Marisa era una chica que no tenía suerte para conseguir novio. Iba a bailar y nadie la sacaba a la pista; todos elegían siempre a las más vistosas. No es que fuese fea, pero no llamaba la atención, se vestía de forma muy sencilla y solía andar seria.
Un día, amargada por la situación, fue a desahogarse con doña Sara, una mujer mayor y sabia del barrio. Le contó que nadie la sacaba a bailar salvo que ya no quedara ninguna otra opción. Doña Sara, tomando un mate, la miró y le dijo con firmeza:
—Escúchame bien, mi hijita. Vos no sos fea, pero no te sabés vender. Tenés que vestirte más provocativa: ropa ajustada para que se te noten levemente los labios de la concha, escotes sugerentes que te marquen los pezones, que se te noten las formas. Y cuando un hombre te saque a bailar, pégate, refregá y hacelo calentar. Pero eso sí: por más ganas que tengas, no te dejes coger de entrada. Así te hacés desear, tu fama empieza a correr y te van a buscar los mejores.
El consejo resonó en Marisa. El sábado siguiente dejó de lado sus ropas holgadas, se puso un pantalón bien ajustado que marcaba sus caderas y su vulva y un top escotado. Al entrar al baile, la transformación fue total. A los pocos minutos, un muchacho la sacó a bailar. Marisa aplicó el consejo al pie de la letra: se le pegó al cuerpo, movió las caderas y sintió cómo el roce lo encendía por completo. Cuando la canción terminó y él intentó llevarla a un lugar oscuro, ella le sonrió y le puso un freno elegante, dejándolo con las ganas.
A las dos semanas, Marisa volvió a ver a doña Sara y le contó sonriendo cómo había hecho excitar a su compañero hasta dejarle una mancha húmeda en el pantalón. La vieja se rio con ganas y le dijo:
—Muy bien, pero no le abras las piernas a cualquiera. Tenes que seguir así hasta que hagas caer a uno con plata, hace valer tu concha, tene en cuenta que la mujer decide con quien coje, pero el hombre elije con quien se casa para formar una familia.
Marisa decidió dar un paso más y empezó a ir a una confitería bailable de más categoría en pleno centro. Allí la historia se repitió: los hombres la buscaban, ella bailaba apretada, los hacía calentar y provocar la eyaculación con el solo roce de su cuerpo, pero al terminar la noche se despedía sin irse con ninguno. La voz se corrió y se convirtió en la mujer más codiciada.
Una noche apareció Martín, un joven hermoso, recién recibido de abogado en Buenos Aires, que venía a poner su estudio jurídico en el pueblo. Al ver a Marisa, quedó deslumbrado y la sacó a bailar. Ella sintió una atracción enorme, pero recordó las palabras de doña Sara y mantuvo la compostura.
Al terminar de bailar, Martín le invitó un trago y le propuso salir a dar una vuelta en su auto. Marisa le respondió con soltura:
—Te agradezco, Martín, pero no. No quedaría bien que salga a lo oscuro con vos la primera noche. Si querés, nos podemos ver el próximo sábado para pasear de día, a la vista de todos.
Martín, fascinado por su postura, aceptó. El sábado siguiente la fue a buscar y pasearon por la costanera y el parque. En un momento él la abrazó y la besó; ella correspondió, pero cuando él intentó tocarle los pechos, ella lo detuvo suavemente:
—Despacio, Martín. A mí también me gustas, pero no está bien apurar las cosas.
Pasaron las semanas y la tensión entre los dos era máxima. Martín estaba perdidamente enamorado y excitado, y Marisa, aunque se masturbaba por las noches pensando en él, se mantuvo firme en su decisión de no ceder antes de tiempo.
Un día, ella le preguntó si sus padres sabían que salía con una chica humilde. Martín le contó que su padre le había preguntado si ya se habían acostado, y al enterarse de que ella no se dejaba llevar fácilmente, el padre había comentado complacido: "Es una chica bien, no es fácil. ¿Por qué no la traes a almorzar un domingo?".
Marisa fue a almorzar a la casa de los padres de Martín. Se comportó con un respeto impecable, fue medida en sus palabras y la familia quedó encantada con ella. A la salida, Martín volvió a pedirle de ir a un lugar íntimo, pero ella le volvió a pedir paciencia con dulzura.
Al día siguiente, Martín fue a buscarla con cara seria. Marisa se asustó pensando que rompería la relación, pero él la miró a los ojos y le dijo:
—Quiero casarme con vos. Ya hablé con mis padres. No me digas que no.
—Es un sueño para mí, acepto —respondió ella emocionada.
Un mes después se casaron en una ceremonia íntima en el campo de los padres de Martín y viajaron de luna de miel a Mar del Plata. Allí, en la habitación del hotel frente al mar, entregaron todo el deseo contenido durante meses en una noche de pasión inolvidable.
Años después, una noche mientras estaban abrazados en la cama, Marisa le preguntó:
—¿Qué es lo que más te gusta de mí y de mi cuerpo?
—Me gusta el sabor de tu concha, ese gustito salado tan rico y cómo te escurrís cuando te la chupo o te la meto —le respondió Martín sonriendo—. Entra justa, resbala y me hacés acabar al toque. Y me encanta tu culo, que al principio me lo negabas, pero ahora me lo dejás disfrutar y puedo acabar adentro. ¿Y a vos?
—A mí me encanta chuparte la pija y sentir el sabor de tu leche —le confesó ella—. Me fascina sentir tu calor adentro mío, ya sea por la concha o por el chiquito, o cuando hacemos el 69. Valió la pena haber esperado para entregarme a vos.
—Valió la pena que te hicieras rogar —concluyó Martín abrazándola fuerte—. Me tuviste loco durante días, pero si no hubiera sido así, tal vez hoy no estaríamos juntos.
Marisa pensó en doña Sara, sonrió en silencio en medio de la oscuridad y se acomodó en el pecho de su marido. Se dieron un beso profundo, se quedaron dormidos y fueron muy felices por muchos años.
al despertar Marisa agradecio a la sabia mujer por el mejor consejo que le habían dado ese dia, se hizo rogar y consiguió un buen partido, encima ella se enamoro perdidamente de el, la vida la recompenso con creces.