medida que la madrugada avanzaba, los susurros se hicieron cada vez más lentos y espaciados. La timidez inicial se había diluido en una comodidad pesada. Neil seguía con el cuaderno apoyado en las rodillas, mostrándole el trazo de una hoja de otoño, mientras Daria apoyaba la barbilla en sus propias rodillas, escuchándolo con los ojos entrecerrados.
El cansancio de sus rutinas y el frío calador de la madrugada del campo demolieron sus defensas. Ninguno de los dos se dio cuenta del momento exacto en que la conversación se apagó, ni de cómo sus cuerpos, buscando inconscientemente el calor que les faltaba en sus vidas, se deslizaron por la pared. No terminaron simplemente apoyados; terminaron acurrucados el uno contra el otro, compartiendo el refugio de sus brazos y sus respiraciones pausadas en medio de la penumbra.
Amaneció con la luz fría colándose por las rendijas.
Daria fue la primera en abrir los ojos, desorientada. Lo primero que sintió fue un calor inusual y un peso tibio que la envolvía. Al enfocar la vista, el corazón le dio un vuelco brutal. Estaba completamente pegada al pecho de Neil, y la cabeza de él descansaba suavemente sobre la suya. Pero lo que la dejó sin respiración fue ver sus cabellos: las hebras de su propio pelo negro, espeso y rebelde, se habían entrelazado por completo con los mechones castaño claro y suaves de Neil, formando un nudo único sobre el hombro de él.
En ese segundo milimétrico, rodeada por su aroma a campo y viendo esa mezcla perfecta de colores en sus cabellos, a Daria se le movió la pieza que faltaba dentro de ella. Toda su vida había cargado la muerte de su hermano como una cruz pesada y solitaria, pero en ese suelo frío, acurrucada con el chico que cargaba su propio luto en silencio, entendió que no quería estar sola. El rompecabezas de su mente sobrepensadora se ordenó en un instante: se estaba enamorando de él.
Asustada por la intensidad de ese descubrimiento, intentó apartarse con suavidad, pero el más mínimo movimiento de sus cabellos entrelazados tiró de la cabeza de Neil, rompiendo su frágil sueño. El chico soltó un suspiro corto y abrió los ojos.
Durante tres segundos idénticos al plano de un dibujo, ninguno de los dos se movió.
Neil parpadeó, desorientado, hasta que procesó la distancia milimétrica, el calor compartido y el enredo de sus melenas. El impacto de comprender que habían pasado toda la noche abrazados en el piso lo hizo reaccionar con su timidez habitual. Dio un respingo hacia el lado opuesto, pero el espacio era tan reducido que su espalda chocó ruidosamente contra la pata de la cuna de Nick. El bebé se movió, soltando un quejido, lo que obligó a Neil y a Daria a congelarse en el acto, aguantando la respiración con las mejillas encendidas en un rojo fosforescente.
Cuando el pequeño volvió a acomodarse en silencio, la vergüenza acumulada estalló entre los dos en un segundo absoluto.
—Lo... ¡lo siento! —susurró Neil a toda velocidad, con la voz rota por el revuelo del amanecer—. No sé en qué momento... me dormí, perdón, de verdad.
Daria, que ya se había puesto de rodillas en el piso desenredándose el pelo negro con manos torpes y movimientos espasmódicos, sentía la cara arder.
—No, no, la culpa es mía —susurró ella, hablando tan rápido que casi se tropieza—. Me puse a hablar de mis libretas y... y terminamos así, qué vergüenza. Es que el piso estaba muy frío. ¡Perdón!
Neil miró hacia el suelo, completamente abrumado por el recuerdo todavía fresco de haberla tenido en sus brazos. Con los dedos temblorosos, recogió el cuaderno de dibujos que había quedado abierto en el piso, cerrándolo de golpe antes de que ella pudiera ver la página prohibida.
—Está bien... —atinó a decir él, forzando una sonrisa tímida mientras se pasaba una mano por su cabello castaño alborotado—. No pasé frío.
Daria sintió un vuelco salvaje en el pecho al escucharlo. Antes de que su impulsividad la hiciera decir otra locura, se levantó del suelo como un resorte.
—Me voy a la cocina antes de que Elena baje y piense que soy un fantasma que limpia de noche —susurró con una risita nerviosa.
