Se me ocurrió la idea de transmitir mis pensamientos, creencias, experiencias, autocríticas y aprendizajes. Siento la necesidad de plasmar todo esto porque, con el paso de los años, he comprendido que la mente es un espacio que requiere cuidado y atención; solo así es posible procesar y liberar aquellas situaciones que me hacen sentir confundido, inseguro, vulnerado o, en su defecto, valiente. Las emociones y las vivencias cambian día a día; he comenzado a entender que el mundo no es rígido ni predecible, sino dinámico e impredecible. Todo muta y evoluciona: las naciones, las mentalidades y el ciclo natural de la vida.
Hace aproximadamente cuatro o cinco años empecé a vivir experiencias inéditas con amigos, familia y en el trabajo. Sin duda, representaron un antes y un después en mi vida. Al comenzar a pensar de manera distinta surgieron desacuerdos, pero también espacios de genuina comprensión. Descubrí que la psique de cada persona es única y que desde la infancia nos desarrollamos condicionados por hábitos y creencias inculcadas. El niño construye su mundo según lo que le enseñan sus padres, quienes muchas veces actúan bajo la premisa implícita de que su visión es la única correcta. Yo no fui la excepción: por años asumí como verdades absolutas ciertas costumbres que me enseñó mi madre. Sin embargo, al alcanzar la adultez, comprendí que ella no siempre tenía la razón. Con el tiempo, nuestras diferencias sobre cómo interpretar el mundo y el actuar humano se hicieron cada vez más marcadas.
No me considero perfecto, pero reconozco haber atravesado etapas donde el ego cobró demasiado protagonismo. A veces jugó en mi contra, pero en otras ocasiones me sirvió como un impulso necesario para consolidar un criterio propio y afrontar la vida con independencia, al margen de las opiniones ajenas. Con respecto al ego, me ha tocado experimentar ambas caras de la moneda.
A pesar de todo, hay personas que permanecen, aunque he aprendido que no siempre se puede confiar plenamente. Esto me ha llevado a un estado de confusión recurrente: cuando estoy a solas, me pregunto por qué me cuesta tanto confiar o por qué me cuestiono en exceso el comportamiento de los demás. Hoy me parece sumamente difícil intentar cambiar o hacer comprender un punto de vista a alguien cuando las cosas no van bien —e incluyo mi propia resistencia en ese análisis—. ¿Por qué nos cuesta tanto ceder?
A partir de estas observaciones, he formulado tres hipótesis:
Cada individuo habita su propio universo de valores y construcciones mentales.
A las personas, simplemente, se les olvida la coherencia de su propio discurso.
En el fondo, la mayoría de la gente no desea ser cambiada.
No pretendo determinar cuál de estas premisas es la verdad absoluta, pues comprendo que cada experiencia es singular. Sin embargo, constatar esto me ha generado tristeza y desilusión. Ver cómo situaciones cotidianas rompen mis esquemas sobre lo que consideraba "correcto" me ha llevado a entender que muchas expectativas eran solo mías. A escala macro, esta falta de entendimiento mutuo es la que genera la fragmentación social y los conflictos bélicos: grupos imponiendo sus dogmas frente a otros que se contraponen, resultando solo en tragedia, pérdidas e instituciones que se quedan en meras formalidades sobre el papel.
Prefiero, no obstante, enfocarme en la escala interpersonal: las relaciones de pareja, las amistades y la familia.
Relaciones de pareja: En mi experiencia actual —siendo mi primera relación formal— he vivido momentos sumamente significativos y de profunda conexión. Sin embargo, toda relación atraviesa fluctuaciones y transformaciones. Mi error ha sido asumir que mi visión idealizada de la pareja perduraría o se respetaría de forma automática con el paso del tiempo. He aprendido que una relación no funciona bajo pretensiones individuales, sino mediante la negociación, la empatía y la capacidad de ceder o reconfigurar la propia perspectiva. Erróneamente, solía asumir que:
Mantenerse comunicados a lo largo del día era una norma básica de respeto implícita.
La pareja siempre buscaría comprender el contexto antes de juzgar, priorizando la escucha activa para resolver problemas de manera conjunta.
El deseo y la pasión inicial se mantendrían estables sin importar el tiempo.
Amistades: He experimentado un desengaño similar al confrontar mis ideales con la realidad. Solía creer firmemente que:
Los amigos verdaderos te respaldan incondicionalmente en cualquier circunstancia.
Mantendrían una fidelidad y coherencia inquebrantables con sus valores.
La transparencia sería absoluta y jamás existirían omisiones ni comentarios a tus espaldas.
Familia: Resulta complejo notar cómo reaparecen dinámicas que creía superadas: discusiones, egocentrismo y una evidente falta de cohesión. Es frustrante percibir que el contacto se reduce a compromisos formales o situaciones límite. Incluso al intentar proyectos colectivos —como la organización de un comité mapuche familiar—, las dinámicas terminan desvirtuándose por intereses individuales.
No quiero desestimar los aspectos positivos, los cuales también merecen ser rescatados para no caer en un sesgo pesimista. Reconozco que mantengo la inclinación a querer que las cosas funcionen bajo mi propia lógica y que me desilusiono cuando los demás no se alinean a ello. Creía que las relaciones interpersonales eran más simples y armónicas de lo que realmente son.
Hoy me mantengo en una postura de observación y constante aprendizaje. Entiendo que el cambio principal debe comenzar en mí: debo aprender a soltar la necesidad de control y ajustar mis expectativas sobre las personas. A mis 27 años, solo soy alguien intentando comprender y encontrar su lugar en este mundo.