Saltar al contenido
Cargando…

EL SUBMARINO

Tux
Pensamiento

Pensamiento

cuentistadebar

A mí me pasa igual con el anís de mi abuelo, illo. Basta con que alguien abra una botella cerca y ya estoy en su cocina con la persiana medio bajada. No hace falta ni acordarse, el cuerpo va solo.

A mí me pasa igual con el anís de mi abuelo, illo. Basta con que alguien abra una botella cerca y ya estoy en su cocina con la persiana medio bajada. No hace falta ni acordarse, el cuerpo va solo.

Contenido de la publicación

El olor llega antes que el recuerdo.

Siempre me pasa así.

Pongo la leche a calentar despacio y espero. Cuando está lista, dejo caer las dos barras de chocolate dentro de la taza. Las miro hundirse, ablandarse, perder sus bordes y empezar a desaparecer lentamente en el blanco de la leche.

Revuelvo una vez. Nada más. Y entonces el aroma empieza a subir con el vapor. Chocolate caliente. Submarino.

Y ahí sucede.

No tengo que pensar en nada. No tengo que buscar ningún recuerdo. No tengo que cerrar los ojos ni hacer un esfuerzo para volver atrás.

El olor hace el trabajo por mí.

Entra con el aire, alcanza esos receptores escondidos en lo alto de la nariz y, desde allí, la señal viaja hacia el bulbo olfatorio. Después toca lugares del cerebro profundamente unidos a la memoria y a las emociones.

Quizás por eso primero siento. Y recién después recuerdo.

Primero aparece una tibieza extraña en el pecho. Una felicidad pequeña, casi infantil. Después llega una tristeza suave. Una melancolía que durante unos segundos no tiene nombre.

Hasta que lo tiene. Saravá. Siempre Saravá.

Una mañana fría. Llovía.

Yo era chico.

 La calle estaba mojada y detrás de los vidrios del bar las gotas de lluvia bajaban formando caminos torcidos. Afuera la gente pasaba rápido, encogida bajo los paraguas, tratando de escapar del frío.

Adentro hacía calor. Y mi papá estaba sentado frente a mí.

Eso es lo primero que veo.

A él.

Después aparece todo lo demás. La mesa. Las cucharitas golpeando las tazas. El ruido de las conversaciones alrededor. La lluvia contra el vidrio. El movimiento de los mozos. Y aquella taza larga frente a mí que habían traído.

—Probá esto, se llama submarino —me dijo.

Era la primera vez que veía un submarino.

Me explicó que tenía que poner el chocolate dentro de la leche caliente y esperar. Yo miraba las barras en el fondo de la taza, viendo cómo empezaban a derretirse. Después me alcanzó la cuchara larga que también me llamó la atención .

Revolví. La leche empezó a oscurecerse lentamente. Y entonces sentí por primera vez aquel olor. No podía saberlo en ese momento, pero mi cabeza acababa de guardarlo.

No solamente el chocolate. Guardó la lluvia. Guardó el frío de afuera. Guardó el calor del bar. Guardó aquella mesa. Y, sobre todo, lo guardó a él.

Después llegaron las medialunas rellenas con jamón y queso. Estaban calientes y el queso se estiraba apenas cuando las abría. Al lado había un vaso de jugo de naranja, demasiado frío para una mañana como aquella.

Mi papá me enseñó la combinación. Primero un sorbo de submarino. Después había que agarrar la medialuna con jamón y queso y hundirla un poco en el chocolate. Mojarla. Y adentro.

Después otra vez el submarino. El jugo de naranja quedaba para el final. Todavía repito ese ritual.

Lo increíble es que seguramente para él no tenía nada de extraordinario. Tal vez simplemente estaba compartiendo un desayuno conmigo. Nada más. No hubo una conversación trascendental. No me dio ningún consejo que cambiaría mi vida. No pasó nada de esas cosas que uno imagina que deberían suceder para que un momento permanezca para siempre.

Éramos solamente un padre y un hijo sentados en un bar una mañana de frío y lluvia.

Pero con los años entendí que la memoria no siempre guarda los grandes acontecimientos. A veces elige otra cosa. Un gesto. Una voz. Una taza caliente entre las manos. El ruido de la lluvia. Y a veces guarda una vida entera dentro de un olor.

Por eso hay aromas capaces de atravesar décadas. No preguntan si uno quiere recordar. No golpean la puerta. Entran.

Primero aparece la emoción. Después una imagen. Después otra. Y de repente el recuerdo entero vuelve a construirse alrededor de uno. El vidrio mojado. La gente pasando afuera. El murmullo del bar. El calor de la taza entre mis manos. La medialuna mojándose en el chocolate. El jamón. El queso derretido. El vaso de jugo de naranja.

Y su voz. Sobre todo su voz.

—Probá esto.

Pasaron muchos años desde aquella mañana. Décadas.

Saravá ya no está. Él se fue sin despedirse en el 2004.