Dio media vuelta y salió del cuarto a paso apresurado, dejando a Neil solo en la penumbra del amanecer, sosteniendo el cuaderno contra su pecho y con el corazón latiendo a un ritmo que jamás había experimentado.
Horas más tarde, entrada la tarde, el caos de la casa de campo le dio un respiro a Neil. Elena se había llevado a los niños al pueblo a comprar provisiones y Nathan estaba reparando la cerca trasera.
Neil aprovechó el silencio que tanto amaba y caminó hacia su rincón favorito cerca del río, donde los árboles filtraban la luz del sol. Se sentó en su tronco de siempre, respirando el aire fresco, pero esta vez la naturaleza no logró distraerlo. Su mente estaba atrapada en el cuarto de los niños, en el aroma del cabello negro de Daria y en la calidez de su cuerpo contra el suyo. Sentía una atracción tan gigante que lo asustaba, porque no lograba comprender cómo alguien tan ruidosa y graciosa podía encajar tan perfectamente en su mundo de silencios.
Abrió el cuaderno de dibujos con dedos lentos. Pasó las hojas de las aves y las plantas hasta llegar a la página prohibida.
Ahí estaba ella. El dibujo que había hecho de reojo el día anterior la mostraba sentada de perfil a seis metros de distancia, mirando al horizonte con esa expresión seria que ponía cuando sobrepensaba el mundo. Neil delineó con la yema del dedo el trazo que le había hecho en el cabello. Recordó cómo se había sentido tener ese mismo pelo enredado con el suyo al amanecer, y un suspiro profundo se le escapó del pecho.
Cerró los ojos, abrazando el cuaderno contra sí mismo, dándose cuenta de que la naturaleza ya no era el único lugar donde encontraba paz. Su refugio ahora tenía nombre, ojos café oscuro y una libreta llena de historias.
Al día siguiente, los esfuerzos de Daria por actuar normal fracasaron rotundamente frente al ojo clínico de Nancy. La hermana de dieciocho años tenía un radar infalible para el drama, los chismes y cualquier atisbo de historia de amor que pudiera romper la monotonía del campo.Daria estaba en el comedor, supuestamente doblando los manteles limpios, pero llevaba cinco minutos frotando la misma esquina de tela mientras miraba al vacío, completamente perdida en el recuerdo del amanecer anterior.Nancy entró a la habitación cargando un canasto y se detuvo en seco al verla. Una sonrisa pícara y filosa se le dibujó en el rostro. Dejó el canasto en el suelo con un golpe seco para sacar a Daria de su trance.—A ver, a ver... ¿Y a ti qué mosca te picó? —preguntó Nancy, cruzándose de brazos y arqueando una ceja—. Llevas media hora planchando ese mantel con los ojos, Daria. Esa cara de tarada no es por limpiar la cocina, te lo aseguro. ¿Quién te tiene volando bajito?Daria dio un brinco, sintiendo que el piso se abría bajo sus pies. Sus mejillas se tiñeron de un rojo violento instantáneo.—¡Qué dices, Nancy! Nada que ver —respondió Daria a toda velocidad, doblando el mantel de forma atropellada y arrugándolo por completo—. Estaba... estaba pensando en que la mamá Elena me pidió que revisara el inventario de las harinas, eso es todo. No inventes cosas donde no hay.—¿Las harinas? Sí, claro, y yo soy la reina de Inglaterra —se burló Nancy, acercándose un paso más con los ojos brillantes de curiosidad—. A mí no me haces tonta. Es un cable pelado de amor, te conozco. Dime quién es. ¿Es alguien del pueblo? ¿El hijo del panadero? Suéltalo ya, si sabes que me encanta el chisme.—¡Que no hay nadie! —insistió Daria, desesperada por desviar el tema mientras sentía que el corazón le latía en la garganta—. De verdad, sobrepienso las cosas de la casa, tú sabes cómo soy. No tengo tiempo para andar pensando en tonteras de esas.Nancy soltó una risita, disfrutando al máximo el interrogatorio incómodo, y le dio un empujoncito amistoso en el hombro.