Aquella última noche en la que ví tu rostro,
Pensé en una cosa solamente,
¿Qué habré hecho para que Dios me haya castigado así?
Lo entendí al ver tus ojos verdes mirando a unos avellanas;
Que por desgracia, no eran los míos.
No pude parar de pensarte en cada taza de una cafetera vacía.
Imaginando que llegarías con esa rara teoría del cuncho,
Donde me prometiste 500 veces
nunca dejarme.
Aún recuerdo con grave perfección
el dulce sabor de tus labios,
la imperfecta colorimetría de tu piel y, en como
cada que te rozaba una parte de esta,
tomaba un color rosáceo en ella.
Rubia, trato realmente de olvidarte; pero,
tus reflejos en los espejos,
no me dejarán.
Hace 184 días me has dejado.
Vuelve, aún así sea para enseñarme
a olvidarte.