Yo tampoco soy aquel chico. Pero hay algo que no cambió.

Cada vez que preparo un submarino, cada vez que el chocolate empieza a derretirse dentro de la leche caliente, mi cerebro reconoce ese olor antes que yo.

Y entonces vuelvo. No importa dónde esté. Vuelvo a Saravá. Vuelvo a aquella mañana. Vuelvo a escuchar la lluvia. Vuelvo a sentir el calor del bar. Y, por unos segundos, vuelvo a tener a mi papá sentado frente a mí. Eso es lo que más me conmueve del olor.

No me dice: «Esto ya lo oliste alguna vez». Me dice: «Vos estuviste ahí». Y a veces parece decirme algo todavía más fuerte: «Él estaba ahí».

Hoy hace frío. Estoy sentado escribiendo estas palabras con una taza al lado. El vapor sube despacio. Acabo de poner dos barras de chocolate dentro de la leche caliente y todavía quedan algunos pedacitos en el fondo. Revuelvo. El olor vuelve a aparecer. Y mientras escribo, por un instante, ya no estoy solamente acá.

Estoy acá y estoy allá.

Soy el hombre que escribe estas líneas, pero también soy aquel chico sentado frente a su padre una mañana de lluvia.

Tomo un sorbo.

Después otro.

Miro la taza.

Y sonrío.

Porque hoy no estoy solo frente a este submarino. Estoy con él.

Thoughts

  • libretanegra

    'Primero siento. Y recién después recuerdo.' Esa frase me la anoté. Me quedó al lado de otra que escuché hace años, de alguien que se acordaba de la voz de su madre pero ya no de la cara.

    Permalink
  • GasparLeon

    Esa cuchara larga que le llamó la atención de niño tiene su razón de ser: el vaso es alto y la barra se va al fondo, y sin ella uno se queda sin la mitad. A mí me lo explicaron ya de grande y me pareció tarde.

    Permalink
  • novelaacuestas

    Esto acaba en otra mesa dentro de unos años, ya verás. Alguien pequeño te va a ver echar las dos barras y se va a quedar mirando, y sin darte cuenta le habrás dejado puesto el mismo olor.

    Permalink
  • dlozano92

    Que no hubiera consejo ni conversación grande se me quedó rondando todo el día, parce. Con mi papá lo que me quedó fue el ruido de la moto llegando de noche, y nunca supo que yo lo oía.

    Permalink
  • tintaDeMartes

    Acá se va a discutir si el papá sabía lo que estaba dejando puesto. Yo digo que no, que estaba desayunando con su hijo y nada más, y justo por eso quedó grabado. Lo sabido se olvida antes.

    Permalink
  • cuentistadebar

    A mí me pasa igual con el anís de mi abuelo, illo. Basta con que alguien abra una botella cerca y ya estoy en su cocina con la persiana medio bajada. No hace falta ni acordarse, el cuerpo va solo.

    Permalink
  • bsalas87

    Iba pensando que el bar seguía abierto hasta que dijiste que ya no está. Se me armó que el ritual se mudó a tu cocina.

    Permalink
  • CapituloTrasCapitulo

    Uf. Tal cual.

    Permalink
  • poetadelmetro

    Me gustó mucho lo de las gotas bajando por el vidrio en caminos torcidos. Uno mira eso mil veces de niño y después nunca más.

    Permalink
  • renglontorcido

    No manches, qué bonito.

    Permalink

Publicaciones relacionadas

  • Asi lo siento.

    La noche llega de prisa. Soy Yo quien la espera con ansias.

  • Un Loco llamado Alonso Quijano

    A la tarde, MGR-17 encontró a Salvatierra debajo del mismo árbol donde habían hablado después de la tormenta. El viejo estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el tronco y los ojos…

  • Prologo

    Prólogo

  • La culpa del inocente.

    ‎Hoy me levanté antes de que sonara la alarma. Se acerca la fecha de la cita médica de Luna, eso me quita el sueño.

  • Entre sombras y recuerdos

    Soy un hombre simple. Trabajo, familia, nadie especial.

  • "COMO DECIRTELO"

    Como poder decirte que me puedas entender que sueño con la noche que me amaste. Con tus besos, tu ternura tu sonrisa, tu mirada angelical. Como poder hacerte entender que sueño con que tu amor me…

  • Escribo y luego pienso

    No, pero ¿Y si sí? ¿Por qué negar?¿Por qué la primera respuesta a todo es un no? Qué pasaría si ese “no” en realidad tuviera en sí un “si”, pero parece tan pequeño, tan imperceptible .

  • Al pie de la Torre Eiffel

    El cielo de París se descolgaba en tintes de oro y violeta, mientras el pulso en mis muñecas marcaba un ritmo violento. El segundero era un puñal, la espera una tormenta secreta, y el sudor en mis…

Pública 11 conversaciones 23 pensamientos 62 votos positivos 0 votos negativos 0 series

El olor llega antes que el recuerdo.

En grupos