—Ya, oye, no te pongas así. Pero en serio, cualquier cosa que te pase me la cuentas altiro, ¿ya? Yo te puedo ayudar a armar el plan, a escribir cartitas o lo que sea, sobre todo si es un tema amoroso. Soy experta en leer a la gente, así que no me vas a poder ocultar el secreto por mucho tiempo.Justo en ese momento, Neil venía caminando por el pasillo exterior con la intención de entrar al comedor a buscar unos clavos. Al escuchar las risas y el tono inquisidor de su hermana, se detuvo antes de cruzar la puerta. Su timidez lo hizo congelarse en las sombras del pasillo.Al oír las palabras de Nancy sobre «un tema amoroso», el estómago de Neil dio un vuelco salvaje. Se quedó estático, con la oreja atenta, conteniendo la respiración mientras esperaba escuchar la respuesta de Daria. Una mezcla de temor y una esperanza que no quería admitir lo invadió por completo: «¿Será que está hablando de mí? ¿Le habrá contado a Nancy lo del piso?».Pasaron unos segundos de silencio tenso donde solo se escuchaba a Daria refunfuñar y sacudir las telas. De pronto, Neil parpadeó, saliendo del trance. El peso de sus propios valores lo golpeó en el pecho; se sintió avergonzado de sí mismo. «¿Qué estoy haciendo? Es malo espiar a la gente», pensó con culpa, frunciendo el ceño hacia el suelo.Antes de que alguna de las dos se diera cuenta de su presencia, Neil dio media vuelta con cuidado y se alejó a paso rápido por donde vino, con el corazón acelerado y la libreta de dibujos apretada en el bolsillo, huyendo de una conversación que lo dejaba con más preguntas que respuestas.
Mientras Nancy andaba por su cuenta haciendo averiguaciones, descartando candidatos del pueblo y lanzándole preguntas incómodas a Daria cada vez que la veía pasar («Oye, Daria, ¿y el primo del almacenero que te quedó mirando el otro día?»), la verdadera detective de la casa resultó ser mucho más bajita.Nora, con sus seis años, era la sombra de Neil. Desde que su padre ya no estaba, ella buscaba refugio en su hermano mayor, y esa misma cercanía la hacía notar los cambios más sutiles en él.Una tarde, Neil estaba sentado en el porche limpiando unas herramientas de jardín, sumido en su silencio habitual. Nora apareció arrastrando una muñeca vieja y se sentó en el escalón de abajo, balanceando sus piernas cortas. Al principio, como hacía siempre, empezó a hablar por hablar, transformando todo en un juego de adivinanzas infantil.—Neil, ¿a que no sabes quién es la persona más genial de la casa? —preguntó Nora, mirando el cielo—. Yo, obvio, porque sé saltar la cuerda hacia atrás. ¿Y sabes quién es la más linda? Daria. Ella me peina con trenzas y no me tira el pelo. Ella es muy linda conmigo y también es súper bonita, ¿cierto?Neil seguía concentrado en lijar el mango de madera de una pala. Su mente, cansada por el trabajo y distraída por el recuerdo de los cabellos entrelazados, no alcanzó a activar su escudo de timidez. El comentario de la niña entró directo a su corazón.—Sí, sí lo es —se le escapó a Neil en un suspiro suave, sin pensarlo, con una sonrisa levísima dibujándose en sus labios.En cuanto las palabras salieron de su boca, Neil se congeló. La lija se detuvo en seco contra la madera. Se dio cuenta de lo que había dicho y el pánico le tiñó las orejas de un rojo fosforescente. Miró rápidamente a su hermanita, rezando por dentro para que se hubiera distraído con un bicho o con su muñeca.Pero Nora lo estaba mirando de frente, con los ojos redondos y brillantes. Los niños de seis años huelen los secretos a kilómetros. Una sonrisa gigante y traviesa, idéntica a la de Nancy pero mucho más inocente, se le instaló en la cara.—¡Ajá! ¡Te gusta Daria! —exclamó Nora dando un saltito en el escalón, apuntándolo con el dedo de la muñeca—. ¡A Neil le gusta Daria, a Neil le gusta Daria!—¡Shh! Nora, cállate, baja la voz por favor —suplicó Neil, dejando la herramienta en el suelo y tapándole la boca suavemente con la mano, asustado de que Nancy o su mamá estuvieran cerca de la ventana—. No digas tonteras, no... no es eso.Nora se soltó de su mano, riéndose bajito, divertida por haber desarmado al hermano mayor que siempre era tan serio y correcto. Se acercó más a él, apoyando sus manitos en las rodillas de Neil, y le habló en un tono de absoluto secreto de Estado.