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El reflejo en la oscuridad

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​El gato negro caminaba entre las sombras de la noche. Observaba a las personas pasar apresuradas, pero ninguna se detenía a mirarlo. En el silencio de la calle, se preguntaba con tristeza si sería por su pelaje, tan oscuro que parecía fusionarse con la penumbra hasta hacerse invisible. Tenía la mente llena de dudas, tanto que las voces del mundo exterior se volvían un murmullo distante e incomprensible.

​Cansado y abrumado, se refugió en una pequeña casilla de cartón al fondo de un callejón.

​De pronto, el crujido suave de unas pisadas rompió el silencio. Una niña de unos ocho años se acercó despacio y se sentó justo a su lado. Lo miró fijamente con ojos llenos de ternura y, con una sonrisa sincera, comenzó a hablarle:

​—¡Qué bonito gatito! Eres realmente hermoso. Amo tu color, es mi favorito de todos... Sabes, me hace tan feliz haberte encontrado aquí, envuelto en este negro tan brillante.

​El felino la observaba intrigado. Nunca nadie se había detenido a mirarlo con tanto cuidado. La niña inclinó la cabeza y, acariciando suavemente su oreja, continuó en un tono más dulce y profundo:

​—Dime, gatito, ¿por qué estás triste? ¿Por qué tus ojos han perdido su brillo? No permitas que la noche te haga dudar de quién eres. No importa de qué color sea tu pelaje; la verdadera belleza no se apaga en la sombra, y tú eres la criatura más hermosa y tierna que he visto. Tu color no te oculta, te hace parecer un pedacito de cielo estrellado.

​Él no podía responder con palabras, pero por dentro sentía una calidez desconocida. Le sorprendía que una pequeña niña pudiera descifrar el secreto de su tristeza, pero le llenaba el alma saber que, al fin, alguien lo veía con los ojos del corazón.

​La niña suspiró suavemente y confesó en un susurro:

​—Yo tampoco tengo amigos... La gente a veces camina tan rápido que no sabe mirar lo importante. Pero, ¿sabes algo? Tú serás mi compañero. Te llevaré conmigo y te cuidaré como nadie lo ha hecho jamás.

​En ese instante, la pesadez que el gato llevaba en el pecho se desvaneció por completo. Comprendió que jamás había sido invisible, solo esperaba a la persona correcta para ser descubierto. Extendió una pata temblorosa y la apoyó sobre la mano de la niña, dejando escapar un ronroneo suave que resonó en el cartón.

​Ella lo tomó en sus brazos con delicadeza, cobijándolo contra su pecho. Mientras caminaban juntos hacia la luz cálida del final del callejón, el reflejo de la luna tocó la mirada del gato, haciéndola brillar de nuevo: el brillo inconfundible de quien se sabe, al fin, amado.

Thoughts

  • Marisolita

    Esa chavala va a llegar a la casa con el gato en brazos y ya me imagino la cara de la mamá, pues. Pero si lo ve brillar como con la luna del callejón, ya no se lo quita nadie.

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  • golpeSeco

    La niña también anda sola de noche por un callejón, con ocho años, y le dice al gato que no tiene amigos. Para mí el gato la encontró a ella tanto como ella a él, parcero. Y en toda la historia nadie pregunta dónde están los papás de esa niña.

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  • Rulo1948

    Solo la inocencia de una niña con un gesto tan sencillo basto para hacer feliz a un gato negro.

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