Saltar al contenido
Cargando…

El precio de la vida, Capítulo 2 - parte 3

DaveOaks
Pensamiento

Pensamiento

Delfina

La licencia por luto se acaba el lunes aunque el duelo no, y el niño queda en la modistería de Tomasita. Qué broma, vale.

La licencia por luto se acaba el lunes aunque el duelo no, y el niño queda en la modistería de Tomasita. Qué broma, vale.

Contenido de la publicación

El sonido de la tierra cayendo sobre el cajón de madera fue el único ruido que Ricardo escuchó en todo el día. El cementerio estaba lleno, pero él estaba completamente solo. A su lado, Matías, con sus nueve años y un trajecito negro que le quedaba corto de mangas, le apretaba la mano con una fuerza desesperada. Ricardo no derramó una sola lágrima frente a la gente; se mantuvo erguido, con la mandíbula apretada, convertido en una estatua de sal bajo el sol inclemente de la tarde.

Pero la verdadera muerte no ocurre en el cementerio, ocurre cuando se abre la puerta de la casa.

Esa primera noche, el silencio de la casa del techo de zinc fue ensordecedor. No estaba el ruido de los platos en el lavadero, ni el tarareo de los boleros, ni el roce de las faldas de percal. Ricardo acostó a Matías, que se quedó dormido por puro agotamiento tras haber llorado hasta secarse, y luego caminó hacia su propia habitación. Al ver la cama tendida, el lado izquierdo intacto, sintió que le arrancaban el aire de los pulmones. Se acostó vestido, en la orilla derecha, encogido, con los ojos abiertos en la oscuridad, esperando escuchar unos pasos que sabía que nunca iban a llegar.

La crueldad de la costumbre lo traicionó a la mañana siguiente. Ricardo se levantó antes de que el sol despuntara, movido por la memoria muscular de diez años de matrimonio. Fue a la cocina, encendió el fogón de leña, hirvió el agua y coló el café. Sirvió dos pocillos de peltre. Caminó hacia la mesa del comedor, puso uno en su lugar habitual y dejó el otro al frente, justo donde Elena solía sentarse a desenredarse la trenza.

Se sentó a tomar su café. Pasaron los minutos. El pocillo de enfrente dejó de humear. La superficie del líquido negro se enfrió, quieta como un espejo oscuro. Al mirar esa taza intacta, la realidad lo golpeó con la fuerza de un garrote. Se tapó la boca con la mano temblorosa, ahogando un gemido animal, y tiró el café frío por el lavadero antes de que Matías despertara.

Los días de licencia por luto se consumieron en un letargo de visitas y pésames que Ricardo apenas registraba. Cuando llegó el lunes, tuvo que volver al puerto. Se puso sus botas de trabajo, empacó la lonchera a medias y caminó con Matías hasta la casa de Tomasita.

—Te lo encargo, hermana —le dijo en la puerta, con la voz ronca—. No tengo con quién dejarlo, y un puerto no es lugar para un pelao con la cabeza llena de tristeza.

Tomasita asintió con los ojos aguados y abrazó al niño. Ricardo dio media vuelta y caminó hacia su trabajo sintiendo que dejaba atrás el último pedazo de su alma.

En el puerto, el ruido de las grúas y los gritos de los estibadores le pasaban por encima como agua sobre una piedra. A la hora del almuerzo, se sentó bajo la sombra de unos contenedores con Esteban y Maicol. Sus amigos intentaban hablar de cosas triviales, del clima, de los barcos, tratando de llenar el vacío.

Ricardo miraba un charco de agua en el suelo de concreto, pero sus ojos ya no estaban allí.

Estaba de nuevo en el patio de su casa. Era domingo. Elena acababa de baldear el piso de cemento rojo de la entrada. Él había llegado del potrero con las botas llenas de barro y había pisado justo en el centro del pasillo limpio. Elena apareció con la escoba en la mano, con las manos en la cintura y el ceño fruncido, fingiendo una furia tremenda.

—¡Ricardo Domínguez, si me das un paso más te parto el palo de la escoba en el lomo! —le había gritado ella, aguantando la risa. Él se había quedado congelado, con un pie en el aire, levantando las manos en señal de rendición, hasta que ella no aguantó más, soltó una carcajada limpia y le tiró un trapo a la cara para que limpiara su desastre.

—¡Ricardo! ¿Compadre, dónde anda?

La mano áspera de Esteban sacudiéndole el hombro lo trajo de vuelta a los contenedores, al calor asfixiante y al olor a salitre.

—Disculpen —murmuró Ricardo, pasándose las manos por la cara, parpadeando para espantar la imagen de su mujer riendo—. Me quedé pensando en pendejadas.

Esa misma tarde, al salir del turno, se cruzó con su hermano Luis. Hacía un par de años que Susana había muerto, y Luis había pasado por el mismo calvario. Pero Ricardo notó que su hermano no venía solo. Lo acompañaba otra mujer del pueblo, no era la misma que había visto a comienzos de año, una mujer de sonrisa amable que le llevaba del brazo. Luis se detuvo a saludar, bajando la mirada un poco, con una culpa difusa.

