Cuando llega a los hierros aclara enseguida que no pide bendecir la violencia, y le creo. Todo el escrito es la lengua que dejó de suplicar y empezó a acusar. Apuesto a que el grito está para que nadie tenga que levantar un hierro.
El precio del pan
Pensamiento
Cuando llega a los hierros aclara enseguida que no pide bendecir la violencia, y le creo. Todo el escrito es la lengua que dejó de suplicar y empezó a acusar. Apuesto a que el grito está para que nadie tenga que levantar un hierro.
Contenido de la publicación
¿Pues qué queréis de mí, hermano?
¿Es mucho pedir que entre el hombre en la miseria sin que la miseria le muerda las carnes? ¿Que descienda al abismo y no conozca sus penas, que beba de la desgracia y no sienta su amargura?
¡Oh, mundo generoso, que primero despojas al hombre de su pan y después le condenas por tener hambre!
«No muerdas la mano que te da de comer», decís. ¡Soberbia sentencia! Digna de quien ofrece una migaja con una mano y con la otra reclama el alma entera. Pues, ¿qué mérito hay en dar sustento si el precio es el silencio? ¿Qué virtud mora en la gratitud cuando nace del temor a perecer?
¿Y vos, Señor, que todo lo veis! Decidme: ¿cuántas veces ha de postrarse el hombre ante vuestro altar, y cuántas ante el de sus semejantes, antes de que alguno repare en su hambre? ¿Cuántas súplicas ha de pronunciar, cuántas humillaciones ha de vestir, para que la piedad deje de ser palabra y se convierta en pan?
Mas decidme, amado hermano: ¿cuándo nos acordamos de aquellos que mueren, si no es cuando la muerte llama a nuestra propia puerta?
—¡Es humano! —clamáis.
¡No, mi amado hermano! ¡No me invoquéis la humanidad como excusa de vuestras miserias! Si humano es olvidar al caído, exigir virtud al hambriento y demandar humildad a quien ya vive de rodillas, entonces no me habléis de civilización, ni de dignidad, ni de salvación. ¡Habladme, antes bien, de costumbres! Que no toda costumbre merece ser virtud, ni toda conducta de los hombres merece el perdón de los cielos.
Pedís ejemplo al extraviado, obediencia al desesperado, mansedumbre al ofendido; queréis que el desdichado sea humilde, que el agraviado sea paciente y que el miserable agradezca hasta la cadena con que le sujetáis.
¡Y todavía preguntáis por qué juzga!
¿Por qué no habría de hacerlo, hermano? ¿Qué le resta al hombre cuando le arrebatan el pan, le cierran las puertas y le niegan hasta el derecho de maldecir su suerte? ¿Qué espada ha de blandir aquí cuya mano jamás sostuvo cetro, cuya voz jamás dictó ley y cuyo nombre no merece ser recordado?
Quizá le quede la palabra. Quizá el juicio. Quizá esa lengua que tanto os ofende cuando ya no os suplica, sino que os acusa. Y si aun eso le arrebatáis, ¿qué le dejáis?
¡El hierro!
Ese hierro que tanto teméis en manos del miserable, aunque jamás os escandalizara el peso de las cadenas que le impusisteis. Ese hierro que llamáis barbarie cuando se alza desde abajo, pero al que otorgáis honores cuando desciende desde un trono.
No os pido que bendigáis la violencia, ni que hagáis virtud de la venganza. Os pregunto algo mucho más terrible: ¿con qué derecho exigís mansedumbre a quien habéis dejado sin otra arma, mientras reclamáis igualdad sin renunciar a los privilegios que os separan de él?
¡Ea, hermano! Juzgadme, si gustáis. Llamadme ingrato, blasfemo, bárbaro o enemigo de la paz.
Pero no me pidáis que confunda vuestra comodidad con la justicia, vuestra obediencia con la humildad, ni vuestro silencio con la dignidad.
Que si el hombre ha de arrodillarse para merecer el pan, callar para conservarlo y morir para que al fin os acordéis de él...
¡Decidme, por Dios, qué clase de humanidad pretendéis salvar!
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