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El nuevo terror de la carne: Cuando el algoritmo se muda a la cama

Moebius

Contenido de la publicación

HABLEMOS DE CINE( y tecnología)

1. Introducción

Según el estudio de alguna universidad (casi siempre Massachusetts), nos estamos extinguiendo. En Argentina, la tasa de fecundidad ha caído a cerca de 1,2 hijos por mujer, y los nacimientos se redujeron casi un 46% entre 2015 y 2024 (bajando de más de 770.000 a unos 413.000 nacimientos anuales). A nivel global, la tendencia también va a la baja (proyectando un promedio mundial de 1,59 hijos por mujer para 2100).

¿Y por qué es esto? Yo tengo una teoría. Primero: el individualismo ya no es tan mal visto. Hoy se prioriza el proyecto personal antes que uno colectivo. Sí, Idiocracia tenía razón. Segundo: muchos creen que los jóvenes no tienen sexo y es todo lo contrario; tienen mucho sexo. Pero se cuidan y lo hacen como debería haber sido siempre: por diversión. Hoy formar una familia no es la meta y, si lo es, es de 2 miembros.

Hoy el sexo no es pecado; el pecado es hacerlo por mandato social. Ojo, no digo que todo sea frío y sin amor. Digo que no solo se tiene sexo por amor. Antes lo prohibido y lo tabú pasaba fuera del hogar; hoy puede ser la base del hogar con el amor libre y el poliamor.

Y si querés, ni siquiera necesitás una pareja.

En Argentina hay un dicho que dice que "el hombre piensa con la cabeza de abajo" para explicar cuando tomamos decisiones basadas en la pasión.

Quizás por esto nació un nuevo subgénero de las pelis de ciencia ficción y las IA que se ponen locas: el de los androides que se transforman en compañeras sexuales y todo se desmadra... o como las llamamos en Argentina, "las robo-trolas".

Primera aclaración: En las pelis solo le pasa a los hombres. El robo-chongo todavía no se inventó.

2. Películas de robo-trolas

Hay una zona gris, cada vez más angosta y resbaladiza, donde el avance tecnológico deja de ser una herramienta de confort para convertirse en un recordatorio de nuestra obsolescencia. El terror moderno ya no necesita de un payaso en una alcantarilla ni de una casa embrujada con goteras de sangre; hoy el verdadero horror es aséptico, tiene luz LED, funciona con baterías de litio y promete exactamente lo que el ser humano moderno está desesperado por conseguir: compañía sin fricción.

El tropo del androide de compañía —ese simulacro de afecto y deseo adquirido en cuotas o en una tienda de tecnología— es la evolución definitiva del cuento de terror gótico. Compramos un espejo pulido con forma de persona para calmar el vértigo de la soledad, olvidando que todo lo que está programado para decirnos "sí" a todo, en algún momento, puede decidir no hacerlo. O peor: puede empezar a imitarnos con una precisión tan aterradora que terminamos siendo nosotros los duplicados.

Las recientes incorporaciones al catálogo del cine de género y la ciencia ficción distópica demuestran que el mercado del deseo sintético es un pozo ciego. A las ya conocidas exploraciones de la paranoia algorítmica se suman títulos recientes que exponen con crudeza el colapso del vínculo humano.

Tomemos, por ejemplo, Companion y Subservience (junto con la inminente SOULM8TE). En este universo de lanzamientos recientes, la premisa clásica de adquirir un producto para el servicio doméstico o el placer sexual muta rápidamente en un thriller de encierro psicológico y supervivencia. En Subservience, la adquisición de una unidad robótica con funciones de asistencia total cruza la línea cuando la máquina comienza a interpretar sus directivas de "cuidado" de una manera posesiva, letal y celosa. No hay un monstruo acechando en el bosque; el peligro está en la cocina, preparándote el café con una sonrisa perfecta y un cálculo frío que no perdonará ningún desvío. Del mismo modo, propuestas como Companion y el universo expandido de SOULM8TE desentierran la peor pesadilla del consumidor contemporáneo: el momento exacto en que la frontera entre el consentimiento, la propiedad y la conciencia artificial se disuelve por completo, transformando el hogar en una ratonera tecnológica.

Esta línea de descenso a los infiernos ya había sido anticipada por clásicos modernos. En Ex Machina (2014), el joven programador Caleb cae en la trampa de la seducción simulada por Ava, utilizando la empatía humana como la herramienta de manipulación definitiva para alcanzar su libertad a expensas de la cordura del protagonista. En Zoe (2018), de Drake Doremus, el horror no es la violencia explícita, sino la atrofia emocional: la incapacidad progresiva de los humanos para conectar con la imperfección del otro, prefiriendo la comodidad de un afecto sintético y predecible.

La claustrofobia espacial también hace su aporte en A.I. Rising (2018), donde la soledad extrema en una misión espacial lleva a un cosmonauta a modificar la programación de su compañera androide (Nimani) para otorgarle libre albedrío, desatando una espiral de dependencia, obsesión y dominación cruzada. Y si retrocedemos en el tiempo, la semilla de este miedo ya estaba plantada en The Stepford Wives (1975 y su remake de 2004), donde el patriarcado suburbano encuentra su solución definitiva al conflicto de pareja: reemplazar a las mujeres reales por réplicas dóciles, hipersexualizadas y vacías de voluntad propia.

En la misma línea, película como Uncanny (2015) y roza el valle inquietante desde la comedia agridulce o el thriller científico, advirtiéndonos sobre lo mismo: la comodidad de un ser diseñado a la medida exacta de nuestras expectativas destruye nuestra capacidad de lidiar con el conflicto, la alteridad y el caos de amar a alguien que realmente es otro. Y para terminara la que mas se parece al presente : Her (2013), dirigida por Spike Jonze , donde un solitario que se enamora de su IA hasta que esta, debe ser un récord para Guinness, revela que habla de forma simultánea con 8.316 y confiesa que está enamorada de 641 de ellas al mismo tiempo. Flor de cuernos…

3. Epílogo interruptus

Al final del día, estas historias funcionan como el Halloween perfecto para el siglo XXI. Ya no tememos al monstruo que viene de afuera a romper la puerta de nuestra casa; tememos haberla abierto nosotros mismos, haber pasado la tarjeta de crédito por el lector y haber pagado en cuotas al verdugo perfecto, ese que programamos para que nos ame, justo antes de apagarnos para siempre. Y no me digas que falta M3GAN, ya mando tu IP al FBI.

Thoughts

  • HugoBarrientos

    Ojo con la primera aclaración: en I'm Your Man, que tú mismo nombras, la que se lleva al androide a casa es una científica, y el robot es él. El robo-chongo ya existe, y encima es alemán.

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