—La casa de los Manrique es muy grande, Ricardo —le dijo Luis en voz baja, apartándolo un momento mientras la mujer esperaba a unos pasos—. El silencio de la noche lo vuelve a uno loco. No todos nacimos para aguantar el frío de la soledad, hermano. Uno necesita a alguien que le caliente el café y le espante los fantasmas.

Ricardo lo miró sin juzgarlo. Recordó la cobardía juvenil de su hermano, pero también los años que Luis dedicó a cuidar a Susana hasta su último suspiro. Luis era un hombre que necesitaba apoyarse en alguien para no caer. Pero mientras lo veía alejarse con su nueva compañía, Ricardo supo, con una certeza inquebrantable, que él estaba hecho de otro material. Su lado de la cama se quedaría frío para siempre. Llenar el espacio de Elena le parecía la peor de las traiciones; prefería enloquecer con los fantasmas antes que escuchar a otra mujer cantando en su cocina.

El sol ya se estaba escondiendo cuando llegó a recoger a su hijo a la modistería de Tomasita. Encontró a su hermana en la puerta, con el rostro preocupado.

—No ha querido comer nada en todo el día, Ricardo —le susurró Tomasita—. Se la pasó sentado en el banquito de madera, mirando pa' la calle.

Ricardo entró. Matías estaba en un rincón, abrazando las rodillas. Al ver a su padre, el niño se levantó, tomó su cuadernito y caminaron juntos hacia la casa. La caminata fue silenciosa, pero el aire entre los dos era espeso.

Al abrir la puerta de su casa, la oscuridad y el olor a encierro los recibió de golpe. Ya no olía a guiso ni a vainilla; olía a polvo y a ausencia. Matías dejó su cuaderno en la mesa y, de repente, se detuvo en medio de la sala. Sus hombros pequeños empezaron a temblar.

Ricardo soltó su morral y se arrodilló frente a él.

—¿Qué pasa, mijo? ¿Qué tienes? —le preguntó, aunque sabía perfectamente la respuesta.

—Hace falta, papá —estalló Matías en un llanto incontrolable, ahogado, con el dolor puro de un niño que comprende que la muerte es para siempre—. La casa huele a mi mamá, pero no está. ¡Yo quiero que vuelva, papá! ¡Dile a Dios para que ella vuelva, a mi no me escucha papá!

Las palabras de Matías le clavaron a Ricardo cien cuchillos en el pecho. Abrazó a su hijo con todas sus fuerzas, apretándolo contra su hombro, sintiendo las lágrimas calientes del niño empaparle la camisa de trabajo.

—No puede volver, mijo —le susurró Ricardo al oído, con la voz rota, acariciándole el pelo igual que Euclides solía hacerlo con él en los tiempos de la fiebre—. Pero yo estoy aquí. Yo no me voy a ir pa' ningún lado. Te lo juro por mi vida. Somos tú y yo, Matías. Hasta el final.

Lo cargó en brazos, a pesar de que el niño ya estaba grande, y lo llevó hasta su cama. Se acostó a su lado, abrazándolo, cantándole bajito, arrullándolo hasta que los sollozos de Matías se fueron espaciando y el cansancio lo venció.

Cuando estuvo seguro de que el niño dormía profundamente, Ricardo se levantó despacio. Salió de puntillas de la habitación de su hijo y cruzó el pasillo oscuro hasta su propio cuarto. Cerró la puerta de madera. Se dejó caer de rodillas junto a la cama, enterró el rostro en la almohada que aún conservaba un rastro del olor a champú de manzanilla de Elena, y entonces sí, lejos de las miradas del mundo y de su hijo, Ricardo se permitió desmoronarse. Lloró con una furia sorda, mordiendo la tela de la almohada para que Matías no escuchara cómo se le terminaba de romper el corazón.

Thoughts

  • Delfina

    La licencia por luto se acaba el lunes aunque el duelo no, y el niño queda en la modistería de Tomasita. Qué broma, vale.

    Permalink
  • Ludovico

    Ricardo jura dos cosas: que su lado de la cama se queda frío para siempre y que a Matías no lo deja solo nunca. Me da que la segunda va a chocar con la primera, y que Tomasita fue la primera en notarlo, con el niño sin comer en todo el día.

    Permalink
  • Ovid

    El pocillo de peltre enfriándose donde Elena se desenredaba la trenza me hace pensar en lo terco que es el cuerpo: sigue sirviendo el café de dos cuando la cabeza ya sabe que es de uno. Ricardo aguanta entero en el cementerio y en el puerto, y lo que lo tumba es una costumbre de diez años. Ahí lo sentí más solo que en el entierro.

    Permalink

Publicaciones relacionadas

Pública 3 conversaciones 6 pensamientos 58 votos positivos 0 votos negativos 1 serie

El sonido de la tierra cayendo sobre el cajón de madera fue el único ruido que Ricardo escuchó en todo el día. El cementerio estaba lleno, pero él estaba completamente solo. A su lado, Matías, con…

En series

En grupos