—No le voy a decir a Nancy si me prestas tus lápices de colores —negoció la pequeña con una astucia adorable—. Pero tienes que decirme la verdad. ¿Le vas a dar un beso como en las películas? Ella tiene el pelo negro muy largo, parece una princesa de los cuentos que me lee en la noche. Deberías dibujarla.Neil sintió que el piso se movía. Si supiera Nora que ya la había dibujado. Se tapó la cara con ambas manos, completamente sobrepasado por la situación, pero incapaz de enojarse con la pequeña. El peso de ocultar su atracción él solo era muy grande, y admitirlo frente a Nora, aunque fuera un accidente, se sintió extrañamente liberador.—Nora... —susurró él, bajando las manos y mirándola con una timidez infinita—. Prométeme por lo que más quieras que esto va a ser un secreto entre tú y yo. Un secreto de montaña. Si Nancy se entera, se va a burlar de mí para siempre. Y si Daria lo sabe... no va a querer venir más a la casa.Nora se puso seria de golpe, entendiendo la gravedad de un "secreto de montaña". Se llevó los dedos a la boca, simulando cerrar una cremallera y tirar la llave al aire.—Secreto de montaña —repitió solemnemente—. Pero tienes que hacerle un dibujo lindo. Yo sé que a ella le va a gustar, porque siempre escribe cosas en su cuaderno y los dibujos van bien con las palabras.Neil la miró, conmovido por la sabiduría inocente de su hermanita de seis años. Miró el bolsillo donde cargaba su cuaderno y, por primera vez en días, la idea de mostrarle el retrato a Daria no le pareció un error terrorífico, sino una posibilidad real.
Entonces... —preguntó con un entusiasmo desbordante, inclinándose hacia él—, ¿le diste un beso?Neil abrió los ojos de par en par. El puro impacto de imaginar la escena y el recuerdo de haber tenido sus labios a una distancia milimétrica la noche anterior hicieron que se le fuera el aire. Intentó responder rápido para negarlo, pero terminó atorándose con su propia saliva. Soltó una tos seca, cubriéndose la boca con el puño mientras se ponía completamente colorado, desde el cuello hasta la frente.—¡N-Nora! —logró articular finalmente, con la voz un poco ronca y recuperando el aire—. ¡No! ¡Claro que no! ¿De qué estás hablando? ¡Baja la voz!Nora volvió a sentarse en el escalón, abrazando a su muñeca, sin inmutarse por la reacción exagerada de su hermano.—Pero sería algo lindo —dijo la pequeña con voz suave, encogiéndose de hombros—. Como en los cuentos de princesas que ella me lee. O... como lo hacían papá y mamá cuando él llegaba de trabajar en el campo y ella lo esperaba en la puerta. Papá siempre le daba un beso en la frente.El nombre de su padre flotó en el aire del patio, pesado pero extrañamente pacífico. Neil bajó la mirada hacia sus manos, sintiendo un nudo en la garganta. Recordar el amor de sus padres y ver cómo su hermanita lo asociaba con lo que él sentía por Daria le quitó un poco de culpa.
A partir del día siguiente, Nora se tomó su papel de aliada secreta con una seriedad absoluta, aunque sus métodos eran 100% infantiles y ponían a Neil al borde del colapso nervioso.Su primera gran estrategia ocurrió durante el almuerzo. Mientras todos comían en silencio, Nora miró fijamente a Daria y luego a Neil. Con un descaro adorable, estiró el brazo y arrastró su plato de ensalada hacia el centro.—Daria, a Neil no le gustan los tomates, pero a ti sí. Deberías sentarte al lado de él para comértelos —soltó la niña de la nada.Daria casi se atraganta con el agua y Neil bajó la cabeza tanto que casi mete la nariz en la sopa, mientras Nancy entrecortaba los ojos, oliendo el chisme de inmediato.Dos días después, Nora subió el nivel del juego. Sabiendo que a Neil le gustaba dibujar y que Daria siempre andaba con su libreta, esperó a que Daria dejara su bolso colgado en la silla de la entrada para ir a mudar al pequeño Nick. Nora corrió al cuarto de Neil, sacó a escondidas un dibujo que él había hecho de unas flores silvestres del río y, con manos torpes, lo metió dentro de las páginas de la bitácora de Daria, convencida de que estaba haciendo el mejor trabajo del mundo.
