Pedro había sido lanzado al mundo de los adultos a temprana edad. Con tan solo once años, se movía entre las penumbras de un mundo sin esperanza: ruidos, coches, gentes sin rostro, negras nubes que ocultaban los más sutiles rayos de una luz inalcanzable. Inalcanzable para él, pues ellas deseaban despertar su dormido corazón.
Sin padres va, marchitándose va. Quien lo viera no creería que aquella vulnerable figura guardaba la más profunda y consciente tristeza. Pero lo que Pedro ignoraba era que la fortuna suele ser indomable y atropella a quienes menos la esperan.
Mientras rebuscaba entre los desechos de personas deshechas, fue percibido por un antiguo y solitario feriante del lugar. Algo había llamado su atención; quizás aquellos graves ojos cansados que vertían, en forma de lágrimas, las últimas gotas de una inocencia que se marchaba.
Tras acercarse a él, le ofreció un fruto: el más dulce de todos, el de la compasión. Incomprensible era para aquel olvidado ser volver a ser visto. Era como un acto creador que lo llamaba nuevamente a la vida.
¡Y cuántos inocentes caminan por el mundo, esperando incansablemente la mirada de alguien!