Perseguí la idea de hablarle durante más de tres años. Exactamente, tres años, un mes y catorce días. Durante todo ese tiempo imaginé la conversación que habríamos tenido. Imaginé su mirada, su rechazo, su aceptación, incluso una insignificante muestra de afecto.
Intenté acercarme a ella a través de nuestros amigos, de nuestros conocidos, de cualquier camino que pudiera llevarme hasta ella. Pero nunca me atreví. Nunca tuve el valor de hacerlo personalmente.
Después de todo ese tiempo en el que la soñé, bastaron tres copas de whisky mezclado con gaseosa barata para reunir el valor suficiente y escribirle por Facebook:
— Nunca te dejé de amar.
Quién iba a pensar que un mensaje tan simple sería suficiente para retomar una larga conversación. Y, lejos de encontrar expresiones de ira o de odio, encontré aquello que durante tanto tiempo había necesitado: un abrazo. Un abrazo que había buscado entre las miles de cartas que le escribí, entre todas las palabras que alguna vez imaginé decirle.
Todo lo imaginé. Todo lo escribí para que no fuera olvidado por el tiempo. Sin embargo, nunca imaginé que aquella primera frase sería también el comienzo de algo distinto: el inicio del momento en que tendría que olvidarme del amor que todavía sentía por ella.
Porque era evidente. Ella ya había pasado la página.
Y yo me había quedado atrapado en el último párrafo de la página anterior.
Ahora me encuentro en el limbo, sin saber exactamente qué estoy viviendo. Sin saber si estoy en el cielo o si, por el contrario, me estoy quemando lentamente en el infierno.
O tal vez me encuentro sumido en el infierno de Dante Alighieri, y apenas estoy ingresando en los círculos que imaginó. Quizá estoy exactamente en el anteinfierno, en ese lugar donde todavía no comienza el verdadero castigo, pero donde uno ya comprende que no hay forma de regresar.
Y mientras avanzo, me preparo para enfrentar el castigo de cada uno de los pecados capitales en los que, de una u otra manera, me vi envuelto.
— Fuimos el mejor equipo.
Fueron tus palabras.
Palabras dichas a modo de despedida, pero también como el probable inicio de una amistad cordial. De esas amistades que se parecen más a la de aquel amigo o conocido cuyo contacto conservas, de quien sabes dónde vive, cómo encontrarlo si algún día fuera necesario, pero con quien ya no compartes la vida.
Y quizá eso sea lo más difícil de aceptar: que después de haber imaginado durante tres años cómo volver a encontrarla, después de haber escrito tantas veces nuestra historia antes de que sucediera, finalmente la encontré.
Solo para descubrir que nuestra historia ya había terminado.
Y entonces llegó la primavera. Al menos eso decía el calendario. Afuera, los días comenzaban a alargarse y algunas flores se atrevían a aparecer después de meses de frío. Pero dentro de mí todavía era invierno.
Un invierno extraño, porque ya no era aquel frío de esperar que ella regresara, sino el de comprender que había regresado únicamente para enseñarme que ya no había un lugar para mí en su vida.
Quizá eso era la primavera: descubrir que algo puede volver a florecer mientras otras cosas, aquellas que uno creyó eternas, terminan de morir.
Y tal vez ese era mi verdadero castigo: haber esperado tanto tiempo para encontrarte y descubrir, justo cuando por fin pude hacerlo, que ya no quería encontrarte de la misma manera.
Afuera comenzaba la primavera.
Y mientras el mundo aprendía nuevamente a florecer, yo seguía aprendiendo a despedirme de mi invierno.
Quizá algún día también vuelva a florecer.
Pero esta vez, sin ti.