Capítulo 4
El señor Carter, un hombre de unos sesenta y cuatro años, vivía junto a su esposa Clarissa al norte de las afueras de Castleberry. La mansión, demasiado grande para solo dos personas, había sido erigida sobre los viejos terrenos de una de las familias fundadoras de la ciudad, cuyo linaje había desaparecido misteriosamente décadas atrás. Aquel bosque que rodeaba la propiedad guradaba un aliento pesado y antiguo; un lugar marcado por un pasado sombrío del cual la gente prefería no hablar, el mismo bosque del que las viejas leyendas locales contaban historias sobre apariciones, brujería y niños perdidos en la espesura.
De vez en cuando, sus hijos y nietos solían visitarlos, principalmente para pasar las fiestas de Navidad, pero hacía tres años que ninguno pisaba la casa. La fachada del mal humor del Señor Carter ocultaba la verdad mucho más siniestra: él no era ningún inocente. Conocía bien el pacto tácito que regía en Castleberry y sabía perfectamente que la desaparición paulatina de su familia durante esos tres años no era un descuido del destino, sino el cobro de la entidad a la que había dejado de rendir sacrificios.
A pesar de la culpa y la amargura que lo consumían por dentro, cuando Carter estaba con Clarissa, su rostro se suavizaba. Su esposa era la última luz que mantenía con vida lo poco que le quedaba de empatía y humanidad.
Ya era invierno en Castleberry, y el señor Carter se dispuso a ir a la ciudad en busca de víveres y regalos. Antes de cruzar la puerta, tomó a Clarissa de las manos y le pidió con firmeza que mantuviera todo cerrado y no le abriera a nadie. La señora Carter asintió, pidiéndole que se cuidata en el camino, pues la atmósfera del bosque siempre se tornaba más densa y peligrosa en esa época. Él intentó sonreír, le dió un beso de despedida y partió en su vehículo hacia la ciudad, a unos veinte kilómetros de distancia.
La señora Carter se despidió e inmediatamente se puso a limpiar su inmensa casa. Quizás por un descuido o un exceso de confianza, ambos olvidaron cerrar la puerta del garaje.
Había pasado una hora y la señora Carter estaba en el segundo piso cuando escuchó ruidos en la cocina, en la planta baja. Pensó: "¿será mi esposo?¿Ya volvió tan rápido?". Bajó rápidamente las escaleras, pero justo cuando iba a abrir la puerta de la cocina, escuchó gruñidos y se asustó. Ahí se dio cuanta de que no era su esposo.
Lentamente, retrocedió hasta la sala para tomar el teléfono, pero accidentalmente tropezó una mesita, y una lámpara cayó e hizo un estruendo. Las criaturas de la cocina se dieron cuenta. Tres feroces criaturas, parecidas a lobos, de un tamaño descomunal salieron de la cocina en busca de lo que había hecho tal ruido y pronto sintieron un olor, y se fijaron en la señora Carter, quien gritó asustada.
Aquellas criaturas empezaron a gruñirle. La señora Carter les arrojaba objetos de las mesitas de la sala, pero los esquivaban y se acercaban lentamente. Sin embargo, con mucha agilidad, ella encontró la puerta que daba al despacho de su esposo, que estaba recién remodelado y se encerró. Aquellos grotescos lobos gruñían y rasgaban la puerta.
La señora respiró aliviada al ver que las criaturas no podían entrar a la habitación, pero había un problema: el despacho tenía un gran ventanal hacia la calle, y era cuestión de tiempo para aue lograran verla desde afuera, ya que ella había quitado las cortinas para lavarlas, cuando le hacían mantenimiento el día anterior.
Mientras tanto, el señor Carter compraba los regalos para su esposa y el pavo para la cena de Navidad. Por un momento, mientras hacia la fila para pagar, sintió un escalofrío y pensó que era por estar cerca de la nevera de helados de la tienda. No le prestó mayor importancia y siguió en la fila, pensando en qué regalo le tendría sus esposa para Navidad.
La señora Carter, al ver que llegaban cada vez más lobos desde el bosque y se adentraban a su casa, y que no tenía cómo avisar a nadie, decidió salir de la oficina y escalar por la pared exterior hasta el segundo piso. Asó podría llegar a su habitación, donde tenía su teléfono, y llamar para pedir ayuda.