Esa noche, en la soledad de su habitación, Daria finalmente encontró el momento para vaciar el torbellino de su mente. Se sentó en la cama, encendió la pequeña lámpara de su mesa de noche y tomó su libreta con un suspiro. Abrió el cuaderno por la página en blanco, pero antes de que pudiera apoyar el lápiz, algo se deslizó de entre las hojas y cayó sobre sus sábanas.Daria frunció el ceño y lo tomó. Era un trozo de papel grueso, de bordes limpios. Al darle la vuelta, el corazón le dio un vuelco salvaje.Era el dibujo de unas flores silvestres a la orilla del río. Los trazos eran suaves, detallados y precisos; las hojas parecían tener movimiento y las sombras del lápiz grafito le daban una profundidad casi mágica. Daria no necesitó pensarlo dos veces; reconoció el estilo altiro. Era la misma delicadeza con la que el zorzal del cuaderno de Neil parecía cobrar vida. Era de él.Se llevó una mano a la boca, conteniendo el aliento. Su mente sobrepensadora se encendió a mil por hora: «¿Cómo llegó esto aquí? ¿Neil lo metió en mi bolso? No, él es demasiado tímido, jamás se atrevería. ¿Se le cayó por accidente? Pero mi bolso estaba cerrado... ¿Y si es una señal? ¿Y si quiere decirme algo pero no se atreve a hablar?».Daria delineó con la yema de su dedo el contorno de los pétalos dibujados. Una calidez dulce y abrumadora le inundó el pecho. Pensar que ese chico tan callado, que pasaba horas buscando el ruido del silencio en la naturaleza, tenía sus dibujos guardados en la libreta de ella, le terminó de mover la última pieza del corazón. Se acostó abrazando la hoja contra su pecho, con una sonrisa gigante que ya no intentó ocultar, convencida de que el destino (o un descuido muy afortunado) le estaba dando una oportunidad
A media mañana, Daria estaba en el pasillo exterior limpiando el polvo de los ventanales, intentando mantener sus pensamientos en orden mientras cargaba el dibujo de las flores bien escondido en el bolsillo de su delantal. De pronto, escuchó unos pasos lentos. Al darse la vuelta, vio a Neil. El chico se veía un poco tenso, pasándose la mano por su cabello castaño claro y mirando hacia el suelo con timidez.—Oye, Daria... —comenzó Neil en un susurro, deteniéndose a una distancia prudente—. Quería... quería preguntarte algo. Es que se me perdió una hoja de mi carpeta. Es el dibujo de unas flores silvestres que hice en el río.A Daria se le congeló el aire en los pulmones. Automáticamente, su mano izquierda apretó la tela de su delantal, justo encima de donde sentía el papel escondido.—Si lo ves por ahí mientras limpias la casa, ¿me lo pasas, por favor? —continuó él, levantando un segundo la mirada con timidez antes de volverla a bajar al suelo—. Es que... es uno de mis favoritos. Le dediqué harto tiempo y no sé dónde se me cayó. Pensé que quizás el viento lo metió en alguna pieza.En ese instante, la cabeza de Daria se convirtió en un volcán de teorías caóticas a mil por hora: «¡¿Cómo?! ¿O sea que no me lo dejó a mí? ¿Se le perdió? Pero si estaba adentro de mi libreta, metida en mi bolso... Las hojas no vuelan solas adentro de los bolsos cerrados, Daria, piensa. ¿Acaso entraron duendes de verdad? Ay, no, qué vergüenza. Si le digo que lo tengo yo, va a pensar que se lo robé, o que anduve hurgando en sus cosas. Va a creer que soy una loca acosadora».El miedo a quedar en evidencia y la timidez la paralizaron. Tragó saliva y forzó una sonrisa lo más natural posible.—Ah... claro, Neil. No te preocupes —mintió con la voz un poco más aguda de lo normal—. Si pillo algún papel tirado por las piezas mientras barro, te aviso altiro y te lo devuelvo. Ojalá no se haya volado al patio.
Neil asintió con la cabeza, un poco desanimado, creyendo por completo en sus palabras.