A ti que eres una inspiración para cada poema que tengo bonito, que te he escrito unos cuantos, seran tuyos cada uno de ellos hasta que te lo pueda dar en persona en un papel
El día que nos conocimos estaba sola en medio de un jardín, contemplando la belleza de las flores y convencida de que no existía nada en el mundo capaz de igualar su serenidad. En ese instante vibró mi teléfono. Al leer tu mensaje, un pensamiento me atravesó de golpe: «¿quién es esta nueva flor que acaba de brotar en mi pantalla?».
Fue ahí cuando descubrí que había algo infinitamente más hermoso que cualquier jardín terrenal. Eras tú. Con una sola palabra, con un simple trazo de luz, iluminaste los rincones más oscuros de mi vida. Aquella soledad densa y constante que solía llevar a cuestas se disipó como niebla matutina en cuanto me diste tu compañía.
Hoy, escuchar tu risa es mi medicina más pura, y verte sonreír devuelves la paz a todo mi ser. Hagamos un pacto callado entre los dos: tú sonríe por mí, que yo prometo estar bien. Tu felicidad es la raíz de la mía, el motor que me sostiene día a día.
Por eso hoy, sin reservas, te pido que no te vayas. Si por una sola vez en la vida tengo que ser egoísta, me declaro culpable: no pienso dejarte marchar jamás. Y si alguna vez las sombras o las dudas intentan distanciarte, buscaré las huellas invisibles que me dejes. Caminaré a paso lento, con el respeto de quien cuida un tesoro sagrado; iré unos metros por detrás, sin hacer ruido para no agobiarte, pero lo suficientemente cerca como para cubrirte la espalda, velar tus flancos y asegurarme de que ningún viento fuerte te roce.
No es fácil llegar a la vida de alguien y rehacer sus cimientos, pero tú lo hiciste sin pedir permiso. Llegaste para quedarte, te volviste mi refugio y mi hogar, y de aquí no te soltaré jamás.