Así lo estaba haciendo, cuando, a punto de llegar al segundo piso, una extraña figura, muy delgada, la quedío mirando y mandó aquellos lobos hacia ella, con un silbido que helaba hasta los huesos. Estos empezaron a saltar y ella se asustó, resbalando, cayó y se golpeó la cabeza con una matera de la planta baja, muriendo en el acto. Los lobos, al ver el cuerpo, corrieron a alimentarse de ella.
Dos horas después, el señor Carter volvió a la casa. Tranquilamente, metió su carro al garaje, notando que estaba abierto. y dándose cuenta que algo no estaba bien. Cerrando tras de sí el garaje. Al entrar vio muchos destrozos en la sala y llamó a su esposa: —¿Cariño!¿dónde estás?¿qué pasó, mi amor?
subió con increíble rapidez a la segunda planta, pero no encontró a nadie. bajó al primer piso y vio los rasguños en la puerta recién barnizada del despacho y la cocina totalmente destrozada. Al asomarse, vio mucha sangre afuera e su despacho y una cantidad de ropa destrozada que, por un instante, pareció reconocer como la de su esposa, aunque no quería aceptarlo. Cuando salió, vio lo peor: los restos de los que fue un ser humano, de los cuales pudo distinguir un cráneo ensangrentado con el cabello del color de su esposa.
El señor Carter cayó estrozado, comenzó a llorar y gritar al cielo maldiciones... ¡maldita sea! ¡maldita sea la vida! lo único bueno que tenía en mi vida, lo único, y me lo quitaste —susurró entre sollozos.
El señor Carter se arrastró por el suelo hasta el lugar donde yacía el cráneo de Clarissa. La desesperación le había robado el aliento y las lágrimas eran ahora solo sollozos guturales. Tomó el cráneo entre sus manos temblorosas y lo abrazó, sintiendo el peso frío de lo irreparable.
Mientras lo hacía, su mirada se encontró con un detalle macabro que antes no había visto: la figura extraña y delgada de la que Clarissa huía seguía allí. Estaba quieta, inmóvil, observándolo desde el techo del garaje. No era humana. Su piel parecía corteza seca, sus extremidades eran largas y huesudas, y sus ojos brillaban con un ámbar enfermizo en la oscuridad del anochecer. No había hecho ningún sonido, simplemente esperaba.
Miró el cráneo de Clarissa y luego la figura en el techo, que sonreía con una mueca que no era de alegría, sino de saciedad. Vio un destello dorado en el cuello de la criatura. Era el relicario que sus hijos le habían regalado hacía cuatro navidades.
La delgada figura se deslizó lentamente hacia la pared exterior de la casa. Al mismo tiempo, el señor Carter escuchó el clic del seguro de la puerta del garaje. Se levantó tambaleándose, soltando el cráneo de su esposa, y corrió hacia la entrada.
La figura se había movido del techo. Ahora estaba parada en el umbral del garaje, bloqueando la entrada. Y, a su lado, los grotescos lobos salían de las sombras.
La figura alzó una mano huesuda hacia él y le habló con una voz áspera y resonante que no venía de su garganta, sino del aire helado.
—Llevas tres años de servicio, y has comenzado a fallar, hoy este ha sido tu castigo. Debes cumplir con tu parte del pacto, ahora te toca a ti esperar por quien vendré en la siguiente visita.
Los lobos, ya saciados, se arrastraron fuera de la sombra, pasando al lado del señor Carter, quien estaba paralizado, perdiéndose en la sombra del bosque. El señor Carter no quería ser el siguiente, mirando en donde antes estuvo Clarissa, la última chispa de calor, empatía y remordimiento que quedaba en el corazón de Carter se apagó para siempre. Ya no había espacio para la culpa. Si quería seguir con vida, tendría que ser implacable y asegurarse de respetar el pacto, y conseguir nuevas víctimas para el sacrificio. Con una impotencia, que hizo que su cuerpo se desvaneciera frente aquella entidad.
La figura se disolvió en la oscuridad, dejando el señor Carter de rodillas entre el silencio sepulcral de la mansión.