera material de la existencia y de ser condonados de la muerte eterna.
Como vimos, la finitud y constante insatisfacción de una vida de odio: egoísta y vana, genera el miedo de vivir que en esencia es lo mismo que el miedo a la muerte, y dentro de todas las maneras que buscamos para contrarrestarlo, más allá del ineficiente aturdimiento, es quizás con cierta positividad, mejor cuando logramos generar algo o cosa que remitirá a nosotros luego de nuestro fin corporal, fundada en el prójimo y en la creación personal, y no “en” nosotros o en la eventualidad material de las adquisiciones, incluyendo a los alguien que ejecuten el trabajo de rememorarnos así tal tratamos de instruirles (descendencia). Se aprecia también que, al igual que en el método del aturdimiento, son todos factores externos a cada persona, pues se basan en la calidad material de resistencia al tiempo de cosas que en sí no somos, dentro de su grado a posteriori de cualidad representativa nuestra (incluyendo acciones y actitudes absurdas, grotescas o peligrosas comúnmente muy pronto pasajeras); y de la capacidad de recordar del otro que no soy ni puedo ser, es decir: de sostener su amor ante el tiempo, de la voluntad de ese otro de dejar de pensar en sí y centrarse en quien no está allí y ya nada puede transmitirle, como declara la inscripción de este pasaje. Este modo es mucho más difícil y menos seguro que buscar material e instrumentalmente “cosas” que nos evoquen, ya que demanda haber generado tal grado de amor en el prójimo que trascienda nuestra ausencia, y para ello debimos nosotros amarles sinceramente en principio [Gl 6.7], pues sólo el amor genuino engendra amor verdadero [1Jn 3.18] y memoria. La reciprocidad del amor fiel traspasa el devenir material del mundo, efímero ante y en la eternidad, puesto que bien sabemos que no se puede dar o utilizar de lo que no se dispone, amar se halla dentro de nuestras posibilidades latentes en el albedrío, porque se nos ha dotado preliminarmente de ella cuando fuimos reconocidos por nuestro Creador en el origen [1Jn 4.19].
Yendo ahora hacia la Palabra, encontramos que el olvido en ella o es un castigo o una aceptación de parte de Dios, ya por constante desobediencia (odio), esto es: por insistencia en hacer lo malo (desamor); o como reconocimiento al sincero arrepentimiento por los pecados y errores en la vida. El primero se basa en permitir que la trascendencia de lo negativo en la existencia se perpetúe en la segunda muerte, dejando que el ser humano continúe en la porfía perniciosa de sus elecciones de vida [Lm 5.20 ent. ot.]; la última troca lo “negativo” de la intrascendencia de la corta vida terrenal, en trascendencia del alma redimida, es decir que la persona que con sus postreros actos demuestre lo que Dios ve en su corazón: reconocimiento de las maldades en su existencia material y el cambio radical luego del arrepentimiento, lo que implica confesarlas judicialmente si correspondiere, y aceptar toda pena y castigo que incumba ante las leyes humanas por las acciones pasadas, o sea afrontar las ineludibles consecuencias que tal venimos pensando; pueden terminar cuando la vida física o continuar en un sufrir perpetuo. Este cambio propicia que Dios “olvide” nuestras «deudas» redimidas al amar la Gracia de su Unigénito [Ef 2.8-9] permitiéndonos existir en “el más allá” con (su) vida eterna [Ro 3.22-24, etc.].
Como comprendemos tras este sobrevuelo que el olvido y el terror que se puedan generar en cada humanidad están basados en el odio, en el egoísmo nunca satisfecho, en el vacío de la vida cuando se centra sólo en su materialidad y pretende trabajosamente ignorar y desdibujar la esfera inmaterial de la existencia, creando un caduco devenir vano sin trascendencia ni justicia, que acredita todo acto sin incumbirle lo moral o su ética, o sea: sin Dios; en tanto que el olvido en la Biblia conlleva una clara acción valorativa y de asunción propia de los resultados de las elecciones de nuestro albedrío basado en el odio del yo, oponibles a las del Señor fundadas en el amor al otro, de quien no necesita ni puede darle nada aparte de su obediencia en relación a los prójimos. Por ello, “soltar” al ego para amar como ejemplifica la Escritura, nos puede librar de los abismos del pavor a la muerte y a la vida; a la intrascendencia y al olvido terreno, que es el futuro rechazo o negación de los que viven.
* La culpa: Cuando lo contingente se vuelve absoluto
Y según tanto así se establece para los hombres una vez morir y después de esto juicio. Hb 9.27
Dentro de la tesitura en cual venimos orquestando este mínimo tercer ensayo, se establece por propia armonización que la culpa es directamente relativa al fracaso de no poder adquirir o producir los factores necesarios para satisfacer al ego, lo que determina la intrascendencia existencial y consiguientemente el fracaso de vivir con su correspondiente temor que, como colegimos, llega a tal punto porque el mismo miedo al fallo impele a ver todo como cosas o sucesos exteriores del ser, cuando en realidad se generan indefectiblemente en el corazón de las personas y hacia él se devuelven, y la culpa, vista sólo de esta manera supina e insalvable, traslada esa negación súbitamente cierta de las esperanzadoras cosas extrínsecas (ya por aseverarlas como “causa descubierta” o como panacea milagrosa) a lo más profundo del ser humano, donde inopinadamente no quedan más opciones que enfrentarla con bizarría o sucumbir ante la inexistencia de posibilidades que excedan nuestro Yo, nuestro ser (desesperanza plena). Aquí, lo que normalmente es contingente se vuelve absoluto: el fracaso, el temor, la apatía espiritual y finalmente la existencial, signada por los constituyentes antedichos que mutan en el mismísimo tiempo de la persona. Esta situación no solamente se instaura por buscar “soluciones” externas para que no se genere culpa, sino en el acto en sí de tomar a la culpa: la circunstancia, el resultado, por el origen absoluto que proviene de las acciones que le generaron, es decir: se invierte el orden y se buscan nuevamente cosas externas no para remitir lo malo o errado hecho, sino para obviar u ocultar la culpa, y ello hunde e inutiliza aún más la conciencia de la persona, volviendo la fortuita muerte corporal en prontamente necesaria [2Co 7.10], y aquello breve que originalmente hubo sido para terminar con la decadencia natural del cuerpo finito, pasa a ser inmaterialmente absoluto y eterno. Amados: que el buen Señor les guíe siempre.